Venimos una vez más, a esta Iglesia Catedral de Buenos Aires, como
familia argentina, para celebrar la libertad de nuestro pueblo,
agradecidos al Señor y a los hombres que la hicieron posible.
Gran Jubileo
Venimos,
ya en los umbrales del Tercer Milenio, en que vamos a celebrar el Gran
Jubileo por los 2000 años del nacimiento de Jesucristo, Hijo de Dios
hecho hombre para salvarnos.
El
comenzó su predicación, justamente, anunciando un jubileo, cuando leyó
en la Sinagoga un pasaje del Profeta Isaías que dijo: "me envió a
llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los
cautivos... y proclamar un año de gracia del Señor"; y se lo
atribuyó a sí mismo al agregar: "Hoy se ha cumplido este pasaje de
la Escritura que acaban de oír". (Lc. 4,16-21)
Históricamente,
los grandes jubileos han sido ocasión de alegría y un dar gracias a Dios
por su amor gratuito, y pedir perdón por no haber correspondido en igual
medida.
Un
pedido de perdón que se expresaba en distintos compromisos por cambiar,
que han variado según los momentos de la historia, pero que siempre
tuvieron algo en común: implicaban un servicio al hermano, por amor a
Dios.(cf. TMADV)
Lo recibido de Dios y lo hecho por nosotros
En
este día de la Patria, sería bueno que los argentinos empezáramos a
preparanos para el año 2000 y que para eso fuéramos capaces de mirar con
sinceridad, pero sin soberbia, que somos un pueblo favorecido por Dios.
También es mucho lo que los hijos de esta tierra hemos sabido hacer para
que creciera y fructificara lo que Dios nos dio. Pero también podemos
constatar, en todas la épocas, cómo los egoísmos personales o de grupos
nos han impedido crecer en la medida que hubiera sido posible, y que ese
crecimiento fuera en beneficio de todos.
Hoy,
podemos alegrarnos con logros y conquistas que hace unos años parecían
imposibles de alcanzar y nos entristecen algunas sombras que creíamos que
nunca se darían en nuestra Patria. Es bastante lo que hemos logrado, pero
es mucho lo que falta.
No
se puede pensar que la violencia, la inseguridad, la corrupción, los
negociados, las marginaciones sociales, las internas y ambiciones
personales o de grupos son algo que antes no pasaba, o que solo sucede en
la Argentina. Pero también es cierto, que esos males se van acentuando,
acompañados por una sensación de impunidad y por el desprestigio de las
instituciones. Todo eso lleva al desaliento y la desesperanza y estas
pueden desembocar en agresividad o en la tentación de la violencia.
El aporte de cada uno
Junto
a los logros alcanzados están los grandes problemas que nos afectan. Cada
uno de ellos requiere una propuesta concreta para solucionarlo, que yo no
puedo dar porque no soy técnico. Pero aunque los técnicos buscaran una
respuesta a cada problema, no alcanzaría, si no fuéramos más al fondo
de los males que sufrimos, que es un problema cultural, el de los valores
que nos mueven en la vida.
Cada
uno, debe hacer su aporte para superar los problemas, desde su lugar, en
lo que sabe y puede.
La
Iglesia es consciente de que el suyo se basa, por un lado, en el
conocimiento que tiene del hombre y que surge del contacto diario con la
gente de todos los niveles y de las diversas realidades culturales,
sociales y económicas del país, lo que en palabras de Pablo VI, la
convierte en "experta en humanidades", y por otro lado, se basa
en que el Señor nos ha entregado un verdadero tesoro, su Evangelio, que
nos permite mirar desde Dios la realidad de los hombres e iluminarla dando
un juicio moral sobre lo que vivimos.
Reconocer errores y pedir perdón
Debemos
mirar nuestro pasado y nuestro presente con sinceridad, para agradecer los
bienes que tenemos y para tomar conciencia y aprender de nuestros errores.
Es
necesario que entendamos que reconocer un error y pedir perdón no nos
rebaja sino que nos enaltece, porque solo es grande de verdad el que es
humilde y ha dejado de lado la soberbia mentirosa que nos hace sentir los
mejores, los que nunca se equivocan y que, por lo tanto, no saben recibir
ni aceptar una crítica, por sincera y constructiva que sea, porque
enseguida se siente al otro un enemigo al que hay que ironizar o destruir.
¡Qué
pocas veces hemos visto en alguien la grandeza de reconocer errores y
pedir perdón!
Hoy,
se nos pide a todos esta grandeza, cualquiera sea el lugar que ocupemos,
como un modo de empezar a ser creíbles.
Compromiso de cambiar
Es
también, el momento de asumir el compromiso de cambiar, de pensar juntos
qué país queremos, con qué valores y qué podemos hacer por los
hermanos que más nos necesitan, para que tantos bienes recibidos y
logrados, no sean sólo para unos pocos, sino para todos.
Las
personas, los grupos, los partidos, no podemos seguir tironeando, como
cada uno para su lado. Tampoco podemos sentirnos los jueces o fiscales de
los otros, como si nosotros no tuviéramos nada que reprocharnos.
Todos debemos buscar el Bien Común
Tal
vez, lo que necesitamos no sea nada extraordinario, sino que procuremos
tender, no al bien personal o de grupo solamente, sino a ese bien cómun,
que no es otra cosa que el bien de la persona y de todas las personas.
