|
MISA CRISMAL
Homilía de monseñor Rafael Rey, obispo de Zárate-Campana
dada
en la Catedral Santa Florentina de Campana (23 de marzo de 2005)
Queridas hermanas, hermanos, religiosas, seminaristas; queridos
hermanos sacerdotes:
Las palabras
de esta homilía estarán dirigidas de una manera muy especial a los
sacerdotes, ya que hoy todos renovaremos las promesas sacerdotales.
Hoy el Señor
espera que ratifiquemos nuestra opción original. Que respondamos de nuevo
a la llamada de Dios. Y que nuestra vida sea una sucesión de respuestas al
Dios que llama.
En el libro
del Apocalipsis cap. 2, 1-7, el Señor nos hace un llamado urgente y
esperanzador: “conozco tus obras, tus trabajos y tu paciencia. Sé que
tienes constancia y que has sufrido mucho por mi nombre, sin desfallecer.
Pero tengo algo contra ti: que hayas dejado enfriar el amor que tenías al
comienzo... conviértete y has las obras del principio”.
¿Cuáles son
las obras que hicimos al principio?, ¿qué amor teníamos al comienzo?.
Seguramente que estas preguntas nos hacen regresar al momento en que el
Señor decidió nuestro llamado. Recordamos el esfuerzo, las dificultades,
las vacilaciones, la voluntad y la generosidad en el proceso vocacional y
al dar la respuesta a Dios; y por otro lado, la gracia, el don, la ternura
y el amor de Dios que llama a quién quiere.
San Marcos en
el Cap. 3º nos indica que fuimos llamados para tres cosas, que hoy debemos
examinar y renovar. A esas tres cosas tenemos que volver; ya que forman
parte del amor primero y de las obras del comienzo.
Primero:
Jesús nos llamó para estar con Él, para escucharlo, para seguir sus pasos,
aprender de Él. Regresar a la admiración primera, a la contemplación. San
Francisco decía a un hermano: “no llegarás a superar tus problemas
luchando, sino adorando. Y agregó, “si supiéramos adorar, nada podría
turbarnos: atravesaríamos el mundo con la tranquilidad de los grandes
ríos”.
La lucha
contra nosotros mismos y contra todo aquello que nos llena de
preocupaciones y angustias, se vence con adoración, más que con la
voluntad; con amor contemplativo, más que con violencia.
El Papa Juan
Pablo II –en estos días desde el Policlínico Gemelli– en su carta a los
sacerdotes para el Jueves Santo manifestó que el año de la Eucaristía nos
invita a fijarnos en los Santos. Muchos sacerdotes beatificados y
canonizados han dado un testimonio ejemplar a la Iglesia. Muchos se han
distinguido por la prolongada adoración eucarística.
Estar ante
Jesús Eucaristía, dice el Papa, significa dar a nuestra consagración todo
el calor de la intimidad con Cristo.
El
seguimiento de Jesús y su imitación es el fruto de quien pone en Él
largamente su mirada. La gente, nuestra gente, tiene derecho de dirigirse
a los sacerdotes con la esperanza de “ver” en ellos a Cristo. Tienen
necesidad de ello particularmente los jóvenes, a los cuales Cristo sigue
llamando para que sean sus amigos y para proponer a algunos la entrega
total a la causa del Reino.
No faltarán
ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si
fuéramos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de
nuestro ministerio. Un sacerdote conquistado por Cristo, conquista
fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma aventura.
Segundo:
Jesús nos llamó para enviarnos a predicar... Darle primacía a la Palabra
de Dios en nuestro ministerio es una tarea que debe preocuparnos a todos,
preparar con tiempo la Palabra de Dios que vamos a anunciar; sólo así será
nuestro gozo y alegría. Jeremías dijo: “cuando encontraba palabras tuyas
las devoraba, tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón...”
Los
sacerdotes tenemos otro don: la posibilidad de proclamarla y celebrarla
con toda el alma en la liturgia sacramental.
Mis hermanos:
volver al primer amor, del que nos habla el Apocalipsis,; volver a las
obras del comienzo es ponernos frente a la misión que el Señor nos vuelve
a confiar: vayan, anuncien el Evangelio, nos sigue diciendo en la
actualidad. El mundo tiene necesidad de Jesús, de su palabra; y nosotros
tenemos que mostrarlo y anunciar su mensaje.
Tercero:
San Marcos dice que Jesús llamó a los que Él quiso e instituyó a doce.
También a nosotros nos llamó y nos hizo doce; comunidad; presbiterio.
La misión
encomendada por Jesús no se puede realizar en soledad, tampoco
aisladamente, ni en forma sectaria. Esto quiere decir que nuestra
identidad sacerdotal vincula sacramentalmente a los Presbíteros entre sí y
al obispo, del que somos hermanos y colaboradores. El individualismo resta
apoyo y eficacia a nuestro ministerio y se convierte en una de las mayores
fuentes de tensión, de fatiga y de agobio en la vida de los sacerdotes. Es
Jesús quién envía de dos en dos y nos invita a vivir Su proyecto del Reino
de Dios superando el individualismo y proponiéndonos vivir en comunión.
Que sean uno, fue la súplica de Jesús al Padre en la última cena.
Queridos
hermanos, que Jesús nos ayude a vivir estos tres objetivos que nos propuso
al llamarnos al ministerio sacerdotal.
Felicitaciones a todos los sacerdotes en el día de la institución del
ministerio sacerdotal.
Gracias al
Señor que nos ha elegido y nos ha llamado a participar de su único y
eterno sacerdocio. Y gracias de manera muy particular a todos y a cada uno
de ustedes por el generoso y sacrificado servicio que brindan a todas y a
cada una de nuestras comunidades.
Que la
Virgen, nuestra Madre, camine junto a todos y a cada uno de nuestros
sacerdotes, camine junto a todos nosotros. Que ella nos acompañe y nos
proteja, que esté cada día a nuestro lado para que aprendamos a seguir lo
pasos de Jesús.
Que así sea.
Mons. Rafael Rey,
obispo de la
Zárate-Campana |