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MISA DE ENTREGA DE
MINISTERIOS DE LECTORADO Y ACOLITADO
Homilía de monseñor Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora
(17 de marzo de 2005)
Hoy, la Iglesia diocesana se alegra de que algunos miembros suyos hayan
escuchado el llamado a ser servidores de la Palabra y del altar, se hayan
preparado seriamente para cumplir estos ministerios y, generosamente,
quieran disponer su tiempo al servicio de los demás.
Ahora,
permítanme algunas breves reflexiones acerca del ministerio del lectorado
y del acolitado.
En primer
lugar hemos de tener presente que los lectores son invitados no
tanto a leer la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas, sino a
proclamarla vivamente. Es evidente que el peso de esta afirmación recae
sobre la diferencia que se impone entre leer y proclamar. En
efecto, leer un texto significa ser capaces de expresar a viva voz
el contenido de un mensaje a fin de que sea escuchado por el auditorio. En
este sentido, alguien podrá ser un buen lector si cuenta con una buena
voz, un buen medio que la transmita, y la capacidad de respetar la
puntuación que corresponda al escrito. Basta por tanto tener en cuenta la
materialidad del texto y contar con un buen canal transmisor para
asegurarse que el mismo sea al menos recepcionado. Sin embargo, esto no es
suficiente para quien recibe el ministerio del lectorado. Es decir, el
ministro lector no sólo ha de “leer” la Palabra de Dios, sino que ha de
proclamarla. Encierra este concepto “proclamar” un acento
particular. En efecto, proclama la Palabra de Dios, aquél quien ha
permitido que esta Palabra lo fecunde interiormente y es capaz de hacer
partícipes a los demás de este don inestimable del Señor. Proclamar, por
tanto, es anunciar las maravillas que Dios ha obrado en mi interior; es
participar de la misión confiada por Cristo a la Iglesia de anunciar la
Verdad a toda criatura. Como podemos apreciar, este ministerio
significa ejercer un oficio especial al servicio de la fe, ya que ésta
nace del mensaje que no es otra cosa que hablar de Cristo
(cf. Rom
10, 14-15; Mc 16, 16).
Conocer el
Evangelio en cuanto buena noticia; hablar desde la voz de la Esposa de
Cristo, en cuyas entrañas resuena indefectible e infaliblemente la voz del
Esposo; y ser escucha y custodia de la Palabra, son actitudes que han de
caracterizar a quien recibe el ministerio del lectorado. Pero, además, la
Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio.
No es suficiente prestar atención a la materialidad de la proclamación, es
necesario ponerle vida, acompañarla con un corazón enamorado y
comprometido. Tal como dijese el Venerable Papa Pablo VI, “el hombre
contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que
enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”.
Es sobre todo mediante un testimonio de fidelidad a Jesucristo, con un
corazón pobre, y con espíritu libre y abierto al amor de Dios, como
verdaderamente se cumple con el ministerio a ustedes hoy confiado.
Como podemos
apreciar, vivir en permanente fidelidad a la Palabra que hemos de
proclamar nos resulta humanamente imposible. De allí que hemos de
rendirnos a la gracia de Dios. Nuestra derrota humana será entonces un
triunfo teológico. Allí donde descubro mi pobreza, viene en ayuda la
fuerza divina. Por eso, el ministerio del lectorado ha de comenzar de
rodillas pidiéndole al Señor la fuerza de vivir aquello que proclamo con
mis labios. De ese modo, mis hermanos, a pesar de ver mis limitaciones,
verán un corazón enamorado que intenta, con la ayuda de la gracia, ser
fiel testigo del amor de Dios.
En cuanto a
ustedes queridos ministros lectores que hoy recibirán el acolitado, sepan
que este servicio que la Iglesia les encomienda supone como exigencia
personal una especial configuración interior con el Misterio Pascual de
Cristo en la profesión de un singular amor a los hermanos. Poco serviría
que luego de ayudar a los presbíteros y a los diáconos en su ministerio
litúrgico, o de distribuir como ministro extraordinario la Sagrada
Comunión a los fieles, es decir de servir al Altar donde se ha hecho
presente Jesús en la Eucaristía, no sepan luego servirlo en sus hermanos.
Para que este fin pueda verdaderamente ser cumplido es necesario, cada
día, captar el sentido íntimo y espiritual de las acciones que realizan, a
fin de ofrecerse al Señor como sacrificio espiritual. El acólito ha de
pedir a Dios que cada celebración Eucarística sea para él, como lo fue
para los discípulos de Emaús, una gracia que les abra los ojos de la fe y
les permita reconocer a Jesús al partir el pan (Lc 24, 35). Es el
mismo Jesús, Aquél que se encarnó en el Seno purísimo de la Virgen María,
quien de modo real se hace presente en la realidad de su cuerpo y de su
sangre en cada celebración de la Santa Misa.
Pero, además, la Eucaristía no nos deja extáticos en su contemplación,
sino que como proyecto de solidaridad para toda la humanidad nos
impulsa a ser promotores de comunión, de paz y de solidaridad en
todas las circunstancias de la vida.
En este
Año de la Eucaristía podemos junto con Juan Pablo II preguntarnos:
“¿por qué, pues, no hacer de este Año [...] un tiempo en que
las comunidades diocesanas y parroquiales se comprometan especialmente a
afrontar con generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas de
nuestro mundo? [...] No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y,
en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como
verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35; Mt
25,31-46)”.
Pues bien, creo que en esta hermosa y desafiante tarea juegan un rol
singular todos aquellos que servimos al Altar del Señor y, por tanto
compete también a ustedes queridos hermanos que hoy recibirán el
ministerio del acolitado.
Dios, rico en
misericordia, nos conceda el don de la humildad para saber poner en
práctica aquello que hoy nos dice el Apóstol Pedro: “el que ha recibido el
don de la Palabra, que la enseñe como palabra de Dios. El que ejerce un
ministerio, que lo haga como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios
sea glorificado en todas las cosas, por Jesucristo ¡A él sea la gloria y
el poder, por los siglos de los siglos! Amén” (1 Pe 4, 11).
María,
Servidora del Señor enséñanos a estar siempre disponibles para servir a tu
hijo en el servicio a los demás, en especial los más pobres.
Notas:
(1)
Cf. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 21. 41.
(2)
Pablo VI,
Discurso a los miembros del Consilium de Laicis (2 octubre 1974): AAS
66 (1974), p. 568.
(3)
Cf. Pablo VI, Encíclica
Mysterium fidei (3 septiembre 1965), 39: AAS 57 (1965), 764; S.
Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, sobre
el culto del misterio eucarístico (25 mayo 1967), 9: AAS 59 (1967),
547.
(4)
Cf. Juan Pablo II, Carta
Apostólica Mane Nobiscum Domine, octubre 2004- octubre 2005,
7/10/2004, 27.
(5)
Ibid., 28.
Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora
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