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CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DE
monseñor
JUAN CARLOS ROMANÍN


Alocución de monseñor Agustín Radrizzani, en la consagración episcopal de Mons. Juan Carlos Romanín (17 de diciembre de 2005)


Queridos hermanos:

Hoy es un día muy especial para la Santa Iglesia de Dios, para todos nosotros y, en particular, para vos Juan Carlos. En efecto, nuestro Padre Dios, providente para con su Pueblo nos dará un nuevo sucesor de los Apóstoles que será padre, hermano y amigo de la querida Iglesia que peregrina en la Provincia de Santa Cruz y Tierra del Fuego.

Somos conscientes que quienes participamos de esta celebración representamos a tantos hermanos nuestros que están unidos espiritualmente a nosotros. Sabemos desde la fe, que en este singular acontecimiento, la querida mamá de Juan Carlos nos acompaña desde el cielo. Ella ha sido una mujer profundamente creyente, amiga y fiel discípula de María. Siempre supo darnos, a quienes la conocimos un claro testimonio de fe, llevando durante meses, con entereza y optimismo, su enfermedad hasta su serena y entregada muerte. También su querido papá está presente en esta celebración. Recuerdo una anécdota que expresa su incondicional adhesión a la Santa Iglesia manifiesta en el amor a los enfermos. Cuando eras solamente un bebé de meses, durante los difíciles días de septiembre de 1955, tu padre llevaba la Eucaristía a quienes por razones de salud no podían acudir a la Santa Misa, escondiendo a Jesús en aquel cochecito donde vos mismo en otras ocasiones eras paseado.

Hay otra anécdota de cuando eras pequeño que aún tengo presente. Recuerdo que en cierta ocasión, estando en el Seminario Menor, tu estabas apenado pues echabas de menos la paz y la hermosura de tu numerosa familia. Entonces, para volver a verte sonreír, junto con otro formador te llevamos al Kiosco del Oratorio para darte una gaseosa y un alfajor. Este simple gesto dibujó una hermosa expresión en tu rostro y volviste feliz entre tus compañeros. Por aquellos tiempos ya querías imitar a Jesús con el ejemplo de Don Bosco.

Hoy, el Señor te concede la gracia de caminar tras sus huellas con un nuevo encargo: ser Padre y Pastor del Pueblo que se te ha confiado. Tu puedes repetir con Isaías “el espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. El me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos [...] a proclamar un año de gracia del Señor”. Desde esta convicción de saberte habitado por Dios y enviado por Él has de ir con su fuerza sanadora. La fuerza de tu ministerio proviene del Señor y del Espíritu que te impulsa, tal como lo hizo con el Apóstol Pablo, no es de temor, sino de amor. Por eso, querido Juan Carlos “¡No tengas miedo!” Estas palabras pronunciadas por Cristo permanentemente nos son repetidas por Él a cada uno de nosotros. Pero, ¿de qué no debemos tener miedo? No debemos temer a la verdad de nosotros mismos. Un día Pedro tuvo conciencia de ella y le dijo a Jesús: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!” (Lucas 5,8), recibiendo como respuesta: “no temas; desde ahora serás pescador de hombres” (Lucas 5,10). Ante la grandeza del don de la vocación descubrimos nuestra indignidad y se nos hace presente aquello de que “no son ustedes quienes me eligieron, sino que yo los he elegido, y los he destinado para que vayan y den fruto, y que ese fruto permanezca” (Jn 15, 16). Por tanto, nadie puede arrogarse tal “dignidad” ya que, en rigor, la vocación no es nuestra, sino que es de Dios, Él es quien nos llama. “El nos salvó y nos eligió con su santo llamado, no por nuestras obras, sino por su propia iniciativa y por la gracia” (2 Tim 1, 9). Entrar en contacto con este don inefable hace que cuando en las más diversas circunstancias hemos de hablar del sacerdocio, debemos hacerlo con gran humildad y agradecimiento.

