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FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN


Homilía de monseñor Oscar Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján
, con motivo de la festividad de Nuestra Señora del Carmen
(General Rodríguez,
16 de julio de 2004)



Autoridades municipales
Queridos curas párrocos, sacerdotes, religiosas, seminaristas
Hermanos, hermanas en el Señor Jesús:

 

“La gran señal”, que nos da Jesús, el Amor a su Madre, la Virgen María, nos reúne hoy, una vez más, como todos los años en este populoso y querido General Rodríguez, para la fiesta patronal, que congrega a miles de hijos de la Madre, para la tradicional procesión y la Santa Misa. En torno a la Virgen se reúnen hoy los sacerdotes y fieles de las parroquias de este partido, la parroquia matriz de Nuestra Señora del Carmen, la de Nuestra Señora de la Salud, Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa y la cuasiparroquia de la Inmaculada Concepción. Todas advocaciones marianas, y tan cerca de Luján, donde está “el alma del pueblo argentino”, todo un signo para afianzar nuestra confianza.



I. DEVOCIÓN MARIANA DEL PUEBLO DE GENERAL RODRÍGUEZ

 

Este partido, que forma parte del Gran Buenos Aires por su realidad geográfica y social, tiene una población que se ha incrementado muchísimo en los últimos años, por efecto de la industrialización, del acercamiento a la gran urbe, por los nuevos asentamientos y barriadas. Es una realidad social donde hay una gran riqueza humana, mucha gente trabajadora y valiosa –aún en medio de la pobreza– tantos valores y aspectos positivos, y también existencia de marginalidad, violencia, desunión de las familias, pérdida de la fe de tantos…

La Iglesia ha acompañado cuánto más ha podido a sus hijos en este crecimiento social y religioso; los ha acompañado en primer lugar con la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos, con las capillas que florecieron en barrios nuevos, con centros de catequesis, de Cáritas, comedores infantiles, escuelas católicas abiertas a los más humildes, y otras obras sociales.

La Iglesia ha acompañado a sus hijos con el tesoro de la devoción filial y confiada a la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, venerada en estas tierras con el título o advocación de Nuestra Señora del Carmen, que congrega a verdaderas multitudes de fieles que se acercan a pedir gracias o a dar gracias, por su intercesión maternal. Es obra de la Fe de nuestro pueblo, que a través de la piedad popular expresa su amor, sencillo y sin rebuscamientos, al Padre, al Hijo, Jesucristo Nuestro Señor, y al Espíritu Santo, que anima a la Iglesia.

Como Obispo auxiliar de esta arquidiócesis, quiero decirles en primer lugar que me maravilla, alienta y fortalece la Fe de este pueblo nuestro, su confianza en Dios, aun en medio de las dificultades. Esa Fe viene del misterio pascual de Cristo, muerto y resucitado, que la Iglesia anuncia a todos los pueblos. Jesucristo, que no es una simple idea o conjunto de consejos de conducta; Él es el Viviente, el Resucitado, nuestro Señor al que celebramos y anunciamos. Cuando se anuncia a Cristo, nacido de María la Virgen, es para hacer resaltar su realidad integral: Cristo hombre, nacido de su Madre; Cristo Hijo de Dios, nacido de María Virgen; y Cristo Salvador, nacido de la Santísima Virgen que, como tal, es asociada personal y estrechamente a la misión salvadora de Jesús.



II. MARÍA, “LA MUJER”, FIGURA DE LA COMUNIDAD CREYENTE
 

De ese modo, comprenderemos cómo María está íntimamente relacionada con el misterio de Cristo y de la Iglesia, como “la mujer” figura de la comunidad creyente, asociada en todo a “la hora” de Cristo, como se ve en el Evangelio según san Juan.

