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BODAS DE ORO SACERDOTALES DE
S.E.R MONS. RUBÉN DI MONTE
Homilía de
monseñor Oscar D. Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján
Basílica de Luján - 4 de diciembre de 2004
Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico, monseñor Adriano Bernardini
Señores Obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas
Señor Consejero de la Nunciatura Apostólica
Autoridades civiles; hermanos, hermanas,
Querido monseñor Rubén Di Monte, que hoy cumples tus Bodas de Oro
sacerdotales:
I. BODAS DE ORO SACERDOTALES DE MONS. DI MONTE
Monseñor Rubén Di Monte: Gracias por haberme pedido la predicación de
este día tan importante para tu vida. Me siento a la vez agradecido y
confortado en la comunión episcopal.
Te ha dicho el
Santo Padre Juan Pablo II en las letras que te ha enviado, que estas
Bodas de Oro sacerdotales son: “Una meta insigne del ministerio
apostólico, que ha de ser recordado por ti y por todos los fieles”.
Por eso estamos congregados aquí hoy, en la Casa de la Madre de Luján,
para agradecer al Buen Pastor Resucitado y Rey de los Pastores,
Jesucristo, que te ha regalado el Don del Sacerdocio en bien de su
Pueblo. Fue el inolvidable apóstol de la Virgen de Luján, Mons.
Anunciado Serafini, quien te confirió el sacerdocio ministerial, el 5
de diciembre de 1954, en la iglesia catedral basílica de Nuestra
Señora de las Mercedes.
El Papa recuerda en
su misiva que fue aquí mismo, en la entonces “diócesis de Mercedes”
donde “(…) ejerciste como sacerdote las tareas parroquiales con
diligencia, y las tareas de notario eclesiástico, de administrador de
la Curia, de prefecto de los alumnos del Seminario” y luego, más
tarde, en el CELAM, “(…) de las tareas de ordenamiento de los
seminarios en Latinoamérica”.
El entonces Obispo
de Avellaneda, Mons. Antonio Quarracino, luego Cardenal Primado de la
Argentina, te escogió como vicario general, cuando todavía estabas en
Roma terminando tus estudios. Cuando regresabas a nuestro país, para
cumplir ese encargo, fue memorable tu despedida del Papa Paulo VI, y
guardas de ello un recuerdo imborrable. Luego el Santo Padre Juan
Pablo II te eligió Obispo auxiliar de esa diócesis, de la que después
fuiste Obispo diocesano. De esos tiempos, el mismo Papa Juan Pablo II
pone de relieve en su carta, sin dejar de lado otras meritorias
actividades: “La diligencia apostólica y la actividad en pro de la
construcción de la iglesia catedral así como la gran misión
diocesana”. En Avellaneda iniciaste tu camino de comunión, como
Sucesor de los Apóstoles.
Todo un camino, el
de la comunión, que hiciste con un gran amor a Jesús y a su Madre la
Virgen (“Con María, su Madre, como es tu lema episcopal) y con
fidelidad sin reservas al Papa y a la Sede Apostólica. Ya la vida del
sacerdote, y más específicamente la del Obispo es vida de comunión,
como nos lo dice la Exhortación del Santo Padre Juan Pablo II sobre el
Obispo, servidor del Evangelio (n. 22): “Obviamente, el Obispo es el
primero que, en su camino espiritual, tiene el cometido de ser
promotor y animador de una espiritualidad de comunión”. Tu
designación en Mercedes-Luján, la arquidiócesis de la Basílica
Nacional, y Santuario de la Casa de la Madre, te puso como Pastor,
para hacer la comunión desde la maternal mirada de la Virgen.
II. EL MINISTERIO QUE HAS RECIBIDO DEL ESPÍRITU DE DIOS
Gran signo de sabiduría interior es no perder la capacidad de
maravillarnos, de dar gracias con corazón maravillado. Maravillarnos
por las obras del Espíritu. Por ello, queridos hermanos, vivamos como
Iglesia congregada en acción de gracias por las maravillas de Dios, en
seres pequeños como somos nosotros. En efecto, apenas el Espíritu
Santo descendió sobre los Apóstoles, el día de Pentecostés, la
Iglesia, en el momento mismo en que nace como Misión, recibe como don
del Espíritu la capacidad de anunciar «las maravillas de Dios»: este
es el don de evangelizar.
