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Ordenación del Diácono FEDERICO WECHSUNG


Homilía de  monseñor
Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora, en la misa de ordenación diaconal de Federico Wechsung
(Parroquia de la Inmaculada Concepción de Monte Grande - 8 de marzo de 2005)



1. El diaconado como regalo de Dios para su Iglesia

Hoy, nuestra Iglesia diocesana está de fiesta puesto que el Señor ha querido bendecirnos con la ordenación de Federico Wechsung, de la Parroquia Inmaculada Concepción, como diácono. La institución del diaconado –que en griego hace referencia al ministerio entendido como servicio– se remonta al Nuevo Testamento. San Lucas nos dice que los Apóstoles impusieron las manos sobre «siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría» para que atendieran las necesidades de las viudas de habla griega, a fin de que ellos pudiesen dedicarse mejor a la oración y a la predicación (Act 6, 3). Pues bien, desde ese entonces, el diaconado se mantuvo floreciente en la Iglesia de Occidente hasta el siglo V (1) y, si bien conoció posteriormente una lenta decadencia, terminando por permanecer sólo como etapa intermedia para los candidatos a la ordenación sacerdotal, el Concilio Vaticano II le devolvió todo su valor teológico.(2)


2. El servicio a Jesús en los más necesitados

Tal como se desprende de la obra de Lucas, los diáconos, desde el inicio no se dedicaron únicamente al servicio de las mesas,(3) sino que su tarea fundamental fue, y ha de ser, la de visitar a los indigentes.(4) Es decir, el sentido profundo de su ministerio y de su espiritualidad es el vivir en la dimensión del misterio de Cristo en cuanto diácono del Padre,(5) a fin de comprometerse en la liberación integral del hombre.(6) En todo caso, si ha de servir al altar es para prolongar este servicio a Jesús en la Eucaristía sirviéndolo luego en los hermanos, en especial los más pobres. Participando del Sacrificio Eucarístico el diácono ha de percibir más a fondo la universalidad de la redención, y consecuentemente, la urgencia de la misión a la que está llamado. En efecto, si la Eucaristía actualiza la entrega del Hijo por nosotros, ésta ha de impulsarlo a entregarse por los demás.


3. El servicio al Altar como fuente de comunión

Si bien la institución de los diáconos fue para socorrer a los indigentes, penosamente, con el tiempo, fue decreciendo la actividad caritativa (7) y se fueron asumiendo mayores funciones litúrgicas, las cuales, en ocasiones, llegaron a oscurecer la realidad originante de la vinculación del diaconado en atención a los necesitados.(8) Si justamente la Eucaristía es para la unidad de la Iglesia, a la cual son congregados los hombres por este sacramento,(9) entonces, ella es fuente inspiradora para el ministro ordenado a fin de que sea gestor de comunión entre sus hermanos venciendo la lógica de dominio y de egoísmo y abriéndose a una rica participación en la diferencia.


4. Proclamar la Palabra de Dios

El Orden Sagrado consagra al diácono para el ministerio del encuentro con Cristo Siervo también en el ministerio de la palabra. El acto sacramental de la ordenación va más allá de una simple elección o designación por parte de la comunidad, ya que confiere un don del Espíritu Santo, que permite ejercitar una potestad sacra, que puede venir sólo de Cristo, mediante su Iglesia.(10) Según el rito de la ordenación, el primer aspecto del ministerio diaconal es el ministerio de la palabra, esto es, el encargo de predicar la Buena Noticia y de anunciarla en la asamblea. Su primera «actitud» ha de ser dejarse impregnar por el Espíritu Santo a fin de poder anunciar el Evangelio testimoniado con su vida. Él es llamado  a ser voz de Cristo, Dios y hombre verdadero. Este encargo de la Iglesia, supone –a fin de que sea «buen instrumento» de Dios en el que resuene la palabra del Señor– que quien ha de ejercer tal dignidad se forme permanentemente tanto en el ámbito espiritual como en el teológico. El ministerio de la palabra lleva la implícita obligación de conocer y vivir el Evangelio, comprenderlo en comunión con la Iglesia y proclamarlo de modo que alimente al Pueblo de Dios.


