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1 DE MAYO DE 2004 - DÍA DEL TRABAJADOR


Palabras de monseñor Agustín Radrizzani SDB, obispo de Lomas de Zamora
para el Día de los Trabajadores



Queridos hermanos pertenecientes al mundo del trabajo, obreros, empleados, amas de casa, empresarios, profesionales, todos sin excepción:

Es para mí una gran alegría poder compartir en este día en el que celebramos a San José Obrero estos momentos junto a ustedes y reflexionar acerca de la realidad del trabajo en este día dedicado a todos los trabajadores y, en especial en estos tiempos tan delicados de nuestra patria. He querido valerme para confeccionar estos humildes pensamientos de aquellos hermosos escritos de nuestro amado Papa Juan Pablo II, quien como ustedes han de saber, a fin de ayudar a su padre se empleó como peón en una cantera que pertenecía al gran grupo químico belga Solvay. Pues desde esta experiencia laboral luego, como Sumo Pontífice, quiso poner al servicio de todos los trabajadores una serie de escritos que privilegien al sujeto del trabajo por sobre los medios de producción.


1. El trabajo como deber y como derecho

Bien sabemos que la obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. «Una sociedad en la que este derecho se niega sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimidad de ocupación ética ni la justa paz social».  En efecto, cuando los trabajos no son remunerados debidamente, o las fuentes de trabajo no son suficientes ni estables, entonces es difícil alcanzar el equilibrio social.  Es en esta tarea, en la cual  desempeñan una función de servicio los sindicatos. Éstos han de ser no sólo instrumentos de negociación, sino fundamentalmente «lugares» donde se exprese la personalidad de los trabajadores. En efecto, sus servicios han de contribuir al desarrollo de una auténtica cultura del trabajo y han de ayudar a participar de manera plenamente humana en la vida de la empresa.  Sin embargo, hoy se ha de reclamar al mundo sindical argentino una especial prudencia. En efecto, si bien «actuando en favor de los justos derechos de sus miembros, los sindicatos se sirven también del método de la “huelga”, es decir, del bloqueo del trabajo, como una especie de ultimátum dirigido a los órganos competentes y sobre todo a los empresarios [..., sin embargo] se debe subrayar [...] que la huelga sigue siendo, en cierto sentido, un medio extremo. No se puede abusar de él especialmente en función de los “juegos políticos”».


2. Humanización del mundo laboral

Podemos decir con propiedad que, entre todos los seres de la naturaleza, sólo el hombre es capaz de trabajar y, con ello, responder a aquella vocación que lo eleva a ser partícipe de la acción creadora de Dios (Gen 1, 28). Entonces, no sólo trabaja para producir, para hacer, para enriquecer, sino fundamentalmente para «producirse», «hacerse», «enriquecerse». Y a la inversa, cuando por múltiples circunstancias se ve privado de trabajo, sus energías se paralizan y su felicidad se ve truncada.  No puede ser de otro modo, ya que su misma condición de sujeto personal, capaz de obrar de manera programada y racional se actualiza y perfecciona cuando por el trabajo realiza su humanidad.  En suma, si bien «es cierto que el hombre está destinado y llamado al trabajo» es éste el que está en función del hombre. «Con esta conclusión se llega justamente a reconocer la preeminencia del significado subjetivo del trabajo sobre el significado objetivo».  Por ello, el trabajo no es una especie de «mercancía» que el trabajador vende al empresario, sino un medio para la realización humana de quien trabaja. 


