EL MUNDO ESTÁ CANSADO DE "ANTI-AMOR"
Conferencia
de monseñor Oscar Domingo Sarlinga, obispo titular de Uzali y auxiliar
de Mercedes-Luján, con motivo de la apertura inaugural de la "Cátedra
libre de Pensamiento Cristiano" de la Universidad Nacional del
Noroeste de la Provincia de Buenos Aires, en la ciudad de Junín
(29 de
abril de 2005)
Ilmo. Mons. Armando Rosido, vicario episcopal
Señor Secretario Académico, Dr. Guillermo Tamarit, quien en nombre del
Señor Rector preside este acto,
Alumnos de esta Universidad, Señoras, Señores
Es un motivo de
gran agrado y de honor para quien les habla el inaugurar en este acto
y con esta conferencia la “cátedra libre de pensamiento cristiano” de
la Universidad del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires, en esta
ciudad de Junín, a tantos títulos querida para nosotros, y que desde
nuestra perspectiva eclesial forma parte de la arquidiócesis de
Mercedes-Luján.
La apertura de una
Universidad en nuestro medio geográfico y social es razón de legítimo
progreso y prenda de grandes beneficios en el orden de la sociedad
humana. El conocimiento de la verdad, la profundización en las
distintas ciencias y la capacitación en las especialidades del saber y
obrar humano son cometido de la Universidad, que ha de formar como
“alma mater” a los alumnos que aquí acuden para las carreras que se
dictan. Y los felicito sinceramente por la apertura de esta “cátedra
libre de pensamiento cristiano”, a cargo de Mons. Armando Rosido,
vicario episcopal de Junín, porque será un lugar privilegiado de
expresión de la visión cristiana del mundo y del hombre, a la vez que
un foro de intercambio de opiniones y de profundización de los grandes
temas de la civilización contemporánea.
Precisamente el
tema sobre el que he venido a hablarles es de gran importancia y de
gran actualidad: la Doctrina social de la Iglesia, llamada por Juan
Pablo II, “el Evangelio social”, en el sentido de los valores
evangélicos, que son a la vez humanos y trascendentes, y que han de
encarnarse concretamente en la sociedad, transformando a ésta desde
dentro, para hacerla “más humana” y “más digna del ser humano”. En su
Magisterio, el Papa Benedicto XVI nos ha llamado también a vivir los
valores de la paz y de una civilización digna del hombre.
He elegido para
comenzar el llamado a la “nueva imaginación de la caridad”, que nos
dirigiera Juan Pablo II cuando nos introdujo al tercer Milenio en su
visión programática que expresó en la carta “Novo millenio ineunte”.
1. La “nueva
imaginación de la caridad”
Este supremo modelo
de unidad al que aspira la humanidad, en el fondo, es el reflejo de la
vida íntima de Dios, Uno en tres Personas, es lo que los cristianos
expresamos con la palabra “ comunión ”. Esta comunión,
específicamente cristiana, celosamente custodiada, extendida y
enriquecida con la ayuda del Señor, es el alma de la vocación de la
Iglesia a ser “ sacramento ”, en el sentido ya indicado. Aquí tiene la
comunidad eclesial un magnifico campo de realización de su misión y de
hacer surgir, mediante el principio y la acción comprehensivos de la
solidaridad, una civilización “digna del hombre" (1). Esta
civilización tendrá que ir siendo hecha por la comunidad cristiana,
con la cooperación de los hombres de buena voluntad, “a través de la
reflexión y la praxis inspirada por el Evangelio” (2)
Es preciso también
un redescubrimiento a nivel civil de la convicción de que el respeto
de la dignidad de la persona está y debe estar en la base de toda
iniciativa de construcción de la sociedad, y, recíprocamente, de que
la edificación de la misma sociedad exige el respeto de los derechos
de los hombres y, en íntima conexión con ello, de los derechos de los
pueblos y de las naciones.
