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déjense reconciliar con dios


Reflexión a propósito de la Cuaresma, de monseñor Paulino Reale, dirigida a los sacerdotes, religiosos, religiosas, miembros de asociaciones y movimientos de la diócesis de Venado Tuerto


De todos los «tiempos litúrgicos» el que menos nos gusta, el que menos nos cae bien, es el «tiempo de Cuaresma». Y cuando una cosa no nos gusta, las actitudes hacia ella son:

* o no hacemos nada, nos desentendemos;

* o la soportamos como un peso que no se ve la hora de librarse de ello.

Si de la Cuaresma hacemos un simple y rutinario hecho anual, una práctica de privarnos por privarnos de algunas simplezas, no sólo no tiene sentido, sino que la viviremos con los dientes apretados y la cara larga. ¿Habrá algún modo para hacer que la Cuaresma nos guste? Sí: comprendiéndola.

Debemos ver la Cuaresma estrechamente relacionada al misterio de Jesús, de su Persona, de su obra redentora.

Debemos aceptarla y vivirla como un tiempo favorable para meditar y seguir los pasos de Jesús: el Señor de la Historia, el Señor de la Iglesia, el Señor de la vida; «aquel que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre para hacernos participar en el banquete de sus «bodas» (la felicidad). Sólo así recorreremos con alegría este tiempo muy especial.

Mirando la obra de Jesús, escuchando sus palabras, podemos destacar cuatro frases de la liturgia del Miércoles de Ceniza (comienzo de la Cuaresma), que nos pueden ayudar a focalizar el sentido de un verdadero itinerario cuaresmal sobre los pasos del mismo Jesús:

* déjense reconciliar con Dios;

* conviértanse y crean en el Evangelio; este es el tiempo favorable;

* cuando hagas limosna ...cuando reces...cuando ayunes...


1. Déjense reconciliar con Dios. Cuaresma, tiempo de reconciliación

Jesús ha venido a recomponer toda fractura causada por el pecado: de entre nosotros y Dios, de nuestro propio interior, de entre hermano y hermano.

Sólos nada podremos hacer, pero Él lo ha hecho por nosotros y nos pide le ofrezcamos, día a día, las heridas interiores, personales y comunitarias, y acoger su espíritu de reconciliación: «déjense reconciliar...no opongan resistencia... si escuchan su voz no endurezcan el corazón...ábranlo totalmente».


2. Conviértanse y crean en el Evangelio. Cuaresma, tiempo de conversión

La conversión es una cuestión de radicalidad, no de medias tintas. No se puede caminar a la vez en dos direcciones. No se puede servir a la vez a dos patrones, no se puede tener el corazón dividido. No se puede vivir exigidos por un comportamiento superficial o de solas palabras y un afecto profundo que apunta a otra dirección: ¡esto destruye la persona!

«Conviértanse: crean en el Evangelio». No se trata de hacer remiendos, de hacer pequeñas privaciones (un cigarrillo menos, pescado en vez de carne, un poco de ayuno), sino de un cambio realmente radical: tirarnos del todo a la parte de Cristo y de su Palabra, sin mirar atrás. Entonces aun el gesto más insignificante se vuelve valioso. Es una perspectiva totalmente diferente: la vida, la fe, la santidad, construidas a partir del Señor, de su Palabra (¿qué quiere Dios de mí? ¿qué le gusta?), y no desde mi perspectiva, de mis proyectos, de lo que hace o dice la gente, de lo que hace la mayoría...


3. Este es el tiempo favorable. Cuaresma, el hoy de Dios

No lloremos, no nos lamentemos por muchas cosas torcidas que causan dolor y nos privan de la paz. Muchas cuaresmas nos han dejado como somos.

Es inútil recriminar condiciones personales, familiares, eclesiales, sociales, poco aptas y de poca ayuda; es inútil dejar las cosas para un mañana que no está en nuestro poder. Se nos ha dado un hoy cargado de la presencia y de la acción vivificadora del espíritu de Cristo, que quiere llevarnos a cada uno de nosotros al desierto para purificarnos, para hablarnos al corazón, para hacernos descubrir lo esencial: nuestra vida depende de Dios y no de los bienes que poseamos; nuestra vida crece si crece en nosotros la meditación, la adoración, la obediencia a Él, y no si aumentamos los bienes y los éxitos mundanos.


