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LA AMENAZA BÉLICA EN IRAK Y
LA VIOLENCIA EN LA ARGENTINA


Declaraciones de Mons. José Maria Rossi
Concepción - 7 de marzo de 2003


Aparentemente, los principales gobernantes de los países más importantes del mundo están decididos a intervenir violentamente en Irak, a pesar de las palabras, de los reclamos de paz, de parte del Papa y de parte de algunos otros gobernantes también, inclusive, de naciones muy importantes y poderosas. Pero parece que hay ya casi tomada una decisión en el camino de la guerra, y eso es muy preocupante para todos, para el mundo entero.

No hay, en apariencia, como en otras épocas, riesgo de que haya un conflicto generalizado, en el que se sumen otros países muy poderosos. Pero una guerra siempre produce mucho sufrimiento, mucha muerte, tanto entre soldados, ejércitos, pero además entre los civiles también. Las guerras son cada vez más crueles. En los últimos 100 años se ha demostrado eso: la cantidad de gente inocente que muere en una guerra sin tener nada que ver en el conflicto.

El Papa lo dijo cuando vino a la Argentina durante la guerra de las Malvinas. Hizo una alusión muy clara, indicando que los pueblos quieren la paz siempre; son los gobiernos los que deciden la guerra. Y señaló que los gobiernos tienen la obligación de escuchar esta voz de los pueblos que piden paz.

Esto es así: no solamente en Irak o en otros países hay reclamos permanentes de mucha gente en el sentido de resolver esto pacíficamente, sino además en los mismos Estados Unidos hay reacciones de grupos muy importantes pidiendo una solución pacífica al conflicto.

Ya en la anterior guerra contra Irak, hace más de 10 años, el Papa ya denunció este trasfondo económico de la guerra. Como que el tema ahí es el petróleo, y también la hegemonía del poder mundial. El trasfondo económico es muy importante, muy pesado, porque Irak es uno de los países que más petróleo tiene capacidad de extraer, y esto a los países industrializados les resulta un recurso muy importante que no quieren dejar que esté en poder de otras personas si no son ellos.

Al exigir a los pueblos que decidan por su apoyo o no a la guerra, esos gobiernos quedan en situación, tal vez, de tener que “quedar bien con Dios y con el diablo”. Y no se sabe aquí quien puede ser más o menos diablo; pero Dios no es ninguno. Acá uno no puede defender ni a los que deciden atacar a Irak violentamente, ni al gobierno iraquí que sabemos que no es un gobierno muy defendible, en cuanto a sus métodos y demás. De cualquier manera, ni siquiera se justifica una agresión violenta de este tipo, una guerra, por el tema de que el país esté gobernado por un tirano.

Los mismos países que ahora defienden que haya democracia en Irak, son los mismos que voltearon democracias en América Latina durante años, por medio de golpes militares. De modo que uno no puede creer en el argumento “humanitario” de esta guerra inminente.

Además, sabemos que los pobres iraquíes, la gente -gente común de Irak, no Sadam Husseim, sino la gente común-, es la que ha sufrido las consecuencias principales de la guerra. Tanto los soldados del ejército iraquí que murieron por montones en esa guerra, sino además los civiles que han muerto también, durante la guerra a raíz de los ataques, y los civiles que han muerto a raíz del hambre, de la falta de medicamentos y toda esta presión económica internacional que está sufriendo desde hace 10 años.

Hay una doctrina muy tradicional de la Iglesia sobre la posibilidad de existencia de una guerra justa que, por supuesto, no puede ser usado como excusa. En primer lugar, no puede ser una guerra de agresión. La agresión no es justa nunca, en el concepto cristiano. Y acá se trata de una guerra de agresión. Por más que los discursos digan otra cosa, es una guerra de agresión. Eso no puede ser justo. Además, una guerra justa significa que tendrá que ser -además de una guerra de defensa, de autodefensa-, tiene que ser que uno puede más o menos garantizar que los resultados tienen que ser mejores de lo que está pasando ahora –que tampoco sucede en este caso-. No cabe el concepto de “guerra justa” en este caso; absolutamente, no cabe.

Hay otra cosa muy importante que también dijo el Papa cuando estuvo en la Argentina por Malvinas. Habló de la injusticia de la guerra. En ese momento usó una expresión que fue muy dura: “el fenómeno siempre injusto de la guerra”. Porque aún cuando uno pueda llegar a defender a una guerra como justa, porque sea una guerra de defensa, sin embargo esta guerra siempre resulta injusta para alguien. Sobre todo para las víctimas civiles, que en las guerras modernas son más y cada vez hay menos posibilidad de controlar la cantidad de víctimas civiles de una guerra.

Trasladada esta situación universal de violencia a lo que ocurre en nuestro país, observamos que en la Argentina hay varios tipos de violencia. Uno es la violencia de la protesta que, por más que uno quiere comprender a la persona que protesta, sin embargo creo que es importante decir que la protesta con violencia nunca ha conducido a una solución de los problemas en la Argentina. Eso nosotros lo sabemos por experiencia en los años de la guerrilla y de la represión.

Ni la violencia de los guerrilleros logró resolver el problema de la Argentina, ni la violencia de la represión logró resolverlos. De eso nos demos cuenta ahora, después de más de 20 años de democracia, que gran parte de nuestros problemas que no podemos solucionar, son resultado de esos años de violencia.

Por lo tanto, tenemos que volver a poner sobre la mesa este tema de que debe resolverse todo en paz. No se trata tampoco de discutir si el primer gesto de violencia vino de los garrotes de la represión o vino de las hondas de los que protestan, sino que tenemos que prepararnos para resolver en paz estos conflictos. La opción entre lo pacífico y lo violento, no se puede formar en ese momento. En el momento, priman las pasiones y las pasiones no aceptan argumentos. Tenemos que prepararnos para que todo sea pacífico, de manera que cuando llegue el momento de los nervios estemos preparados interiormente; mentalmente, espiritualmente. Desde el punto de vista de la organización, estemos preparados para hacer todo en paz.

Para que estas situaciones de violencia cambien, en primer lugar hay que aprender que las cosas se resuelven deponiendo las armas y sentándose en la misma mesa a buscar soluciones. Esto no es fácil, porque deponer las armas significa abrir el corazón. Esto no es fácil hacerlo y, de hecho, uno a veces no sabe si el otro está dispuesto a hacerlo o no.

Hay también un largo camino de engaños y decepciones que parecen cerrar la puerta para ese diálogo, pero también hay una experiencia muy importante del año pasado en la Argentina, donde con la participación de algunos miembros de la Iglesia fue posible organizar una mesa de diálogo donde se pudieron llegar a clarificar algunas cosas. Creo que hay que seguir llevando adelante este proyecto de diálogo, a favor de lograr prepararnos para la paz.


Mons. José María Rossi, obispo de Concepción



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