En esto, todos
cuantos creemos en Dios debiéramos también “redescubrir vivencialmente”
nuestro convencimiento de que el orden armonioso al que todos los
pueblos aspiran ardientemente no puede realizarse solamente con los
esfuerzos humanos, si bien sean indispensables; es necesaria la
caridad (3). Un desarrollo solamente económico no es capaz
de liberar al hombre, al contrario, lo esclaviza todavía más. Las
aspiraciones del género humano, que constataba Pablo VI en su
Encíclica Populorum progressio, incluyen lo económico-social
como componente muy importante, por cierto, pero que de ninguna manera
lo agota : “Ser liberados de la miseria, encontrar con más seguridad
su subsistencia, fuera de toda opresión, al abrigo de las situaciones
que ofenden su dignidad de hombres, ser más instruidos, en una
palabra, hacer, conocer y tener más, para ser más, tal es la
aspiración de los hombres de hoy, mientras que un gran número de entre
ellos están condenados a vivir en condiciones que hacen ilusorio este
legítimo deseo”(4) Lo más importante es “ser más” y ello
incluye, fundamentalmente, la dimensión espiritual.
Los pueblos y los
individuos aspiran a su liberación, en sentido de una vida con valores
humanos, que proporcionen felicidad. La búsqueda del pleno desarrollo
es el signo de su deseo de superar los múltiples obstáculos que les
impiden gozar de una “ vida más humana ” (5). Por haber
centrado excesivamente las aspiraciones humanas en el mundo
económico-social, el mundo contemporáneo está cansado, quizá sin tanta
conciencia psicológica de ello, de sus caminos de materialismo y de “anti-amor”.
La caridad, en
cambio, la eterna, la que viene de Dios, será un potentísimo motor de
cambio. Siempre la Iglesia ha practicado la caridad, también en su
dimensión “social" (6).
Hoy, habiendo
traspuesto los umbrales del tercer Milenio, se nos propone una actitud
plenificante y superadora, esto es, obrar una “nueva imaginación de la
caridad”, que haga efectivo un “amor social” ubicado no en un “medio
equidistante” entre individualismo capitalista y socialismo –medio,
que, por otra parte, sería ilusorio y reductivo del “amor social”,
como si fuera una “tercera vía”– sino verdaderamente “en las antípodas
del egoísmo y del individualismo, sin absolutizar la vida social”
(7). Es una intepelación que, cual Pastor universal en un
momento crucial de la historia de la humanidad, nos lanzó el Papa Juan
Pablo II como desafío para el tercer Milenio. Efectivamente, el
mencionado Papa nos pidió, con intuición profética y pastoral, una
“nueva imaginación de la caridad”, cual gran interpelación (8)
para la evangelización de nuestro tiempo, como un testimonio que
inaugure un estilo nuevo, que reporte una “eficaz presentación a la
buena nueva del Reino”. A ese “nuevo estilo” fuimos llamados en la
Carta apostólica Novo Millenio ineunte, con el fin de
“corroborar con la caridad de las obras, la caridad de las palabras”:
“Es la hora de un nueva “imaginación de la caridad”, que promueva no
tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad
de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de
ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir
fraterno” (9). Es hora, pues, de reconstruir en nuestra
civilización un renovado “compartir –no sólo “repartir”– fraterno” en
y desde la virtud de la solidaridad (10).
Que agrega, la
“nueva imaginación”?. Agrega una nueva actitud, en el orden de la
construcción del Reino, una nueva actitud misional, una nueva actitud
en el orden social, de realización de la “caridad social” y la
“caridad política”. Nueva actitud y nueva puesta en obra. Confianza
renovada, evangelización renovada o “nueva evangelización”.
Implica, pues, una
nueva actitud en toda la vida cristiana, en el estilo eclesial y en la
programación pastoral (11). Es una “nueva actitud” a partir
de la contemplación repristinada el Rostro de Cristo, en una
superación del relativismo en materia ética y del secularismo, más
atenuado o más radical, imperante. Implica, al mismo tiempo, una
renovación profundizadora de los principios de solidaridad y
subsidiariedad, los cuales han de inspirar concretamente las nuevas
áreas y nuevos “areópagos” (12) La superación del
secularismo implica una revalorización de la legítima autonomía de las
realidades seculares y de la sana laicidad.
