SUSCRIPCIONES

Inicio

Nosotros

Noticias

Actualidad

Santa Sede

Iglesia en la Argentina


Documentos


Santoral

Ediciones AICA

 

Copyright © 2005 AICA.
Todos los derechos
reservados.

 

 

 Documentos

 
   

Inmaculada Concepción


Homilía de monseñor Agustín Radrizzani, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción y en los 100º  aniversario de la primera iglesia de Monte Grande
(8 de diciembre de 2005)


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, la Iglesia universal además de celebrar a María concebida sin pecado original, activa su memoria para volverse a aquel 8 de diciembre de 1965, cuando se clausuraba el Concilio Ecuménico Vaticano II, e invierte todas sus energías para llevar a cabo la providencial renovación que el Espíritu ha suscitado.

Pero, además de es estos dos acontecimientos, la Parroquia Inmaculada Concepción de Monte Grande está particularmente de fiesta pues, conmemora la celebración del centenario de la construcción de su templo.

Me referiré, entonces, muy sucintamente a cada uno de estos actos puntuales en la historia de la Iglesia universal y parroquial e intentar sacar de ellos enseñanzas para nuestro peregrinar tras las huellas de Jesús de Nazareth.


1. La gracia de Dios siempre se adelanta

La Inmaculada Concepción de María significa la gracia otorgada por Dios para que quieren debiese ser la Madre de Jesús se vea preservada de toda carencia de gracia santificante, la cual le fuera concedida desde el vientre de su madre Santa Ana, y le mereciese el título de “llena de gracia”desde su concepción (1).

Si tuviésemos que traducir este dogma diríamos que la concepción inmaculada de la Virgen María es, además de un maravilloso misterio de amor que la preserva, por los méritos de la pasión de Jesús, del pecado de origen, una delicada preparación, por parte de la Trinidad, que posibilita la respuesta libre y fiel de María en la anunciación.

Al mismo tiempo, la gracia a ella concebida es esperanza para la Iglesia, pues su gracia es nuestra, ésta le fue concebida por el Padre, para nosotros. En efecto, por medio de su si incondicional, el Verbo eterno de Dios se hace hombre a fin de rescatarnos del pecado y de la muerte. La gracia original de María, sin intervención ni mérito propios, está diciendo que el origen y el término del hombre no es el mal, sino la participación en la vida misma de Dios. Desde sus orígenes el hombre no es el mal, sino la participación en la vida misma de Dios. Desde sus orígenes el hombre está bajo el signo de la misericordia divina, la cual es más fuerte que el pecado. Esto hace de nosotros, los hombres los eternamente amados y buscados por Dios, incluso antes de que podamos merecerlo. Esta es la fuente de donde debe brotar nuestra alegría como cristianos.


2. La gracia de Dios acompaña a su pueblo

El Concilio Vaticano II es un acontecimiento providencial centrado en el misterio de Cristo –quien nos revela al Dios Uno y Trino- y de su Iglesia y, al mismo tiempo, abierto al mundo (2).

Si bien no podemos fechar con exactitud el comiendo de su preparación remota, de todos modos podemos decir que el punto central bien podría situarse en aquel dramático momento que fue la segunda guerra mundial. Los seis años terribles del conflicto han sido para todos los que los vivieron, una ocasión para madurar en la escuela del dolor. La humanidad cansada de la guerra descubrió la solidaridad del destino común como una “crisis de unidad” La creación de la ONU (1945) y la Declaración de los derechos del hombre (1948) fueron las respuestas a esta conciencia de un destino común, que sin un compromiso por la paz en la justicia sólo habría desembocado en un desastre. Fue especialmente Pío XII, quien a través de sus radiomensajes de Navidad durante la guerra, ofreció unas líneas orientadoras para la futura comunidad mundial. Al mismo tiempo, subrayó para la Iglesia, nuevas perspectivas de universalidad visible y una nueva aproximación a la “misión”. De todas formas, recién con el Vaticano II –el primer concilio verdaderamente mundial- esta visión universal se convirtió en una experiencia tangible para la Iglesia y, en todo caso, para los obispos reunidos en Roma. En su libro Cruzando el umbral de la esperanza, el Papa Juan Pablo II recuerda cómo en el concilio el Espíritu habló a la Iglesia en toda su universalidad”, subrayando además “la importancia para la evangelización”.

