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Vigilia de Pascua de Resurrección


Homilía de
monseñor Oscar D. Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján, en la Vigilia de Pascua de Resurrección (Iglesia catedral de Mercedes,
26 de marzo de 2005
)



Señor Intendente municipal y autoridades
Queridos sacerdotes y seminaristas
Hermanos y hermanas todos en el Señor,

 

Hoy es la maravillosa noche de vigilia del glorioso Domingo, "dominicus dies" el Día del Señor, el día de su "Paso" entre nosotros como "el Resucitado", nuestro Salvador, que vendrá un día a juzgar a vivos y muertos.

 

I. "NO TENGAN MIEDO": El Evangelio según Mateo (28, 5) nos narra que el Ángel que descendió del Cielo se dirigió a las mujeres y les dijo: “No teman ustedes, pues sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Ha resucitado de entre los muertos y se adelantará a ustedes para ir a Galilea; allí lo verán”.  Y luego, les añadió nuevamente (vs. 10): "no teman". Estas palabras del Ángel pueden ser dirigidas a todos y cada uno de los cristianos, y aún a los seres humanos de buena voluntad, en todas las épocas de la historia. Estas mujeres, a las cuales la "Buena Noticia" en su plenitud, la de la Resurrección, llegó antes que a los mismos Apóstoles, representan a todo discípulo de Cristo que recibe esa "Noticia" con corazón abierto. Todos buscamos la salvación, la paz, el vivir para siempre en alegría. Son anhelos de la humanidad entera, aunque muchos lo busquen a veces por caminos equivocados. Desde esa perspectiva, existe un anhelo universal, en todos los corazones, de buscar al Salvador, a quien trae al mundo Salvación y Paz.

Los cristianos tenemos la dicha de poseer la "Luz" de la Fe, de la cual el Cirio pascual que hemos iluminado hoy, y traído procesionalmente en la iglesia, es un signo brillante. Sin embargo, no siempre los cristianos viven de la Luz de la fe, y por eso no acceden a la esperanza ni a la verdadera caridad, porque la primera de estas virtudes teologales, la fe, es puerta de las demás. Esa fe que viene de la certeza de ser testigo de la Resurrección de Cristo y sus efectos en nuestra vida, la certeza de su acción en nosotros, de su Amor y de su Misericordia. La certeza de que existe un Dios amoroso que perdona nuestros pecados, dirige la historia de la humanidad y es también Juez justísimo y misericordioso. La fe, sin embargo, nunca podrá ser fruto de una autoimposición, o de un imperativo sobre nosotros mismos. La fe, por un lado, es un don, un regalo divino, y por otro lado constituye, de nuestra parte, una respuesta. “A Dios que nos da la revelación, le debemos la obediencia de la fe, la plena adhesión de la inteligencia y de la voluntad…” nos dice el Concilio Vaticano II (1). Los que la poseemos, es por gracia, y todos los días hemos de pedir a Dios que nos la conserve y acreciente: "Señor, creemos, pero aumenta nuestra fe". La fe, a la vez, es "Luz para dar a los demás" en la evangelización a la que todos, sacerdotes y laicos, estamos llamados. Es una misión; no temamos, porque nos guía nuestro Buen Pastor Resucitado.

 

II. "EL AGUA DEL BAUTISMO Y EL HUMANISMO CRISTIANO": Hoy hemos bendecido el agua, para que esta criatura de nuestra naturaleza conciba el poder de santificar, con la cual la Iglesia celebrará los bautismos durante este año de Gracia del Señor. El Bautismo hace de todos nosotros un pueblo Santo, nos hace hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Ese "ser cristiano" ha de llevar a todos los bautizados, fieles laicos y sacerdotes, a hacer de nuestra historia personal un signo del amor de Dios. Y, particularmente, orar y obrar en bien de la comunidad, de la humanidad. Particularmente la Iglesia nos llama en este tiempo a la construcción de un "nuevo humanismo cristiano, integral y solidario", que no es otra cosa que la realización de "la civilización del amor" a la que nos han llamado Pablo VI y Juan Pablo II. Esta fuerza nueva tiene que llegar a todos los ámbitos del quehacer humano. “La Iglesia, signo en la historia del amor de Dios por los hombres y de la vocación del entero género humano a la unidad en la filiación del único Padre (…) tiene la intención de proponer a todos los hombres "un humanismo a la altura del designio de amor de Dios sobre la historia, un humanismo integral y solidario", capaz de animar un nuevo orden social, económico y político, fundado sobre la dignidad y sobre la libertad de toda persona humana, que ha de ser obrado en la paz, en la justicia y en la solidaridad. Tal humanismo puede ser realizado si cada uno de los hombres y mujeres y sus comunidades saben cultivar las virtudes morales y sociales en sí mismos y difundirlas en la sociedad, "de tal modo que sean en verdad seres humanos nuevos y artífices de una nueva humanidad, con la necesaria ayuda de la gracia divina” (2).

 

 III. JESUCRISTO, EL CENTRO DE NUESTRA VIDA: Todos queremos un cambio para bien en nuestra vida; todos queremos que la Fuerza y el Amor de Cristo reinen en los corazones. Ningún cambio verdadero empieza por el exterior; ninguna reforma buena comienza por las estructuras externas. Nacen del "corazón", que, en sentido bíblico, significa la interioridad humana. Dejémonos iluminar por la Luz de la Fe. Abramos el corazón; no nos cerremos a la obra de la Gracia. Y seamos "constructores" de la familia, de la comunidad, de la Iglesia, de la comunidad civil, de la humanidad. Queda en nosotros y en nuestra buena voluntad el hacer que estas bellas palabras se hagan una realidad tangible en nuestra vida, con el necesario auxilio de la Gracia divina. No tengamos miedo, a esa actitud nos ha llamado el Papa desde el inicio de su pontificado.  

Reaprendamos a hacer de Jesucristo el centro de nuestra vida y de nuestra comunidad: “(…) El Verbo de Dios, por medio del cual todo ha sido creado, se hizo Él mismo carne, hombre perfecto, para obrar la salvación de todos (…). El Señor es la finalidad de la historia humana, "el punto central de los deseos de la historia y de la civilización", el centro del género humano, la alegría de cada corazón, la plenitud de sus aspiraciones” (3) . Como lo hemos proclamado al signar el cirio pascual: JESUCRISTO, PRINCIPIO Y FIN, ALFA Y OMEGA. A ÉL PERTENECEN EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD. La Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia interceda por nosotros para dejarnos iluminar por el Señor.


Notas:

(1) Cf CONC. ECUM. VAT. II; Const. dogm. Dei Verbum, 5.

(2) PONTIFICIO CONSEJO “IUSTITIA ET PAX”, Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, Introducción, 19, p. 9.

(3) CONC. ECUM. VAT. II; Const. past. Gaudium et spes, 45.


Mons. Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján


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