En nuestra vida apostólica no está ausente la prueba, las situaciones de dolor, de incomprensión, de abandono, ellas forman parte de la condición normal de la Iglesia que peregrina en cuanto prolongación de Cristo crucificado. Nunca hemos de olvidar que Dios mismo está presente y actuante en cada crisis. Él es quien moviliza el corazón humano para que se abra y se libere de todos los autoengaños. Desde esta purificación y abandono nos es concedida la gracia de vivir la alegría como fruto del Amor incondicional y eterno de Dios. De esta manera, como anunciadores de la Buena Nueva seremos los hombres que hemos encontrado en Cristo la verdadera esperanza y quienes nos animamos a dispensarlo para generar un mundo nuevo basado en la solidaridad y el compromiso con los más débiles. En Cristo podemos repetir con el Apóstol “por eso soporto esta prueba. Pero no me avergüenzo, porque sé en quien he puesto mi confianza, y estoy convencido de que él es capaz de conservar hasta aquel Día el bien que me ha encomendado” (2 Tim 1, 12). Conociendo nuestra debilidad él siempre sale a nuestro encuentro para que podamos decirle nuestro amor tal como lo hizo con Pedro a fin de que éste pueda resarcir la triple negación: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que estos? [...] ¿me amas? [...] ¿me quieres?” (Jn 21, 15-17). Y, luego de manifestarle nuestro amor, él vuelve a confirmarnos en la Misión.

Permíteme ahora que eleve una oración al Dios Uno y Trino pidiéndole por tu ministerio y por el de cada uno de aquellos quienes, a pesar de nuestras pobrezas, hemos sido llamados a llevar, en vasijas de barro, un enorme tesoro “para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4,7).

Dios Padre de Misericordia, concédenos un corazón bondadoso, solícito y dulce para que con nuestra entrega de vida, siguiendo tras las huellas de tu hijo Jesús hagamos de todos aquellos que nos han sido confiados, una sola familia, reconciliada en el amor que de Ti brota como de su fuente.

Dios Hijo redentor del mundo, que nos has elegido para que estuviéramos contigo (cf. Mc 3, 14; Lc 6, 13) y para que trasmitiésemos tu Palabra, haz que quienes por la sucesión apostólica hemos entrado en la batalla a favor del Evangelio seamos siempre fieles a tu amor incondicional.

Dios Espíritu de Amor y de consejo que bendices a tu pueblo con multiplicidad de dones, concédenos la gracia de santificarnos y santificar en el ejercicio de nuestro ministerio, imitando la caridad del Buen Pastor, que vino a dar su vida por sus hermanos.

Fuente y origen de todo, que nos invitas a vivir la propia vocación a la santidad en el contexto de dificultades externas e internas, de debilidades propias y ajenas, en medio de imprevistos cotidianos y de problemas personales e institucionales, danos la gracia de actuar siempre movidos por la caridad pastoral como alma de nuestro apostolado.

Buen Pastor que no has venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por las ovejas (cf. Mt 20, 28; Jn 13, 15) haznos valientes en la defensa de los más humildes.

Espíritu consolador, porque nos sabemos pobres, danos abundantes gracias, a fin de reforzar y perfeccionar nuestra débil naturaleza humana para que atraídos por tu amor, crezcamos en comunión para contigo pues comprendemos que es imposible estar al servicio de los hombres, sin ser antes siervos de Dios y que es imposible ser siervo de Dios, si antes no somos hombres de Dios.

Padre santo que quieres hacernos partícipes de tu santidad y quieres que este don no se limite al mero ámbito subjetivo, haznos canal de tu gracia para que los frutos de tu obrar en nosotros redunden en beneficio de los fieles confiados a nuestra cura pastoral. Que el regalo de la santidad sea para nosotros vivido con el pueblo y por el pueblo, en una comunión que se convierte en estímulo y edificación recíproca en la caridad.

Amigo de los hombres que con un acto de amor libremente nos has elegido para compartir tu vida, haz que comulguemos con tus sentimientos y deseos, a fin de participar en tu misma misión que es llevar la Buena Noticia de la Salvación a quienes sufren y están angustiados pues los abruma el peso de sus pecados.

Sello eterno de Dios quien por la imposición de las manos llegas a nosotros y nos confieres la consagración episcopal, haz que las funciones de santificar, enseñar y gobernar sepamos siempre ejercerlas en comunión jerárquica, con un verdadero afecto colegial siendo solícitos, tanto para con aquellas Iglesias particulares más necesitadas, como para con la Iglesia universal.

Padre de Nuestro Señor Jesucristo, quien por el Hijo y en el Espíritu Santo te unes a nosotros y nos acompañas, haz que crezcamos día a día en la comunión para con nuestros hermanos en el episcopado y para con quien has elegido como Sucesor de Pedro. Que esta vivencia a su vez nos abra a una comunión eclesial que suponga un estilo pastoral cada vez más abierto a la colaboración de todos, incluso de aquellos con quienes aún no compartimos las mismas creencias.

Cordero inmaculado que pones sobre nuestras cabezas la mitra como símbolo del resplandor de la santidad que de ti proviene, y nos recuerda la tarea de que nuestra vida sea cada vez más conforme a la tuya, a fin de que podamos recibir la gloria que no se marchita, concédenos no separarnos de tu lado y gánanos en nuestras debilidades.