Bien común que no es sinónimo simplemente de orden ni de suma de bienes
particulares, sino el conjunto de las condiciones de la vida social que
hacen posible a todos el logro pleno y más fácil de su perfección y
realización integral (cf. GS 26; ICN 88-89; DHC 124).
El
Estado debe custodiar y estar al servicio del bien común de las personas
y debe hacer converger hacia ese bien común los esfuerzos de todos (cf.
ICN 92-93).
Un
bien común que no es responsabilidad solo del Estado sino también de
cada miembro de la comunidad, ya que nuestra Constitución Nacional por un
lado reconoce y asegura los derechos de las personas en razón de su
dignidad humana, pero por otro, declara la responsabilidades y deberes del
ciudadano en orden a contribuir al propio perfeccionamiento. (cf. ICN
90-91; IC y ref. Const. V.2)
A
su vez, el Estado no ha de realizar lo que pueden los individuos y
comunidades intermedias, pero sí debe procurar lo que sólo él puede
brindar. Entre otros cosas está su deber intervenir en la vida social
para poner límites a la autonomía de las partes en defensa de los más
débiles y para asegurar que sean satisfechas las necesidades básicas de
todos, porque el núcleo más profundo de la democracia es la prioridad de
la persona humana, por ser imagen y semejanza de Dios (cf. ICN 98-100).
Confianza en nuestro pueblo
Esto
puede parecer una utopía, algo inalcanzable. Sin embargo, lograrlo no
será imposible, si tenemos en cuenta a nuestro pueblo, si miramos a
nuestra gente, que ha ido adquiriendo la sabiduría que solo puede dar la
vida, esa gente sencilla, la que trabaja, la que estudia, la que sufre y
ama, y lo hace sin llamar la atención, pero con una gran constancia aún
en la adversidad, y una enorme capacidad de sacrificio y entrega generosa,
que generalmente brotan de su fe cristiana.
El
hombre común, la mayoría de los argentinos, espera de sus clases
dirigentes, esa actitud de grandeza de poder sentarse con humildad a
buscar lo mejor para todos; a buscar la verdad, con corazón abierto y
desinteresado; porque sabe que los grandes problemas sólo podrán
resolverse por medio de diálogo y la solidaridad, en vez de la lucha por
los propios intereses o para destruir al adversario.
El diálogo como medio
Pero
para que sirva, para que valga la pena, para que sea creíble, el diálogo
al que estamos todos llamados que se nos pide, debe reunir varias
condiciones (cf. Ec 75):
Claridad,
para expresar lo que se piensa sin ocultamientos ni segundas intenciones;
mansedumbre, porque no se puede dialogar con quien tiene una actitud
orgullosa, hiriente u ofensiva; autoridad, basada no en la imposición,
sino en la fuerza de la verdad que se expresa y la coherencia con la
propia vida.
Un
diálogo sin soberbia porque ninguno tiene toda la verdad y que no excluya
a nadie por no pensar igual; diálogo que no tenga solo exigencias para el
otro y nada para uno mismo; diálogo para dejarnos interpelar, dispuestos
a aceptar la verdad del otro; diálogo para prevenir el problema y no
sólo para cuando ya se ha dado el enfrentamiento que siempre deja
heridas; diálogo no sólo para preguntar el por qué y poder echar
culpas, sino para averiguar los para qué, que nos abren a la esperanza y
al futuro; diálogo de amigos, de hermanos, que hablando se pueden
entender y trabajar juntos y que no tienen miedo a las discrepancias
porque son conscientes de que las críticas sinceras nos permiten conocer
lo que los incondicionales callan y nos ocultan (cf. El amor todo lo
espera, CEC).
Solidaridad
Junto
al diálogo hace falta la solidaridad. Baste recordar lo que nos dijo San
Juan: "Si alguien vive en la abundancia y viendo a su hermano en la
necesidad le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de
Dios?" (1 Jn 3,17)
Hace
falta que además de llamarnos nos tratemos y ayudemos como hermanos; que
dejemos de pensar sólo en nosotros o en nuestros grupos o intereses, para
poder compartir con los demás, especialmente los más desprotegidos, los
más débiles, los marginados o excluidos, pero sin demagogias y sin
pretender usarlos.
Ellos
también tienen derecho a poder disfrutar de tantos dones recibidos de
Dios y de los alcanzados con el esfuerzo de todos.
El futuro
Si
somos capaces de este diálogo y esta solidaridad, a pesar de que no será
fácil, el futuro podrá ser mejor y el bien de cada uno, realidad.
Para
lograrlo deberemos cambiar el corazón, lo que parece muy difícil, pero
no es un imposible, porque podemos confiar en los valores de la mayoría
de nuestro pueblo. Si todos ponemos lo que esté de nuestra parte, de
acuerdo al grado de responsabilidad que nos toque, y se lo pedimos a Dios,
que es el único que puede cambiarnos desde adentro, la sensatez podrá
triunfar y la fraternidad superará las barreras del egoísmo y los
intereses.
Que
Nuestra Madre de Luján, nos ayude a conocer, valorar y agradecer todo el
bien que hemos recibidio de Dios y nos consiga de Jesús, aquellas
actitudes que nos permitan buscar siempre el bien dla Patria y el de todos
y de cada uno de sus hijos; y que nos ayuden a amar más intensamente,
como decía Pablo VI: "con confianza en los hombres, con seguridad en
la ayuda paterna de Dios y en la fuerza innata del bien".
Mons. Raúl Omar Rossi, obispo auxiliar de Buenos Aires