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ORDENACIÓN
SACERDOTAL
Homilía de Mons. Agustín Radrizzani, en la ordenación sacerdotal de Javier
A. Juárez
Catedral de Lomas de Zamora - 31 de octubre de 2003
1. Esta celebración
Hace dos
semanas, celebrábamos los 25 años de Pontificado de nuestro querido Papa
Juan Pablo II. Hoy, nos volvemos a encontrar para «experimentar» el
misterio amoroso de Dios que no abandona a su pueblo, sino que se hace
presente con abundancia de dones.
En esta
celebración seremos testigos de un profundo misterio que arranca desde las
profundidades de Dios uno y trino. Nuestro hermano Javier, como Jeremías
ha escuchado al Señor que le decía: «antes de formarte en el vientre
materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había
consagrado, te había constituido profeta para las naciones»(1).
Este
mensaje inspirado estremece profundamente toda alma sacerdotal y la llena
de santo respeto por lo que Dios obra en sus elegidos. En este mismo
sentido, en la celebración de los 25 años del Papa recordaba sus propias
palabras cuando al comienzo de
su
pontificado nos decía: «“¡No tengan miedo!” [...] Esas palabras
pronunciadas por Cristo las repite la Iglesia. Y con la Iglesia las repite
también el Papa [... ellas] son, sencillamente, las palabras del mismo
Cristo [Pero,] ¿de qué no debemos tener miedo? No debemos temer a la
verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de ella, un día, con
especial viveza, y dijo a Jesús: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un
hombre pecador!” (Lucas 5,8) [Recibiendo como respuesta...] “No temas;
desde ahora serás pescador de hombres” (Lucas 5,10)». En efecto, ante la
grandeza del don de la vocación descubrimos nuestra indignidad y se nos
hace presente aquello de que «no son ustedes quienes me eligieron, sino
que yo los he elegido, y los he destinado para que vayan y den fruto, y
que ese fruto permanezca».(2)
Por tanto, nadie puede arrogarse tal «dignidad»(3)
ya que, en rigor, la vocación no es nuestra, sino que es de Dios, Él es
quien nos llama. Entrar en contacto con este don inefable hace que
cuando en las más diversas circunstancias hemos de hablar del sacerdocio,
debemos hacerlo con gran humildad y actitud de gracias. Humildad no sólo
porque las palabras humanas no son capaces de abarcar la magnitud del
misterio, sino porque creemos que Dios «nos ha llamado con una vocación
santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su
gracia»;(4)
acción de gracias en primer lugar a Dios, puesto que cada sacerdote es un
don del Altísimo para la Iglesia y, en este caso particular la vocación de
Javier es un regalo para la Diócesis de Lomas de Zamora. Dios quiera que
muchos jóvenes, con confianza y sin miedo se animen a decirle sí a Jesús!!
Pero, esta acción de gracias también se extiende al Señor por la familia
de Javier, la cual supo cuidar el don del Señor, por los superiores del
Seminario, quienes lo acompañaron en su formación, por los sacerdotes y
las Comunidades que han seguido de cerca, tanto el surgimiento de su
vocación, nacida en la Comunidad de Cristo Rey de Guernica, como su
maduración en sus diversos apostolados: San Francisco de Llavallol; Cristo
Rey de Tristán Suárez; Nuestra Señora de los Remedios de Escalada; Cristo
Redentor de Villa Jardín; y San Gabriel de Adrogué.
Permítanme,
ahora, realizar una breve reflexión, la cual no tiene la pretensión de ser
exhaustiva, en torno a los textos que se han proclamado en esta Misa y que
tendrá como eje el desarrollo de una doble temática que se irá
entrecruzando para formar una trama que exprese al sacerdote como aquél
que ha de ser fiel a Dios y misericordioso para con sus hermanos, puesto
que con ellos comparte su miseria y está llamado a llevarles el amor
incondicional del Señor.
