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EL DERECHO A LA VIDA, PIEDRA ANGULAR DEL CAMINO DEL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL


Mensaje de monseñor Oscar D. Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján, con motivo del inicio de la Semana Santa del 2005 y de la próxima Jornada del Niño por Nacer
(Marzo de 2005)



SALUDO INICIAL E INTRODUCCIÓN


Estimados y queridos hermanos y hermanas, participantes del encuentro de las distintas instituciones y movimientos eclesiales de la ciudad cabecera de nuestra arquidiócesis en la Iglesia Catedral Basílica de Nuestra Señora de las Mercedes:

En distintas ocasiones de encuentros como comunidad cristiana arquidiocesana hemos tenido oportunidad de referirnos al inconmensurable “Don de la Vida”, que es Don de Dios Padre Creador, al cual accede la razón humana, tanto más con el auxilio de la gracia divina, que el Señor nos da. También hemos tenido ocasión de referirnos, incluso en el mensaje que quien les habla les dirigiera el pasado año, al deber que nos incumbe a todos y a cada uno de los cristianos, e incluso a todos los seres humanos de buena voluntad, a defender la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.

Señaladamente, en tanto comunidad de apostolado, tuvimos ocasión de reflexionar juntos sobre ello con motivo del “Inicio del Año eucarístico y mariano arquidiocesano”, “la Jornada del enfermo” y la “Jornada del Niño por Nacer” del año 2004. Destacábamos, a partir de la reflexión y trabajos de los distintos grupos apostólicos, los importantes desafíos que hemos de afrontar. Llamábamos al amor y respeto de la vida, “valor esencial, cimiento de todos los demás, sobre el que se alza la misma concepción de la dignidad humana”.

Este año, en el inicio de la Semana Santa de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, y en las cercanías de la “Jornada del Niño por Nacer del 2005” es mi intención reafirmar algunas reflexiones sobre el derecho a la vida, verdadera “piedra de base del camino del desarrollo humano integral”.



I. “DERECHO A LA VIDA”

 

La defensa de la vida tiene su basamento más profundo en Ley natural, la ley que está inscripta en el interior humano, en su corazón. Esta expresión, “corazón” en sentido bíblico no indica algo puramente sentimental, sino que indica “interioridad misma del ser humano”, su “ser más profundo”. Todos, interiormente, tenemos “grabada” esa ley natural. Esta Ley grabada interiormente en nuestros corazones, es propia de la naturaleza humana, y en parte ha sido recogida en la legislación positiva humana, ya a nivel de nuestra constitución nacional, ya a nivel de normas de rango supraconstitucional, como por ejemplo en el “Pacto de San José de Costa Rica” (1), el cual, en el Capítulo II, sobre los “Derechos civiles y políticos”, en el artículo 4, referido al “Derecho a la vida”, estatuye:

“1. Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley y, en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente”.  

Vemos desde el inicio que en la base de esta concepción recogida por esta afirmación legal se encuentran constataciones científicas biológicas, además de postulados filosóficos, morales y religiosos.

Desde la perspectiva biológica, sabemos que lo que hace a la igualdad esencial del género  humano  es  la  existencia  entre  todos  los  seres  humanos  de  una comunidad –precisamente biológica– fundamental, hecho comprobado por la ciencia positiva a través de la igualdad y especialidad de la secuencia del ácido desoxirribonucleico o ADN, el cual hace que quien porta un determinado tipo de éste, es por ello un ser humano en tanto integrante de una especie biológica que, por esta misma razón, pertenece al “género humano”, y esto desde el inicio del “cigoto”. En ese momento comienza efectivamente la construcción genética de la persona. Por ese motivo los rasgos que caracterizan y definen al ser que pertenece al “género humano” se encuentran ya en el embrión, pues el ADN humano o genoma humano identifica a una persona con un signo característico e irreductible –y por ello inviolable– de “humanidad”. A fin de profundizar en el tema de los fundamentos científicos de la defensa de la vida, habría entonces que bucear más en la ciencia biológica y médica, con sus actuales adelantos y conclusiones sobre el “estatuto biológico” del embrión, y sobre la “programación” real, fáctica e irrepetible de todas las potencialidades que caracterizarán al nacido.

Hay un límite, claro está, para las ciencias biológicas y médicas. Lo que la biología, lógicamente, no está en condiciones de definir es la cuestión: “¿qué es la persona humana?”, “¿qué la constituye?”. Es ciertamente una cuestión filosófica, moral, y también religiosa. Persona es el ser existente individual, de índole racional, trascendente, espiritual. Por ello, una vez concebido, ese ser no es simplemente “vida”, sin más, sino que es “vida humana y personal” o persona viviente. Esta es sin duda la base del derecho fundamental, “pilar basal de todos los demás”, que es el derecho a la vida. Sobre este último se asientan todos los demás derechos. El Papa Juan Pablo II llama al derecho a la vida “una verdadera piedra angular en la vía del progreso moral de la humanidad (2)  Es un derecho fundamental que proviene de la dignidad que corresponde a cada ser humano, por ser tal. Y por eso mismo, “(…) la fuente última de los derechos humanos no se sitúa en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado, de los poderes públicos, sino en el ser humano mismo y en Dios su creador” (3). Frecuentemente se combate este pensamiento bajo la razón de que éste podría quizá tener validez para las personas católicas prácticas, o religiosas, pero que en sí no constituiría un principio sostenible universalmente, y tampoco en sentido jurídico. Pero es una cuestión de la propia naturaleza humana, creada y elevada, claro está, por Dios.



II  EL DERECHO A LA VIDA PRIMA SOBRE EL “DECISIONALISMO” MORAL Y JURÍDICO

 

El hecho de “ser humano” ya concebido constituye sí mismo una dignidad, una atribución digna a la índole humana. Ese carácter de persona, de perteneciente a la humanidad, de ser racional, inteligente, volitivo, espiritual encuentra su dignidad en la propia condición humana y en la imagen de Dios que hay en cada hombre. Una mentalidad contraria a la “cultura de la vida” que ha ido adueñándose de numerosas personas se explica por la crisis en materia axiológica de la sociedad en que vivimos, como nos recordara el Papa Juan Pablo II: “En la base de la crisis, se percibe la ruptura entre la antropología y la ética, marcada por un relativismo moral según el cual se valoriza el acto humano, no con referencia a principios permanentes y objetivos, propios de la naturaleza creada por Dios, sino conforme a una ponderación meramente subjetiva acerca de lo que es más conveniente al proyecto personal de vida” (4). Esta “ponderación meramente subjetiva” seguida de decisión también puramente subjetiva puede ser llamada “decisionalismo”, en sentido de no valorar justamente los derechos que puedan ser hechos valer a favor del nascituro y. en lugar de esto último, ponderar sólo el “derecho a decisión”, devenido absoluto, de quien decide no proteger la vida humana, y aún suprimirla, como es el caso del aborto procurado. En la vertiente jurídica de esta visión, el nascituro, aunque sea visto, lato sensu como “vida biológicamente humana en general”, o “potencial persona”, no es considerado propia y efectivamente “persona”, con “subjetividad jurídica” desde su concepción, lo cual lleva necesariamente a que no se haga acreedor a la protección por parte del ordenamiento jurídico positivo, con la protección absoluta e incondicionada que aquél debe a las personas nacidas. Esto ocurre con las legislaciones que aceptan el aborto procurado.



III. EL ABORTO PROCURADO

 

Suprimir –injustamente– la vida humana desde la concepción es muy grave. Más aún, en la perspectiva cristiana: “vida humana concebida = persona humana, constituye moralmente un crimen. Así nos lo expresa la Const. Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II. “De hecho, Dios, dueño de la vida, ha confiado a los hombres la altísima misión de proteger la vida, misión que debe ser cumplida de modo humano. Por ello, la vida, una vez concebida, debe ser protegida con el máximo cuidado; el aborto como el infanticidio son abominables delitos (5)

Desde ya no condenamos a priori a quien pudo tener una presión moral o psicológica tal que vio comprometida su libertad. Tampoco prejuzgo sobre lo doloroso, traumático o incluso dramático de las motivaciones de muchos, en lo cual intervienen a menudo razones de angustia, miseria, desazón extrema u otros condicionamientos graves. La Iglesia y la comunidad política y civil tendrían grandes potencialidades para trabajar mancomunadamente, en positivo, para luchar contra esas causales. Está claro que moralmente, incluso esas causas, no justifican, en sí, la supresión de una persona, no “potencial” sino ya “real”.

