día del trabajador
Homilía
de monseñor Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora
en la misa por el Día del Trabajador
(1 de mayo de 2005)
Queridos hermanos pertenecientes al mundo del trabajo, amas de casa;
obreros; empleados; empresarios; profesionales. Todos sin excepción:
En este día dedicado a los
trabajadores, día en el que celebramos a San José Obrero quisiera, además
de otorgar de corazón mi bendición a todos aquellos quienes con su
esfuerzo ayudan a construir un país más habitable, reflexionar, muy
brevemente, acerca de la realidad del trabajo, tal como se desarrolla en
nuestro querido país.
1.
Esfuerzos realizados, tareas por realizar
En primer lugar es de
alabar el crecimiento de la actividad económica así como la reducción en
la tasa de desempleo. Aunque, lamentablemente, esta última, con un 12,1%
aún esté distante de satisfacer las necesidades de aquello que dignamente
han de “ganarse la vida”. Si a esto sumamos el aumento de aquél trabajo
que excluye a la asistencia social y de salud, o a la recaudación
previsional (según las cifras del INDEC de marzo de 2005, el comúnmente
llamado “trabajo en negro” llegó al 48,9 %), comprobamos que de este modo
no sólo se hipoteca el presente, sino también el futuro de muchos hermanos
y hermanas. Por ello, creo humildemente, que toda la sociedad es la que ha
de esforzarse para revertir esta situación: desde aquellos a quienes toca
pensar leyes que protegiendo al empleador no descuiden al empleado, hasta
quienes tienen la gracia de poder ejercer un trabajo digno y honesto
siendo responsables y dedicados. Si la brecha entre los que tienen mayores
ingresos y los hogares más pobres se ve incrementada (tal como señalan los
datos correspondientes al último trimestre del 2004: el 10 % de los
hogares mayores ingresos recibe 33 veces más que el 10 % de los hogares
más pobres), sobre semejante injusticia será difícil construir la paz. En
efecto, la paz es fruto, entre otras cosas, de la justicia social. Podemos
hoy, en este nuevo milenio, repetir aquellas cálidas palabras del Papa
Pablo VI: “estamos a la puerta de ustedes y llamamos (cf. Ap 3, 20).
Ábrannos, por favor. Somos el Peregrino de costumbre, que recorre los
senderos del mundo, sin cansarse jamás ni perder el camino. Hemos sido
enviados para traerles el anuncio de siempre; somos el profeta de la paz.
Sí, paz, paz, vamos gritando, como mensajero de una idea fija, de una idea
antigua, pero siempre nueva por la necesidad presente que la reclama como
un descubrimiento, como un deber, como una dicha. La idea de la paz parece
un dato adquirido, como expresión equivalente y perfectiva de la
civilización. No hay civilización sin paz. Pero, en realidad, la paz nunca
es completa ni segura”. Trabajar por la paz es en definitiva trabajar por
el respeto de los Derechos humanos y, entre ellos, está el derecho a
ganarse el pan dignamente con el sudor de la frente. «Una sociedad en la
que este derecho se niega sistemáticamente y las medidas de política
económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios
de ocupación, no puede conseguir su legitimidad de ocupación ética ni la
justa paz social».
2.
El mundo en cuanto “aldea” laboral
No sería justo mirar las
cosas tan sólo a escala “nacional”. En efecto, el trabajo industrial huye
de un país a otro en busca de mano de obra más barata. El sujeto pasa a
ser mercancía que se compra a menor precio, a fin de obtener más réditos
económicos. El producir y lo útil desdibujan el rostro humano: sólo vale
quien produce. Ahora, si el trabajo pretende ser verdaderamente humano,
éste ha de afirmar la preeminencia del sujeto por sobre la producción.
