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DÍA DEL CATEQUISTA

Mensaje de monseñor Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora, en el Día del Catequista (21 de agosto de 2005)


Queridos Catequistas:

Para mí es una gran alegría poder compartir, nuevamente, con todos ustedes este momento de gracia que el Señor quiere regalarnos. Permítanme ahora poner en común una breve reflexión, la cual simplemente quiere iniciar una serie de reflexiones que cada uno de ustedes y la misma Junta de Catequesis han de continuar.


I. Ustedes... ¿quién dicen que soy?

Jesús ha querido reunirnos en torno a Sí para indagar en nuestras miradas, gestos, palabras, silencios, pero, fundamentalmente en nuestros corazones, ¿quién es él para nosotros? No es una pregunta que reclame una respuesta ante todo intelectual. Esta clase de preguntas forma parte de las que suelen hacerse a aquellos con quienes se tiene mucha confianza: ¿quién soy yo para ti? ¿qué represento en tu vida? Son preguntas que bien podríamos decir implican a toda la persona, toda su existencia.

Hoy, nosotros, también hemos de responder al Señor quién es Él para nosotros. Pero, con esta particularidad: a la luz otorgada por Pedro cuando manifiesta abiertamente estar ante «el Mesías, el Hijo de Dios vivo»,(1) ha de sumarse aquella que el mismo Jesús nos enseña cuando decide identificarse con el más pequeño de los hombres,(2) así como con el pan eucarístico.(3)

Si, en general nuestra relación para con el Mesías es fuente de armonía y paz, y la eucaristía es don para «la humanidad como fuente de vida divina»,(4) más complicado se torna para la vida de fe el trato para con los demás. Y, sin embargo, aquí es donde se juega propiamente nuestra vida cristiana. Aquí es donde se ponen a prueba los mejores textos de catequesis.(5) Jesús mediante su encarnación se ha unido en cierto modo a cada hombre en toda su realidad «histórico» / «social».(6) Por tanto, el cristianismo, si quiere ser fiel al Evangelio de Jesús, ha de recorrer por las mismas sendas del maestro, sin caer en tentaciones idealistas, ni evasivas espiritualistas, sino buscando ser un verdadero factor de promoción integral del hombre, en defensa de su dignidad y realización. Hemos de manifestar nuestro amor a Dios a quien no vemos, amando a nuestros hermanos concretos. (7)


II. «Tu eres el Mesías». «Tu eres Pedro
»

Luego de que Simón proclamara a Jesús como el Mesías, éste a su vez le dijo «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tu eres Pedro».(8)

El Señor a cada uno de nosotros nos llama por nuestro nombre y nos envía a realizar una misión. Esta tarea que hemos de realizar es la de llevar, a cada hombre y mujer, la buena noticia del Reino de Dios pero no de forma abstracta, o en sentido meramente espiritual, sino en el contexto de la historia y del mundo en el que el hombre vive.(9) Es más, nuestro anuncio no ha de alcanzar tan sólo al hombre en sociedad, sino que intentará fecundar y fermentar la sociedad misma con el Evangelio. Pues bien, para que esta tarea sea realizada lo más eficazmente posible es necesario que los catequistas conozcan profundamente la Doctrina Social de la Iglesia. Evangelizar el ámbito social significa llevar aquella palabra que ayude a construir una ciudad más humana y, por tanto más conforme al Reino de Dios. De este modo es más fácil comprender que la doctrina social es parte integrante del ministerio evangelizador de la Iglesia. En efecto, entre evangelización y promoción humana existen estrechos vínculos, tanto de orden antropológico, dado que el hombre al que hay que evangelizar es un ser sujeto a problemas sociales y económicos; de orden teológico, puesto que no puede disociarse el plan de la creación del plan de la redención, el cual invita a combatir la injusticia y restaurarla; y de orden eminentemente evangélico, como es el de la caridad, en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero y auténtico crecimiento del hombre? (10) Como podemos apreciar, no estamos en presencia de una acción marginal añadida externamente a la misión de la Iglesia, sino en el corazón mismo del proyecto salvífico de Dios para con el hombre.


