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ORDENACIÓN SACERDOTAL
Homilía de monseñor Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de
Mercedes-Luján, con motivo de la ordenación sacerdotal de
Pablo M. Vallés
(Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús - 18 de marzo de 2005)
Muy apreciados y estimados Señores Obispos, Mons.
Emilio Bianchi di Carcano y Mons.
Lucas Donnelly,
Querido Diácono Pablo, que hoy serás configurado a Cristo en el
Sacerdocio ministerial, y querida familia
Sacerdotes, Diáconos, seminaristas, religiosas, hermanos y hermanas
todos en el Señor:
Con gran gozo en el alma, en estas vísperas de la Solemnidad de San
José, Patrono de la Iglesia Universal,
celebramos esta Eucaristía durante la cual, por imposición de manos y
oración consecratoria de un sucesor de los Apóstoles, un hijo de esta
comunidad, Pablo Vallés, va a ser ordenado sacerdote, por la
eternidad, para el servicio del Pueblo de Dios que es
la Iglesia,
Cuerpo de Cristo que vive y peregrina en la historia humana. Un
agradecimiento especial dirijo a Mons. Rubén Di Monte, quien me ha
ofrecido expresamente ordenar, en la persona de Pablo, un nuevo
sacerdote para esta arquidiócesis de la cual él es Arzobispo y me ha
pedido de corazón el hacerlo.
I. EL PADRE DIOS ES PADRE DE JESÚS
El Evangelio de hoy nos refiere un episodio de la vida de Jesús,
sumamente significativo en lo que respecta a su conciencia de ser “el
Hijo del Padre”. En efecto, hemos escuchado con corazón abierto que:
“Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua”
(Lc 2, 41). Sabemos que para san Lucas Jerusalén, la ciudad santa,
constituye el centro destinado para la obra de la salvación mesiánica
(Cf Lc 9,31, 51, 53; 13,22, 23; 18,31; 19,11). Jesús es “encontrado”
“al cabo de tres días”, “en la casa de su Padre”, tres aspectos que,
en la “teología” del evangelista, prefiguran el acontecimiento de
la Pascua. Jesús
por su parte afirma, delante de María y de José (Lc 2, 48) que tiene a
Dios por Padre (cf Lc 10,22; 22,9, Jn 20,17), reivindicando de tal
modo para con el Padre del Cielo una relación infinitamente superior a
la de la familia humana (cf Jn 2,4). De ese modo, Jesús manifiesta por
primera vez su conciencia de ser “el Hijo” (cf Mt 4,3), el Salvador
que debía venir al mundo. De ningún modo esta realidad de fe menoscaba
el rol y la misión de san José, quien hizo las veces de “padre” aquí
en la tierra, protector del niño Jesús y de
la Santísima Virgen.
Su poder de intercesión es muy grande, y es bueno que a él, Patrono de
la Iglesia
universal, encomendemos el ministerio sacerdotal de quien enseguida
será ordenado.
II. EL SACERDOCIO QUE HOY RECIBES
Querido hermano que recibirás del sacerdocio ministerial: el lema
sacerdotal que bajo cuyos augurios has querido poner tu vida
sacerdotal, está tomado del Salmo 64 (v. 5): “Dichoso el que Tú eliges
y acercas para el que viva en tus atrios”. Hace referencia al misterio
de la elección divina. No somos nosotros, por nosotros mismos, como
bien lo sabemos, los que elegimos este camino. Si así fuera, estaría
lleno de insuperables incertidumbres. Es el propio Jesús, Cabeza de la
Iglesia y Pastor de los Pastores, quien nos elige. La Iglesia, a
través del llamado del Obispo, confirma esta elección, que se hace hoy
una realidad maravillosa para bien del Cuerpo de Cristo.
Por cierto, nuestra cooperación humana a esta Obra del Señor debe ser
completa, poniendo todo lo mejor de nuestra inteligencia, voluntad,
sensibilidad, creatividad y fuerza de acción. Por sobre todo, sin
embargo, nuestra cooperación a esta obra de la gracia ha de consistir
en tener un corazón disponible a la oración, a ese “tratar de amistad
con Dios”, que es orar, orar cual “contemplativos para la acción”,
orar por quienes la Iglesia nos ha encomendado, por los fieles, por
los que sufren, por los alejados, por quienes ya no tienen fe y
esperanza. Si el pastor no ora, pobres de quienes han sido
encomendados a su oración. Si, por otra parte, cree que orar es un
acto formal, que no lleve a actuar, a obrar, a dar la vida en amor,
desvaloriza y empobrece el acto y efecto cristianos de la oración. Yo
que he sido tu Rector en el Seminario durante años, sé que has sido y
eres orante. Nunca te olvides de ese “oficio de amor”: el que ama
mucho a sus hermanos es el que ora mucho por su pueblo. En nuestra
vida de sacerdotes diocesanos, la oración “lleva hacia” la caridad
pastoral y “se hace” tal, para con la comunidad. Esa es la fuente de
santificación más profunda y a la vez será la razón de ser de tu vida
hasta que el Señor te llame.