Esto significa en concreto que el hombre no sólo trabaja para producir,
sino fundamentalmente para «hacerse» en el ejercicio de su libertad
creadora y, con ello, va construyendo su propia felicidad al ir realizando
por el trabajo su humanidad. Por ello, jamás el trabajo debe ser
considerado como una «mercancía» que el trabajador vende al empresario,
sino un medio para la realización humana de quien trabaja. No considerar
las cosas de este modo produce una profunda herida psicológica. Un obrero
especializado que posea más de 40 años, si pierde su trabajo, difícilmente
pueda ingresar nuevamente en el mundo laboral haciendo de éste un espacio
de realización, sino que generalmente ha de aceptar cualquier tipo de
empleo con tal de poder seguir viviendo él y su familia. Además, hay
paradojas que nos dejan boquiabiertos. Por ejemplo, en la Argentina
producimos trescientos millones de toneladas de cereales, pero no sabemos
cómo dar trabajo a nuestra gente desocupada. Hemos de fomentar una cultura
del trabajo que repita: “el litro de leche que te ganas con el sudor de tu
frente, alimenta mucho más a tus hijos que aquél que te es dado como
dádiva”.
3.
Mínimos requeridos para una “cultura del trabajo”
Ahora bien, para que esto
sea posible ha de haber una serie de mínimos requeridos. El trabajo ha de
ser siempre participación del poder creador de Dios. Un trabajo que
destruya la vida, o que la contamine de cualquier modo sin que ayude a
embellecer al mundo, pasa de ser un verdadero trabajo humano a una
maldición pronunciada por la boca de los orgullosos. El trabajo es
bendición divina, es para cuidar de la tierra en cuanto continuación de la
obra creadora de Dios (Gen 2,15). Sólo a partir del primer pecado del
hombre la labor humana se hace tormentosa (Gen 3, 17-19). Incluso el Hijo
de Dios es identificado por su pueblo como “el hijo del carpintero” (Mt
13,55; Mc 6,3) significando de este modo una estrecha relación entre la
persona y el oficio o trabajo que ella desempeña. Casi como si el trabajo
desarrollado ayudase a que la persona adquiriese su identidad en la
sociedad.
Trabajar, por tanto, no es
signo de maldición. En los orígenes no fue así. El hombre por su trabajo
dignifica su existir. Es más, en la Escritura la ociosidad es un vicio del
cual hay que apartarse (cf. 1 Tm 5,13) y, por contrapartida, la
laboriosidad es alabada (Tit 2, 5). No puede ser de otro modo, ya que el
hombre, con su trabajo, procura el bien de su propia familia y de toda la
sociedad, no sólo la presente, sino también la futura. “Todo esto
constituye la obligación moral del trabajo, entendido en su más amplia
acepción”. Aquella expresión que hemos usado: “el litro de leche que te
ganas con el sudor de tu frente, alimenta mucho más a tus hijos que aquél
que te es dado como dádiva”, no quiere decir que el nutriente en sí sea
mejor, sino que junto con la leche que le das a tu niño, le entregas un
bagaje cultural que lo enriquece. Le ayudas a salir de aquella concepción
mágica y asistencialista que todo lo resuelve con la mano estirada y el
rostro de ocasión, y le ofreces la posibilidad de que con la cabeza en
alto, él mismo, el día de mañana, supere las barreras de la pobreza y la
indigencia.
4.
Dar gracias al Dios de la vida
Queridos amigos y amigas,
la mayoría de los que estamos aquí podemos trabajar. Este es un gran
tesoro del cual brota nuestra más honda alegría, a pesar del cansancio que
nos procura el ganarnos el pan cotidiano. Dios nos ha bendecido con el don
de la salud. Por eso, doblemente hemos de dar gracias al Dios de la vida.
Pero, hoy también queremos pedirle que nos dé su gracia para que con
nuestro trabajo construyamos un país que erradique las situaciones de
miseria en la cual se encuentran muchos de nuestros hermanos, quienes en
ocasiones, tal como el pobre Lázaro, se conforman con las migajas que caen
de la mesa de los ricos (Lc 16, 20-21), con el agravante de que han de
buscar el plato de comida para ellos y su familia entre los desechos.
Padre de Bondad, bendice a
nuestra Patria, concédenos construir una gran Nación, en la cual, todo
hombre de buena voluntad pueda ganarse dignamente el pan para mejor
alimentar a sus críos. José, hombre justo, intercede ante el Señor para
que la paz sea fruto de la gracia que opera en el corazón de los hombres,
y se traduzca en justicia social.
Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora |