JORNADA POR LA VIDA
Homilía de monseñor Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora,
en la Jornada por la Vida llevada a cabo el 3 de abril de 2005
Queridos
hermanos:
Quiero
en este breve mensaje dirigirme a tanto a quienes creemos en Jesús el
Señor, Dios de la Vida, vencedor del pecado y la muerte, como a aquellos
hombres de buena voluntad que reconocen el
valor de cada
ser humano desde el momento mismo de la concepción.
Al
comenzar el nuevo milenio somos testigos de
muchos
atropellos
que hablan a las claras que aún falta mucho por hacer para que la vida de
todos los hombres sea más “humana”. En efecto, baste al respecto citar: la
alarmante extensión de la pobreza, la escandalosa concentración de la
riqueza en pocas manos, la corrupción de las clases dirigentes, los
conflictos armados de insospechables consecuencias, los nuevos
fundamentalismos, el desfase entre lo que se dice y lo que se hace, el
menosprecio de la vida, de la paz, de la justicia, de algunos derechos
humanos fundamentales, de la preservación de la naturaleza, etc. Todo ello
clama por un compromiso más intenso de parte de aquellos que creemos en la
singularidad del hombre. Además, los que hemos aceptado a Cristo el
maestro, no podemos olvidar por un lado, que todo no pronunciado
sobre la imagen de Dios es, por ello mismo, un no al
mismo Dios; y por otro lado, que el camino primero y fundamental de la
Iglesia es el hombre viviente.(1)
En otra
ocasión
he afirmado y estoy convencido que todos
los
cristianos estamos llamados a fin de que el pan sea lo
suficientemente abundante en la mesa de la humanidad, y de este modo
evitar, tanto un control artificial e irracional de los nacimientos, así
como la exclusión de numerosos hermanos con vistas a disminuir el número
de comensales en el banquete de la vida.(2)
Estas
verdades no podemos callarlas. Sin embargo, el modo como han de ser dichas
importa en grado no inferior. No ayudan a nuestro pueblo las
intemperancias provengan éstas de parte de los miembros de la Iglesia, o
de la sociedad civil, puesto que son un indicador negativo de la ausencia
de respeto ante el pensamiento distinto. Hemos de recordar siempre que no
basta con defender la verdad si con ello faltamos a la caridad. Pero,
también es cierto que en nombre de la caridad no debemos ocultar la
verdad. El criterio que ha de regir nuestro modo de hablar ha de ser aquél
que nos permita constatar que cada vez que proclamamos la verdad con ello
estamos construyendo una civilización basada en el respeto y el amor.
Todos hemos
de luchar para que se respete cada vida humana, para erradicar de las
calles la violencia que genera lamentables muertes cotidianas provocadas,
sea por la violencia callejera, sea por la falta de responsabilidad o
negligencia. Hemos de esforzarnos para educar en el amor, es decir, hacer
comprender que la sexualidad es un modo de ser hombre o mujer que indica
la complementariedad y sugiere el respeto del uno por el otro. En cambio
el exacerbamiento de la genitalidad y el uso irresponsable de la misma
comenzando incluso a temprana edad, no colabora para promover ambientes en
donde reine el respeto, sino más bien el propio placer, en el cual el otro
es reducido a mero objeto.
Gracias a
Dios no todo es oscuridad, también hay muchas luces en medio de nuestro
pueblo: comedores populares, la asistencia a viejitos o enfermos, la
visita a hermanos privados de la libertad son muestras de salud humana
pues expresan la presencia de quienes desinteresadamente y viendo en el
hombre un fin y no un medio, un valor absoluto y no relativo, entregan su
tiempo y amor.
Notas:
(1)
Juan Pablo II, Carta Encíclica
Redemptor Hominis 14.
(2)
Pablo VI, Discurso ONU, 4 de
octubre de 1965, 77.
Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora |