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TOMA DE POSESIÓN
Homilía de Mons. Guillermo Rodríguez-Melgarejo en la toma de
posesión
como obispo de la diócesis de San Martín
9 de agosto de 2003
La figura del profeta Elías emerge de la primera lectura. Luego de haber
caminado un día entero por el desierto, lo contemplamos extenuado bajo una
retama.
No estamos demasiado
lejos de comprender la situación que vive Elías, ya que en la Oración por
la Patria rezamos: “nos sentimos heridos y agobiados. Precisamos tu alivio
y fortaleza”.
¿Qué aconteció? Ajab,
rey de Israel casado con Jetzabé, quien no pertenecía al pueblo elegido,
se fue alejando de Yahve por el paganismo, el culto a los ídolos y las
mentiras de los falsos profetas.
Elías obediente al
Señor reacciona y desenmascara a los falsos profetas: mueren
cuatrocientos. Jetzabe organiza la venganza, procura perseguirlo y
matarlo. Lleno de miedo Elías se pone en camino y huye. Y hasta se deprime
y desespera (cf 1 Re 19,4).
También nosotros nos
hallamos en camino. Vivir es estar en camino, peregrinar. Hemos sido
creados para amar, conocer y servir a Dios en esta vida y gozarle para
siempre en el cielo. Desde la cuna hasta el encuentro definitivo con Dios
estamos en camino. Peregrinos en un tiempo y un espacio limitado,
concreto, sin retorno.
Podemos olvidar hacia
donde vamos, pero Dios no se olvida de nosotros como tampoco se olvidó de
Elías: además de proporcionarle el pan y el agua en el desierto, un ángel
le despierta para que se levante y coma. Y por segunda vez el ángel le
toca y dice: “levántate y come porque todavía te queda mucho por caminar”
(1 Re 19,7). Y así fue: “Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido
por ese alimento caminó por el desierto cuarenta días y cuarenta noches
hasta la montaña de Dios, el Horeb” (1 Re 19,8), el Sinaí de las teofanías.
No sabemos cuánto
durará nuestro camino personal hasta llegar al encuentro con Dios. Sí
sabemos que no podemos caminar con hambre bajo el sol. Tenemos experiencia
que con sólo nuestras propias fuerzas no alcanza.
En este ciclo litúrgico
B, durante cinco domingos se interrumpe la proclamación del Evangelio de
Marcos para ceder lugar al capítulo 6 de Juan. Hoy nos hallamos en la
mitad de estos domingos.
Las distintas formas de
hambre que experimentamos coinciden en el hambre de vivir con un sentido,
en el hambre de Dios, de amor y felicidad. Juan sintetiza las hambres
humanas en el hambre de vida. Nadie puede ir a Jesús “si no lo atrae el
Padre” (Jn 6,44) que lo envió. La fe es un don de Dios, Trinidad
santísima, que hemos recibido como en germen, en semilla, el día de
nuestro Bautismo. Depende de nuestra libertad poner los medios para asumir
una formación cristiana y una incesante conversión al Evangelio, para que
nuestra vida en la fe se desarrolle y robustezca, con lúcida conciencia de
que “es Dios el que hace crecer” (1 Cor 3,7).
Jesús se nos revela en
el Evangelio de hoy como el Pan verdadero: “Yo soy el Pan de Vida” (Jn
6,48), “el Pan vivo bajado del cielo” (Jn. 6,51). Es verdadero pan cuando
nos alimentamos de la fe en Él. Es verdadero pan cuando recibimos su carne
y sangre en la Eucaristía. Jesucristo es el Pan vivo y verdadero porque es
el único que puede darnos vida eterna a los que en Él creemos, a los que
de Él nos nutrimos: “el que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn
6,51).
¿Qué aconteció? Jesús
luego de la multiplicación de los panes y de los peces que inaugura el
capítulo 6 del Evangelio de Juan, se manifiesta como “el pan bajado del
cielo”. Ante ello sus oyentes murmuran porque lo ven sólo como un hombre,
“¿acaso este no es Jesús, el hijo de José?” (Jn 6,42).
Creemos que en Jesús lo
divino y lo humano están unidos sin confusión ni separación, conforme se
expresara la fe en Calcedonia, en el cuarto Concilio Ecuménico. Pero no
siempre vivimos esta fe con todas sus consecuencias. Nos acecha la
tentación de quedarnos en lo humano, de pedir signos, de buscar excusas
para no vivir la aventura de la fe hasta el final, hasta el martirio si
nos fuera concedido.
Así como en tiempos de
Elías el paganismo amenazaba al pueblo de Israel, hoy los cristianos
corremos grave riesgo de mundanizarnos, de que nos arrastre esta crisis de
la civilización y nos corrompamos, dejando de ser levadura, sal y luz,
íntimamente unidos a Jesús en su cuerpo peregrino que es la Iglesia.
Tenemos firme la
esperanza. Si nutrimos de la Palabra de Dios nuestro caminar en la fe, y
hacemos carne y vida el ser cada día más, miembros vivos de la Iglesia,
impulsados por una ardiente audacia misionera que asimila a Jesús el Pan
de vida, habremos de jugarnos por entero en vivir la belleza y la
gratuidad, la verdad y el amor, el trabajo y la justicia, la
reconciliación y la paz, gimiendo interiormente: “Ven, Señor Jesús” (Ap
22,20) al ritmo cotidiano del caminar.
Escuchamos que al
elegirme para esta Diócesis, el Papa Juan Pablo II me encomienda que
muestre a los fieles que Jesucristo ha de ser amado y seguido sobre todos
y por encima de todas las cosas. Al iniciar este ministerio pastoral
reciban un signo, que desea expresar lo que las palabras no alcanzan
decir. Por ello, dentro de unos momentos, les serán entregadas dos
estampas: un icono con el rostro de María porque en ella brilla la
dimensión maternal y familiar de la Iglesia, junto a otra con el rostro de
Cristo ya que Jesucristo resucitado nos da el Espíritu Santo y nos lleva
al Padre. La Trinidad es el fundamento más profundo de la dignidad de cada
persona humana y de la comunión fraterna.
Que de María aprendamos
a ser discípulos en la Iglesia de su Hijo y dóciles al Espíritu Santo, en
profunda comunión, naveguemos mar adentro hacia la plenitud de la
santidad, adorando al Padre y contagiando la vida nueva, que gratuita e
inmerecidamente recibimos de Cristo, el Señor Resucitado.
Y a todos cuantos
habitamos en esta querida Diócesis de San Martín, el Señor nos conceda lo
que imploramos hace momentos en la Oración que dirigimos “a quien
confiadamente invocamos con el nombre de Padre”, para que intensifique “en
nosotros el espíritu de hijos suyos y merezcamos entrar en la herencia que
nos tiene prometida, por Jesucristo Nuestro Señor”. Amén.
Mons. Guillermo Rodríguez-Melgarejo,
Obispo
de San Martín
9 de agosto de 2003
- XIX domingo durante el año |