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LA VIDA, DON SAGRADO, FRENTE AL
“ECLIPSE DE LO SAGRADO”


Mensaje de monseñor Oscar Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján, con motivo de la Jornada del Niño por Nacer del año 2004
 

Estimados y queridos hermanos y hermanas, participantes de la Jornada del Niño por Nacer, en esta Iglesia Catedral Basílica de Nuestra Señora de las Mercedes:

Recientemente y en distintas celebraciones hemos tenido oportunidad de referirnos al Don de la Vida y a la defensa de la vida desde el primer instante de la concepción. Nombradamente, han sido ocasiones especiales de hacerlo, el Inicio de la fase preparatoria del Año mariano arquidiocesano y la Jornada del enfermo en la ciudad de Mercedes, celebrados ambos poco tiempo hace, en esta Iglesia Catedral. Destacábamos, en su momento, a partir de la reflexión y trabajos de los distintos grupos apostólicos, los importantes desafíos que hemos de afrontar, sobre la base de tantos ataques a la dignidad de la persona, a su vida, a la cual llamábamos entonces “valor esencial, cimiento de todos los demás, sobre el que se alza la misma concepción de la dignidad humana”.



I. DON DE LA VIDA, DEFENSA DE LA VIDA
 

Esta defensa de la vida hunde sus raíces más profundas en la Ley natural, la ley que está inscripta en los corazones humanos, en su propia naturaleza humana. Al mismo tiempo, es protegida por normas humanas, constitucionales o de rango incorporado a nivel constitucional. No podemos dejar de mencionar, en este caso, la Convención Americana sobre Derechos humanos o “Pacto de San José de Costa Rica”, la cual, en el Capítulo II, sobre los Derechos civiles y políticos, en el artículo 4, referido al Derecho a la vida, estatuye:

“1. Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley y, en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente”.

Es una Ley superior, vigente, que tutela todo un proyecto de protección al derecho de la vida, indudablemente.

Vayamos ahora a los orígenes más profundos. La fuente y origen de la vida es Dios, Él es nuestro Creador, y por ello la vida es un Don Sagrado. Pero aún desviando nuestra atención de ese carácter sagrado, ya hemos dicho en otras ocasiones que, incluso desde una perspectiva estrictamente natural, entendemos que el ser humano, desde el primer momento de su concepción, es ya vida humana y personal. Esta es sin duda la base del derecho fundamental, “pilar basal de todos los demás”, que es el derecho a la vida.  Se nos apunta con cierta frecuencia que este razonamiento puede ser válido para las personas católicas, o religiosas, pero que no sería un principio universalmente aceptable. Pero esta impugnación es insostenible. Habría entonces que bucear más en la ciencia biológica y médica, con sus actuales conclusiones sobre el estatuto biológico del embrión, y sobre la programación real, fáctica e irrepetible de todas las potencialidades que caracterizarán al nacido. El tema (que supera por cierto a lo biológico) es: “¿qué es la persona humana?”, “¿qué la constituye?”, porque, aunque las leyes de un país le “quitaran” el carácter de persona humana al no nacido, no dejaría de todas maneras de serlo. Lo es naturalmente, desde que es concebido. Precisamente, por ese motivo, como decía quien ésta suscribe cuando inaugurábamos la fase preparatoria del Año mariano, “(…) la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente (y, por lo demás, indefenso en el grado supremo que se puede entender) es siempre gravemente contraria a la propia naturaleza humana y a la moral”.

Dentro de lo contemplado en la Ley natural, hay por excelencia una lamentable y criminal acción que afecta de manera suprema el don de la vida, el aborto procurado. El aborto es cercenamiento, supresión, injusticia a la que no justifica un presunto “derecho a la decisión”. Un ser nuevo, independiente (en cuanto a su ser), personal, y por ello, sagrado, no  pertenece ya unilateralmente al cuerpo de la madre ni al del padre biológico, no está sujeto a un arbitrio humano, que pueda “bajar el pulgar” sobre su vida. Es sujeto inalienable de derechos, tiene una dignidad propia. Tiene un futuro único, personal, incercenable. 