Amor eterno que colocas como signo de fidelidad el anillo que nos desposa con la esposa de Cristo a la cual hemos de servir con amor, haz que podamos reflejar con nuestras vidas el amor virginal de Cristo por todos los fieles.

Pastor de Israel que nos otorgas el báculo como símbolo del ministerio pastoral para que gobernemos cuidando a las ovejas de tu rebaño, haz que sepamos acompañar a los hombres en el caminar cotidiano.

Mesías que entregaste tu vida en la Cruz siendo obediente al Padre hasta el fin por amor a los hombres, y nos entregas el pectoral para que Te llevemos en nuestro interior, haz que toda nuestra vida manifieste que eres Tú el dueño de nuestro corazón.

Espíritu de Amor que nos envías a llevar el Evangelio y nos recuerdas que si la «fe no se convierte en cultura, es un fe no acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (1), haz que el solideo que nos distingue sea siempre para nosotros un indicador de que sólo a Dios hemos de dar gloria.

Trinidad Santa que nos otorgas las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, danos el don de conducir a nuestro pueblo tal como lo hizo Moisés, quien “se mantuvo firme como si viera al invisible” (Hb 11, 27) y que sostenidos por esta fe pongamos la máxima confianza en la divina Providencia y repitamos con San Pablo “todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4, 13) cuando en el ejercicio de la caridad veamos que nuestras fuerzas nos flaquean.

Dios Uno y Trino que envías a nuestro hermano Juan Carlos a llevar tu Palabra como Obispo de la Provincias de Santa Cruz y Tierra del Fuego, concédele el don de la prudencia pastoral, a fin de que por medio de actos oportunos e idóneos pueda mejor realizar el plan divino de salvación por el bien de los hombres y de la Iglesia. Haz que la fortaleza en él sea templada con la dulzura, según el modelo de quien es “manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Que siempre sepa, al guiar a los fieles, armonizar el ministerio de la misericordia con la autoridad del gobierno, el perdón con la justicia, consciente de que “ciertas situaciones, no se superan con la aspereza o la dureza, ni con modales imperiosos, sino más con la educación que con las órdenes, más con la exhortación que con la amenaza”  (2).

Señor, que Juan Carlos pueda en el ejercicio de su ministerio actuar con la  humildad que nace de la conciencia de la propia debilidad, sea rico en humanidad siguiendo el modelo del hombre pleno que es Jesús. Que brille en él un “ánimo bueno y leal, un carácter constante y sincero, una mente abierta y perspicaz, sensible a las alegrías y sufrimientos ajenos, una amplia capacidad de autocontrol, gentileza, paciencia y discreción, una sana propensión al diálogo y a la escucha, una habitual disposición al servicio”  (3).

Finalmente quiero confesar mi emoción al reconocer cuan admirables son los caminos que nos propone la Providencia. Es sorprendente constatar cómo el mismo Dios que te llamó por tu nombre en aquellos primeros tiempos de formación salesiana es quien vuelve a pronunciarlo para enviarte ahora como Obispo a la tierra soñada por Don Bosco, a la cual él llegaba con sus hijos para servir al Reino de Dios. Como tu mismo has expresado hace poco en un reportaje: “es un desafío enorme porque me meto en la historia de un proyecto muy grande. Sin duda los sueños de Dios son más grandes que los nuestros”. (4)

Querido Juan Carlos, has de tener siempre presente que la raíz de nuestras vidas es Jesús, Él es quien nos ha elegido, con Él vivimos, a Él anunciamos y por Él queremos entregar nuestras vidas al servicio de nuestros hermanos para que Él sea más conocido y amado.

Que la presencia maternal de la Virgen María, Madre de la Esperanza y esperanza nuestra sea también un apoyo para tu vida espiritual. Siente por ella una devoción auténtica y filial, considerándote llamado a hacer tuyo su fiat. Acógela como Madre y entrégala a quienes te son confiados. A ella te encomiendo invocándola como Auxilio de los cristianos a fin de que te proteja en su corazón maternal y siempre te aliente y haga fecundo tu ministerio. Amén. 


Notas

(1) Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el I Congreso nacional italiano del Movimiento eclesial de Compromiso Cultural (16 enero 1982), 2: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (2 mayo 1982), p. 19.

(2) San Agustín, Epist. I, 22.

(3) Congregación para los Obispos, Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos“Apostolorum Successores”, 47.

(4)  Entrevista realizada para el Diario Cristo Hoy, p. 16.


Mons.
 Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora


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