Es el Espíritu el
que nos impulsa, y es Él, Señor y Santificador, el que concede la
fidelidad y fecundidad en la misión. El mismo Jesús comienza la
predicación del Reino «por la fuerza del Espíritu» (Lc 4, 14). En
Nazaret, en su inicial predicación del Reino, Jesús se aplica a sí
mismo el pasaje de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva» (Lc 4,
18). Como subraya el cuarto evangelio, la misión de Jesús, «aquel a
quien Dios ha enviado» y «habla las palabras de Dios» es fruto del don
del Espíritu que recibió «sin medida» (Jn 3, 34). Al aparecerse a los
suyos en el cenáculo, en el atardecer de Pascua, Jesús realiza el
gesto tan expresivo de «soplar» sobre ellos, diciéndoles: «Reciban el
Espíritu Santo» (Jn 20, 22).
Bajo ese soplo se
desarrolla la vida de la Iglesia. No estamos aquí reunidos por otra
cosa. «El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la
misión eclesial» (Juan Pablo II, Redemptoris missio, 21). San Pedro
define a los apóstoles como «quienes predican el Evangelio, en el
Espíritu Santo» (1 P 1, 12).
Por fin, el
Espíritu acompaña y estimula a la Iglesia a evangelizar en la unidad y
construyendo la unidad. Pentecostés tuvo lugar cuando los discípulos
«estaban todos reunidos en un mismo lugar» (Hch 2, 1) y «todos ellos
perseveraban en la oración» (Hch 1, 14), como nosotros estamos hoy
aquí congregados, dando gracias.
III. LA PEQUEÑEZ DEL SIERVO, A IMAGEN DE LA PEQUEÑEZ DE MARÍA
“Porque miró mi pequeñez” (Lc 1,48); que es una frase del Evangelio
que siempre asocias al carácter inmerecedor de los dones recibidos,
constituye todo un programa de vida. Son los “anawim”, los “pequeños”,
los “pobres de Yahweh”, aquellos que se inclinan ante Dios y sus
designios, aquellos que son pobres en el corazón. Como sabemos por la
Biblia, los pobres y los humildes son socorridos por Dios; el Pueblo
de Dios es objeto del favor del Altísimo, ya desde la promesa hecha a
Abraham.
El sacerdote, en
tanto hombre, lo es como todos los otros, con pobrezas y limitaciones.
No podríamos dejar de recordar hoy las palabras del entonces padre
Eduardo Pironio, tu gran amigo y director espiritual, quien fuera
luego Cardenal de la Iglesia, y quien te predicara tu primera misa
solemne, precisamente en ésta, tu amada Basílica de Luján: “El
sacerdote es un hombre; con sus virtudes humanas, con sus defectos,
con su temperamento. Dios lo quiso así “para que pudiera entender
mejor a los que se equivocan y yerran” (San Pablo). Lo que pone a Dios
más cerca de su pueblo es esta “encarnación” del sacerdote”.
Por excelencia,
Aquélla que fue humilde, llena de Dios, la Virgen Santísima, es la
Mujer eucarística, la de Corazón puro, la Bienaventurada por los
siglos. Ella ha marcado tu vida sacerdotal, con la piedad mariana, con
el esfuerzo constante y denodado por la extensión de su culto y la
restauración de su Casa, aquí en Luján. Queremos decirle, hoy, en esta
Casa Grande, con el corazón: Alégrate, llena de Gracia, el Señor está
contigo; desde Luján, bendice a tu Pueblo.
Querido Monseñor
Rubén Di Monte, Arzobispo de Mercedes-Luján, sencillamente en este día
de acción de gracias, nos unimos a las palabras del Papa, Vicario de
Cristo: “Rogamos al divino Pastor que premie magníficamente tus
méritos”. Y, como sueles decir, citando la frase de san Luis Orione:
“Ave María y adelante”. AMÉN.
Mons.
Oscar Domingo Sarlinga,
obispo
auxiliar
de
Mercedes-Luján
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