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LA AMISTAD SOCIAL ES LA RESPUESTA CRISTIANA
A LA INSEGURIDAD PUBLICA
Carta pastoral de monseñor
Agustín
Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora,
difundida al término de la Semana Sacerdotal de Pastoral
Introducción:
“El
asalariado, en cambio, que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas,
cuando ve venir al lobo las abandona y huye y el lobo las arrebata y
dispersa. Yo soy el Buen Pastor: conozco mis ovejas y mis ovejas me
conocen a mi y doy mi vida por mis ovejas” (Juan 10, 12-15).
El Obispo de
Lomas de Zamora y todos los sacerdotes que trabajamos en esta Iglesia
Diocesana, no podemos ser indiferentes a las palabras de Jesús, que nos
propone un modo particular de ser pastores.
En la
cercanía física y espiritual con los hombres de nuestro tiempo, nuestra
vocación a colaborar con Cristo, halla plenitud y sentido. Él, que es el
Único y Verdadero Pastor, nos señala un estilo personal de conducir al
rebaño y nos propone imitarlo: ser cercanos, para conocer a las ovejas;
ser solidarios, para compartir sus angustias y temores; ser sencillos,
para interpretarlos y poder satisfacer sus inquietudes.
Es por ello
que creemos necesaria esta carta pastoral, que surge de la cercanía,
solidaridad y sencillez propuestas a todos los pastores, por nuestro
Señor.
La situación actual
La
multiplicidad de comunidades que conforman nuestra diócesis, nos permiten
tener una visión muy cercana a la realidad, fruto de la experiencia y de
la pastoral de cada día.
Nunca, como
en este momento, la inseguridad se apodero del corazón de las personas y
de las familias. La angustia de esperar que todos regresen a casa sanos y
salvos; el temor a ser asaltados o secuestrados; las agresiones físicas
que sufren (y tantas veces callan) las mujeres; la impunidad de los
delincuentes, la insólita protección que les brindan los grupos de poder,
el terror que paraliza a tantos ancianos y personas con dificultades, al
punto de no querer salir de casa para no ser agredidos.
Rejas,
alarmas de diversos tipos, cámaras de seguridad, servicio de vigilancia
privados, cerrojos y otras tantas formas de proteger a los que uno quiere,
son al mismo tiempo, expresiones de esa inseguridad que señalamos y
barreras que nos separan de los demás.
La vida
parroquial misma se ha visto alterada por esta dolorosa realidad. Los
horarios de las Misas se han adelantado porque las personas mayores temen
volver a su casa después del atardecer; lo mismo ocurre con las reuniones
de catequesis familiar y de los diversos grupos parroquiales. Otro tanto
ocurre con nuestros templos, muchos de los cuales, después de sufrir
sucesivos robos y profanaciones, al no tener recursos para una seguridad
paga, han optado por abrir sus puertas sólo en limitados horarios o poner
rejas.
Todo lo
anterior no ha impedido totalmente los continuos robos y asaltos a las
iglesias, las capillas, los colegios parroquiales, las comunidades
religiosas y son varios los sacerdotes que han sido asaltados y golpeados.
Como decíamos
al inicio, no hablamos solo desde lo que nos cuenta nuestra gente, sino de
lo que también nosotros soportamos y sufrimos.
Una clave de interpretación cristiana
Al tratar de
hallar las razones que nos llevaron de ser una sociedad amistosa y
abierta, a la situación actual de desconfianza e inseguridad, volvemos a
encontrar, en el corazón de los hombres, la raíz de nuestros males.
Así es, el
pecado original, ha dejado sus huellas en todo hombre, que se ve inclinado
de este modo a hacer el mal. El egoísmo, la maldad, el afán de poder y de
dinero fácil, juntos a tantos otros motivos personales, hacen que los
hombres se aparten del bien y la verdad, volviendo la mutua convivencia,
en algo difícil de lograr.
A estos
motivos personales, vienen a sumarse ahora los que llamamos “estructuras
de pecado”. Ellos son la marginación social, la corrupción de los
dirigentes, la escandalosa brecha entre ricos y pobres, la falta de
educación y de trabajo, la ausencia de una justicia confiable y ágil, la
miseria, la falta de modelos en la sociedad y la carencia de una familia
sólida que cumpla su rol de referente en la formación de los jóvenes.
Se suma a lo
anterior, el flagelo de la droga, que lleva a la pérdida de la razón,
juntamente con una conciencia que no refiere más a los valores y cesa de
reconocer límites en las propias acciones.
En fin, todas
cuestiones que podrían resumirse como desinterés por el bien común. Sin
esta amistad social fundacional es imposible ser nación. La mutua
desconfianza no permite establecer el entramado social básico; la falta de
un rumbo claro, solo hace que cada uno busque su propio bien pensando que
se puede ser feliz, prescindiendo de los demás, solo con salvar la propia
persona.
Llamados a construir la amistad social
Sin embargo,
no basta solo con ver la situación, ni siquiera con coincidir en las
causas que nos han llevado hasta este punto ¡Debemos proponernos una
salida!
Así como un
cuerpo se conforma a partir de células, que en su acción correcta y
coordinada lo van haciendo operativo, del mismo modo, el correcto
funcionamiento de la nación exige la coordinada acción de los ciudadanos.
Para comenzar, bastaría con que cada uno haga bien lo que corresponde a la
propia función social. Que el maestro enseñe, que el policía cuide la
seguridad, que el juez sea imparcial e independiente, que el personal
sanitario cuide y cure a los enfermos, y que cada quien cumpla su misión
social, con respeto por si mismo y por los demás, hallando en su servicio,
la oportunidad maravillosa de imitar a Cristo, que siendo Dios, se puso al
servicio de los hombres “como el que sirve”.
Tratar de
construir la fraternidad sin una referencia a la paternidad es imposible.
Es en la figura del Padre que nos reconocemos hermanos, de modo tal que el
origen común engendra una relación personal, que lleva a reconocer en el
otro, una cierta dignidad que lo hace mi “semejante”.
Origen común
y reconocimiento de la dignidad del otro, son bases sólidas, sobre las que
podremos construir una amistad social permanente, que haga más humana
nuestra convivencia.
Tan
importante como la conversión personal es la conversión de las estructuras
de pecado. Ésta acción requiere de cada uno de nosotros creatividad,
compromiso, reflexión. Es por ello que dejamos abierto un espacio, para
que desde las comunidades con sus párrocos a la cabeza, hagan llegar
propuestas a las diversas vicarías, a fin de seguir trabajando en
soluciones concretas.
Con el aporte de nuestra fe
Como personas
de fe, nos sentimos cuestionados a dar razones de esa esperanza a la que
hemos sido llamados. La esperanza a la que se refieren los textos bíblicos
es la definitiva, pero ello no nos excusa de sostener toda esperanza
humana válida.
Ella, aún en
el campo de lo social y de lo humano, pone sus bases, no en el pacto o en
acuerdo circunstancial, sino en el respeto por la ley natural, el deseo de
la verdad y del bien.
Finalmente,
como los hijos acuden a su madre sabiendo que los ayudara a superar
cualquier conflicto entre ellos, recurrimos a Nuestra Señora de la Paz,
Patrona de nuestra Diócesis, suplicándole una vez más: “Aleja los odios de
la humanidad, y entrega a tus hijos el don de la paz”
Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora |