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DOMINGO DE RAMOS
Homilía de monseñor Rafael Rey, obispo de la Zárate-Campana
(Catedral Santa Florentina, 20 de marzo de 2005)
Queridos hermanos:
Después de
recorrer durante cuarenta días este tiempo de preparación que fue la
Cuaresma; un tiempo de oración, un tiempo para escuchar la palabra de
Dios, para participar en una actitud mucho más solidaria frente a los
hermanos; hemos venido preparándonos para participar en el misterio
pascual de Jesús y en este Domingo de Ramos comienza la Semana Santa y
comenzamos a participar también en este misterio pascual del Señor; que es
un misterio de muerte y de vida. Jesús fue proclamado al entrar en
Jerusalén, como hemos escuchado en el pasaje evangélico, fue aclamado como
enviado por Dios, el Mesías salvador, fue aclamado como rey; y por eso es
que la primera parte de nuestra celebración nos llena de sentimientos de
alegría, porque Jesús viene a salvarnos, porque Él ha venido a realizar
plenamente el proyecto de Dios. Y luego en la segunda parte de la
celebración hemos escuchado la lectura de la Pasión, y nos llena de otro
sentimiento diferente: el dolor; lo difícil del camino de la cruz nos
lleva a pensar que también nosotros debemos acompañar a Jesús en este
camino.
Mis hermanos,
estos son los dos aspectos de esta celebración: en la primera parte hemos
aclamado a Jesús como lo hizo el pueblo aquel día, cuando Jesús entraba a
Jerusalén para recorrer el camino de la cruz. El pueblo lo aclamó
juntando ramas, alabándolo y cantando en su honor. Nosotros también hemos
querido traer nuestros ramos y lo hemos aclamado como nuestro salvador,
como el Mesías enviado por Dios y los ramos que han sido bendecidos y que
quedarán en nuestras casas, van a recordarnos que hoy le hemos expresado a
Jesús que queremos seguir su camino, que queremos acompañarlo, que
queremos ser sus discípulos, y las características de los discípulos es en
primer lugar, como nos decía la primera lectura de esta celebración, donde
el profeta Isaías habla del Masías y dice que Dios dio al Mesías una
lengua para poder ayudar a los demás, una lengua de discípulos para
consolar a los fatigados y a los que sufren; una lengua para aclamar el
mensaje de Dios a los demás. Y luego también dice que Dios despertó el
oído del Mesías para que pudiera escuchar su mensaje, para que pudiera
vivir en sintonía con ese mensaje.
Mis hermanos
estas son las características que Dios espera que también nosotros
vivamos. Él nos ha dado también a nosotros una lengua de discípulos para
que anunciemos su palabra, para dar una palabra de aliento a los que están
sufriendo, el Señor nos está pidiendo que, como sus discípulos, ayudemos a
los hombres de nuestro tiempo por medio de la palabra a encontrarse con
Él, porque es Jesús el único salvador de los hombres.
Pero también
hoy el Señor nos está pidiendo tener un oído atento, que seamos capaces de
seguir escuchando su palabra. ¿Cuánto escuchamos hoy nosotros?, si todo
el día estamos aturdidos por los medios, por los ruidos, por las palabras
y no siempre escuchamos, casi no podemos escuchar, pero el Señor nos pide
que lo escuchemos a Él, que abramos nuestros oídos para escuchar su
mensaje. Cuantas veces, aún aquí en el templo, mientras se lee la Palabra
del Señor nosotros seguimos en medio de nuestras dificultades, en medio de
nuestros problemas, estamos en otra cosa, y el Señor nos está hablando y
perdemos la oportunidad de recibir esa palabra que puede cambiar nuestra
vida.
Mis hermanos,
ésto es lo que hoy nos pide la liturgia en su primera parte, que seamos
discípulos de Jesús, que tengamos lengua de discípulos de Jesús para
aclamar la palabra del Señor, que tengamos oído de discípulos para que la
palabra de Dios llegue a nuestras vidas, la vivamos y podamos compartirla
con los otros.
Y en la
segunda parte la liturgia nos invita a vivir el envío que nos ha hecho
Jesús; porque Él ha venido para que el reino de Dios crezca en medio del
mundo y su reino es un reino de santidad, un reino de vida, de amor, de
solidaridad, de justicia; Él quiere que estos valores vayan creciendo en
el mundo y esa es nuestra tarea: hemos sido enviados por el Señor para que
los valores del reino de Dios puedan llegar al corazón de todos los
hombres. Hoy nos lamentamos y nos duele que haya tanta violencia, tantos
odios, tantas guerras, tanta falta de respeto a la dignidad de las
personas. El Señor ha venido para instaurar el reino de Dios, ha venido
para que crezca el reino de Dios. Nuestra tarea es ayudar a Jesús para
que los valores del reino de Dios estén presentes en nuestra casa, en
nuestro barrio, estén presentes en el mundo entero; que en los ambientes
donde nosotros actuamos habitualmente vaya creciendo el reino de Dios y
vayan creciendo estos valores humanos y espirituales que Jesús nos ha
dejado y nos invita a vivir.
Que durante
esta Semana Santa sigamos el camino de Jesús, que en esta Semana Santa
participemos en todas las celebraciones. Y que como Jesús seamos capaces
de ir muriendo con Él a nuestros pecados, a nuestros egoísmos, a los
antivalores que hay en nosotros y podamos también, al celebrar el misterio
pascual, resucitar con Jesús a una vida totalmente nueva; que resucitemos
de una manera nueva viviendo como discípulos suyo.
Que la
Virgen, nuestra madre, que vivió con tanto dolor y al mismo tiempo con
tanta fe y esperanza este camino de la cruz nos acompañe y nos ayude a
vivirlo de la misma manera.
Que así sea.
Mons. Rafael Rey,
obispo de la
Zárate-Campana |