2. La amistad sacerdotal
Jeremías,
miembro de una familia sacerdotal de un pequeño pueblo de la tribu de
Benjamín, era todavía muy joven cuando el Señor lo llamó a ejercer el
ministerio profético.(5)
Su figura es muy rica y fecunda para leer en él la historia que en cierta
medida viven todos aquellos que responden al llamado del Señor.
A él, le
correspondió no sólo anunciar el destierro que el Pueblo elegido ha de
sufrir en Babilonia (587 a.C.), sino participar de esta suerte, y
bebérsela como un amargo cáliz, cuyo sabor encontramos bien descrito en el
libro de las Lamentaciones. Pero, quizás lo más doloroso ha sido la
experiencia interior que implicaba este transe y le suponía una doble
soledad: la que le inflingían los enemigos de su pueblo y más
dolorosamente aún, la incomprensión de sus conciudadanos, los cuales se
volvieron en contra suyo.(6)
En
determinados momentos la soledad puede ser terrible. Ella puede ser una
verdadera amenaza que nos arrincona en la autosuficiencia y el egoísmo,
que nos incapacita para alabar al hermano que triunfa, y nos tienta con la
alegría frente al hermano que fracasa o, con la indiferencia ante el que
cae. Pero, lo que es peor, en ocasiones siembra en nuestras almas un
malsano pesimismo que seca la fuente de la esperanza. Contra esta clase de
soledad ha de oponerse la amistad sacerdotal, la cual comprende
ciertamente lo humano, pero hunde sus raíces en la caridad teologal que es
la forma de todas las virtudes. Supone entrega y desinterés para alcanzar
el bien del otro y, aunque no lo busquemos, si ella es verdadera, nos
enriquece personalmente, en primer lugar comulgando en la gracia y el bien
de nuestro sacerdocio. Esta vivencia de amistad nos concede experimentar
otra clase de «soledad», aquella que nos permite vivir la liberación de
todo, incluso de nosotros mismos, y nos conduce a aferrarnos al único que
no cambia, dándonos el descanso y la serenidad, la alegría solemne y
austera que nace del amor. A los hermanos sacerdotes y a ti Javier los
animo a tejer fuertes redes de amistad. Confío que desde esta particular
comunión se irán acrecentando lazos de comunión para con todos y en
especial para con los otros presbíteros, dando de este modo testimonio de
la Iglesia misterio de comunión.
3. Abandono
en Dios
En Jeremías,
su fe «receptiva» lo abre a la experiencia de una gran simplicidad y
abandono, la cual le hace comprender que todo se lo debe a Dios. Dios es
para él, antes que nada y por encima de todo, Quien le ha dado todo. Por
eso cuando exclama «yo no sé hablar puesto que soy como un niño» recibe de
parte de Dios como respuesta no temas yo estoy contigo.(7) Jeremías
no puede pensar en su existencia sin pensar, a la vez, que antes que ella
está la llamada divina. Él vive la experiencia de una absoluta primacía
del amor divino, la cual le hace percibir que Dios tiene en sus manos el
principio y el fin, que es providente. Pero, esta fe debe purificarse para
no convertirse en una pasividad ingenua: el profeta ha de pasar de la pura
receptividad a la experiencia de que ella no le garantiza el futuro
favorable, ni siquiera en la realización de su vocación. Incluso ella no
impide el fracaso o el resultado amargo o la experiencia de estar
abandonado.
Jeremías es un profeta de corazón abierto, que transparenta su grandeza y
su tragedia. Es el hombre con sus miedos, dudas, debilidades pero con la
firme confianza de que Dios puede sostener y dar sentido a una existencia
como la suya, marcada por la incomprensión y el fracaso. Él nos acerca a
los abismos de soledad y abandono, a sus riesgos y desafíos, y a esa
fidelidad última de una palabra encendida en sus entrañas que pugnará por
salir, venciendo decepciones y resistencias.
