SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO
Homilía de monseñor Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora, en la
solemnidad del Corpus Christi, (28 de mayo de 2005)
Este año, dedicado por el amado Papa Juan Pablo II a la Eucaristía, da
singular relieve a la
Solemnidad de Corpus Christi. Es en torno a la
cena de la Pascua que hemos querido volver a reunirnos como
Comunidad Diocesana. En la Eucaristía, donde se
hace presente constantemente Cristo resucitado reconocemos, al
mismo tiempo, el corazón de la vida cristiana y
la fuente de la misión evangelizadora de la Iglesia. Pues bien, sobre
estas dos verdades quisiera brevemente reflexionar con ustedes.
1. La
Eucaristía corazón de la vida cristiana
En el
sacrificio de Jesús, en su “sí” incondicional a la voluntad del Padre, se
expresa el “sí” de toda la humanidad. La Iglesia recibe este don como
regalo de la gracia amorosa de Dios y, a su vez, se siente llamada a
desempeñar la tarea de aprender a decir “gracias”, “amén”, “sí”, a los
designios divinos. Cuando ella sintoniza con el corazón de Cristo
comprende más hondamente que ser cristiano es seguir tras las huellas de
Jesús, no sólo anunciando de palabra el amor incondicional de Dios, sino
sobre todo haciéndolo presente con toda la vida. Que la Palabra eterna de
Dios se haya hecho carne, historia, hermano, hombre, reclama de nosotros
que somos carne [espiritualizada] que nos hagamos Palabra, Verbo, Jesús.
Resulta evidente que para llegar a tal fin, no bastan nuestras limitadas
fuerzas, sino que hemos de dejarnos transformar por el amor del Espíritu
que forja en nosotros al Hijo amado de manera que podamos exclamar con
Pablo “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2, 20).
Si Jesús
revela no sólo el misterio de Dios, sino que le da a conocer al hombre el
misterio de sí mismo, en la Eucaristía se hace patente el valor que cobra
cada singularidad humana a los ojos de Dios. Ella, en cuanto
reactualización del único sacrificio redentor de Jesús en la Cruz, vuelve
a manifestar cuánto vale cada hombre para Dios: la sangre preciosa de
Cristo. En la Eucaristía volvemos a vivir el misterio de la Redención
culminante en el sacrificio del Señor, como lo señalan las palabras de la
consagración: “esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes [...] Esta
copa es la Nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por
ustedes” (Lc 22, 19-20). Ella es criterio sobrenatural desde donde tienen
que construirse nuestras comunidades. No bastan por tanto las simpatías, o
las relaciones en torno a gustos compartidos, sino que en verdad “no se
construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro
la celebración de la sagrada Eucaristía”.(1) Sólo con una
mirada sobrenatural puedo ver en el otro a Cristo. Cuando esto acontece,
entonces, se hace más perceptible el escándalo que suscita el amén
pronunciado ante el cuerpo de Cristo sacramentado y la negación de Cristo
en el hermano. Sólo en el espejo límpido del Jesús sacramentado puedo
contemplar mi propia verdad y la verdad de cada hombre. Por ello, si la
Eucaristía ha de ser la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana,(2)
también ha de ser la fuente y la culminación de toda la predicación
evangélica,(3) la cual de ningún modo puede agotarse en
discursos, sino que ha de plasmarse en gestos concretos. La providencia ha
querido, que en esta solemnidad del Corpus haya “un signo” elocuente. En
efecto, hoy culmina la colecta extraordinaria que se hubo prolongado en
todo el mes de mayo y cuyo fin es la construcción del Hogar de
desamparados “Las tres Teresas”. Jesús nos ha regalado la posibilidad de
atenderlo atendiendo a aquellos que necesitan abrigo. Son significativas
en este contexto las palabras de San Juan Crisóstomo:
“Pasé hambre por
ti, y ahora la padezco otra vez. Tuve sed por ti en la Cruz y ahora me
abrasa en los labios de mis pobres, para que, por aquélla o por esta sed,
traerte a mí y por tu bien hacerte caritativo [...] No te digo: arréglame
mi vida y sácame de la miseria, entrégame tus bienes, aun cuando yo me vea
pobre por tu amor, sólo te imploro pan y vestido y un poco de alivio para
mi hambre [...] Mi amor llegó a tanto que quiero que tú me alimentes. Por
eso prefiero, como amigo, tu mesa; de eso me glorío y te muestro ante todo
el mundo como mi bienhechor”.(4)
2. Fuente de la misión evangelizadora de la Iglesia
Los
discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, “en ese mismo momento
se pusieron en camino y regresaron a Jerusalen” (Lc 24, 33) para ir a
comunicar lo que habían visto y oído.(5) No podía ser de otro
modo, cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado no se puede
guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo,
profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la
Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio.(6)
Pero esta exigencia de anuncio no brota primariamente de la alegría que
produce el encuentro con el Señor, sino de la fuerza misma de la
Eucaristía. Ella no sólo es expresión de comunión en la vida de la
Iglesia, sino que es también proyecto de solidaridad para toda la
humanidad. “En la celebración eucarística la Iglesia renueva continuamente
su conciencia de ser «signo e instrumento» no sólo de la íntima unión con
Dios, sino también de la unidad de todo el género humano”.(7)
Por tanto, cada celebración de la Misa ha de impulsar a los fieles a
buscar los medios a fin de trabajar en la edificación de una sociedad más
equitativa y fraterna. De lo que se trata es de prolongar el culto
en la vida, pues una celebración que no se prolonga en lo cotidiano
es muda, acto vacío. Hace pocos días, exactamente el 13 de mayo, el Papa
Benedicto XVI decía al Clero de la Diócesis de Roma: “Se escucha a menudo
hoy sobre la dimensión misionera de la Iglesia. Muchos señalan la
tentación de pensar con respecto a los demás de esta manera: «Pero, ¿por
qué no los dejamos en paz? Tienen su autenticidad, su verdad. Nosotros
tenemos la nuestra. Por tanto, convivamos pacíficamente, dejando a cada
uno como es, para que busque del mejor modo posible su autenticidad».