III. «Todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo»

El Señor Jesús, luego de que Simón recibiese un nuevo nombre, recibe como encargo, además de ser piedra sobre la que se edificará la Iglesia, guardar «las llaves del Reino de los Cielos». De este modo queda sugerida la relación existente entre la historia y la eternidad; la liberación social y la salvación definitiva.(11) El futuro de Dios es salvación para quien sepa tomar el ahora como presente de Dios y como la hora de la salvación. El hombre por la fe ya posee a Dios y a su reino; pero por otra parte, siempre ha de estar en vía de conquistarlo pues sólo se realizará plenamente en la parusía. De modo que la llegada del reino de Dios, como revelación de su condición de Dios en el amor, no tiene como consecuencia quietismo alguno. Por más que los hombres no podamos construir el reino de Dios ya que es un don,(12) sin embargo, no estamos condenados a pura pasividad. En efecto, el Espíritu nos impulsa a comprometernos en el servicio a los más «pequeños» y en la realización de los valores supremos que los hombres de todos los tiempos anhelan y sueñan.(13) La venida de Reino de Dios, es «ideal» del corazón humano, que no culmina en los individuos, sino en la comunidad. La catequesis, en cuanto enseñanza orgánica y sistemática de la doctrina cristiana cuyo fin es poner a los hombres en intimidad con Jesucristo, debe iluminar «la acción del hombre por su liberación integral, la búsqueda de una sociedad más solidaria y fraterna, las luchas por la injusticia y la construcción de la paz».(14) Pues bien, para llevar a cabo este fin, es necesario que nuestra catequesis sea una catequesis social, la cual procurará una presentación integral del Magisterio social, en su historia, en sus contenidos y el sus metodologías, para formar hombres amantes de la genuina libertad, buscadores de la verdad y responsables para con el bien común. Es importantísimo que hoy los catequistas conozcan profundamente la Doctrina Social a fin de que no sólo formen a los catequizandos en virtudes «individuales», sino en aquellas que tienen que ver con su vida en sociedad. Como podemos apreciar, la doctrina social de la Iglesia, pertenece al ámbito de la teología moral,(15) pues busca orientar a la luz de la Palabra de Dios, la conducta de las personas.

Son los santos, quienes hacen resplandecer el camino simple y fascinante de la belleza de la verdad, y la fuerza liberadora del amor de Dios, así como el valor de la fidelidad incondicionada a todas las exigencias que el Señor nos pide, incuso en las circunstancias más difíciles. Ellos, venciendo toda «tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad, ni con la lógica de la Encarnación y, en definitiva, con la misma tensión escatológica del cristianismo»,(16) han vivido en el tiempo que les ha correspondido haciendo de este mundo un mundo más habitable; un mundo más humano y, por ello mismo, han construido desde sus propias limitaciones, un mundo más conforme al Señor.

Pidamos a la Santísima Virgen María, Virgen de la Paz y heredera de la esperanza de los justos de Israel y a San Pío X patrono de los catequistas, que nos otorgue un corazón solidario para con nuestros hermanos, partícipe de los gozos y las esperanzas de cada hombre y mujer, a fin de anunciar con toda nuestra vida, la alegre noticia del Reino de Dios.


Notas:

(1) Mt 16, 16.

(2) Mt 25, 34-46.

(3) Mt, 26, 26-28.

(4) Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente 55.

(5) Cf. Celam, Líneas comunes de orientación para la catequesis en América Latina, Bogotá 1986 41 (AL).

(6) Cf. Juan Pablo II, Redemptor Hominis 13; Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes (GS)22.

(7) Cf. 1 Jn 4, 20.

(8) Mt 16, 17-18.

(9) GS 40.

(10) Cf. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 31.

(11) Cf. Mt 16, 19.

(12) Cf. Mt 21, 43; Lc 12, 32.

(13) Este ideal puede expresarse como «reino de Verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» (Misal Romano: Prefacio de la Fiesta de Cristo Rey).

(14) Juan Pablo II, Catechesi Tradendae 29.

(15) Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis 41.

(16) Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte 52.


Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora



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