3. Sentido Solidario del trabajo

Según lo que recién hemos dicho, el trabajo no es un fin en sí mismo, sino que éste remite al individuo humano. Pero incluso podemos dar un paso más y afirmar que el individuo alcanza la felicidad, sólo cuando por medio de su esfuerzo es capaz de trabajar por una felicidad cada vez más colectiva. «El hombre debe trabajar por respeto al prójimo, especialmente por respeto a la propia familia, pero también a la sociedad a la que pertenece, a la nación de la que es hijo o hija, a la entera familia humana de la que es miembro, ya que es heredero del trabajo de generaciones y al mismo tiempo coartífice del futuro de aquellos que vendrán después de él con el sucederse de la historia. Todo esto constituye la obligación moral del trabajo, entendido en su más amplia acepción».  Aquí, es donde el Estado y aquellos que poseen capitales pueden prestar un valioso servicio para que aumentando las posibilidades laborales: a) disminuya, tanto la pobreza surgida de la plaga del desempleo, como las injusticias producidas por el subempleo y el atropello al derecho de un justo salario; b) se asegure tanto la calidad de vida del trabajador, como la de su propia familia;  c) se erradiquen los denigrantes y egoístas asistencialismos, los cuales, si bien pueden prestar un valioso servicio ocasional, cuando éste se prolonga, se convierte en un arma partidaria que ocasiona males aún peores que los que intenta combatir. 


4. El mundo del trabajo y el mundo de los pobres

Todo hombre, incluso aquellos que padecen limitaciones físicas, intelectuales, psíquicas o volitivas son sujetos plenamente humanos, con sus correspondientes derechos innatos, sagrados e inviolables. Es más, podríamos decir que en los más pequeños, en los más pobres se pone más de relieve la dignidad y grandeza del hombre. Pues bien, reconocidos estos derechos en el plano teórico, debe facilitársele a los más humildes participar en la vida de la sociedad en todas las dimensiones y a todos los niveles que sean accesibles a sus posibilidades.  La solidaridad en el mundo laboral ha de ser puesta en práctica por el bien de la humanidad. Sin ella, el mundo se hace más oscuro. El producir y lo útil desdibujan el rostro humano y el hombre se vuelve mercancía barata, su slogan reza, sólo vale quien produce, el fuerte, el joven, el resto es desechable. En nombre del humanismo hemos de afirmar la preeminencia del sujeto por sobre la producción.


5. Acción de gracias por poder trabajar y trabajando poder servir a los demás

Quiero aprovechar este momento para darle gracias a Dios porque me regala la salud que me permite trabajar y ponerme de este modo al servicio de mis hermanos. Quiero pedirle por los aquellos para quienes las bolsas de residuo son su plato de comida diario, migajas caídas de la mesa de los ricos. ¡Señor mueve nuestros corazones para que puedan ganarse dignamente el pan y llevarlo a sus familias a fin de que en torno a la mesa se construya el «hogar»!

Bendice las manos de las madres y las abuelitas que sencillamente trabajan en los quehaceres domésticos; bendice a los profesionales, quienes con sus conocimientos colaboran para hacer un mundo más humano; a los obreros; los empresarios; los empleados; los intelectuales; los funcionarios; a todos a quienes nos regalas la posibilidad de trabajar, para que muriendo al propio interés nos abramos al servicio de una vida más digna para todos nuestros hermanos. 

Finalmente quiero hacerles una confidencia. En mi despacho hay una copia de una bella pintura del S XIX que pertenece a Jean François Millet, y cuyo original se encuentra en el Museo Orsay en  París. Pues bien, en ella hay un joven y una muchacha labradores que se toman un respiro cuando escuchan sonar las campanas que indican el comienzo del Ángelus (la oración que nos recuerda la invitación que Dios hace a María para que sea la madre del Salvador). A lo lejos se percibe el campanario y, en primera escena los jóvenes. Ambos, bajan sus cabezas, y se introducen en la oración agradeciendo a Dios por la canasta repleta de los frutos de la tierra. Ambos saben que es Dios quien hace posible el trabajo pues les concede la vida y la salud necesaria para poder entregarse a la obra. Creo, que éste es uno de los cuadros que más piedad despierta en mí aunque no sea una obra estrictamente religiosa. Posiblemente su atractivo estribe justamente en ello: habla de un Dios presente en lo cotidiano, mezclado con el sudor del trabajo, cercano al hombre que se esfuerza por conseguir el alimento diario. Así es nuestro Dios, un Padre cercano al mundo de los hombres, solícito y amigo.

Señor bendícenos con salud, paz, pan y trabajo. Que María, la esposa de José el Carpintero, la Madre del Salvador, la mujer valiente ante la cruz de su Hijo nos fortalezca en los momentos difíciles. San José Obrero. Ruega por nosotros.


Mons. Agustín Radrizzani SDB, obispo de Lomas de Zamora



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