A esta conciencia internacional cada vez más intensa de parte de la Iglesia (3) así como a las reflexiones teológicas que la acompañaban, han de sumarse en cuanto proceso hacia un concilio ecuménico, los dos primeros Congresos mundiales del apostolado de los laicos en 1951 y 1957, cuando, por iniciativa de la Acción Católica Italiana, acudieron a Roma laicos de todos las partes del mundo, acompañados de obispos, sacerdotes y religiosos. Como podemos apreciar, el Espíritu Santo fue acompañando a la Iglesia hasta que el 28 de octubre de 1958 es elegido Papa Guiseppe Roncalli. Tomando el nombre de Juan XXIII, en 1959, anuncia al mundo la celebración en el Vaticano de un concilio ecuménico que comenzará a reunirse el 11 de octubre de 1962. Lamentablemente, el 3 de junio de 1963 el “Papa bueno” fallecía, dejando a la humanidad un claro reflejo de la bondad de Dios. Su sucesor, Pablo VI, es quien debió llevar adelante el Concilio. En su primera  encíclica Ecclesiam suma, publicada en 1964 al finalizar la segunda sesión del Concilio, Pablo VI planteaba que eran tres los caminos por los que el Espíritu le impulsaba para conducir a la Iglesia: el primer camino es espiritual: se refiere a la conciencia que la Iglesia debe tener y fomentar de si misma. El segundo es moral: se refiere a la renovación ascética, práctica, canónica, que la Iglesia necesita para conformarse a la conciencia mencionada, para ser pura, santa, fuerte, auténtica. Y el tercer camino es apostólico dialogal. Conciencia, renovación, diálogo, son los caminos que hoy se abren ante la Iglesia viva y que forman los tres capítulos de la encíclica que será programática no sólo de su pontificado, sino incluso del mismo Concilio.

Este proceso conciliar culmina cuando el 8 de diciembre de 1965 Pablo VI confirma solemnemente todos los decretos del Concilio, y proclama un jubileo extraordinario, que la luz del 1 de enero al 29 de mayo de 1966, para la reflexión y renovación de toda la Iglesia a la luz de las grandes enseñanzas conciliares.

Pues bien, si hemos de señalar cuáles son las notas esenciales de este evento providencial que ha sido el Concilio diremos que en «en la asamblea conciliar la Iglesia (…) se planteó su propia identidad, descubriendo la profundidad de su misterio de cuerpo y esposa de Cristo (Lumen gentium, Constitución dogmática sobre la Iglesia). Poniéndose en dócil escucha de la Palabra de Dios (Dei Verbum(, confirmó la vocación universal a la santidad (LG, cap. V): dispuso la reforma de la liturgia, «fuente y culmen»  de su vida (Sacrosanctum concilium); impulsó la renovación de muchos aspectos de su existencia tanto a nivel universal como al de Iglesia locales *Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los obispos; Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias católicas orientales); se empeñó en la promoción de las distintas vocaciones cristianas: la de los laicos (Apostolicam actuositatem) y la de los religiosos (Perfectae Caritatis), el ministerio del os diáconos, el de los sacerdote sy el de los obispos (Presbyterorum ordinis y Optatam totius sobre la vida y la formación sacerdotal), redescubrió, en particular, la colegialidad episcopal, expresión privilegiada del servicio pastoral desempeñado por los obispos en comunión con el sucesor de Pedro. Sobre la base de esta profunda renovación, el  Concilio se abrió a los cristianos de otras confesiones (Unitatis redintegratio(, a los seguidores de otras religiones (Nostra Aetate), a todos los hombres de nuestro tiempo (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et spes). En ningún otro concilio se habló con tanta claridad de la unidad de los cristianos, del diálogo con las religiones no cristianas, del significado específico de la antigua alianza y de Israel, de la dignidad de la conciencia personal, del principio de libertad religiosa Dignitatis humanae), de las diversas tradiciones culturales dentro de las que la Iglesia lleva a cabo su mandato misionero (Ad gentes)(, de los medios de comunicación social (Inter. Mirifica)»(4).