Las palabras
que Jesús pronunció desde la cruz expresan también la existencia dolorosa
de quien se siente viviendo una situación terrible sin que el Padre
intervenga en su favor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?(8)
es la expresión del dolor espiritual que genera la separación del Padre,
al mismo tiempo que una aceptación humilde. Este grito sólo se hace
plenamente comprensible cuando suavemente escuchamos «Padre en tus manos
encomiendo mi espíritu», la cual no es una frase aislada en la vida de
Jesús. En efecto, desde el momento de la encarnación podemos leer su sí
al dolor de la crucifixión y comprender cómo, toda su vida, no fue más que
una preparación confiada al Calvario por amor a los hombres.
Pues
bien, nuestra vivencia sacerdotal tampoco es ajena a esta clase de
experiencias.(9)
Las situaciones de dolor, de incomprensión, de abandono, son la condición
normal de la Iglesia que peregrina en cuanto prolongación de Cristo
crucificado. Éstas, pueden expresarse de diversas maneras: ¿por qué
trabajo yo tanto, por qué me ajetreo tanto; con qué fin, para qué, para
quién? Y, si no encuentran en la cruz de Jesús la respuesta, la propia
vida puede perder su norte. Hemos de tomar conciencia que desde el punto
de vista de la fe, Dios mismo está presente y actuante en la crisis. Él es
quien moviliza el corazón humano para que se abra y se libere de todos los
autoengaños. Desde esta purificación y abandono nos es concedida la gracia
de vivir la alegría como fruto del Amor incondicional y eterno de Dios.
Esta alegría como don del Espíritu Paráclito consiste en la vivencia de la
Bienaventuranzas, las cuales ponen de manifiesto que «el espíritu humano
halla reposo y una satisfacción íntima en la posesión de Dios trino,
conocido por la fe y amado con la caridad que proviene de él».(10)
Sin embargo, este gozo se halla muchas veces teñido por los dolores
propios del estado peregrino. De modo que será «una alegría concedida a lo
largo de un camino escarpado, que requiere una confianza total en el Padre
y en el Hijo».(11)
Pues bien, esta felicidad ha de ser felicitante para todos aquellos que
toman contacto con los agraciados. En efecto, «la alegría es el resultado
de una comunión humano-divina cada vez más universal. De ninguna manera
podría incitar a quien la gusta a una actitud de repliegue sobre sí
mismo».(12)
En un mundo angustiado por tantos problemas, el sacerdote ha de transmitir
aquella paz y alegría que viene de la fe y se apoya en el poder del Dios
que ha vencido a la muerte. Esto es así, pues la Iglesia no sólo contempla
el rostro de Cristo en la Cruz, sino que ella sabe que «¡Él es el
Resucitado! Si no fuese así, vana seria nuestra predicación y vana nuestra
fe (cf. 1 Co 15,14). La resurrección fue la respuesta del Padre a la
obediencia de Cristo [...] la Iglesia mira ahora a Cristo resucitado [...
y,] en el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su
alegría, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar
a Cristo al mundo».(13)
De modo que el sacerdote como «anunciador de la “Buena Nueva” ha de ser el
hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza»(14)
y se anima a dispensarlo para generar un mundo basado en la solidaridad y
el compromiso con los más débiles.
4. Cercano a
los hombres
El paso del
Antiguo al Nuevo Testamento hace que nos encontremos con el Profeta
escatológico, con el Sumo Sacerdote que nos invita a que confiadamente nos
acerquemos «al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y
alcanzar la gracia de un auxilio oportuno».(15)
Nosotros, como sacerdotes de la nueva alianza no hemos de vivir como
aquellos sacerdotes de Israel, quienes para ponerse en contacto con el
tres veces santo(16)
se impregnaban de una santidad que consistía en separarse del orden
profano. Al contrario, es curioso que la condición que se impone a Cristo
para acceder al sacerdocio sea la de asemejarse en todo a sus hermanos en
lo que se refiere a los aspectos más dramáticos y dolorosos de la
existencia humana: las pruebas y las tentaciones, los sufrimientos y la
misma muerte.(17)
Si en las costumbres de aquel tiempo el camino de acceso al sacerdocio era
el de la ambición, en la Carta a los Hebreos queda de manifiesto que la
dirección elegida por Cristo era la totalmente opuesta. Debió renunciar a
todo privilegio y vincularse estrechamente a los dolores y flaquezas de
los hombres, a fin de poder compadecerse. Sufrió las pruebas «en todo
igual que nosotros, excepto en el pecado» para alcanzarnos el amor que
dignifica.
