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175 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE LA CONGREGACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL HUERTO


Homilía de monseñor Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján en el santuario Nuestra Señora de Luján (6 de noviembre de 2004)



Queridas hermanas de la Congregación de Nuestra Señora del Huerto
Queridos alumnos y alumnas de los colegios de la Congregación,
queridos padres de familia,
Hermanos, hermanas,

 

Ante la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de Luján, en presencia de Jesús Eucarístico, nuestro Buen Pastor Resucitado, estamos en la Casa de la Madre de nuestro pueblo para celebrar los 175 años de la fundación de la Congregación de Nuestra Señora del Huerto. El Obispo San Antonio María Giannelli la quiso como una congregación dedicada a la Santísima Virgen María, en su advocación “del Huerto”, el jardín elegido por Dios para que diera el hermoso fruto de la Salvación. La Virgen, que es una y única, tiene diversas “advocaciones” o modos de llamarla, apelativos cariñosos con que llamamos a nuestra Madre. En su advocación de Nuestra Señora de Luján es Patrona de nuestra Patria, y por ello las distintas diócesis, agrupaciones, movimientos, colectividades, instituciones, peregrinan a este Santuario. Hoy es para todos nosotros una bendición el estar aquí, para orar y celebrar.



I. EN LA EDUCACIÓN CRISTIANA HAY QUE “DAR” Y “DARSE”

 

En el testimonio evangélico propio del carisma, la Congregación del Huerto se ha dedicado a la educación de la niñez. Educar es “dar” y a la vez “darse”. Hay que dar no sólo instrucción, aunque también, sino educación, calidad de vida, Fe. Educar para la libertad, la libertad de los hijos de Dios. Y no necesitamos ser ricos para dar. Se da también “desde nuestra pobreza" (1). En la misión que recibimos, siempre damos de lo que hemos recibido, como la misma Iglesia: “La Iglesia misionera da lo que recibe (…) La generosidad en el dar debe estar siempre iluminada e inspirada por la fe: entonces sí que hay más alegría en dar que en recibir” (2).

En la educación hemos de dar a los niños aquello que ellos merecen: necesitan  amor, dedicación, guía y orientación. Los derechos de los niños se centran en poder encontrar el ambiente familiar necesario para su crecimiento armónico, recibir una educación integral (humana, espiritual, intelectual). Será también útil, sobre todo porque son seres inteligentes y perceptivos, tal vez más de lo que a veces pensamos, darles a conocer, con la prudencia debida, la realidad mundial sobre la infancia, especialmente en situaciones de necesidad extrema humana y cristiana: con sabiduría práctica, es bueno que sepan que hay niños que no tienen para comer, para curarse, y niños que no tienen a nadie que les anuncie la Fe. Ello los ayudará a valorar más lo que tienen y a aprender a compartir, a ser solidarios. También el niño puede ser educado fácilmente respecto a la solidaridad y al apostolado misionero, como nos lo dice el Concilio Vaticano II: “También los niños tienen su propia actividad apostólica. Según su capacidad, son testigos vivientes de Cristo entre sus compañeros” (3). Sobre todo aquellos que ya han sido confirmados en la F e, han de tener una conciencia viva de la misión que han recibido como cristianos.



II. LA EDUCACIÓN AL SERVICIO DE LA MISIÓN

 

La educación, en última instancia, está también al servicio de la misión, y ésta dentro de la gran Comunidad de los creyentes en Cristo que es la Iglesia. El Espíritu Santo no está ausente de la educación, todo lo contrario. Él actúa en nosotros interiormente y como comunidad. Es el Espíritu Santo el que anima interiormente a la Iglesia. El mismo Espíritu Santo, que hizo madre a María siempre Virgen (4), hace misionera y madre a la Iglesia. La maternidad eclesial es obra del Espíritu Santo (5). El Espíritu Santo “(…) guía a la Iglesia a toda la verdad (…) la unifica en comunión y la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo” (6).

Es muy importante que, como cristianos, también los niños, tomemos conciencia de esta “Era de la Iglesia”, que nos es más que la vida de la Iglesia desde Pentecostés hasta la Venida futura en Gloria de Jesús, pasando por los tiempos en que hoy vivimos. “La era de la Iglesia empezó con la venida, es decir, con el descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el cenáculo de Jerusalén junto a María, la Madre del Señor” (7). Es Ella quien nos acompaña en todas nuestras necesidades, en nuestras alegrías y tristezas, en la vida de nuestras familias y en la misión que hemos recibido. Ella nos acompaña en nuestro testimonio cristiano. En la Congregación de Nuestra Señora del Huerto podemos ver, entre otros valiosos testimonios, a una testigo ejemplar del amor de Cristo, la venerable Madre Crescencia Pérez, a quien hoy le pedimos oración por todos estos niños y por nuestra familia.



III. LA VIRGEN DE LUJÁN NOS AYUDA A SER MEJORES HERMANOS,
MEJORES HIJOS

 

A los pies de Nuestra Señora de Luján, ponemos hoy todas nuestras intenciones, nuestras peticiones y nuestras acciones de gracias. Es bueno hacer peticiones por necesidades que experimentemos, pero también tenemos que pedir ser mejores, saber vencernos a nosotros mismos, ser más generosos, solidarios, comprensivos, pacientes, más responsables y solícitos al bien de los demás. También tenemos que pedir ser mejores hermanos, mejores hijos, ayudar a la unidad y paz de las familias… Y saber dar gracias, porque es propio de un corazón bien nacido el ser agradecido. El agradecimiento a Dios por los bienes recibidos es garantía de mayores gracias. Que esta peregrinación no sea para nosotros sólo un momento religioso durante el año. Que ayude a las hermanas, padres de familia, alumnos, chicos y chicas a reencontrarse con Jesús, el Hijo de Dios Vivo y Verdadero. Y a encontrarse con María, la Virgen, que desde Luján nos llama a formar un pueblo de hermanos.

Que el Señor bendiga a la Congregación de Nuestra Señora del Huerto, a todos los niños y sus familiares, y que nos ayude siempre. Digámosle: “Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía”.

Amén.


Notas:

(1) III CONFERENCIA DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, “Documento de Puebla”, n. 368.

(2) JUAN PABLO II; Enc. “Redemptoris Missio”, n. 81.

(3) CONCILIO VATICANO II; Decreto “Apostolicam Actuositatem”, n. 12.

(4) Cf Lc 1, 35; Mt 1,18-20.

(5) Cf Hech 2,4.

(6) CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II; Const. Lumen Gentium, n. 4.

(7) JUAN PABLO II; Enc. “Dominum et Vivificantem”, n. 25.


Mons. Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján


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