Pero, ¿cómo podemos encontrar nuestra autenticidad si realmente en lo más
profundo de nuestro corazón existe la expectativa de Jesús, y la verdadera
autenticidad de cada uno se encuentra precisamente en la comunión con
Cristo, y no sin Cristo? Dicho de otra manera: si nosotros hemos
encontrado al Señor y si él es la luz y la alegría de nuestra vida,
¿estamos seguros de que a quien no ha encontrado a Cristo no le falta
algo esencial y de que no tenemos el deber de ofrecerle esa realidad
esencial? Luego, dejemos al Espíritu Santo y a la libertad de cada uno lo
que suceda. Pero, si estamos convencidos y tenemos la experiencia de que
sin Cristo la vida es incompleta, de que falta algo, la realidad
fundamental, también debemos estar convencidos de que no cometemos ninguna
injusticia contra nadie si le mostramos a Cristo y le ofrecemos la
posibilidad de encontrar así también su verdadera autenticidad, la alegría
de haber hallado la vida”.(8)
Haciéndonos eco de estas palabras se han levantado cuatro altares,
preparados por cuatro parroquias, los cuales serán recorridos en la
procesión con el Corpus que vienen a representar realidades que son
desafíos concretos en nuestro caminar cotidiano. Uno de estos altares es
dedicado al don de la vida; otro a la solidaridad y la justicia y, el
tercero a la paz en cuanto fruto de los dos primeros. Finalmente, el
último altar es dedicado a la libertad como honda expresión de la dignidad
humana.
Hay
entre estos cuatro altares con sus respectivas particularidades una
profunda relación. En efecto, cuando la justicia
depende de la
conciencia de los poderes de la sociedad del momento y la solidaridad cede
paso al individualismo incluso reclamando derecho de propiedad en el
corazón de los cristianos, difícilmente se logre erradicar:
a) todo lo
que se opone
a la
vida:
homicidios, genocidios, aborto, eutanasia, el mismo suicidio
voluntario;
b) todo
lo que viola la integridad de la persona humana: mutilaciones, torturas
corporales y mentales;
c) todo
lo que ofende a la dignidad humana: la esclavitud, la prostitución,
la explotación laboral, la limosna humillante de «bolsas de residuos»
convertidas en platos de comida.
Dañando
a la libertad y poniendo permanentemente en riesgo la paz social. Sabemos
que estos «oprobios que corrompen la civilización humana, deshonran más a
quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente
contrarios al honor debido al Creador».(9) Como amigos de
Jesús, el Buen Pastor, el pan angélico hecho pan de hombres queremos decir
sí a su amor abriendo nuestro corazón y comprometiéndonos a
prolongar cada eucaristía en la vida de cada día.
Para
llevar adelante esta tarea quiero convocarlos a todos, sacerdotes,
diáconos, religiosas, religiosas y laicos, al cumplirse los 50 años de
nuestra querida Diócesis, a una más intensa evangelización para que el
mensaje de Cristo que da sentido a la existencia y transforma la vida
(10)
llegue a todos nuestros hermanos.
No queremos
retener en nuestra intimidad el don recibido. Estamos verdaderamente
convencidos que este tesoro del que somos depositarios humaniza, aporta
vida, luz y salvación, pero solos no podemos, por ello a ti, Madre fiel,
Virgencita de la Paz, tu que te haces cercana a cada pueblo que visitas,
acompáñanos en esta tarea para ser testigos de tu Hijo. Amén.
Notas:
(1)
Juan Pablo II, Ecclesia de
Eucharistia, 33; Concilio Vaticano II,
Presbyterorum Ordinis, 6.
(2)
Concilio Vaticano II, Lumen
Gentium 11.
(3)
Id., Presbyterorum
Ordinis, 5.
(4)
San
Juan Crisóstomo, Homilía 15 sobre la epístola a los Romanos.
(5)
También en 1Co 11, 26 el
Apóstol relaciona íntimamente el banquete y el anuncio.
(6)
Cf. Juan Pablo II,
Mane Nobiscum Domine,
24.
(7)
Ibid., 27.
(8)
Benedicto XVI,
Discurso al Clero de Roma , 13 de mayo de 2005.
(9)
Gaudium et Spes 27.
(10)
Cf. Pablo VI,
Evangelii Nuntiandi
(EN) 73; Directorio General para la Catequesis 78; 230-232.
Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora |