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9 DE JULIO
Homilía de Mons. Pedro Ronchino, obispo de Comodoro Rivadavia, pronunciada
en el tedéum celebrado por el Día de la Independencia
(9 de julio de 2002)
Un cumpleaños nacional de vida independiente, como el de las personas,
puede ser también hoy, ocasión de mirar el pasado de nuestra Patria y
desde el presente, proyectarnos hacia el futuro. Este es el motivo que hoy
nos congrega, pero en este ámbito sagrado, haciéndolo de cara a Dios y a
la luz de sus enseñanzas.
Ciertamente, como en otras ocasiones, para darle gracias por la bondad con
que nos ha acompañado siempre, pero también para examinar la respuesta que
hoy, como Nación le estamos dando, reconociendo eventuales desvíos e
implorando de su gracia, fuerza para reencauzarlos en la dirección justa.
Jesús, en
la página que acabamos de proclamar, nos presenta a un hombre víctima del
despojo y la crueldad: malherido y abandonado. Probablemente llevaría
consigo objetos de valor; lamentablemente, fueron el cebo que despertó la
voracidad de sus atacantes.
Nuestra
Patria ha recibido de la Divina Providencia bienes de toda especie: para
ceñirnos sólo a lo material: un territorio extenso, variado, con
potencialidades tan poco comunes, que más de una vez mereció ser
considerado el granero del mundo... Hoy debemos admitir con pena y
vergüenza que gran parte de su población padece los efectos de la
desnutrición sin perdonar a los niños, lo que compromete el mismo
futuro... La distancia sideral entre lo que Nuestra Patria podría y
debería haber sido y lo que de hecho ha llegado a ser ¿no configura un
lamentable despojo y hasta un auténtico ensañamiento? Lucas es lapidario
cuando describió a esta víctima de la parábola: “lo dejaron medio muerto”.
Con dolor y hasta con una suerte de impotencia, esa calificación cabe
aplicarla a nuestra querida y desvalida Patria de hoy.
Pero, en el
relato de Jesús, más triste aún es la actitud de dos representantes de esa
Nación que Dios había colmado de favores y la había elegido como “su”
Pueblo, un sacerdote y un levita. Simplemente “vieron”, dice San Lucas y a
continuación añade que cada uno “siguió su camino”. Simples testigos fríos
de una tragedia, no se dejaron interpelar por su doloroso reclamo. Vieron,
pero no miraron. Siguieron sus propios proyectos, tratando de hacer lo que
a ellos personalmente les interesaba. La víctima rozaba sólo sus
proyectos, pero no entraba en ellos.
Muy
distinta la actitud del samaritano: de él se dice: “Lo vio y se conmovió”.
Vio y se detuvo a mirar; lo que tenía ante sus ojos, exigía a gritos ser
tenido en cuenta detenidamente, provocando una conmoción que no podía no
pasar luego a la acción.
La crisis
de nuestra querida Patria se fue dando en modo progresivo hasta llegar al
estado que hoy vivimos. Pero simplemente se la “vio” sin detenerse a
considerar cuidadosamente sus síntomas, sus causas, y pensar en los
remedios. ¿No pudo, tal vez, ser también “utilizada” para despertar la
compasión de extraños forzando su ayuda?
Esa visión
superficial, que no llegó a valorar profundamente lo serio del momento y
la gravedad de sus consecuencias, por una parte, se encontró con una
especie de inmovilidad. Tal vez esperando que el tiempo fuese restañando,
por sí mismo, las heridas...
También más
lamentablemente se perdió ante la otra actitud, que San Lucas describió
gráfica y trágicamente: “siguieron su camino”. No podemos no dejar de
deplorar que, ante la Patria depredada y sola, los objetivos que parecían
haber movilizado a no pocos, hayan sido los propios, los de ellos. Una
rápida proliferación de pre-candidaturas simplemente vinculadas a
personas, pero no a proyectos serios, pensados para brindar los remedios y
las terapias que reclamaba la Patria “medio muerta”. Los nombres y las
posibles alianzas se hacen y deshacen con fugacidad; la gran ausente
parecería la Patria, que reclama con urgencia, programas realistas,
serios, y capaces de encolumnar a una ciudadanía descreída de agrupaciones
a veces más empeñadas en sostenerse a sí mismas que en responder a los
reclamos de la dura realidad que cotidianamente nos agobia.