5. Acreditado ante Dios
Pero no sólo
ha vivido la misericordia para con nosotros, sino que al mismo tiempo fue
acreditado ante Dios.(18)
Llevando hasta el fondo su solidaridad con su hermanos se aseguró una
profunda unión con el Padre adquiriendo una posición gloriosa. En suman,
su gloria es la gloria del amor generoso, la cual no lo hace ofrecer
sacrificios y dones exteriores a su persona, sino que Él mismo presenta a
Dios, en una oración suplicante, su propia situación de debilidad y de
angustia. Su ofrenda es su misma flaqueza. Por ello podemos reconocerlo
como sumo sacerdote misericordioso al mismo tiempo que digno de fe.(19)
Es este mismo aspecto del sacerdocio de Cristo el que ha de vivir todo
sacerdote, ya que recibimos el encargo de parte de Jesús de ponernos al
servicio de los hermanos y velar sobre sus almas.(20)
Como vemos, el ministerio apostólico al que Dios nos ha llamado con el
sacerdocio es un servicio de amor a Cristo y a los hermanos por Cristo, o
mejor aún a Cristo en los hermanos.
Este servicio comienza con la
oración. A nosotros, como
pastores, nuestro pueblo, no nos pide simples fórmulas acerca de Dios,
sino a Dios mismo. Ellos nos quieren ver como aquellos que apuntan al
infinito y son capaces de mostrarles a Aquél que está detrás de toda las
palabras y ritos que realizamos. Hasta los más sencillos comprenden que
nuestra vida de consagrados al servicio de los demás tiene como raíz y
sustento la experiencia de «haber visto, en la oración, con los ojos de
los Apóstoles, a Aquél por quien vale la pena entregar la vida». Y,
entonces, ellos también quieren verlo. No se conforman con simples
fórmulas, sino que suspiran por aquel que las sustenta; no quieren
encontrarse con algo, sino con alguien que colme sus vidas.
6. Oración y acción
Ahora bien, no hay lugar para los dualismos entre acción y contemplación;
vida espiritual y apostolado. No debe ni rebajarse la oración, pues es
necesaria, ni el valor del apostolado, puesto que por ser servicio de amor
tiene un valor tan grande como la oración. Es más, la oración ha de
proyectarse en obras concretas de servicio.(21)
Pero a la inversa, la actividad ha de enriquecer la espiritualidad ya que
le permite expresarse, concretizarse, y realizarse en la historia cuando
los actos pastorales son actos de amor al prójimo, los cuales en vez de
dificultar la contemplación «la facilitan», pues el corazón abierto al
hermano deja mayor espacio a Dios.(22)
Con palabras de Juan Pablo II diremos que el sacerdote ha de poseer «una
constante disponibilidad a dejarse absorber, casi devorar por las
necesidades y exigencias de la grey».(23)
Es claro que esta entrega ha de hacerse con inteligencia y mesura. Hace ya
unos cuantos años escribí algo al respecto sacado de la experiencia de ver
cómo los campesinos trabajan en sus campos.(24)
En efecto, a fin de que el ganado tenga siempre pasto verde para
alimentarse, los pastores esperan a que el éste haya comido la hierba
hasta la altura de un puño y, cuando esto se ha cumplido, entonces rotan
al ganado permitiendo que la cebadilla, el raigrás o el pasto ovillo
vuelvan a crecer. Parece ser que la fábrica del follaje de estas plantas
se encuentra no sólo en su raíz, sino también en los primeros tramos de su
tronco y, si el ganado comiese del «puño» para abajo, entonces la pastura
no podría recuperarse fácilmente. Algo análogo puede ocurrirnos a los
sacerdotes, tanto nos entregamos a los demás que, no pocas veces, corremos
el riesgo de quedarnos sin aquello que nos dinamiza y que hay que defender
celosamente puesto que nos posibilita seguir dando. En suma, si bien el
sacerdote «es más» en la medida en que se hace «para los demás», cada uno,
humildemente, ha de discernir cuáles son sus reales posibilidades de vivir
concediendo un tiempo a la acción y otro a la contemplación; un tiempo al
trabajo pastoral y otro al debido descanso.
