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SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Homilía
de monseñor Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora
12 de junio 2004
Buenas tardes queridos hermanos!
Hoy, la Iglesia diocesana ha querido convocarse en un mismo lugar, a fin
de celebrar el gozo de haber recibido, y continuar recibiendo, «por la
fuerza y gloria» de Cristo, la más grande y valiosa promesa, la cual nos
hace «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4), reclama de nosotros
presentarnos humildemente asintiendo con libertad a la iniciativa divina,
y nos impulsa a vivir la caridad. Sobre estos tres puntos quisiera
detenerme muy brevemente.
I.
Por la Eucaristía nos hacemos partícipes de la naturaleza divina
La
tradición oriental católica insiste una y otra vez que «el Verbo de Dios
[...], a causa de su inmenso amor, devino lo que nosotros somos para
conseguirnos que fuéramos lo que él es»(1) Pero Cristo, el
único camino al Padre, quien se hubo encarnado en el seno de María,
continúa en el sacramento de la Eucaristía, «ofreciéndose a la humanidad
como fuente de vida divina».(2) Oculto a los ojos humanos por
su ingreso definitivo en la gloria, él sigue siendo para nosotros
sacramento de salvación y fuente de la gracia del Espíritu. En la
Eucaristía veneramos el verdadero cuerpo nacido de María, el cual, por el
hombre padeció y fue inmolado en la cruz. «En ella está inscrito de forma
indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo
evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la
Cruz que se perpetúa por los siglos».(3) Por eso, este
sacramento, en cuanto prolongación sacramental de la encarnación y
actualización del único sacrificio redentor es proclamación permanente
y suprema de la dignidad del hombre. Cristo al entregar su vida por
nosotros manifiesta el precio que a los ojos de Dios tiene cada hombre (Lc
22,19; Mt . 26,28). El potencial humanizador de este misterio
(4) llega a su plenitud cuando desde la fe comprendemos que, a
diferencia del alimento corporal, el cual es «asimilado» por nuestro
organismo, este rico alimento espiritual no es asimilado por nosotros,
sino que somos nosotros los asimilados por Él: «la participación en el
cuerpo y la sangre de Cristo nos convierte en aquello que comemos»
(5). Además, podemos decir que no «solamente cada uno de nosotros
recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de
nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros». (6)
II. Comunión en la mano
Dentro
de poco, en la Ciudad de Corrientes, del 2 al 5 de septiembre se estará
celebrando el X Congreso Eucarístico Nacional. Pues bien, el «logo» de
dicho Congreso integra en una sola imagen el pan y la mano. La mano allí insinuada
ofreciendo el pan, expresa el mandato «denles ustedes de comer» en cuanto
símbolo de reconciliación y solidaridad. Pero, también podría sugerirnos
otras dos cosas: a) la mano indigente del hombre, quien en actitud de
pobre mendigo se abre al acercarse a comulgar, para recibir el don que
proviene de lo alto y así ser ayudado para vivir conforme el Evangelio, y
b) el «nuevo pesebre», una
«nueva
cuna» preparada para que Jesús sea recibido en mi ser. Esto es, la
disposición exterior que indica mi disposición interior para que el Dios
de la vida sea humildemente recibido en «mi casa». Al respecto enseñaba
San Cirilo de Jerusalén:
«cuando
te acerques, no lo hagas con las manos extendidas, o los dedos separados,
sino haz con tu izquierda un trono para la derecha, que ha de recibir al
Rey, y luego con la palma de la mano forma un recipiente, recibe el cuerpo
del Señor y di “Amén”».(7)
Recibir
a Jesús Eucaristía en la mano no es una innovación, ya en los primeros
siglos de la Iglesia se realizaba de este modo hasta por lo menos el siglo
IX en occidente, mientras que en Oriente esta práctica no se vio
interrumpida. Comulgar así, es un signo de adultez cristiana, aunque
siempre hay que respetar libertad de los fieles y, por ello, a cada uno le
compete optar entre las dos formas tradicionales de recibir la Eucaristía
expresando así su respeto, amor y veneración a Cristo. En todo caso, de lo
que se trata es de presentarse ante el Señor con el corazón purificado
puesto que así como es verdad que «no tiene sentido purificar con
cuidado las manos que pueden tocar al Señor, dejando manchada el alma que
recibirá totalmente el Cuerpo del Señor»,(8) tampoco puede
recibirse adecuadamente a Jesús en la boca, cuando la lengua hablando mal
del prójimo se ha hecho «indigna».