Por otra parte, sabes bien que el sacerdocio no es un “poder a la
manera humana”, en sentido de dominio como el de quienes lo detentan
en este mundo”. Es un “don para el servicio”, un “poder de servir y
guiar al Pueblo de Dios”, un “don para ser otro Cristo, que enseña,
pastorea, santifica”. No dejes de enseñar: no a modo de “maestro que
todo lo sabe y mira desde lo alto” -que no es ciertamente tu modo
natural de obrar, por la franqueza y la prudencia que te
caracterizan-, sino con afecto y conciencia de tu deber. Es casi un
imperativo de nuestro tiempo, un “signo de los tiempos”, la necesidad
de transmitir los contenidos de
la Fe,
en la catequesis, en la predicación, en toda tu vida. Transmitir
también los contenidos vivenciales de
la Fe. Nuestra
humanidad lo necesita más de lo que con nuestra mente humana podemos
pensar.
No dejes de pastorear. A todos. Sobre todo preocúpate por los más
alejados, por los que viven sin esperanza, por los más pobres en todo
el sentido evangélico, por los enfermos, por los jóvenes y ancianos,
por las familias. No dejes de santificar durante tu vida entera, con
esa fuerza que viene del Espíritu, no con el desgano de quien
“arrastra” un ministerio del cual pierde día a día conciencia
vivencial, sino con la continua fuerza vivificadora del Espíritu
Santo, “el principal protagonista de la Evangelización”. Los
sacramentos son signos eficaces del mismo Cristo, que obrará en y a
través de tu persona. En especial
la Eucaristía
será el centro de tu vida, la eucaristía celebrada y una “eucaristía
vivida” o bien, “la vida hecha eucaristía”, con la alegría que surge
del rostro lleno de luz, que contagiarás a todos. Estáte muy unido a
tu Obispo y al Santo Padre, en la comunión de
la Iglesia.
III. COMUNIÓN Y FRATERNIDAD
Querido Pablo: Tu familia, papá, mamá, hermanos, te ha acompañado en
tu formación sacerdotal a lo largo de estos años; con cariño, con
esperanza. Sé para ellos una fuente continua de bendición, de armonía,
de motivo de alegría y de dar gracias a Dios. También a nosotros, los
sacerdotes, y especialmente, nos obliga el mandamiento de “honrar
padre y madre”, que se extiende también a
la Iglesia,
a tus superiores en
la Fe. Hoy,
como Obispo, agradezco también al Seminario “Santo Cura de Ars”, de
Mercedes, que te formó en la fe y en el talante sacerdotal, desde que
llegaste, como un joven de parroquia, un poco tímido, lleno de buenas
intenciones y de esperanzas. Sé que está en tu corazón el
agradecimiento a los Arzobispos, Obispos, sacerdotes que te han
ayudado, sin olvidar, por cierto, a los sacerdotes que te acompañaron
en tu camino de discernimiento vocacional y al actual cura párroco de
esta parroquia del Sagrado Corazón. Vive en comunión y fraternidad
sacerdotal en tu parroquia, junto con el Cura párroco de
la Iglesia Catedral,
con quien el Obispo te ha destinado y junto con los sacerdotes y los
laicos, quienes también construyen la Iglesia. Que podamos hacer
realidad reactualizada eso que decían de los primeros cristianos:
“Miren cómo se aman”. Todo el testimonio procede de allí. Y Dios,
quien todo lo ve, tiene muy en cuenta al “limpio de corazón”.
La Virgen Madre
de Dios, a título especialísimo Reina de los Apóstoles y Madre de los
Sacerdotes, te cuidará y te protegerá. Sé fuerte y sé fiel.
Amén.
Mons. Oscar D. Sarlinga,
obispo auxiliar de Mercedes-Luján |