En una reciente homilía sobre este tema, les decía hace poco: “Quien opta por el aborto opta por suprimir injustamente la vida. Por supuesto que no estoy condenando aquí  a priori a las personas, ni prejuzgando sobre lo doloroso de sus motivaciones, que no pocas veces pueden ser fruto de la gran angustia, la miseria u otros condicionamientos, pero que en sí no justifican. Esas personas siempre pueden acceder al perdón y a la misericordia, si así lo piden y están convenientemente dispuestos. También habría que favorecer las condiciones sociales, con una mayor promoción social, cultural y económica de la familia, para que esos negativos condicionamientos no azoten con tal fuerza”. Desde distintos sectores se nos imputa a veces una cierta incoherencia, porque proclamamos el derecho del niño por nacer, pero presuntamente no nos ocuparíamos de su promoción humana. Globalmente, me parece una crítica incompleta y parcial. Todos juntos tenemos que favorecer la promoción humana, como “constructores de la civilización del Amor”. Una bella frase que no tiene que quedar en eso, porque si no la lleváramos a la práctica, estaríamos también cercenando nuestra misión como cristianos y ciudadanos. 



II. CAUSAS DE ESTA SITUACIÓN DE LA SOCIEDAD
 

¿Qué ha llevado a la situación que vivimos?. ¿Por qué tanta difusión de una mentalidad contraria a la cultura de la vida?. He encontrado una respuesta sintética en una alocución de Juan Pablo II a un grupo de Obispos, concretamente, del Brasil, en la que se refiere a la crisis de la mentalidad contemporánea exactamente en la materia que nos ocupa (1): “En la base de la crisis, se percibe la ruptura entre la antropología y la ética, marcada por un relativismo moral según el cual se valoriza el acto humano, no con referencia a principios permanentes y objetivos, propios de la naturaleza creada por Dios, sino conforme a una ponderación meramente subjetiva acerca de lo que es más conveniente al proyecto personal de vida”. Creo que lo tenemos que considerar seriamente, sin prejuicios ni hipocresías, porque se dan bastante a menudo en nuestro medio. Esa “ponderación meramente subjetiva” de lo que más conviene, esto es, no con objetividad y ponderado juicio, sino según un proyecto egoísta, puramente beneficioso para los fines inmediatos, está en la base de la mentalidad que antepone otras prioridades a la cultura de la vida, y cuando hablo de esta última me refiero a ella en su integridad de plenitud humana, es decir, desde que la persona es concebida, cuando nace, crece, pasando por toda la amplia gama de su desarrollo bio-psico-socio-espiritual, en su dimensión familiar y social…  Tal vez una sana reflexión sobre nuestras propias acciones, también en esto, nos ayudaría a ver cuánto nos falta crecer en una auténtica promoción humana, abierta amorosamente a la Trascendencia, a la Ley Evangélica, al Amor de Dios. El Magisterio y la guía de la Iglesia están para ayudarnos en ese caminar.  Claro que sólo lo podremos hacer unidos, porque las dolorosas divisiones son como las heridas de un cuerpo, que pueden impedirnos ponernos en camino.

De hecho, no tenemos que ver en la Ley del Señor una limitación. Nos dice el Papa que “Dios no es el rival del hombre, sino el garante de su libertad y la fuente de su felicidad” (2). En la carta apostólica Tertio millennio adveniente Juan Pablo II ha centrado la atención en el hecho de que la época actual, además de muchas luces también presenta algunas sombras, especialmente «la indiferencia religiosa» y «la atmósfera de secularismo y relativismo ético» (3). Allí ha también pedido a los miembros de la Iglesia y a las personas de buena voluntad «que se estimen y profundicen los signos de esperanza presentes en este último tramo de siglo, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a nuestros ojos» (4).



