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CULTURA DE LA VIDA PARA CON LOS ENFERMOS:
UN NUEVO ARDOR EN LA DEFENSA DE LA VIDA
EN TODAS SUS ETAPAS
Homilía de Mons. Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de
Mercedes-Luján en la misa de la peregrinación de enfermos a la Iglesia
Catedral de Mercedes, en el marco de la celebración de Nuestra Señora
de Lourdes y la fase inicial del Año mariano arquidiocesano, 14 de
febrero de 2004
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Autoridades, agentes pastorales sanitarios,
Particularmente, queridos enfermos y sufrientes
Hemos comenzado el sábado 31 de enero la fase inicial del año mariano
arquidiocesano, en esta iglesia catedral basílica. Nos referíamos, en
esa oportunidad, a la defensa del valor de la vida humana desde la
concepción, como un desafío que todos tenemos que asumir. Observábamos
también la acuciante necesidad pastoral de una cultura de la vida en
acción, que asegure igualmente a quienes son menos validos el
desarrollo pleno de sus posibilidades, una cultura de la vida que
asegure, por los medios debidos –comenzando por la familia– la debida
atención a los enfermos y ancianos. Una sociedad que honre la vida,
una sociedad que valore en plenitud y promueva la dignidad humana. No
es una utopía; hay que hacerse constructores de una sociedad nueva.
Hoy asistimos,
acompañados por todos estos sacerdotes concelebrantes de nuestra
ciudad, a esta nutrida concurrencia de enfermos, sufrientes y
dolientes, a esta iglesia catedral, junto con los fieles que
habitualmente colman este templo en las misas dominicales. Los niños y
jóvenes de la Juventud Misionera han preparado un homenaje a la Virgen
de Lourdes. Muchos de ustedes, queridos fieles, sin estar enfermos de
gravedad, quieren hoy recibir las gracias sanantes que vienen de Jesús
resucitado, para lo cual tantos fieles de nuestras comunidades,
convenientemente preparados, han asistido para recibir en esta santa
misa la unción de los enfermos. Obramos este gesto sacramental, en
amorosa acogida del Mensaje de Juan Pablo II para la Jornada mundial
del enfermo 2004, con oportunidad de la festividad de la Virgen
Santísima, en su advocación de Nuestra Señora de Lourdes (1).
Si bien en la Argentina esta Jornada se celebrará el 7 de noviembre,
hemos querido en nuestra iglesia local continuar nuestra celebración
de la vida en todas sus etapas, y por ello la razón de esta Jornada
parroquial del enfermo: celebrar la vida, honrar la vida, defender la
vida, porque viene de Dios, el Padre amoroso de todos los seres
humanos.
En este contexto,
en la comunión de la Iglesia, no podemos tampoco dejar de mencionar el
paralelo que hace el Santo Padre entre la Jornada del enfermo, la
Santísima Virgen, en la ocasión de los 150 años de la proclamación del
dogma de la Inmaculada Concepción, y la elección del Santuario de
Lourdes como sede de dicha Jornada mundial. La elección de dicho
Santuario halla su razón en que (…) “la Virgen quiso manifestar en
aquella región montañosa su amor maternal especialmente a los que
sufren y a los enfermos. Desde entonces sigue haciéndose presente con
constante esmero” (2). Lourdes es centro de peregrinación
de carácter mundial, y cuna de gracias inefables obtenidas por
intercesión de la Santísima Virgen. Se ha elegido, a la vez, ese
Santuario porque en el año 2004 se celebran los 150 años de la
proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. En Lourdes, la
Virgen María, hablando en el dialecto del lugar se llamó a sí misma:
Yo soy la Inmaculada Concepción. El Papa nos sugiere en su mensaje que
con estas palabras la Virgen quería expresar el lazo que la une, en
tanto que Ella es la Inmaculada Concepción, con la salud y la vida de
la humanidad, pues, si por la culpa original entró en el mundo la
muerte, en atención antecedente a los méritos Jesucristo, Dios
preservó a María de toda mancha de pecado, y la eligió como
instrumento privilegiado de la salvación. La Inmaculada Concepción es,
en palabras del Santo Padre, “(…) la aurora prometedora del día
radiante de Cristo, que con su muerte y resurrección, restablecerá la
plena armonía entre Dios y la humanidad”.
