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defender el valor de la vida humana
desde la concepción, un desafío
que tenemos que asumir



Homilía de monseñor Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján en la Iglesia Catedral con motivo del inicio de la fase preparatorio del Año Eucarístico y Mariano de la Arquidiócesis - 31 de enero de 2004



Queridos hermanos y hermanas en Cristo, el Señor:

La eucaristía nos congrega hoy, unidos en y por Jesús, para comenzar en esta Iglesia Catedral la fase preparatoria del año eucarístico y mariano de nuestra arquidiócesis, que tendrá inicio el 8 de mayo, solemnidad de la Santísima Virgen en su advocación de Nuestra Señora de Luján. Centraremos el mencionado año celebrativo, en torno de la Fe, la defensa de la vida y la solidaridad en nuestra sociedad. Me ha parecido importante, por ello, y teniendo en cuenta los desafíos ante tantos ataques a la dignidad de la vida humana, el apuntar hoy algunas consideraciones sobre un cometido fundamental: la defensa de la vida desde el instante de la concepción, puesto que constituye un valor esencial, cimiento de todos los demás, sobre el que se alza la misma concepción de la dignidad humana.



I. DERECHO A LA VIDA Y CULTURA DE LA VIDA


Indudablemente cuando nos referimos a la vida humana, hacemos referencia a la fuente de la vida que es Dios. Pero incluso desde una perspectiva estrictamente natural, entendemos que el ser humano, desde el primer momento de su concepción, es ya vida humana y personal. De allí proviene y dimana el derecho fundamental, el primero de todos, el pilar basal de todos los demás, que es el derecho a la vida. Incluso la misma ciencia biológica y médica, con su avance actual, entiende que el embrión humano tiene ya la programación fundamental de toda su vida posterior, y que es uno e irrepetible. Obviamente la ciencia positiva no va a hacer referencias al carácter sagrado de la vida, o inviolable, porque son consideraciones que no están en su competencia. Nos ofrece, empero, también una perspectiva importantísima para iluminar nuestro entendimiento y nos brinda una rampa de acceso para una mayor comprensión del orden natural.

Es ese carácter fundamental el que hace que la vida humana sea inviolable desde el momento en que un nuevo ser es concebido, hasta su término natural. Desde la perspectiva de su proveniencia, esto es, Dios como fuente de vida, ésta es sagrada. Por ese motivo, la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente (y, por lo demás, indefenso en el grado supremo que se puede entender) es siempre gravemente contraria a la propia naturaleza humana y a la moral. Haremos alusión inmediatamente después.

Decimos que el derecho a la vida es inviolable, y también irrenunciable. Dicha inviolabilidad no descansa sobre una mera prohibición exterior, no supone simplemente una acción vedada, sino que, principalmente, implica una opción en positivo, una opción raigal a favor de la vida humana.

Nos preguntaremos qué repercusiones tiene todo esto en nuestra sociedad. El desarrollo de una cultura orientada en este sentido, la cultura de la vida, se extiende a todas las circunstancias de la existencia y asegura la promoción de la dignidad humana en cualquier situación. En una sociedad que promueva y respete la vida, se garantiza el derecho a venir al mundo a quien aún no ha nacido, y se protege también a los recién nacidos. Una cultura de la vida en acción asegura igualmente a quienes son menos validos el desarrollo de sus posibilidades y la debida atención a los enfermos y ancianos. Por ello no es indiferente la postura que adopten las leyes que rigen una sociedad. Si el derecho a la vida no es promovido ni tutelado con oportunas garantías legales y políticas, la ofensa contra él adquiere una relevancia contraria a la dignidad de la persona. Moralmente somos todos responsables en lo que se refiere a esa opción. Somos, en primer lugar, responsables de tener recta intención en el obrar y en transmitir la verdad sobre este tema capital. Somos responsables de obrar concretamente, en conciencia recta.