4. Cuando hagas limosna ...cuando reces ...cuando ayunes... Cuaresma = Imitación

Si de la Cuaresma hacemos una imitación de Cristo, será un itinerario caracterizado por lo concreto, consecuente con «Aquel que ha hecho todas las cosas bien». Se trata de una renovación interior que no se va en teorías, planes, suspiros.. La Iglesia partiendo de la enseñanza de Jesús, señala tres caminos que se desarrollan en pasos del obrar:


1. la limosna: para abrir las manos a la solidaridad con los más pobres y aprender el amor que comparte la vida y todo bien (talentos, tiempo, dinero), como Jesús que no se guardó nada para sí y recorrió un camino de desprendimiento cada vez más profundo.


2. la oración: para reencontrar el sentido de la primacía de Dios y de la escucha de su Palabra, como hijos de Dios que reciben continuamente de las manos del Padre su ser y su vivir.


3. el ayuno: de comida corporal, de mentalidad mundana,del «yo» soberbio, del «yo pecador».

a)- El ayuno de comida corporal, bien entendido y practicado, tiene su importancia y siquiera muchas personas, ya que lo hacen, lo hicieran por motivos superiores. Pero el sólo ayuno corporal (privación de comida o parte) no basta; ¡cuántas personas practican el ayuno corporal y luego se muestran orgullosas, soberbias, envidiosas, criticonas!

b)- El ayuno de la mentalidad mundana, consiste en no conformarse, no asemejarse, no asimilar la mentalidad de este nuestro tiempo. Conocemos cuales son las desviaciones del mundo de hoy, sus corrientes ideológicas, sus tentaciones: cosas que las personas asimilan sin siquiera darse cuenta. Ayunar de este mundo significa no asimilar la mentalidad consumista, hedonista, individualista, materialista. Esta segunda forma de ayuno es muy importante y no tan fácil de realizar como el ayuno corporal.

c)- El ayuno del «yo» soberbio, del «yo pecador», este es el ayuno más importante, el ayuno de uno mismo, del propio «yo». Jesús ha dicho: «si alguno quiere seguirme niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga».

«Níeguese a sí mismo»: esta es la raíz donde debemos dirigir el hacha: nuestro yo orgulloso, prepotente, soberbio, el yo que ocupa, más, que usurpa el puesto de Dios. El yo que nos hace vivir centrados, adheridos, encerrados en nosotros mismos, el yo viejo y pecador.

Este es el ayuno fundamental, aquel con el que debiéramos comenzar.

Cortar de raíz este «yo» que se antepone a Dios, que se ubica en el lugar de Dios. Esto es lo primero que hay que hacer para poder vivir una buena y verdadera Cuaresma.


4. A modo de cuestionamiento, de examen de conciencia, de confrontación, mirémonos en este símil espejo para tratar de encontrar una justa y armoniosa relación de los «no» y los «sí» que nos posibilita este verdadero y efectivo ayuno.

- cuidar las cosas, no dañarlas,

- apreciar las cualidades ajenas, evitar los chismes,

- valorar el obrar ajeno, no juzgar ni condenar,

- no odiar por el mal recibido, saber poner la otra mejilla,

- no ser soberbio, saber comprender y perdonar,

- apreciar y defender los bienes morales y espirituales, no dejarnos corromper,

- oponer la abnegación al egoísmo,

- respetar, evitando la grosería y la falta de educación,

- ser responsables contra toda irresponsabilidad.

Todo esto, si es vivido auténticamente, nos llevará a decir muchos «no»:

- no a la autosuficiencia, al quererse salvar solos,

- no a confiarse del todo a los medios humanos y a las propias fuerzas,

- no al vivir proyectados fuera de nosotros mismos, aferrados a las cosas exteriores,

- no a la sociedad de los bienes materiales, a la sociedad consumista, a las manos cerradas egoísticamente.

Para El un único y gran «sí», renovado continuamente, gracias a lo cual cada pequeña muerte se convertirá en cruz que salva: «entonces tu luz surgirá como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor» (Is.58,8), y la novedad de la Pascua penetrará cada vez más en nuestra vida transformándola y dándole fecundidad y razón de ser y de vivir.

Sembremos semilla de esperanza en Cuaresma, cultivémosla con la limosna, la oración y el ayuno, y en Pascua recogeremos un abundante fruto en la alegría de ser y sentirnos hijos de un Dios que nos asocia al banquete de la verdadera felicidad.

Pascua es la fiesta de la vida, la celebración de la esperanza. El agua del Bautismo nos ha hecho hijos. El Pan de la Eucaristía nos hace hermanos. La luz de Cristo Resucitado nos hace testigos. Pascua es una invitación serena y honda a la alegría. Es la alegría de la victoria definitiva de Cristo. Sólo nosotros, los testigos, podremos anunciar al mundo: «Hemos visto al Señor, Aleluia, aleluia».


Monseñor Paulino Reale,
obispo de Venado Tuerto


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2203, del 10 de marzo de 1999


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