Amar al papa porque es
un enviado de dios
Homilía
de monseñor Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora
en la misa por el Papa Benedicto XVI
(Catedral de Lomas de Zamora, 25 de abril de 2005)
Queridos hermanos:
Eucaristía es acción de gracias.
Esta es
la segunda vez que nos encontramos durante este mes en esta querida
Iglesia Catedral para dar gracias a Dios y para pedirle. El día 7 de abril
nos reuníamos aquí para agradecerle a Dios el don de Juan Pablo II, un
testigo de Jesús y un misionero del Reino.
Hoy nos
reunimos para dar gracias a Dios nuevamente que en su gran misericordia ha
querido darnos un nuevo Vicario de Cristo y un Sucesor de Pedro en la
persona de Benedicto XVI.
¿Qué
sentimientos anidan en nuestros corazones ante tanta bondad?
1. En primer lugar como familia de Dios queremos recibirlo como
enviado de Dios.
El
martes 19 de abril, reunidos con los Obispos de la Argentina estábamos
agolpados en torno al televisor: humo blanco.
¿Quién
sería? ¿Cómo se llamaría? ¿Lo conocíamos?
La
repuesta al anuncio de su nombre fue un aplauso general y una gran
alegría.
Pero no
me pareció que eso fuera fruto de la persona o de tal nombre, sino porque
Dios había regalado un nuevo Pastor a su Santa Iglesia.
Y se
veía en todos el deseo de recibirlo como enviado de Dios. Todavía nos
empeñábamos por afirmar nuestra fe en la Resurrección creyendo que Juan
Pablo II estaba junto a Dios y gozando de la compañía de los Santos cuando
ahora la Providencia nos hacía este regalo: Benedicto. La orfandad había
desaparecido y el Señor nos daba un nuevo hermano que lo representaría
aquí en la tierra.
Este
sentimiento de recibirlo y alegrarnos iluminó toda la semana de
deliberaciones de la Conferencia Episcopal Argentina.
2. Una segunda actitud se notó entre nosotros y en el pueblo
cristiano: amar al Papa
Benedicto porque es el enviado de Dios.
Lo
amamos porque Dios nos lo ha dado. El le ha confiado la conducción de su
Iglesia y nosotros desde el martes 19 de abril empezamos a amarlo.
Se
siente entre la gente la forma de brindarle su adhesión: porque era un
íntimo colaborador de Juan Pablo II, porque es un hombre capaz de entender
los problemas del mundo, porque conoce las esperanzas y los dolores de
nuestro tiempo, hasta las razones más simples como la de una persona muy
querida que me decía: “Estoy muy contenta con el nuevo Papa” - ¿Por qué?
Porque tiene la sonrisa de un hombre bueno..
Pero más
allá de estas y otras razones, lo amamos porque nos lo dio Dios y El sabe
más que nosotros lo que nos conviene.
Amarlo
significa movernos en otra dimensión que los criterios del mundo.
Amarlo
significa apoyar su debilidad que ante el sentido de incapacidad y
turbación humano, “siente que Juan Pablo II tomándolo de la mano le dice:
“No tengas miedo”.
Amarlo
significa rezar permanentemente por él que sintiéndose débil para la
misión que Dios le confía, se fía del Señor y de nuestras oraciones.
Amarlo
significa también que la Iglesia somos todos y pertenecemos a la misma
familia y como sufro los problemas de mi hogar, también sufro los
problemas de la Iglesia y hago mía las angustias y los sufrimientos de
nuestro amado Papa Benedicto.
3. Finalmente estamos aquí reunidos para escuchar lo que Dios
quiere decirnos a través del Papa. Lo escuchamos cuando ayer decía:
después de invocar a los Santos, no me siento solo: lo escuchamos cuando
nos dice que su verdadero plan de gobierno no es hacer su voluntad, ni
seguir sus propias ideas, sino la voluntad de Dios y dejarse conducir por
El.
Lo
escuchamos cuando ayer con convicción nos aseguraba que Cristo nos lleva a
nosotros, a cada uno, a todos y es El que nos invita a llevarnos los unos
a los otros.
Lo
escuchamos cuando sabemos que Jesús quiere que demos la vida por los
hermanos y nos invita a ser como Jesús servidores de todos.
Lo
escuchamos cuando nos dijo, para enseñarnos la paciencia de Dios, que el
mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores.
Lo
escuchamos y aprendemos de Jesús a apacentar. Apacentar significa amar y
amar quiere decir estar dispuestos a sufrir.
Lo
escuchamos cuando nos decía que nosotros existimos para enseñar Dios a los
hombres, porque cada uno es querido, cada uno es amado, cada uno es
necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados y sorprendidos
por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros nuestra
amistad con El.
Ayer, al
final de su homilía nos dilató el corazón y la mirada sobre quienes no
conocen a Cristo asegurándonos que con El no se pierde la libertad sino
que El es nuestra libertad y nuestra alegría.
Hermanos
queridos, hemos escuchado estas dos hermosas lecturas:
La 1ª
son consejos de Pablo a su querido discípulo Timoteo: “soporta las
fatigas, acuérdate de Jesucristo: si hemos muerto con El, resucitaremos
con El”.
Es la
herencia de Juan Pablo a Benedicto, y ahora de Benedicto a todos
nosotros.
La 2ª
Lectura es el diálogo estupendo de Jesús y Pedro: “Pedro: ¿me amas?
Benedicto respondió: “Señor, sabes que te quiero”.
Nos toca
ahora a nosotros responder con un alma grande: gracias Señor porque con tu
Providencia guías a la Iglesia. Tú lo sabes todo y sabes que te amo. Amén.
Mons. Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora |