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MENSAJE DE CUARESMA 2004


Carta Pastoral de Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora,
para la Cuaresma 2004


Queridos Hermanos:

Con el Miércoles de Ceniza iniciamos el Tiempo de Cuaresma.

Escuchemos la exhortación del profeta Joel: «conviértanse al Señor, su Dios, porque él es compasivo y misericordioso» (Jl 2, 13).


1. La conversión: regalo y posibilidad.

Estas palabras nos indican que la conversión del corazón es la dimensión fundamental del tiempo de gracia que nos disponemos a vivir. Ellas son la motivación profunda que nos impulsa a reanudar el camino hacia Dios,  la conciencia clara de que el Señor es Amor (1 Jn 4, 8) y que todo hombre, sea cual fuere la situación en la cual se encuentre, es un hijo amado por él y llamado a la conversión. Desde estas convicciones, como comunidad creyente nos encaminamos hacia la casa del Padre, llevando en el corazón la confesión de nuestras culpas y la esperanza de ser liberados de las esclavitudes que el pecado genera, tanto en los corazones como en las estructuras.

Hoy volvemos a convencernos que es el mismo Señor quien sale al encuentro del pecador arrepentido, lo abraza, y le hace comprender que, al volver a casa, ha recuperado su dignidad de hijo: «estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (Lc 15, 24). En rigor no podemos esperar otra cosa, pues el Dios revelado por Jesucristo es el Padre, «compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad» (Jl 2, 13). De allí que a este tiempo lo llamemos «momento favorable» (cf. Ga 4, 4). En efecto, Dios, mediante Jesús vuelve a «escuchar» y «socorrer» a su pueblo, realizando plenamente las promesas de los profetas (cf. Is 49, 8). En él se cumple el tiempo de la misericordia y del perdón, el tiempo de la alegría y de la salvación. Por ello, el pasaje de la segunda carta a los Corintios nos repite: «en nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios» (2 Co 5, 20). Esta explícita referencia a Cristo nos manifiesta que en él se da al pecador la posibilidad de una auténtica reconciliación, puesto que sólo Cristo puede transformar la situación de pecado en situación de gracia. Sólo él puede convertir en «momento favorable» los tiempos de ésta, nuestra humanidad, inmersa y dañada por el pecado, turbada por las divisiones y el odio (cf. Ef 2, 14. 16). (1)


2. ¿De qué nos libera Cristo?

Sólo en Jesús podemos encontrar la luz que nos aparte de la consecución del éxito fácil y rápido «que fomenta acciones corruptas en todos los niveles, particularmente en los dirigentes», sólo él nos libra del individualismo que nos impide «integrarnos con entusiasmo a emprendimientos comunitarios que suponen trabajar en equipo», y nos regala la necesaria «pasión por el bien común». (2)

En cambio, cuando nuestra «conversión» no es hacia el Señor, sino hacia los bienes de esta tierra, entonces, en nuestra sociedad se hace presente la competencia «por espacios de poder y privilegios»; el cultivo del egoismo que reivindica derechos de algunos grupos en detrimento de otros; la búsqueda inescrupulosa de «beneficios particulares o corporativos» que multiplican «el número de los pobres y excluidos» (3) y genera, tanto «el desempleo, la creciente pobreza y la marginación compulsiva de amplios sectores», así como desencuentros y la «pérdida de los vínculos afectivos», la «distorsión de los roles» e incluso la disgregación del núcleo familiar. (4)


3. Urgencia de “algo inedito”

Para evitar tales «pobrezas» en el seno de nuestra Patria, creo, humildemente, que hacen falta misioneros valientes y enamorados de Jesús a fin de que su mensaje, cargado de esperanza, llegue a su pueblo «hambriento de Dios», y lo estimule, una vez más, a volver a él sus ojos para que, contemplando su «rostro doliente», luego sepa descubrirlo en los rostros dolientes de los hermanos. (5) Una vez más, aprendamos que en la escuela de Jesús, la exigente opción preferencial por los pobres testimonia, de por sí, «el estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia».(6) Contemplar el rostro de Jesús es incompatible con aquella otra actitud que considera como «normal» el que hermanos nuestros busquen comida entre los residuos. Como cristianos hemos de luchar por una sociedad más justa. Convertirnos, «es también renunciar a la inercia y a la comodidad. Hay un nuevo camino que emprender, colmados de una esperanza que no defrauda. No vale la pena demorar la partida».(7)