Nuestra
entrega a la gente no es en abstracto, sino a aquellos rostros concretos
que se van haciéndose importantes para nosotros. Rostros que el Señor nos
ha dado a conocer de manera inmediata, no genérica. Ellos son un don
que el Padre nos concede. Es Él quien nos proporciona estos contactos
verdaderos y quien nos compromete para que ninguno de ellos se pierda. Son
aquellos a los que el Padre ha amado tanto que por ellos ha dado a su Hijo
(25)
y a quienes nosotros hemos de reflejarles ese amor.
Pidámosle a
Jesús para que todos nosotros, como pueblo de Dios, sepamos descubrir
siempre el valor de lo sagrado en el corazón de aquellos que han de ser
testigos del Amor incondicional de Dios. Pidamos por nuestros sacerdotes,
para que viviendo según el ejemplo de los santos (hoy vísperas de la
Solemnidad de Todos los Santos), como ellos, vivan en comunión
vital con la santidad de Cristo, se impregnen de un auténtico espíritu de
oración y lo traduzcan en obras de misericordia hacia los más pequeños,
tal como lo ha hecho nuestra querida Madre Teresa de Calcuta quien con su
vida ha manifestado incansablemente que no pueden separarse el amor a los
pobres del amor a la Eucaristía, ni el amor a la Eucaristía del amor a los
pobres.
¡María, madre
de Jesucristo y madre de los sacerdotes, custódialos en tu seno y
acompáñalos en su ministerio para que siempre den testimonio del amor
inagotable de tu hijo!
¡Y a Ti,
Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, bendice con santas y abundantes vocaciones
a nuestra querida Diócesis de Lomas de Zamora. Vuelve a repetir con voz
suave y poderosa: ¡No tengas miedo, no te asustes de tus miserias;
levántate yo te haré pescador de hombres!
(26)
Notas:
(1)
Jr 1, 5; cf. Sal 139.
(2)
Jn 15, 16.
(3) Cf. Hb 5, 4.
(4) 2 Tm 1, 9.
(5) Jer 1, 6.
(6) Jer 18,
18-22; 26, 1-24; 28, 1-17.
(7) Cf. Jer 1,5-10.
(8) Mt 27, 46.
(9) Se cumple en nuestras
historias personales aquello de «si así tratan a la leña verde, ¿qué será
de la leña seca?» (Lc 23, 31).
(10)
Pablo VI, Gaudete in
Domino, 29-30.
(11) Ibid., 26.
(12) Ibid., 43.
(13) Juan Pablo II, Novo
Millennio Ineunte, 28.
(14) Id., Redemptoris Missio
91.
(15) Heb 4, 16.
(16) Dt. 4, 24; Heb. 12, 29.
(17) Cf. Heb. 2,9. 10. 14. 18 ; 4,
15; 5, 7-8.
(18) Cf. Heb. 2, 17.
(19) Heb 2, 17 ; 4, 15 ; 5, 9.
(20) Heb 13, 17.
(21) Santa Teresa de
Ávila,
Castillo interior, moradas,
VII, cap. 4, 7
(22)
Cf. San Buenaventura, IV Sent., dist. 37, art. 1, q. 3, ad. 6.
(23) Juan Pablo II,
Pastore dabo Vobis,
28.
(24) Radrizzani, A., «En sintonía con
Dios», Las Cartas de Agustín, Colección en Patio nº 2.
MJS, 1991, pp.6-7.
(25) Jn. 3, 16.
(26) Cf. Lc 5, 10.
Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de
Lomas de Zamora |