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MISA de la cena del Señor


Homilía de monseñor Rafael Rey, obispo de Zárate-Campana
dada en la Catedral Santa Florentina de Campana (Jueves Santo, 24 de marzo de 2005)



Queridos hermanos y hermanas:

Ayer por la tarde hemos anticipado la misa crismal en la que fueron bendecidos y consagrados los oleos que se utilizarán durante el año en la celebración de los bautismos, de la confirmación y de la unción de los enfermos. También con todos los sacerdotes de la diócesis hemos celebrado la institución del ministerio sacerdotal y hemos renovado las promesas sacerdotales.

Hoy, en este Jueves Santo, vamos a celebrar de una manera muy particular el misterio de la institución de la Eucaristía y también vamos a celebrar ese mandamiento del amor que Jesús ha dejado a la Iglesia; en realidad entre estas dos celebraciones podemos decir que el Señor nos dejó dos sacramentos: el de la Eucaristía, instituido en la última cena; el sacramento del orden sagrado, también instituido en la última cena y el cuasi sacramento del amor que se expresa en el lavatorio de los pies.

Recién hemos escuchado el pasaje evangélico en donde se narra como ocurrió en esa última cena ese gesto de Jesús de lavar los pies a los discípulos; pero luego el evangelio continúa diciendo o explicando este gesto de amor de Jesús. Él quiso ponerse frente a nosotros en una actitud de humildad, como un servidor, como un esclavo lavando los pies a sus discípulos. Con este gesto quiso decirnos que Él con su entrega para realizar el plan de Dios, con su muerte en la cruz, está manifestando el gran amor de Dios a los hombres. Y por eso es que en el Evangelio se nos dice que Jesús al explicar este gesto dijo ‘les doy un mandamiento nuevo’ y es que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Este mandamiento ya existía en el antiguo testamento, que debíamos amarnos; pero el mandamiento antiguo decía que debíamos amarnos como a nosotros mismos y Jesús lo ha cambiado para decirnos que tenemos que amar como el amó, y ésto significa que debemos asumir las mismas actitudes de Jesús, que debemos aprender de Él a ser humildes, a vivir en una actitud de servicio; amar como Jesús significa que debemos vivir siempre como servidores en medio de la Iglesia, en medio del mundo. Amar como Jesús significa que debemos abandonar nuestra comodidad para comenzar a servir de una manera nueva a aquellos que verdaderamente lo necesitan; dejar nuestra comodidad, dejar nuestra posición para salir a auxiliar a aquellos que necesitan de nosotros y de nuestra ayuda. El Señor nos pide que sepamos compartir con los demás lo que tenemos, nuestro tiempo para poder ayudarlos. Amar como Jesús significa ponernos a disposición de los otros con todo lo que somos y con todo lo que tenemos; incluso dar la vida por los demás, porque Jesús mismo dijo que Él daba la vida por nosotros y nos está pidiendo que amemos de la misma manera. Y dar la vida no significa que debamos morir en un instante, en un acto heroico; sino que dar la vida también significa entregarla cada día al servicio de los otros estando dispuestos siempre a vivir en una actitud de servicio para con los demás.

Jesús con este mandamiento nuevo está indicando que nosotros tenemos que aprender de Él a vivir en el amor y para asegurarnos que Él nos ha amado, y nos ha amado hasta el extremo, ha realizado esos tres signos en la última cena: el lavatorio de los pies, la institución de la Eucaristía y la institución del orden sagrado.

En el lavatorio de los pies Jesús dijo ‘yo soy el Maestro y el Señor, y sin embargo estoy en medio de ustedes como el servidor’ y nos ordenó que hiciéramos lo mismo. Por eso es que la Iglesia , ante todo, tiene que ser una comunidad servidora, una comunidad humilde que siempre está dispuesta a servir a los demás, a vivir en una actitud fraterna; a correr, como la Virgen, a auxiliar a su prima Isabel; a imitar a Jesús que entrega su vida por la salvación de todos los hombres.

Luego, mis hermanos, de una manera particular vamos a celebrar la institución de la Eucaristía; porque hoy el Señor expresa que quiere quedarse con nosotros. Él ha querido quedarse bajo la forma de pan y de vino, para ser destruido por nosotros y convertirse, de esa manera, en nuestra comida, en nuestra bebida; para que recibamos así toda la fuerza y toda la gracia para poder seguir su camino e imitar sus gestos.

La Eucaristía es el sacramento que nos muestra el sacrificio de Jesucristo, porque Él se deja destruir en esas especies del pan y del vino para salvación de la humanidad. La Eucaristía es la manifestación de todo el amor que Dios nos tiene porque hasta el final de los tiempos seguirá presente en nuestros altares mientras celebramos la Eucaristía; estará presente en los sagrarios para que podamos venir a adorarlo, a contemplarlo para estar junto a Él y aprender a amar a Dios y a los hermanos como Él lo hizo.

Jesús se ha quedado con nosotros de una manera muy clara en su palabra, en la sagrada Biblia. Nos encontramos con Jesús cuando venimos a adorarlo presente en la Eucaristía y podemos alimentarnos con su cuerpo y con su sangre; nos encontramos con Jesús también en los hermanos, porque Jesús se identificó con todos.

Por último, hoy también queremos dar gracias a Dios por la institución del orden sagrado; por permitir que algunos en la Iglesia podamos consagrarnos totalmente a Dios para poder repetir los gestos de Jesús, para vivir el ministerio sacerdotal de Jesús a favor de todo su pueblo.

Hoy queremos dar gracias al Señor porque Jesús continúa presente en la acción ministerial que realizan los sacerdotes, porque Él está presente en la celebración de la Eucaristía, en la celebración de los sacramentos que realizan los sacerdotes.

Un sacerdote tiene que ser buen pastor, imagen de Jesús en medio de su pueblo. Hoy por tanto es un día para dar gracias a Dios porque nos ha dejado el mandamiento del amor que nos recuerda que nuestra vida tiene que distinguirse por el amor a Dios y el amor a los demás.

Que la Virgen, nuestra madre, nos ayude a vivir la gracia del misterio pascual que estamos celebrando. Que la Virgen nos acompañe en estos días siguiendo los pasos de Jesús, teniendo los mismos sentimientos de Jesucristo y viviendo intensamente estos misterios.

Que así sea.


Mons. Rafael Rey,
obispo de la Zárate-Campana



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