Una nota distinta del Concilio y a la vez inspiradora de nuestra tarea misionera es que los Padres han hablado con el lenguaje del Evangelio y de las bienaventuranzas (5).  Pero ¿hemos acogido las enseñanzas del Concilio y sobre todo su espíritu? ¿lo hemos «decepcionado» adecuadamente? ¿Son siempre nuestras \tareas pastorales emprendidas con el lenguaje alegre de que la salvación de Jesús ya es un hecho por el cual la vida del hombre adquiere pleno sentido? ¿se consolida una concepción de la Iglesia entendida  como comunión que tiene su origen en el misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad y, por tanto, se da espacio suficiente a los carismas, los ministerios, las varias formas de participación del pueblo de Dios? ¿sabemos mantener siempre un espíritu abierto a la sociedad humana, de la cual la iglesia recibe mucho? (6).

Ciertamente hemos de trabajar aún más para que este regalo de gracia divina que ha sido el Concilio Vaticano II se conocido en su espíritu, y así pueda ser vivido con fidelidad a fin de extraer sus valores para anunciar al hombre de nuestro tiempo, con serena alegría, que Dios vence al mal, y que la suerte del hombre supone el compromiso de Dios. Para poder entablar un sincero diálogo con el mundo que nos toda vivir hemos  de tener una clara conciencia de quiénes somos como Iglesia y estar abiertos para renovarnos conforme el Señor nos pida siendo fieles a su voluntad.


3. Celebrar y pedir la gracia de ser misioneros

Finalmente permítanme que me refiera a este acontecimiento singular para la actual parroquia Inmaculada Concepción de Monte Grande, la cual celebra los cien años de la construcción de su templo, dado que como Parroquia comenzó a funcionar recién en 1914, poniéndola bajo el Patrocinio de la Santísima Virgen María en el título que actualmente lleva.

La realización de este templo fue fruto del esfuerzo conjunto de muchos hombres y mujeres que creyeron que “Cristo es la piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios” (1Pe, 2,4). Ellos, como nosotros, nos acercamos a Cristo para entrar en la construcción de un edificio espiritual, “cual piedras vivas (…), para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo” (1Pe 2,5). Desde esa fe y desde esa música debemos seguir construyendo esta comunidad para llevar adelante la obra de Dios.

Este templo material en el que habitualmente se celebra la eucaristía, formado por ladrillos y construido por manos humanas, no es sino el pobre reflejo  de lo que significa el verdadero templo espiritual, la nación santa que es la Iglesia, de la que formamos parte. (1 Pe 2,9). Al igual que este templo es presencia de Dios, nosotros, como piedras vivas, hemos de ser también presencias vivas de Dios en el mundo de hoy: en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en la política, transformando las estructuras según Dios. Hemos de anunciar a Jesús y su Evangelio con la alegría de sabernos profundamente amados por Dios. El Espíritu Santo es dado a la Iglesia como principio inagotable de su alegría de esposa de Cristo glorificado (..) consiste esta alegría en que el espíritu humano halla reposo y una satisfacción íntima en la posesión de Dios trino, conocido por la fe y amado con la caridad que proviene d él” (7). Nuestra alegría como don de Dios concebido a lo largo de un camino muchas veces difícil, requiere una confianza total en el Padre y en el Hijo (8), que ha de contagiar a todos aquellos que tomen contacto con nosotros. En un mundo angustiado por diversos problemas, cada uno de nosotros ha de transmitir aquella alegría que viene de la fe y se apoya en el poder del Dios que ha vencido a la muerte. Pidámosle al Señor su gracia para llevar adelante esta hermosa tarea de comunicar a los hombres al anuncio gozoso de que Él está vivo. La Inmaculada, con su fortaleza, y su ternura, nos enseñe a vivir siempre dispuestos a recibir la Palabra de Dios, tal como ella lo hizo. Amén.


Notas

(1) Esta doctrina si bien es de origen apostólico, fue proclamada como dogma por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus.

(2) Cf. Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente, 18.

(3) Piénsese por ejemplo en la experiencia fugaz, pero verdadera, para aquellos peregrinos que llegaron a Roma con ocasión del Año santo de 1950, proclamado por Pío XII como el «año del gran retorno a Dios» y el «año del gran perdón». Pío XII, en 1957, hablando al Movimiento de intelectuales católicos de Pax Romana, les dijo que, «si un cristiano ve una comunidad internacional cada vez más unida desarrollándose bajo la presión de los acontecimientos, sabe que esta  unificación, corazón en la misma fe y el mismo amor…” (25 abril 1957).

(4) Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente, 19.

(5) Ibid, 20.

(6) Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 45.

(7) Pablo VI, Gaudete in Domino (GD) 29-30.

(8) Cf. GS 26.


Mons.
 Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora

[../../../../../direccion.htm]