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TEDÉUM EN LA CATEDRAL DE BUENOS AIRES
187º ANIVERSARIO DEL PRIMER GOBIERNO PATRIO


Alocución de Mons. Raúl Rossi, obispo auxiliar de Buenos Aires, 
25 de mayo de 1997


Venimos una vez más, a esta Iglesia Catedral de Buenos Aires, como familia argentina, para celebrar la libertad de nuestro pueblo, agradecidos al Señor y a los hombres que la hicieron posible.


Gran Jubileo

Venimos, ya en los umbrales del Tercer Milenio, en que vamos a celebrar el Gran Jubileo por los 2000 años del nacimiento de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos.

El comenzó su predicación, justamente, anunciando un jubileo, cuando leyó en la Sinagoga un pasaje del Profeta Isaías que dijo: "me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos... y proclamar un año de gracia del Señor"; y se lo atribuyó a sí mismo al agregar: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír". (Lc. 4,16-21)

Históricamente, los grandes jubileos han sido ocasión de alegría y un dar gracias a Dios por su amor gratuito, y pedir perdón por no haber correspondido en igual medida.

Un pedido de perdón que se expresaba en distintos compromisos por cambiar, que han variado según los momentos de la historia, pero que siempre tuvieron algo en común: implicaban un servicio al hermano, por amor a Dios.(cf. TMADV)


Lo recibido de Dios y lo hecho por nosotros

En este día de la Patria, sería bueno que los argentinos empezáramos a preparanos para el año 2000 y que para eso fuéramos capaces de mirar con sinceridad, pero sin soberbia, que somos un pueblo favorecido por Dios. También es mucho lo que los hijos de esta tierra hemos sabido hacer para que creciera y fructificara lo que Dios nos dio. Pero también podemos constatar, en todas la épocas, cómo los egoísmos personales o de grupos nos han impedido crecer en la medida que hubiera sido posible, y que ese crecimiento fuera en beneficio de todos.

Hoy, podemos alegrarnos con logros y conquistas que hace unos años parecían imposibles de alcanzar y nos entristecen algunas sombras que creíamos que nunca se darían en nuestra Patria. Es bastante lo que hemos logrado, pero es mucho lo que falta.

No se puede pensar que la violencia, la inseguridad, la corrupción, los negociados, las marginaciones sociales, las internas y ambiciones personales o de grupos son algo que antes no pasaba, o que solo sucede en la Argentina. Pero también es cierto, que esos males se van acentuando, acompañados por una sensación de impunidad y por el desprestigio de las instituciones. Todo eso lleva al desaliento y la desesperanza y estas pueden desembocar en agresividad o en la tentación de la violencia.


El aporte de cada uno

Junto a los logros alcanzados están los grandes problemas que nos afectan. Cada uno de ellos requiere una propuesta concreta para solucionarlo, que yo no puedo dar porque no soy técnico. Pero aunque los técnicos buscaran una respuesta a cada problema, no alcanzaría, si no fuéramos más al fondo de los males que sufrimos, que es un problema cultural, el de los valores que nos mueven en la vida.

Cada uno, debe hacer su aporte para superar los problemas, desde su lugar, en lo que sabe y puede.

La Iglesia es consciente de que el suyo se basa, por un lado, en el conocimiento que tiene del hombre y que surge del contacto diario con la gente de todos los niveles y de las diversas realidades culturales, sociales y económicas del país, lo que en palabras de Pablo VI, la convierte en "experta en humanidades", y por otro lado, se basa en que el Señor nos ha entregado un verdadero tesoro, su Evangelio, que nos permite mirar desde Dios la realidad de los hombres e iluminarla dando un juicio moral sobre lo que vivimos.


Reconocer errores y pedir perdón

Debemos mirar nuestro pasado y nuestro presente con sinceridad, para agradecer los bienes que tenemos y para tomar conciencia y aprender de nuestros errores.

Es necesario que entendamos que reconocer un error y pedir perdón no nos rebaja sino que nos enaltece, porque solo es grande de verdad el que es humilde y ha dejado de lado la soberbia mentirosa que nos hace sentir los mejores, los que nunca se equivocan y que, por lo tanto, no saben recibir ni aceptar una crítica, por sincera y constructiva que sea, porque enseguida se siente al otro un enemigo al que hay que ironizar o destruir.

¡Qué pocas veces hemos visto en alguien la grandeza de reconocer errores y pedir perdón!

Hoy, se nos pide a todos esta grandeza, cualquiera sea el lugar que ocupemos, como un modo de empezar a ser creíbles.


Compromiso de cambiar

Es también, el momento de asumir el compromiso de cambiar, de pensar juntos qué país queremos, con qué valores y qué podemos hacer por los hermanos que más nos necesitan, para que tantos bienes recibidos y logrados, no sean sólo para unos pocos, sino para todos.

Las personas, los grupos, los partidos, no podemos seguir tironeando, como cada uno para su lado. Tampoco podemos sentirnos los jueces o fiscales de los otros, como si nosotros no tuviéramos nada que reprocharnos.


Todos debemos buscar el Bien Común

Tal vez, lo que necesitamos no sea nada extraordinario, sino que procuremos tender, no al bien personal o de grupo solamente, sino a ese bien cómun, que no es otra cosa que el bien de la persona y de todas las personas. Bien común que no es sinónimo simplemente de orden ni de suma de bienes particulares, sino el conjunto de las condiciones de la vida social que hacen posible a todos el logro pleno y más fácil de su perfección y realización integral (cf. GS 26; ICN 88-89; DHC 124).