4. Signos de esperanza.

Gracias a Dios, se perciben, en nuestra Patria signos de la presencia del Espíritu que actúa por encima de las dificultades. En efecto, a pesar del desgaste social, subsisten en Argentina «algunas reservas de valores fundamentales: la lucha por la vida y la defensa de la dignidad humana, el aprecio por la libertad, la constancia y preocupación por los reclamos ante la justicia; el esfuerzo por educar bien a los hijos; el aprecio por la familia, la amistad y los afectos; el sentido de la fiesta y el ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente situaciones difíciles en la vida cotidiana. Todos ellos son signos de esperanza y nos alientan a proclamar una vez más el estilo de vida que inspira y propone el Evangelio de Jesucristo».(8)

Incluso, «en el seno de la comunidad cristiana siempre surgen talentos creativos que avivan el fuego de una nueva imaginación de la caridad. Efectivamente, surgen de modo espontáneo, particularmente desde los sectores más pobres, muchas expresiones de solidaridad con  raíces humanitarias y evangélicas, las que con un voluntariado audaz y sacrificado van extendiendo redes solidarias, verdaderos puentes de ayuda y cercanía entre los que pueden y se conmueven, y los que necesitan y agradecen. Al mismo tiempo, han surgido asociaciones organizadas u ocasionales de distinto tipo, en las que los ciudadanos reclaman sus justos derechos. Frente a la inestabilidad e incertidumbre social, tales expresiones son una fuente generadora y reparadora de vínculos sociales, de contención y de esperanza de justicia».(9) Además, en lo más íntimo de muchas comunidades ha surgido, de una mayor participación laical y del aumento de la actividad misionera, el interés por profundizar la propia fe y ponerla al servicio de los más necesitados.(10)

A pesar de todas las dificultades por las que tiene que atravesar la institución familiar, percibimos que ésta «es un valor apreciado por nuestro pueblo. El hogar sigue siendo un lugar de encuentro de las personas y en las pruebas cotidianas se recrea el sentido de pertenencia».(11) Como podemos percibir no todo es negativo, la realidad es claro-oscura; posee luces y sombras.


5. Llamados a una vida nueva

Queridos hermanos, hoy, Miércoles de Ceniza, día en el cual comenzamos solemnemente la Cuaresma, los exhorto y los animo a que integren en la vocación a la santidad a la cual hemos sido llamados el «compromiso por el bien común social [...] Nunca hemos de separar la santificación de los compromisos sociales. Estamos llamados a una felicidad que no se alcanza en esta vida. Pero no podemos ser peregrinos al cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena».(12) Comencemos presurosos esta «peregrinación evangelizadora. Su mensaje es el que necesitamos escuchar para alcanzar una vida mejor. No hay excusas que justifiquen la dejadez y las demoras. El Espíritu Santo puede infundirnos toda la fuerza y el impulso que nos hace falta. María es el signo de esperanza más bello que se nos ha dado. Naveguemos mar adentro nutridos por la Palabra y reconfortados en el banquete de la Eucaristía. Que Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús al partir el pan (Lc 24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para descubrirlo y correr hacia nuestros hermanos llevándoles el gran anuncio: ¡Hemos visto al Señor! (Jn 20,25)».(13)

En concreto, la Iglesia con su liturgia nos invita a ponernos, una vez más, en camino hacia Cristo. Esto significa creer hasta tal punto en el Amor de Dios que anhelemos vivir la santidad a la que El nos llama, alimentados por su Palabra y la Eucaristía. Dejar atrás nuestras mezquindades y correr para servir a los hermanos.

Esta es la vida nueva, esta es nuestra Pascua.


Notas:

(1) CEA, Navega Mar Adentro (NMA) 22.

(2) Ibid., 25.

(3) Ibid., 37.

(4) Cf. Ibid., 42.

(5) Cf. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte (NMI) 25-27; NMA 58.

(6) Ibid., 49; cf. NMA 34

(7) NMA 99.

(8) Ibid., 28.

(9) Ibid., 39.

(10) Cf. Ibid., 48.

(11) Ibid.,43.

(12) Ibid., 74.

(13) Ibid., 100.


Mons
. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora



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