Por eso, hermanos y hermanas, la Santísima Virgen María es la primera creyente y discípula de Cristo, y, por ser la primera creyente es también la primera evangelizadora, pues su cooperación a la redención como asociada a Cristo Redentor se concreta en su influencia de salvación, y en su misión materna para con toda la humanidad, incluso más allá de los límites visibles de la Iglesia. Ella es “la gran señal” ante los pueblos, como “la mujer” figura de la Iglesia.

Cuando nos preguntan, ¿cuál es la razón de ser de María?, nos sale del corazón: manifestar a Cristo y comunicarlo a todos los corazones y a todos los pueblos. El Papa y la Iglesia, de hecho, miran a la Santísima Virgen como “punto de referencia (…) para los pueblos y para la humanidad entera”. Ella nos lleva a Jesús, esa es su realidad misionera, Ella va delante de la obra misionera de la Iglesia, actuando como“la gran señal” del libro del Apocalipsis, la “estrella de la evangelización”, como la llamara el Papa Paulo VI en la exhortación sobre la evangelización en el mundo contemporáneo.



III. LA VIRGEN NOS DA UNA MIRADA ESPERANZADA PARA UNA ACCIÓN ESPERANZADORA
 

Con toda esta riqueza espiritual en nuestro corazón, no podemos desfallecer. Nuestra visión es esperanzada y esperanzadora. Esto es muy importante: perder totalmente la esperanza es perder todo. Por otra parte, es bueno reconocer y valorar las cosas buenas que nos ocurren; una visión pesimista es destructora. El ser humano siempre necesita mirar en positivo hacia delante. Queremos ver los signos de los tiempos que nos toca vivir con esta mirada, la mirada de Jesús y de María, para poder actuar en bien de nuestro pueblo, de la sociedad, de la Nación y de la humanidad. Tal como lo decimos los Obispos en las líneas pastorales para la Nueva Evangelización en Argentina: “Con oído atento y sensibilidad pastoral queremos mirar desde la fe la compleja realidad del mundo que nos toca vivir para discernir los signos de los tiempos como reclamos de evangelización. Guiados por la ayuda del Espíritu Santo, anhelamos reconocer y alentar cuanto hay de bueno y verdadero en las posibilidades de este momento histórico y queremos denunciar con audacia profética todo lo que atenta contra la dignidad de cada persona humana. Nada nos apremia tanto como acercarnos al corazón de esta realidad para transformarla desde sus raíces con la novedad del Evangelio”.

Mirando al futuro con la esperanza que nos infunde el Espíritu Santo, podemos ver que toda situación familiar, comunitaria, social, por difícil y dura que sea, se convierte en una providencial oportunidad para recibir en el corazón la llamada de Jesús: hacia delante, a trabajar por el bien, a crecer como comunidad y como Nación. Tenemos mucho para seguir creyendo y esperando. También lo dicen los Obispos en “Navega Mar adentro”, cuando ven que en nuestra patria “(…) subsisten, a pesar del desgaste social, algunas reservas de valores fundamentales: la lucha por la vida y la defensa de la dignidad humana, el aprecio por la libertad, la constancia y preocupación por los reclamos ante la justicia; el esfuerzo por educar bien a los hijos; el aprecio por la familia, la amistad y los afectos; el sentido de la fiesta y el ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente situaciones difíciles en la vida cotidiana”. Son todos signos esperanzadores que nos tienen que dar renovadas fuerzas.

Una última cosa que, como pastor, quiero decirles: no dejemos nunca la oración. La oración confiada al Padre, por Jesucristo, en el Espíritu. La oración de acción de gracias por lo bueno que recibimos –aunque a veces no lo sepamos ver tanto– y de petición por lo que necesitamos. Y, junto con la oración, obrar, actuar, trabajar, colaborar. No nos cansemos de hacer el bien. La Santísima Virgen nos acompaña y guía de la mano en cada momento de nuestra vida, aun –y especialmente– en los de dolor. Pongamos en sus manos de Madre, de Nuestra Señora del Carmen, toda nuestra vida, nuestros proyectos y necesidades. Amén.


Mons. Oscar D. Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján


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