El Estado debe custodiar y estar al servicio del bien común de las personas y debe hacer converger hacia ese bien común los esfuerzos de todos (cf. ICN 92-93).

Un bien común que no es responsabilidad solo del Estado sino también de cada miembro de la comunidad, ya que nuestra Constitución Nacional por un lado reconoce y asegura los derechos de las personas en razón de su dignidad humana, pero por otro, declara la responsabilidades y deberes del ciudadano en orden a contribuir al propio perfeccionamiento. (cf. ICN 90-91; IC y ref. Const. V.2)

A su vez, el Estado no ha de realizar lo que pueden los individuos y comunidades intermedias, pero sí debe procurar lo que sólo él puede brindar. Entre otros cosas está su deber intervenir en la vida social para poner límites a la autonomía de las partes en defensa de los más débiles y para asegurar que sean satisfechas las necesidades básicas de todos, porque el núcleo más profundo de la democracia es la prioridad de la persona humana, por ser imagen y semejanza de Dios (cf. ICN 98-100).


Confianza en nuestro pueblo

Esto puede parecer una utopía, algo inalcanzable. Sin embargo, lograrlo no será imposible, si tenemos en cuenta a nuestro pueblo, si miramos a nuestra gente, que ha ido adquiriendo la sabiduría que solo puede dar la vida, esa gente sencilla, la que trabaja, la que estudia, la que sufre y ama, y lo hace sin llamar la atención, pero con una gran constancia aún en la adversidad, y una enorme capacidad de sacrificio y entrega generosa, que generalmente brotan de su fe cristiana.

El hombre común, la mayoría de los argentinos, espera de sus clases dirigentes, esa actitud de grandeza de poder sentarse con humildad a buscar lo mejor para todos; a buscar la verdad, con corazón abierto y desinteresado; porque sabe que los grandes problemas sólo podrán resolverse por medio de diálogo y la solidaridad, en vez de la lucha por los propios intereses o para destruir al adversario.


El diálogo como medio

Pero para que sirva, para que valga la pena, para que sea creíble, el diálogo al que estamos todos llamados que se nos pide, debe reunir varias condiciones (cf. Ec 75):

Claridad, para expresar lo que se piensa sin ocultamientos ni segundas intenciones; mansedumbre, porque no se puede dialogar con quien tiene una actitud orgullosa, hiriente u ofensiva; autoridad, basada no en la imposición, sino en la fuerza de la verdad que se expresa y la coherencia con la propia vida.

Un diálogo sin soberbia porque ninguno tiene toda la verdad y que no excluya a nadie por no pensar igual; diálogo que no tenga solo exigencias para el otro y nada para uno mismo; diálogo para dejarnos interpelar, dispuestos a aceptar la verdad del otro; diálogo para prevenir el problema y no sólo para cuando ya se ha dado el enfrentamiento que siempre deja heridas; diálogo no sólo para preguntar el por qué y poder echar culpas, sino para averiguar los para qué, que nos abren a la esperanza y al futuro; diálogo de amigos, de hermanos, que hablando se pueden entender y trabajar juntos y que no tienen miedo a las discrepancias porque son conscientes de que las críticas sinceras nos permiten conocer lo que los incondicionales callan y nos ocultan (cf. El amor todo lo espera, CEC).


Solidaridad

Junto al diálogo hace falta la solidaridad. Baste recordar lo que nos dijo San Juan: "Si alguien vive en la abundancia y viendo a su hermano en la necesidad le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?" (1 Jn 3,17)

Hace falta que además de llamarnos nos tratemos y ayudemos como hermanos; que dejemos de pensar sólo en nosotros o en nuestros grupos o intereses, para poder compartir con los demás, especialmente los más desprotegidos, los más débiles, los marginados o excluidos, pero sin demagogias y sin pretender usarlos.

Ellos también tienen derecho a poder disfrutar de tantos dones recibidos de Dios y de los alcanzados con el esfuerzo de todos.


El futuro

Si somos capaces de este diálogo y esta solidaridad, a pesar de que no será fácil, el futuro podrá ser mejor y el bien de cada uno, realidad.

Para lograrlo deberemos cambiar el corazón, lo que parece muy difícil, pero no es un imposible, porque podemos confiar en los valores de la mayoría de nuestro pueblo. Si todos ponemos lo que esté de nuestra parte, de acuerdo al grado de responsabilidad que nos toque, y se lo pedimos a Dios, que es el único que puede cambiarnos desde adentro, la sensatez podrá triunfar y la fraternidad superará las barreras del egoísmo y los intereses.

Que Nuestra Madre de Luján, nos ayude a conocer, valorar y agradecer todo el bien que hemos recibidio de Dios y nos consiga de Jesús, aquellas actitudes que nos permitan buscar siempre el bien dla Patria y el de todos y de cada uno de sus hijos; y que nos ayuden a amar más intensamente, como decía Pablo VI: "con confianza en los hombres, con seguridad en la ayuda paterna de Dios y en la fuerza innata del bien".


Mons. Raúl Omar Rossi,
obispo auxiliar de Buenos Aires



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