Aparentemente, los principales gobernantes de los países más importantes
del mundo están decididos a intervenir violentamente en Irak, a pesar de
las palabras, de los reclamos de paz, de parte del Papa y de parte de
algunos otros gobernantes también, inclusive, de naciones muy importantes
y poderosas. Pero parece que hay ya casi tomada una decisión en el camino
de la guerra, y eso es muy preocupante para todos, para el mundo entero.
No hay, en
apariencia, como en otras épocas, riesgo de que haya un conflicto
generalizado, en el que se sumen otros países muy poderosos. Pero una
guerra siempre produce mucho sufrimiento, mucha muerte, tanto entre
soldados, ejércitos, pero además entre los civiles también. Las guerras
son cada vez más crueles. En los últimos 100 años se ha demostrado eso: la
cantidad de gente inocente que muere en una guerra sin tener nada que ver
en el conflicto.
El Papa lo
dijo cuando vino a la Argentina durante la guerra de las Malvinas. Hizo
una alusión muy clara, indicando que los pueblos quieren la paz siempre;
son los gobiernos los que deciden la guerra. Y señaló que los gobiernos
tienen la obligación de escuchar esta voz de los pueblos que piden paz.
Esto es así:
no solamente en Irak o en otros países hay reclamos permanentes de mucha
gente en el sentido de resolver esto pacíficamente, sino además en los
mismos Estados Unidos hay reacciones de grupos muy importantes pidiendo
una solución pacífica al conflicto.
Ya en la
anterior guerra contra Irak, hace más de 10 años, el Papa ya denunció este
trasfondo económico de la guerra. Como que el tema ahí es el petróleo, y
también la hegemonía del poder mundial. El trasfondo económico es muy
importante, muy pesado, porque Irak es uno de los países que más petróleo
tiene capacidad de extraer, y esto a los países industrializados les
resulta un recurso muy importante que no quieren dejar que esté en poder
de otras personas si no son ellos.
Al exigir a
los pueblos que decidan por su apoyo o no a la guerra, esos gobiernos
quedan en situación, tal vez, de tener que “quedar bien con Dios y con el
diablo”. Y no se sabe aquí quien puede ser más o menos diablo; pero Dios
no es ninguno. Acá uno no puede defender ni a los que deciden atacar a
Irak violentamente, ni al gobierno iraquí que sabemos que no es un
gobierno muy defendible, en cuanto a sus métodos y demás. De cualquier
manera, ni siquiera se justifica una agresión violenta de este tipo, una
guerra, por el tema de que el país esté gobernado por un tirano.
Los mismos
países que ahora defienden que haya democracia en Irak, son los mismos que
voltearon democracias en América Latina durante años, por medio de golpes
militares. De modo que uno no puede creer en el argumento “humanitario” de
esta guerra inminente.
Además,
sabemos que los pobres iraquíes, la gente -gente común de Irak, no Sadam
Husseim, sino la gente común-, es la que ha sufrido las consecuencias
principales de la guerra. Tanto los soldados del ejército iraquí que
murieron por montones en esa guerra, sino además los civiles que han
muerto también, durante la guerra a raíz de los ataques, y los civiles que
han muerto a raíz del hambre, de la falta de medicamentos y toda esta
presión económica internacional que está sufriendo desde hace 10 años.
Hay una
doctrina muy tradicional de la Iglesia sobre la posibilidad de existencia
de una guerra justa que, por supuesto, no puede ser usado como excusa. En
primer lugar, no puede ser una guerra de agresión. La agresión no es justa
nunca, en el concepto cristiano. Y acá se trata de una guerra de agresión.
Por más que los discursos digan otra cosa, es una guerra de agresión. Eso
no puede ser justo. Además, una guerra justa significa que tendrá que ser
-además de una guerra de defensa, de autodefensa-, tiene que ser que uno
puede más o menos garantizar que los resultados tienen que ser mejores de
lo que está pasando ahora –que tampoco sucede en este caso-. No cabe el
concepto de “guerra justa” en este caso; absolutamente, no cabe.
Hay otra
cosa muy importante que también dijo el Papa cuando estuvo en la Argentina
por Malvinas. Habló de la injusticia de la guerra. En ese momento usó una
expresión que fue muy dura: “el fenómeno siempre injusto de la guerra”.
Porque aún cuando uno pueda llegar a defender a una guerra como justa,
porque sea una guerra de defensa, sin embargo esta guerra siempre resulta
injusta para alguien. Sobre todo para las víctimas civiles, que en las
guerras modernas son más y cada vez hay menos posibilidad de controlar la
cantidad de víctimas civiles de una guerra.
Trasladada
esta situación universal de violencia a lo que ocurre en nuestro país,
observamos que en la Argentina hay varios tipos de violencia. Uno es la
violencia de la protesta que, por más que uno quiere comprender a la
persona que protesta, sin embargo creo que es importante decir que la
protesta con violencia nunca ha conducido a una solución de los problemas
en la Argentina. Eso nosotros lo sabemos por experiencia en los años de la
guerrilla y de la represión.
Ni la
violencia de los guerrilleros logró resolver el problema de la Argentina,
ni la violencia de la represión logró resolverlos. De eso nos demos cuenta
ahora, después de más de 20 años de democracia, que gran parte de nuestros
problemas que no podemos solucionar, son resultado de esos años de
violencia.
Por lo
tanto, tenemos que volver a poner sobre la mesa este tema de que debe
resolverse todo en paz. No se trata tampoco de discutir si el primer gesto
de violencia vino de los garrotes de la represión o vino de las hondas de
los que protestan, sino que tenemos que prepararnos para resolver en paz
estos conflictos. La opción entre lo pacífico y lo violento, no se puede
formar en ese momento. En el momento, priman las pasiones y las pasiones
no aceptan argumentos. Tenemos que prepararnos para que todo sea pacífico,
de manera que cuando llegue el momento de los nervios estemos preparados
interiormente; mentalmente, espiritualmente. Desde el punto de vista de la
organización, estemos preparados para hacer todo en paz.
Para que
estas situaciones de violencia cambien, en primer lugar hay que aprender
que las cosas se resuelven deponiendo las armas y sentándose en la misma
mesa a buscar soluciones. Esto no es fácil, porque deponer las armas
significa abrir el corazón. Esto no es fácil hacerlo y, de hecho, uno a
veces no sabe si el otro está dispuesto a hacerlo o no.
Hay también
un largo camino de engaños y decepciones que parecen cerrar la puerta para
ese diálogo, pero también hay una experiencia muy importante del año
pasado en la Argentina, donde con la participación de algunos miembros de
la Iglesia fue posible organizar una mesa de diálogo donde se pudieron
llegar a clarificar algunas cosas. Creo que hay que seguir llevando
adelante este proyecto de diálogo, a favor de lograr prepararnos para la
paz.