Alocución de Mons. Raúl Omar Rossi, obispo de San Martín
en el tedéum
del 25 de mayo de 2002
Hace 192 años nacía nuestra Patria y con ella ese grito que, desde
entonces, ha corrido de corazón a corazón: ¡libertad!
Un
grito que, confiado en el amor maternal de la Virgen, fue llevado por
Belgrano, San Martín y tantos otros hijos de esta tierra, de pueblo en
pueblo, sin mirar sacrificios, sin pedir nada a cambio, sino para
compartir lo que Dios nos regalaba y los hombres iban conquistando.
Una
libertad, regalo de Dios confiado a nosotros, que costó mucha sangre,
mucho esfuerzo, mucho dolor a nuestro pueblo.
Una
libertad que cada día hay que conquistarla, merecerla y defenderla.
En
este día de la Patria, deberíamos los argentinos pararnos a pensar qué
hemos hecho de esa libertad, qué hemos hecho de nuestra Patria.
Si
miramos con sinceridad y sin soberbia, constatamos que somos un pueblo
favorecido por Dios y también que es mucho lo que los hijos de esta
tierra hemos sabido hacer para que creciera y fructificara lo que Dios nos
dio.
Cuando
miramos para atrás, vemos un pueblo que podía soñar con un destino de
grandeza, porque tenía enormes riquezas naturales y humanas y sobre todo
hombres que con patriotismo y visión de futuro, dieron lo mejor de sí
mismo para lograrlo, con una actitud generosa, desinteresada, capaz de
sacrificios porque la Patria y su pueblo valían la pena.
Hoy,
ante la realidad que nos toca vivir y que no hace falta detallar porque
todos la padecemos, podemos preguntarnos ¿qué nos ha pasado? ¿Qué
hemos hecho para despilfarrar tanta riqueza?
Y
la respuesta brota enseguida: qué otra cosa podríamos esperar, si el
egoísmo, la corrupción, el sálvese quien pueda y a cualquier precio, se
instaló en el corazón de un pueblo. Queda, por suerte, una porción de
nuestro pueblo, que no se ha dejado corromper; es la gente sencilla,
humilde, que trabaja o estudia, que se sacrifica por los suyos y es
solidaria con los hermanos. Gracias a Dios, quedan muchos así.
Por
qué entonces, nos preguntábamos los obispos en nuestro último
documento, por qué no terminamos de encontrar el camino? Y nos
respondíamos con dolor: una vez más tenemos que decirlo: los intereses
sectoriales y corporativos siguen siendo poderosos. Son las grandes
barreras que impiden la construcción del bien común. Esta es la gran
enfermedad que padecemos los argentinos.
Tenemos
una clase dirigente enferma en su corazón, ciega para ver y sorda para
oír las necesidades y el clamor de todo un pueblo; tan ciega que no es
capaz de ver que está destruyendo lo mismo que busca, porque está
destruyendo su propio futuro, porque ha logrado que nadie le crea, que
nadie confíe en ella, que nadie la quiera en el futuro ocupando cargos
que no han sabido honrar; tan ciegos que no saben ver que por más poder
que hayan tenido y por mucho dinero que hayan juntado, de nada les
servirá ni podrán disfrutarlo porque ni a la calle pueden salir.
Esa
ceguera ha llevado a un peligroso ‘que se vayan todos’, donde ya no se
distingue el que actúa bien del que actúa mal y que no abre caminos de
esperanza, porque tampoco se ve quién podría ocupar ese vacío, con el
peligro de elegir solo por bronca, al demagogo de turno, que una vez más
nos habrá engañado por no tener proyectos, planes, ni equipos para
llevarlos adelante y que a la larga significan una nueva frustración y
caer en las mismas miserias y egoísmos.
En
este tiempo, la clase dirigente debería tener la grandeza de hacer los
cambios fundamentales que la política y el estado necesitan, para poder
entonces sí, elegir a alguien que no esté condicionado, que no sea
representativo de unos pocos y que no tenga las manos atadas por una
estructura y una legislación que sólo pueden ofrecernos más de lo
mismo.
Por
suerte, no todo está perdido. Desde abajo se siente que puede ir
surgiendo algo nuevo, que esperemos no se deje infiltrar por grupos
ideologizados que sólo pretenden imponer su visión que nunca pudieron
concretar a través de las urnas.
Nuestra
esperanza se apoya en la gente sencilla y trabajadora, que vive con
dignidad su pobreza, que no se ha ensuciado las manos, que no ha bajado
los brazos y que construye la grandeza del futuro, educando a sus hijos
para que sean honrados, solidarios, generosos. Y por qué no, también en
muchos dirigentes políticos, empresarios, sindicalistas, que esperamos y
deseamos que abran sus ojos para ver la realidad, que abran sus oídos
para escuchar a Dios y al pueblo y así descubran que todavía tienen una
oportunidad ,no para un fingido cambio para salvarse, sino para de verdad,
hacer un verdadero aporte para la salvación de todo el pueblo y por el
futuro de la Patria.
Mientras
haya gente honrada y generosa, con grandeza de alma, capaz de sacrificarse
por los suyos y por los demás, capaz de jugarse por el bien común, no
todo está perdido, y Dios no nos negará su ayuda. Por suerte, esa gente
es mucha, son muchos más de los que creemos.
En
Dios y en esta gente ponemos nuestra esperanza en un mañana mejor, que
sólo lograremos con trabajo y sacrificio, con honradez y transparencia,
con renunciamientos y grandeza de corazón. Un futuro mejor será posible,
si muchos somos capaces de pensar en el bien común antes que en los
intereses personales, sectoriales o de partido.
Los
que quieren una Patria renovada y están dispuestos a trabajar por ella,
son muchos más de lo que creemos.
Ojalá
nosotros estemos entre ellos y juntos, poniendo lo mejor de nosotros
mismos, construyamos una verdadera Patria de hermanos.
Mons. Raúl Omar Rossi, obispo de San Martín