La “nueva
imaginación” apunta a hacer más brillante el signo, ya fulgurante, del
amor activo y concreto para con cada ser humano que ha sido siempre la
caridad para con los más pobres (13), signo renovado, por
otra parte, de la evangelización en el nuevo Milenio y que de ningún
modo se confunde con la fría limosna o el asistencialismo como
programa. Respuestas a nuevos desafíos de la “opción preferencial por
los pobres” se dirigirán a cuestiones como las situaciones de
marginación social, tales como la tóxicodependencia, la cárcel, los
minusválidos, los inmigrantes marginalizados, los menores en riesgo,
por no citar sino sólo algunos. En este sentido, será fundamental una
recepción de parte del Estado, en leyes que acojan el voluntariado, en
estos casos, sobre todo católico.
Entiendo que esta
llamada apunta a una “nueva imaginación” también del punto focal de
nuestro común legado civilizacional –religioso, jurídico y cultural– y
de un relanzamiento nuevo de los efectos de la dignidad,
extraordinaria e inalienable, de la persona humana. En esto la Iglesia
discierne sus acciones a la luz de la vocación y elección que ha
tenido de parte de Dios, y “(...) comprueba su fidelidad como Esposa
de Cristo, no menos que en el ámbito de la ortodoxia” (14).
Esta llamada
conlleva también la realización del ideal de un renovado modelo de
unidad de la humanidad, no la del “irenismo” o la de una presunta
unidad sin valores religiosos, o sin religiones, sino el modelo de los
vínculos humanos y naturales, fuertes y profundos, donde se perciba a
la luz de la fe un nueva nueva concepción de “unidad del género
humano”, el cual debe inspirarse en última instancia en la virtud de
la solidaridad, que ha de ser extendida globalmente: es la
“globalización de la solidaridad trascendente”.
2. La solidaridad
Ya en la encíclica
Sollicitudo rei socialis, el Papa Juan Pablo II se refería al
tema de la solidaridad entre los pueblos, poniendo en guardia a las
naciones más fuertes, en sentido de no acordar una prioridad absoluta
a la propia seguridad, a expensas de la autonomía, de la libre
decisión e incluso de la integridad territorial de naciones más
débiles (15). Se trata de valorar seriamente la realidad de
la “mundialización” o “globalización”, en sentido lato (16).
En este sentido, la “nueva imaginación de la caridad” debe apuntar
particularmente al tema de la globalización –término utilizado
últimamente con frecuencia, aunque no como tema específico, por el
Magisterio pontificio–(17), sin duda un “signo de los
tiempos”, para producir la ansiada “globalización de la solidaridad
sin marginalización”. La globalización incluye la consideración de la
Iglesia como “actor global con responsabilidades globales” y la
consideración de la humanidad como “una sola familia”, así como de las
dimensiones globales de la cuestión social (18).
Al apuntar a una
globalización en la solidaridad, el contenido de “nueva
evangelización” de la “nueva imaginación de la caridad” ha de apuntar
sobre todo a las desigualdades y a las exclusiones de los individuos y
de los pueblos, del progreso económico y social. Este es un gran
desafío actual para la Iglesia y su doctrina social, que es al mismo
tiempo, “testimonio de obras”: asegurar una globalización de la
solidaridad, una globalización sin marginación (19). Se
puede afirmar que lo que subraya la doctrina social de la Iglesia es
algo así como domar, domesticar, gestionar o gobernar los procesos de
globalización, de modo que puedan efectivamente crear un proceso de
desarrollo más incluyente y más equitativo (20), evitando
el riesgo de la absolutización de la economía y defendiendo a ultranza
la centralidad de la persona humana y de su capacidad de establecer
relaciones libres y responsables. Es preciso repensar la cooperación
internacional, en términos de una nueva cultura de la solidaridad.
Pensada como “semilla de paz”, la cooperación no se puede reducir a la
ayuda y a la asistencia, sino que debe expresar, un empeño concreto y
tangible de solidaridad, de tal modo que haga a los pobres
protagonistas de su desarrrollo y consienta al mayor número posible de
personas el explicar, en las concretas circunstancias económicas y
políticas en que viven, la creatividad típica de la persona humana, de
la cual depende la riqueza de las naciones (21).
