La eucaristía
nos congrega hoy, unidos en y por Jesús, para comenzar en esta Iglesia
Catedral la fase preparatoria del año eucarístico y mariano de nuestra
arquidiócesis, que tendrá inicio el 8 de mayo, solemnidad de la
Santísima Virgen en su advocación de Nuestra Señora de Luján.
Centraremos el mencionado año celebrativo, en torno de la Fe, la
defensa de la vida y la solidaridad en nuestra sociedad. Me ha
parecido importante, por ello, y teniendo en cuenta los desafíos ante
tantos ataques a la dignidad de la vida humana, el apuntar hoy algunas
consideraciones sobre un cometido fundamental: la defensa de la vida
desde el instante de la concepción, puesto que constituye un valor
esencial, cimiento de todos los demás, sobre el que se alza la misma
concepción de la dignidad humana.
I. DERECHO A LA VIDA Y
CULTURA DE LA VIDA
Indudablemente
cuando nos referimos a la vida humana, hacemos referencia a la fuente
de la vida que es Dios. Pero incluso desde una perspectiva
estrictamente natural, entendemos que el ser humano, desde el primer
momento de su concepción, es ya vida humana y personal. De allí
proviene y dimana el derecho fundamental, el primero de todos, el
pilar basal de todos los demás, que es el derecho a la vida. Incluso
la misma ciencia biológica y médica, con su avance actual, entiende
que el embrión humano tiene ya la programación fundamental de toda su
vida posterior, y que es uno e irrepetible. Obviamente la ciencia
positiva no va a hacer referencias al carácter sagrado de la vida, o
inviolable, porque son consideraciones que no están en su competencia.
Nos ofrece, empero, también una perspectiva importantísima para
iluminar nuestro entendimiento y nos brinda una rampa de acceso para
una mayor comprensión del orden natural.
Es ese
carácter fundamental el que hace que la vida humana sea inviolable
desde el momento en que un nuevo ser es concebido, hasta su término
natural. Desde la perspectiva de su proveniencia, esto es, Dios como
fuente de vida, ésta es sagrada. Por ese motivo, la eliminación
directa y voluntaria de un ser humano inocente (y, por lo demás,
indefenso en el grado supremo que se puede entender) es siempre
gravemente contraria a la propia naturaleza humana y a la moral.
Haremos alusión inmediatamente después.
Decimos que el
derecho a la vida es inviolable, y también irrenunciable. Dicha
inviolabilidad no descansa sobre una mera prohibición exterior, no
supone simplemente una acción vedada, sino que, principalmente,
implica una opción en positivo, una opción raigal a favor de la vida
humana.
Nos
preguntaremos qué repercusiones tiene todo esto en nuestra sociedad.
El desarrollo de una cultura orientada en este sentido, la cultura de
la vida, se extiende a todas las circunstancias de la existencia y
asegura la promoción de la dignidad humana en cualquier situación. En
una sociedad que promueva y respete la vida, se garantiza el derecho a
venir al mundo a quien aún no ha nacido, y se protege también a los
recién nacidos. Una cultura de la vida en acción asegura igualmente a
quienes son menos validos el desarrollo de sus posibilidades y la
debida atención a los enfermos y ancianos. Por ello no es indiferente
la postura que adopten las leyes que rigen una sociedad. Si el derecho
a la vida no es promovido ni tutelado con oportunas garantías legales
y políticas, la ofensa contra él adquiere una relevancia contraria a
la dignidad de la persona. Moralmente somos todos responsables en lo
que se refiere a esa opción. Somos, en primer lugar, responsables de
tener recta intención en el obrar y en transmitir la verdad sobre este
tema capital. Somos responsables de obrar concretamente, en conciencia
recta.
II. EL CRIMEN DEL ABORTO: CERCENAR INJUSTAMENTE LA VIDA
Hay por
excelencia una supresión que afecta de manera suprema el don de la
vida. Como he adelantado, me refiero al aborto procurado, que
dolorosamente suprime a un ser humano, que cercena injustamente una
vida que no pertenece ya de manera unilateral al cuerpo de la madre ni
al del padre biológico, incluso que no está sujeto al arbitrio de una
decisión de ellos. Constituye de por sí una vida personal, única,
irrepetible, sujeto de derechos, abierta a la esperanza… Tiene una
dignidad propia. Tiene un futuro único, personal, que sólo Dios conoce
en todas sus potencialidades.