Ocurre que se han ensombrecido bastante muchas conciencias. La legítima secularización, a la cual hay que atribuirle en parte el progreso de la civilización, siendo en sí un esfuerzo justo y legítimo de marcar la autonomía de las realidades temporales (6), ha ido derivando en una vertiente riesgosa que lleva al “secularismo”, el cual cercena al ser humano y a la sociedad de la realidad profunda de su identidad, que es su dimensión trascendente y religiosa. Esto ocurre también, y principalmente, respecto de la defensa de la vida. La pérdida de conciencia moral acerca del valor irreductible e inalienable de la persona humana concebida tiene que ver en gran parte por la influencia de este secularismo generador de la primacía del pragmatismo y de la decisión individual por encima de todo derecho del ser indefenso. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente Juan Pablo II ha centrado la atención en el hecho de que la época actual, además de muchas luces también presenta algunas sombras, especialmente “la indiferencia religiosa” y “la atmósfera de secularismo y relativismo ético” (7). Estos últimos ensombrecen la cultura de la vida.



CONCLUSIÓN

 

Nosotros, como cristianos, tenemos esperanza y no vemos perdición y ruina en todo lo que nos rodea, como quienes carecen de toda dimensión trascendente. No queremos luchas intestinas ni estériles conflictos. Tenemos conciencia, esto sí, de poseer un mensaje y una praxis que apunta al desarrollo integral del ser humano, y fuerzas que pueden colaborar a realizarlo efectivamente. Con humildad y con firmeza seguimos proponiendo el valor inmenso de la vida humana y el maravilloso mensaje del Evangelio, de modo adecuado para llegar al mismo corazón de la cultura de nuestro tiempo. Defendamos la vida; es una deuda de honor para con el avance de nuestra civilización. Como nos recuerda el Papa, “(…) en este aspecto, nada puede suplir una verdadera cultura de la vida, una experiencia profunda de fidelidad o un arraigado espíritu de entrega, sobre lo cual la Palabra de Dios y el Magisterio eclesial iluminan sobremanera la existencia humana” (8). Es el modo de construir “la civilización del amor”.

Un gran desafío que los cristianos y las personas de buena voluntad tenemos que afrontar consiste en presentar a los hombres y mujeres de hoy la Ley natural y el Evangelio como una “buena noticia”, como noticia de salvación, de alegría y paz para con cada ser humano. Es la contribución al “humanismo cristiano” que queremos construir. En ese plan, hemos de defender la vida del nascituro, y también promover la protección del niño después de su nacimiento. Así también la vida y prosperidad de su madre. La protección social de la familia, que es la expresión primera y coherente de la inclinación social del ser humano, será un bien fundamental a tutelar, así como el derecho de los padres a elegir de modo verdaderamente libre y responsable acerca de la  procreación y la educación de sus hijos, según la “Ley inscripta en los corazones”, lo cual incluye la garantía de acceso a la educación en pleno respeto de las creencias y convicciones religiosas. Las políticas de erradicación de males como la explotación generada por formas de prostitución, de explotación de niños y jóvenes, serán auxilios oportunos. También el decrecimiento de la  mortalidad infantil, ocasionados por el avance en los sistemas de salud y en el progreso en la calidad de vida, que aportarán soluciones a estas y a otras graves cuestiones de salud que afligen a tantos hermanos nuestros en nuestra patria y en el mundo entero. El derecho a la vida, en su sentido amplio y complexivo, es la piedra angular del camino que queremos recorrer, el desarrollo y la promoción humanos e integrales, que van de par con la evangelización.

Recordémoslo especialmente en este inicio de la Semana Santa del Año del Señor 2005 y ante la cercana Jornada del Niño por Nacer, que será celebrada en la Basílica de Luján, el 4 de abril, por el traslado de la fecha del 25 de marzo, día de la Anunciación del Señor Jesús. La disponibilidad y limpieza de corazón de la Santísima Virgen María hizo posible la redención de la humanidad.


Notas:

(1)  “Convención Americana sobre Derechos humanos”, San José de Costa Rica, arts. 4, 41, 62 y 64. Asimismo, debe ser considerada la jurisprudencia de la Corte Interamericana, la cual ha de servir como guía para la interpretación del Pacto de San José de Costa Rica.

(2)  Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (2 de octubre de 1979), in: AAS 71 (1979) 1147-1148, n. 7. Cf PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, IV, a. 152.

(3)   Cf Idem, 153.

(4)   PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA, “Discursos del Santo Padre Juan Pablo II” –A los Obispos de América Latina en visita ad Limina Apostolorum Petri et Pauli- 2001-2003, “Aos Bispos do Brasil (VIII)”, 16 de noviembre de 2002, p. 222.

(5)   CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 51. 

(6)   Cf Pablo VI, Exh. Apost. Evangelii nuntiandi, 55.

(7)   S.S. JUAN PABLO II, Carta apostólica “Tertio Millenio Ineunte”, n. 36.

(8)   PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA, “Discursos del Santo Padre Juan Pablo II…, p. 193.


Mons. Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján


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