III. EL “ECLIPSE DE LO SAGRADO” Y EL DESAFÍO POR ASUMIR
 

En la cultura, o mejor, en las culturas del recentísimo inicio del Tercer Milenio (luego del “maravilloso y dramático” siglo XX, llamado por Juan Pablo II “a la vez trágico y fascinante”, se manifiestan fenómenos humanos contrastantes. Hoy, más que nunca, constatamos que la cultura es del ser humano, la hace el ser humano y está destinada al ser humano. El Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral Gaudium et spes, ya lo había destacado. Y, sin embargo, en tantos ámbitos de la sociedad humana el sentido de lo sagrado está como eclipsado, aunque subsiste una gran necesidad de experiencia religiosa. Frente al eclipse de lo sagrado, se ha manifestado una necesidad creciente de la Fe y de la vivencia de Fe. La secularización, que en parte ha estado relacionada con el progreso de la civilización, ha derivado más bien hoy en un riesgoso declive que lleva al secularismo, que no es otra cosa que la mutilación de la parte inalienable del ser humano, el cercenamiento que afecta a su identidad profunda: la dimensión religiosa, espiritual. Si las creencias permanecen, pero ya no animan  valores actuantes, preformativos, eficaces, capaces de influir efectivamente en la vida personal y social, entonces serán creencias vaciadas. Podríamos llamar a ese fenómeno, “vaciamiento de creencias”.

Esto ocurre también, y principalmente, respecto de la defensa de la vida. Si las creencias profundas no animan un accionar concreto, entonces servirán de poco, o quedarán en un ámbito puramente individualista, terreno árido en el que nada germina ni crece.

Y, sin embargo, el futuro de la sociedad depende en gran medida de la capacidad de los miembros de la Iglesia, como “sal de la tierra” de responder a ese desafío, con la ayuda de Dios. Lo haremos proponiendo el gran mensaje del Evangelio de modo adecuado para llegar al núcleo mismo de la cultura de nuestro tiempo, a su corazón, en todas sus diferentes manifestaciones, porque el ser humano quiere realizarse plenamente, y ha de hacerlo desde el momento en que un nuevo ser fue concebido hasta que vuelva a la Casa del Padre. Una visión secularista del mundo ha cercenado al hombre y a la cultura de la vida. Ha encerrado al ser humano en su inmanencia, que quiere decir, “quedarse dentro de sus propios límites”. “Sin el misterio -decía con verdad Gabriel Marcel- “la vida resulta irrespirable”. El misterio es la vida que hemos recibido, gratuitamente, de Dios. Defendámosla; se lo debemos a nuestra civilización. Como nos recuerda el Papa, “(…) en este aspecto, nada puede suplir una verdadera cultura de la vida, una experiencia profunda de fidelidad o un arraigado espíritu de entrega, sobre lo cual la Palabra de Dios y el Magisterio eclesial iluminan sobremanera la existencia humana” (5).

El gran desafío que afrontamos consiste en encontrar puntos de apoyo en esta nueva situación cultural, y en presentar la Ley natural y el Evangelio como una buena nueva para las culturas, para el ser humano, artífice de cultura. Dios no es el rival del hombre, sino quien basa y garantiza su libertad y la fuente de su felicidad. Dios da nacimiento y crecimiento al ser humano, brindándole la alegría de la fe, la fuerza de la esperanza y el fervor del amor.

Recordémoslo hoy especialmente en esta JORNADA DEL NIÑO POR NACER, en este 25 de marzo, día de la Anunciación del Señor, en la que el Sí de la Santísima Virgen María nos trajo al Salvador del mundo. 


Notas:

(1) PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA, “Discursos del Santo Padre Juan Pablo II” –A los Obispos de América Latina en visita ad Limina Apostolorum Petri et Pauli- 2001-2003, “Aos Bispos do Brasil (VIII)”, 16 de noviembre de 2002, p. 222.

(2) S.S. JUAN PABLO II, Discurso al Congreso Internacional “El desafío del secularismo y el futuro de la fe en el umbral del Tercer Milenio”, Roma, 2 de diciembre de 1995.

(3) S.S. JUAN PABLO II, Carta apostólica “Tertio Millenio Ineunte”, n. 36.

(4) Idem, n. 46.

(5) PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA, “Discursos del Santo Padre Juan Pablo II…, p. 193.



Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2467 del 31 de marzo de 2004


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