Homilía de monseñor Oscar Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján
12 de junio de 2004
Queridos hermanos y hermanas, unidos en Jesús, Pan vivo bajado del
Cielo:
Apenas
días atrás, el 10 de junio, el Santo Padre Juan Pablo II ha celebrado
el Corpus Christi en la Basílica de San Juan de Letrán, su
Iglesia Catedral de Roma. Su homilía se basó en la reflexión acerca de
dos versículos bíblicos y una expresión hímnica. Hoy, aquí, en la
ciudad de Mercedes, guiados por el Señor Arzobispo, nosotros hemos
peregrinado con el Santísimo Sacramento, en solemne procesión por las
calles de esta ciudad, habiendo partido de la parroquia de San Luis
Gonzaga hasta esta Iglesia Catedral Basílica. Los invito ahora a
meditar nosotros también sobre los temas que el Papa nos propuso, para
celebrar con júbilo esta gran Fiesta de la Iglesia.
I. COMER DE ESTE PAN Y BEBER DE ESTA COPA,
PARA LA PROCLAMACIÓN DEL
REINO
“Pues cada vez que comen de este pan y beben de esta copa, ustedes
proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1
Cor. 11,26).
Atraigo
la atención de ustedes sobre algo que ya saben, pero que es bueno
volver a traer al corazón: estamos congregados para celebrar la Cena
del Señor, memorial del sacrificio redentor de Cristo, sacrificio del
Hijo de Dios y banquete para su Pueblo, sacramento de unidad del que
participamos de verdad. Haciéndolo, a la vez, nos unimos al misterio
de la muerte del Señor. Esta unión nos transforma en anunciadores del
Reino de Dios, en transmisores, por decirlo así, de la Paternidad
divina y de su Amor. Sintámonos entonces deudores de aquéllos que no
han recibido el Pan de la Palabra, el Pan de la Eucaristía,
proclamemos con alegría la muerte del Señor y su gloriosa
Resurrección. Este es el centro de nuestra Fe.
El Papa
ha querido dedicar a la Eucaristía la primera encíclica del nuevo
Milenio, y ha anunciado la convocación del Año de la Eucaristía, que
comenzará con el Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara, en
México, y concluirá con la próxima Asamblea Ordinaria del Sínodo de
los Obispos (en octubre 2005, en Roma), cuyo tema será: La
Eucaristía: Fuente y Cumbre de la Vida y Misión de la Iglesia. La
Iglesia en la Argentina celebrará en Corrientes el Congreso
Eucarístico Nacional. Es todo un programa de vida y de acción.
II. EL CORPUS CHRISTI, FIESTA DE LA IGLESIA PEREGRINANTE y
MISIONERA
Hoy la Iglesia lleva al Santísimo Sacramento solemnemente en
procesión, proclamando, de modo público, que el sacrificio de Cristo
es para la salvación del mundo entero. La Iglesia nace del costado
abierto del Salvador, y con Pentecostés recibe el divino Impulso de
misión, hecha Ella así Pueblo de la Nueva Alianza, que inicia su
peregrinación hacia la patria del Cielo.
Animada y
vivificada por el Espíritu, la Iglesia vive de la Eucaristía, que
llena al Pueblo de Dios de esperanza, confianza y paz. El mismo Cristo
pide a sus discípulos que den de comer al Pueblo: “Dénles ustedes
de Comer” (Lucas 9, 13), haciendo así que él se vale divinamente
de aquellos que lo siguen, para satisfacer el hambre de todos los
seres humanos, hambre espiritual, hambre también de promoción humana y
de aspiración trascendente a la Vida Eterna. No tendríamos derecho a
desentendernos de construir la sociedad, de dedicarnos a la promoción
integral de nuestros hermanos, de ocuparnos preferentemente de los más
pobres, de los enfermos, de los que sufren. Antes bien, somos, en un
sentido, deudores de ellos. Démosles de comer; para satisfacer toda
hambre. Es parte también del mandato misionero.
En la
carta encíclica “Redemptoris Missio”, sobre la misión en el
mundo contemporáneo, el Papa Juan Pablo II nos habla de una “nueva
primavera del cristianismo”. Y nos dice que en esta mencionada nueva
primavera no se pueden dejar oculta ciertas dificultades: “Dificultades
internas y externas han debilitado el impulso misionero de la Iglesia
hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a
todos los creyentes en Cristo. En efecto, en la historia de la
Iglesia, este impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad,
así como su disminución es signo de una crisis de fe”. Porque es
la misión la que renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad
cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. “¡La fe se
fortalece dándola!”.
Y, ¿qué
mejor que centrarnos en la Eucaristía para dar de esa, nuestra Fe, a
quienes más la necesitan?. La Fe se fortalece dándola. El Espíritu de
Pentecostés nos impulsa siempre. Existe un misterio indisoluble entre
Pentecostés y el Corpus Christi, porque es el Espíritu el que nos
anima y nos congrega en la Eucaristía, para dar el Pan de la Fe, la
Esperanza y la Caridad a los hermanos. ¡Qué maravilla sería que no
fueran sólo palabras lindas, sino una realidad en nuestro corazón y en
nuestro obrar!.
III. ALABA, SIÓN, A TU SALVADOR
¿Cómo podemos ser colaboradores reales de la nueva primavera del
Cristianismo?. Haciéndonos instrumentos dóciles de Jesús. Haciéndonos
instrumentos de la alabanza de su Gloria. O mejor dicho, dejándonos
hacer por su Gracia transformadora. Él puede transformarnos
enteramente, como personas y como comunidad. Alabar es producto de ese
sentimiento interior de gratuidad.
Aprovechemos este Año Eucarístico y Mariano arquidiocesano para
agradecer y a la vez ponernos a disposición del Señor. Gracias, Señor,
por todo lo bueno que nos diste. No lo merecíamos. Perdón por cuán
poco fieles hemos sido al Llamado de tu Amor. Queremos ser
colaboradores de la nueva primavera de la Fe que quieres infundir en
nosotros. Aprovechemos el acontecimiento de Gracia del Congreso
Eucarístico Nacional, para “ponerle el hombro” a una Argentina más
eucarística, solidaria, unida.
Contemplando a la Virgen María, podremos ver con más claridad interior
la fuerza transformadora que posee la eucaristía. Para seguir a Jesús,
buen Pastor, proclamando su Muerte y Resurrección. Ya hemos consagrado
el Nuevo Milenio a la Virgen Madre de Dios. Vivámoslo
eucarísticamente. La Virgen y la Eucaristía, un programa de Vida que
nos infunde el Espíritu.
Amén.
Mons.
Oscar D. Sarlinga,
obispo
auxiliar
de
Mercedes-Luján