Nosotros creemos en
Jesús, el Cristo, el Resucitado, sentado a la derecha del Padre, lleno
de Poder y Gloria. Él, con su sufrimiento y muerte en cruz, obró la
redención y asumió enteramente el dolor humano. No sólo que le dio al
sufrimiento (aunque también) un sentido distinto. No solamente lo “transignificó”,
por así llamarlo. Mucho más aún, lo hizo su “complemento”, en el decir
de san Pablo (3). Gracias a Jesús, el sufrimiento puede ser
transformado en un amor poderoso, llegando a ser “(…) una fuente de
fuerza para la Iglesia y para la humanidad” (4). A la luz
de la fe, sufrir significa estar abierto y receptivo a la acción
salvadora de Dios, si hay en nosotros un ofrecimiento de toda nuestra
vida en Cristo, para así contribuir a destruir las fuerzas del mal, de
la muerte, del odio y de las demás obras de la carne, en el decir
paulino. “Cristo, sufriendo, ha tocado con su cruz las raíces mismas
del mal; las del pecado y la de la muerte” (5). Jesús
resucitado es la señal de la victoria sobre el dolor y la muerte. El
rol asociativo de la Santísima Virgen es fundamental. Sigue
diciéndonos el Mensaje del Papa que “(…) Si Jesús es el manantial de
la vida que vence a la muerte, María es la madre cariñosa que sale al
paso de las expectativas de sus hijos, obteniendo para ellos la salud
del alma y del cuerpo” (6).
El Papa y la
Iglesia valoran en gran medida los avances científicos, a los que
alientan y promueven, porque, bien usados, están al servicio de la
vida: “Nuestra época ha dado grandes pasos en el conocimiento
científico de la vida, don fundamental de Dios del que somos sus
administradores. La vida debe ser acogida, respetada y defendida desde
su inicio hasta su ocaso natural. Junto a ella, debe ser tutelada la
familia, cuna de toda vida que nace” (7). Todo un programa
que nos propone el Mensaje del Santo Padre. Por otra parte, son
verdades que ya conocemos, y que tendríamos que asumir de modo
renovado, con renovado ardor, como lo requiere la Nueva
Evangelización. Un nuevo ardor en la defensa de la vida en todas sus
etapas.
No quisiera
concluir sin hacer hincapié en una realidad que proviene del
ofrecimiento del dolor y la enfermedad, en los corazones convertidos a
Jesús. Sin lugar a dudas, entre los medios de cooperación misionera,
hay que acentuar el valor del sufrimiento ofrecido en unión con
Cristo. Todo sufrimiento nos cuesta, nos duele, y por eso tantas veces
nos rebelamos ante él. Por otra parte, es más que legítimo y, más aún,
es necesario, luchar contra la enfermedad y hacer uso de los medios
lícitos que la ciencia nos provee, la cual también viene de la
inteligencia humana y por ende de Dios. Esto dicho, cuando nuestro
corazón se convierte a la voluntad del Señor, el ofrecimiento obra una
maravilla, nos unimos a la Pasión de Cristo, y así, “(…) los enfermos
se hacen también misioneros” (8). El sufrimiento tiene el
valor de fecundidad apostólica. Sólo Dios sabe cuántos de los logros
apostólicos han tomado fuerzas del ofrecimiento del dolor y del
sufrimiento de tantos fieles. Por eso, “(…) la Iglesia siente
necesidad de recurrir al valor de los sufrimientos humanos para la
salvación del mundo” (9). Encomendamos particularmente a
los enfermos y sufrientes la oración por el Congreso Eucarístico
Nacional y por el año mariano arquidiocesano.
Ojalá que de esta
Jornada del enfermo surja una nueva fuerza para la Evangelización,
fuerza de Fe, fuerza de sanación, de ofrecimiento y de Misión. El
Señor así lo quiera por intercesión de la Santísima Virgen, en su
advocación de Nuestra Señora de Lourdes y de Nuestra Señora de las
Mercedes, en cuya Casa celebramos la Vida.
Notas:
(1) Publicado
íntegramente en AICA n. 2457 (21-I-2004).
(2) Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada mundial del enfermo 2004, n. 1.
(3) Col. 1,24.
(4) Juan Pablo II,
Salvifici doloris, n. 31.
(5) Juan Pablo II,
Salvifici dolores, n. 26.
(6) Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada…n. 3.
(7) Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada… n. 6.
(8) Juan Pablo II,
Redemptoris Missio, n. 78.
(9) Juan Pablo II,
Salvifici doloris, 27.
Mons.
Oscar Domingo Sarlinga,
obispo
auxiliar
de
Mercedes-Luján
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