III. La Eucaristía como regalo de Dios para que nos convirtamos en
hermanos
Mediante
el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, del que participamos
todos, realizamos también la unión fraternal. Los que reciben la
Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo y, por ello mismo, Cristo
los une en un solo cuerpo: la Iglesia (1 Co. 10, 16-17). La misma
institución de la Eucaristía se realiza en el encuadre de una comida
comunitaria para que aparezca el carácter social, comunitario, fraterno.(9)
Ahora bien, una de las exigencias de credibilidad más fuertes en nuestros
tiempos es la sintonía que debe existir entre fe y vida. Por eso, para
recibir en verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros,
debemos reconocer a Cristo en el otro, especialmente en los más pobres. «Has
gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta
mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado
digno de participar en estas mesa. Dios te ha liberado de todos los
pecados y te ha invitado a ella. Y tu, aún así no te has hecho más
misericordioso» (10). Se comprueba una vez más, que la fe
en Dios muestra su madurez en la medida en que se afiance, se promueva y
se trabaje por la dignidad del hombre. (11) Jesús en la
Eucaristía está presente para que al comerlo se nos abran los ojos de
nuestra fe y descubramos las otras formas «reales» de su presencia,
principalmente en el prójimo necesitado (Mt. 25, 31-46). ¿De qué vale que
lo reconozcamos y adoremos presente en el sacramento si luego no lo
honramos comprometiéndonos con los enfermos, los hambrientos, los
sedientos? (12) Hoy podemos repetir, y repetirnos lo de San
Juan Crisóstomo «por la gracia de Dios, calculo que aquí nos reunimos
unos cien mil cristianos. Si cada uno diera un pan a los pobres, todos
estarían en la abundancia. Si todos se desprendieran de una pequeña
moneda, ya no habría ni un pobre».(13)
La
celebración eucarística concluye con el envío de los fieles para que,
éstos, fortalecidos por la gracia que se derrama en la comunión,
construyan en la sociedad un mundo más fraterno y humano. Y, «puesto
que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro
entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la Palabra de Dios,
nadie como María puede ser apoyo en una actitud como ésta».(14)
Con ella queremos contemplar
el rostro de
Cristo, a fin de que sepamos reconocerle dondequiera que Él se manifieste,
en sus multiformes presencias, pero sobre todo prolongando su
descubrimiento en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre en el
rostro de todos los hombres, especialmente de los más pobres.
Notas:
(1)
Ireneo De Lyon, Adv. Haer., 3, 18. 19.
(2)
Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente
55.
(3)
Juan Pablo
II, Ecclesia
de Eucaristía
11 (EE).
(4)
Tal como decía Santo Tomás: «en
Ti se engaña la vista, el tacto, el gusto; solamente se cree al oído con
certeza; pues en la cruz sólo estaba oculta la divinidad, pero aquí se
oculta también la humanidad».(Himno Adoro te devote).
(5)
San León Magno
Serm. 63,7; cf. San Agustín,
Confesiones VII, 10.
(6)
EE 22.
(7)
San Cirilo de Jerusalén,
Catequesis mistagógica, V, 21.
(8)
Juan Crisóstomo, Homilía
3, 4.
(9)
EE
24.
(10)
San Juan Crisóstomo,
Homiliae in primam ad Corinthios, 27, 4.
(11)
LPNE 15 y 16 y passim.;
Cf RH 13.
(12)
Cf. San
Juan
Crisóstomo, Homilías
sobre san Mateo, L, 3-4.
(13)
Ibid., LXXXV, 4.
(14)
EE 54.
Mons. Agustín Roberto Radrizzani, SDB, obispo de Lomas de Zamora |