Los
paliativos coyunturales tampoco han sido suficientes para dar bríos a esta
Patria tan gravemente enferma. Tendían simplemente a salvar una situación
concreta, pero, también ellos, sin tener en la mira las heridas y el
abandono de la Patria de cara al futuro.
Tampoco han
ayudado a mejorarla (lamentablemente es cierto lo contrario) las protestas
violentas y agresivas. Paradojalmente, en no pocos casos, compartían, con
otra metodología, el afán de protagonismos personales de los que
“siguieron su camino”... Un modo más de dejar de lado a la Patria “medio
muerta”.
Debemos ser
totalmente sinceros. No han faltado, mirando a esta Patria malherida,
soluciones solidarias que verdaderamente fueron a la raíz de los males.
¿No es acaso elocuente que más de la tercera parte de nuestra población
esté actualmente empeñada en el voluntariado? Esta, sin lugar a dudas, es
la senda que señala un camino mucho más largo y difícil, pero
auténticamente eficaz. Más aún, la fundada esperanza de un futuro
distinto.
En ese
orden de respuestas, tras la convocatoria oficial, más de trescientas
instituciones, en el Diálogo Argentino, presentaron proyectos. Las
Naciones Unidas y la Iglesia, como testigos cualificados, acompañaron este
encomiable esfuerzo, primero en nuestra historia. El escasísimo eco que
encontró la sugerencia de posibles remedios para la Patria “medio muerta”,
es una irrefutable confirmación de que el interés de quienes firman esos
“Consensos” continuaba centrado en otro objetivo “seguir su camino”.
Como
ciudadanos, miembros solidarios de nuestra Nación, no podemos escondernos
en estas actitudes. Como creyentes la palabra de Jesús no deja lugar a
dudas: “El que quiera ser grande que se haga servidor de Ustedes”. Por
eso, solidariamente, queremos hoy pedir perdón a Dios. Si en el Juicio El
pronunciara severa sanción a quienes no lo vieron en el necesitado, esta
culpa se multiplica sino lo hemos visto en nuestra entera sociedad “medio
muerta”. Que su misericordia nos ayude a cambiar a tiempo, antes de que
seamos nosotros mismos las víctimas de las penas merecidas por nuestros
pecados.
Pero
también debemos dar gracias a Dios porque, más allá de nuestras faltas, El
ha sido siempre compasivo y no nos ha abandonado. En efecto: su bondad se
ha manifestado entre nosotros en la acción de tantos que, desde distintos
ámbitos y en tantas modalidades, han ido conformando en el País, una red
de solidaridad que es no sólo nuestra mejor riqueza actual, sino también,
nuestro firme motivo de esperanza para un futuro distinto: una Patria
Nueva, de hermanos, formando una familia solidaria. Aún siendo siempre
lamentables los males con que hemos afligido a nuestra Patria, han sido un
estímulo benéfico para el surgir de tanta solidaridad.
Y
finalmente, partiendo de estas semillas de un futuro nuevo y confiando
sobre todo en la infinita misericordia de Dios que es lento para castigar,
como recuerda la Escritura, y nos da siempre nuevas oportunidades,
imploraremos de El que nos dejemos interpelar por su Palabra y por lo
mejor de nuestra historia, para ir haciendo, de la compasión por una
Patria “medio muerta”, un estímulo constante para poner cada uno lo mejor
de nosotros mismos para irla restableciendo, para que, en salud y fuerza
pueda continuar estando, como proclama nuestra Constitución Nacional,
“abierta a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo
argentino”.
Que así
sea.
Comodoro
Rivadavia, 9 de julio de 2002
Mons.
Pedro Ronchino,
obispo de
Comodoro Rivadavia
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