Quien opta por
el aborto opta por suprimir injustamente la vida. Por supuesto que no
estoy condenando aquí a priori a las personas, ni prejuzgando sobre lo
doloroso de sus motivaciones, que no pocas veces pueden ser fruto de
la gran angustia, la miseria u otros condicionamientos, pero que en sí
no justifican. Esas personas siempre pueden acceder al perdón y a la
misericordia, si así lo piden y están convenientemente dispuestos.
También habría que favorecer las condiciones sociales, con una mayor
promoción social, cultural y económica de la familia, para que esos
negativos condicionamientos no azoten con tal fuerza.
Eso no quita
ver que está difundiéndose una cierta “cultura de la muerte”, como la
ha llamado reiteradas veces el Papa Juan Pablo II, basada, en última
instancia, en el puro decisionalismo de tener siempre el derecho de
decidir incluso sobre que otra persona viva o no, que se hace presente
en nuestro mundo de hoy, y de lo cual nuestro país y nuestra sociedad
no están exentos.
Dije que la
opción por la vida no consiste sólo en una serie de prohibiciones, ni
mucho menos. Es amplísima e integrativa: optar por la vida, a la vez,
conlleva el rechazo de toda forma de violencia. También la violencia
de la miseria y del hambre, que aflige a tantos seres humanos, incluso
no tan lejos de nosotros mismos; conlleva el rechazo a la violencia de
los conflictos armados, y la de toda lesión ilegítima de la persona
humana y de la civilización humana. Conlleva el compromiso de honrar
la vida y obrar en consecuencia.
III. LA VIDA
ES HERMOSA Y MERECE VIVIRSE COMO DONACIÓN
La vida es
hermosa porque Dios creador es bueno, y merece vivirse porque en
cualquier circunstancia pude convertirse en donación, en entrega
generosa. “La vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud
cuando se entrega” nos recuerda el Papa en “Evangelium Vitae” (n, 51).
El valor de la vida se calibra plenamente por su trascendencia, pero
es ya valor en sí mismo, y ese valor da gloria al Señor: “La gloria de
Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la visión de Dios”
(San Ireneo, Adv. Haer., li. IV, 20,7,184). El fin último de la vida
humana está en Dios. ¡Qué maravilla el creerlo de verdad!. Ese creer
no nos aleja de las realidades terenas, antes al contrario. La espera
de la vida eterna estimula “la preocupación de perfeccionar esta
tierra” como nos lo recuerda la constitución Gaudium et Spes (n. 39)
del Concilio Vaticano II. Allí se manifiesta la amplitud de la opción
por la vida y la fundamentación raigal del compromiso cristiano de
transformar el mundo.
En todas las
fases de su existir, y desde el mismo instante de su concepción, el
ser humano, cualquiera que sea su debilidad, cualquiera sea su
pobreza, puede hacerse don, donación, entrega, y contribuir al bien de
toda la humanidad, de la Iglesia y del entero cosmos. No importa
cuánta sea la oscuridad que nos rodea: pese a las sombras de la noche,
nosotros podemos participar de la mirada de Dios: “Vio Dios que todo
era muy bueno” (Gen. 1,31). Su mirada nos llena de luz. El Padre
ilumina toda nuestra vida, la hace plena y llena de sentido, le da
impulso y razón de ser.
La Madre de
Jesús, la Virgen Santísima del Amor hermoso y de la esperanza, en cuya
casa estamos, aquí en esta Iglesia Catedral Basílica de Nuestra Señora
de las Mercedes, nos ayudará a echar luz sobre nuestras conciencias.
Ella es la Madre que, según palabras del Santo Padre, “al dar a luz
esta Vida, regeneró en cierto modo, a todos los que debían vivir por
ella” (Evangelium Vitae, n. 102).