II. EL CRIMEN DEL ABORTO: CERCENAR INJUSTAMENTE LA VIDA


Hay por excelencia una supresión que afecta de manera suprema el don de la vida. Como he adelantado, me refiero al aborto procurado, que dolorosamente suprime a un ser humano, que cercena injustamente una vida que no pertenece ya de manera unilateral al cuerpo de la madre ni al del padre biológico, incluso que no está sujeto al arbitrio de una decisión de ellos. Constituye de por sí una vida personal, única, irrepetible, sujeto de derechos, abierta a la esperanza… Tiene una dignidad propia. Tiene un futuro único, personal, que sólo Dios conoce en todas sus potencialidades.

Quien opta por el aborto opta por suprimir injustamente la vida. Por supuesto que no estoy condenando aquí a priori a las personas, ni prejuzgando sobre lo doloroso de sus motivaciones, que no pocas veces pueden ser fruto de la gran angustia, la miseria u otros condicionamientos, pero que en sí no justifican. Esas personas siempre pueden acceder al perdón y a la misericordia, si así lo piden y están convenientemente dispuestos. También habría que favorecer las condiciones sociales, con una mayor promoción social, cultural y económica de la familia, para que esos negativos condicionamientos no azoten con tal fuerza.

Eso no quita ver que está difundiéndose una cierta “cultura de la muerte”, como la ha llamado reiteradas veces el Papa Juan Pablo II, basada, en última instancia, en el puro decisionalismo de tener siempre el derecho de decidir incluso sobre que otra persona viva o no, que se hace presente en nuestro mundo de hoy, y de lo cual nuestro país y nuestra sociedad no están exentos.

Dije que la opción por la vida no consiste sólo en una serie de prohibiciones, ni mucho menos. Es amplísima e integrativa: optar por la vida, a la vez, conlleva el rechazo de toda forma de violencia. También la violencia de la miseria y del hambre, que aflige a tantos seres humanos, incluso no tan lejos de nosotros mismos; conlleva el rechazo a la violencia de los conflictos armados, y la de toda lesión ilegítima de la persona humana y de la civilización humana. Conlleva el compromiso de honrar la vida y obrar en consecuencia.



III. LA VIDA ES HERMOSA Y MERECE VIVIRSE COMO DONACIÓN


La vida es hermosa porque Dios creador es bueno, y merece vivirse porque en cualquier circunstancia pude convertirse en donación, en entrega generosa. “La vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega” nos recuerda el Papa en “Evangelium Vitae” (n, 51). El valor de la vida se calibra plenamente por su trascendencia, pero es ya valor en sí mismo, y ese valor da gloria al Señor: “La gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo, Adv. Haer., li. IV, 20,7,184). El fin último de la vida humana está en Dios. ¡Qué maravilla el creerlo de verdad!. Ese creer no nos aleja de las realidades terenas, antes al contrario. La espera de la vida eterna estimula “la preocupación de perfeccionar esta tierra” como nos lo recuerda la constitución Gaudium et Spes (n. 39) del Concilio Vaticano II. Allí se manifiesta la amplitud de la opción por la vida y la fundamentación raigal del compromiso cristiano de transformar el mundo.

En todas las fases de su existir, y desde el mismo instante de su concepción, el ser humano, cualquiera que sea su debilidad, cualquiera sea su pobreza, puede hacerse don, donación, entrega, y contribuir al bien de toda la humanidad, de la Iglesia y del entero cosmos. No importa cuánta sea la oscuridad que nos rodea: pese a las sombras de la noche, nosotros podemos participar de la mirada de Dios: “Vio Dios que todo era muy bueno” (Gen. 1,31). Su mirada nos llena de luz. El Padre ilumina toda nuestra vida, la hace plena y llena de sentido, le da impulso y razón de ser.

La Madre de Jesús, la Virgen Santísima del Amor hermoso y de la esperanza, en cuya casa estamos, aquí en esta Iglesia Catedral Basílica de Nuestra Señora de las Mercedes, nos ayudará a echar luz sobre nuestras conciencias. Ella es la Madre que, según palabras del Santo Padre, “al dar a luz esta Vida, regeneró en cierto modo, a todos los que debían vivir por ella” (Evangelium Vitae, n. 102).



Mons.
Oscar Domingo Sarlinga
, obispo auxiliar de Mercedes-Luján


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