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ASAMBLEAS DEL PUEBLO DE DIOS
DE LA CONTEMPLACIÓN A LA COMUNIÓN
Y DE ALLÍ A LA MISIÓN


Homilía de monseñor Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora
en la Misa de las Asambleas Diocesanas (3 de setiembre de 2005)


Queridos hermanos en el Señor Jesús:

Quisiera que toda esta reflexión fuese una oración a Dios, rico en Misericordia, Origen de donde brota toda comunión eclesial:

Como hijos en tu Hijo, por el don del Espíritu, te invocamos como Dios de Misericordia. Queremos contemplarte y, al hacerlo, comprender el misterio de tu unidad-trinidad, para vivir en comunión respetando la diversidad de carismas y dones.

En ti queremos vernos y confiar, una vez más, que diriges la historia hacia puertos de plenitud. Sabemos que sin ti los intentos de fraternidad fracasan. Sin un Padre común a quien invocar no podemos reconocernos familia. Sin tu luz, Señor, los rostros de quienes pasan a nuestro lado en el peregrinar de cada día se hacen oscuros, desconocidos, lejanos...

Como diócesis nos ponemos en tus manos, pues no siempre encontramos las palabras adecuadas para corregir, o no siempre tenemos el espíritu dispuesto para oír correcciones.

Tu Hijo Jesús hoy nos recuerda que la razón última de la corrección fraterna es la de ganar al hermano. Ganarlo para ti, para la vida, para la comunión.

¡Danos un corazón fraterno!

Cuando como Iglesia sintonizamos con el corazón de Cristo comprendemos más hondamente que ser cristiano es seguir tras las huellas de Jesús, no sólo anunciando de palabra el amor incondicional de Dios, sino sobre todo haciéndolo presente con la vida. Cada Eucaristía celebrada, en cuanto reactualiza el único sacrifico de Jesús, significa desde Dios, una reafirmación del valor absoluto de cada hombre, por quien El ha dado su vida. Y, desde el hombre creyente es recuerdo del criterio desde donde tienen que construirse nuestras comunidades. La capacidad humanizadora de este misterio llega a su plenitud cuando desde la fe comprendemos que este rico alimento espiritual no es asimilado por nosotros, tal como ocurre con el alimento corporal, sino que somos nosotros los asimilados por Él: «la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo nos convierte en  aquello que comemos»(1). Pero incluso, no «solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros». (2)

No basta para edificar una verdadera comunión sintonizar en cuanto al carácter, o poseer gustos semejantes. Ni siquiera es suficiente compartir las mismas ideas, sino que en verdad «no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía». (3)

La profunda y sólida comunión es, antes que nada, un don que proviene del Padre. Pero, a su vez, es tarea de parte de los hombres, en cuanto que abiertos a la gracia, y arraigados a la Eucaristía, beben  de esta fuente y se orientan a esta cumbre que lo es de toda la vida cristiana, (4) incluyendo la predicación evangélica. (5) Ella reclama no quedarse sólo en palabras, sino realizarse en gestos concretos. El encuentro con Cristo en la eucaristía nos exige dar testimonio, (6) pues es proyecto de solidaridad para toda la humanidad. (7) Si para nosotros Él es la Paz, el tesoro que humaniza, y la causa de nuestra alegría, entonces, ¿cómo no hacérselo conocer a los demás? Uno de los primeros testimonios que el mundo sabe apreciar es la comunión sobrenatural vivida en el seno de nuestras comunidades. Hoy como ayer, cuando los hombres nos ven «íntimamente unidos», entonces, sus corazones se abren a la acción de la gracia y se sienten atraídos para vivir ellos también esta experiencia de felicidad.

Jesús amigo de los pobres, tu has querido quedarte con nosotros. Tú nos garantizas que si nos reunimos en tu nombre estarás en medio nuestro. Ayúdanos a buscarte siempre en nuestras relaciones, pues si esto ocurre, se evitarán las divisiones, la competitividad, los celos, envidias...

Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba. No nos dejes solos. Acompáñanos especialmente en esta hora, ya que tu amada Iglesia que peregrina en Lomas de Zamora está dolorida. Reconocemos como don tuyo que, por este particular dolor, nos hacemos más hermanos de aquellos que forman las piedras vivas de la Iglesia de Santiago del Estero y que también sufren. Confórtanos, bendícenos, sánanos...

Todos nos hemos visto sorprendidos con la noticia de la renuncia de Mons. Maccarone como Obispo de Santiago del Estero. Ninguno de nosotros tiene la capacidad de juzgar la última intención, ni la subjetiva actitud de los demás.  No conocemos en profundidad hasta dónde llega la libertad en cada acto particular, ni podemos medir hasta dónde afectan los condicionamientos en cada persona. Es por esto, por lo que el salmista proclama, que sólo Dios es quien sondea los corazones. Él sabe quien se sienta o se levanta, de lejos percibe lo que pensamos, pues Él creo nuestras entrañas y nos tejió en el seno de nuestras madres. Él conoce hasta el fondo de nuestra alma, y nada de nuestro ser se le escapa (cf. Sal 139). Por ello, sólo Dios puede juzgar adecuadamente. Sólo Él nos conoce plenamente.

Sabemos que Mons. Maccarone pasó por momentos muy tensos en su actuar pastoral, y reconocemos que la persona trasciende sus actos sin identificarse con ellos, no podemos mirar este hecho desvinculándolo de toda una vida de entrega a Dios, y al servicio de sus hermanos. De allí que, con el Apóstol Pablo repitamos aquello de que «llevamos un tesoro en vasos de barro» (2 Cor 4, 7). Por eso queremos elevar nuestra oración por nuestro hermano Maccarone y por todos aquellos que se hallan con dolor en su corazón para que experimenten el amor de Jesús expresado a través de nuestro amor.

En definitiva, queremos como Iglesia diocesana comprometernos una vez más anunciar el Evangelio de la Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo a todos los hombres, tanto con palabras, como con obras.

María, Reina de la Paz, bajo tu amparo nos cobijamos para protegernos. Tu mirada dulce de madre buena nos trae calma al corazón. Intercede ante tu Hijo para que nosotros también seamos instrumentos de paz. Amén.


Notas:

(1) San León Magno Serm. 63,7; cf. San Agustín, Confesiones VII, 10.

(2) Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 22.

(3) EE, 33; Concilio Vaticano II, Presbyterorum Ordinis, 6.

(4) Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 11.

(5) Id., Presbyterorum Ordinis, 5.

(6) Cf. Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, 24.

(7) Ibid., 27.


Mons. Agustín Radrizzani,
obispo de Lomas de Zamora



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