5. Cultivo de virtudes humanas

Cobra particular importancia que los diáconos, por haber sido llamados a ser hombres de comunión y de servicio, posean suficiente capacidad para relacionarse con los demás. Pues bien, esto exige que sean afables, hospitalarios, sinceros en sus palabras y en su corazón, prudentes y discretos, generosos y disponibles para el servicio, capaces de ofrecer y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuestos a comprender, perdonar y consolar.(11) Pero, esta formación humana se abre y se completa en la formación espiritual, que constituye el centro unificador de toda formación cristiana. Su fin es promover el desarrollo de la nueva vida recibida en el Bautismo con la particular característica de buscar descubrir y experimentar el amor de Cristo siervo, que vino no para ser servido, sino para servir. Aquí resaltarán virtudes tales como la sencillez de corazón; la donación total y gratuita de sí mismo; el amor humilde y servicial para con los hermanos, sobre todo para con los más pobres, enfermos y necesitados; la elección de un estilo de vida de participación y de pobreza.

Es providencial que hoy la Iglesia celebre a San Juan de Dios, quien fuere fundador de la Comunidad de Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios y que tanto se dedicase al servicio de los enfermos, sobre todo a los enfermos mentales. Con su ejemplo enseñó que a los hombres hay que atenderlos integralmente, no sólo lo en lo que respecta a su cuerpo, sino también a su espíritu. Y, así, quien se hubo humillado tanto delante de los hombres y fuera apedreado como loco, al morir fue acompañado como un santo por el obispo, las autoridades y todo el pueblo. Dios quiera que Federico, así como todos aquellos que hemos recibido el diaconado, tengamos siempre presente, como lo tuvo San Juan de Dios, aquello que nos dice Mateo: «Todo lo que hicieron con cada uno de estos mis hermanos enfermos, lo hicieron conmigo» (Mt. 25,40).

En síntesis: el servicio a los pobres es la prolongación lógica del servicio al altar y la contemplación de Jesús eucaristía, así como la atenta meditación de la Palabra de Dios y la vivencia de la hermandad sacramental para con otros diáconos. 

En suma, como puede constatarse, vivir la diaconía del Señor supera toda capacidad natural y, por lo mismo necesita abrirse a la vida de la gracia en el seguimiento de Jesús, para que sea él quien lleve la responsabilidad del ministerio. Por ello, no contemplemos este acontecimiento que está próximo a realizarse como espectadores lejanos, sino que acompañemos desde ahora con nuestra oración a este hermano nuestro que recibirá el orden del diaconado. Y pidamos al Señor por Él y por nosotros para ser como Jesús servidores de nuestros hermanos. Que María, la humilde siervo, nos ayude en esta tarea.


Notas:

(1)   Cf. San Ignacio de Antioquia, Carta a los Filadelfios, 4; Carta a los Esmirnianos, 12, 2; Carta a los Magnesios, 6, 1; Didascalia Apostolorum (Siriaca), cap. III, XI.

(2)   LG 29.

(3)   Cf. San Ignacio de Antioquia, Carta a los Tralianos, 11, 3.

(4)   Cf. Didascalia XVI.

(5)   Hipólito, «Tradición», en Sources Chrétiennes, Paris 1968, p. 13.

(6)   Cf. CELAM, Documento de Puebla 697.

(7)   Cf. Croce, W., «Histoire du diaconat», en Winniger, P. – Congar, Y. (eds), Le diacre dans.  l´eglise et le monde d´aujourdui, Paris 1966 47-57.

(8)   Ibid., 135.

(9)   Santo Tomás, STh III, q. 73 arts. 3 y 4.

(10) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1538.

(11) Cf. Juan Pablo II, «Alocución del 16 marzo 1985», en  Enseñanzas, VIII, 1 (1985), 649; Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 29; CIC, 1008.


Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora



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