Se requiere, al
mismo tiempo, una renovación de la sensibilidad cristiana frente a las
necesidades y problemas que la interpelan (22). En efecto,
el panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las
antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a
ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos
a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al
abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a
la discriminación social (23). En este sentido, se debe
prestar especial atención a las “ estructuras de pecado ”, y los
pecados que conducen a ellas (24), ambos cuales se oponen
con igual radicalidad a la paz y al desarrollo, pues el desarrollo,
según la conocida expresión de la encíclica de Pablo VI, es “ el nuevo
nombre de la paz ” (25).
Cuanto se ha dicho
no se podrá realizar sin la colaboración de todos, especialmente de la
comunidad internacional, en el marco de una solidaridad que abarque a
todos (26), empezando por los más marginados. Pero las
mismas naciones en vías de desarrollo tienen el deber de practicar la
solidaridad entre sí y con los países más marginados del mundo.
La “nueva
imaginación de la caridad” apunta también a un desarrollo que abarque
la dimensión cultural, trascendente y religiosa del hombre y de la
sociedad, pues, en la medida en que no se reconoce la existencia de
tales dimensiones, en la medida en que la sociedad no se orienta en
función de las mismas sus objetivos y prioridades, contribuiría aún
menos a la verdadera liberación. El ser humano es totalmente libre
sólo cuando es él mismo, en la plenitud de sus derechos y deberes; y
lo mismo cabe decir de toda la sociedad. Esa es la base del humanismo
integral y solidario.
El principal
obstáculo que la verdadera liberación debe vencer es el pecado y las
estructuras que llevan al mismo, a medida que se multiplican y se
extienden (27).Esos pecados atentan contra la libertad con
la cual Cristo nos ha liberado (Cf. Gál 5, 1) y nos mueve a
convertirnos en siervos de todos. Venciendo las estructuras de pecado,
se acentuará el proceso del desarrollo y de la liberación, concretado
en el ejercicio de la solidaridad, es decir, del amor y servicio al
prójimo, particularmente a los más pobres. “ Porque donde faltan la
verdad y el amor, el proceso de liberación lleva a la muerte de una
libertad que habría perdido todo apoyo ” (28). De aquí se
da el encaminamiento al redescubrimiento de la paz –paz para sí y paz
para los demás– que ha de ser buscada no solo en la intelectualidad y
en las negociaciones, sino también, y fundamentalmente, en la
meditación y en la plegaria.
Una “nueva
imaginación de la caridad”, que nos lleve a ver con ojos nuevos la
“opción por los pobres”, evangélicamente necesaria, pues proviene de
la ley de la Encarnación, dado que “todo ser humano” está incluido en
Cristo y la redención que ha venido a traer, y preferencialmente
aquellos que más sufren, pues revelan el rostro del Siervo Sufriente.
Al mismo tiempo, una “nueva imaginación” que supere el conformismo de
la asistencialidad –ciertamente necesaria en momentos urgentes- y que
apunte sobre todo a crear condiciones en la sociedad civil para la
promoción humana auténtica y sustentable.
En ello la
evangelización actuará sobre todo como fermento y “germen de
redención”, y tendrá su importancia el principio de subsidiariedad.
Asimismo, una tal situación preparará las “semillas del Verbo”, que
interpelaran a pueblos y gentes que no creen en Cristo (29).
Mediante esta opción, se testimonia el estilo del amor de Dios, su
providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía
en la historia aquellas “semillas del Reino de Dios” que Jesús mismo
dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda
clase de necesidades espirituales y materiales (30).
En la “nueva
imaginación de la caridad” se debe rechazar la tentación de una
espiritualidad oculta e individualista, resurgencia “neognóstica”, que
poco tiene que ver con las exigencias de la caridad, ni con la lógica
de la Encarnación y, en definitiva, con la misma tensión escatológica
del cristianismo. Si esta última nos hace conscientes del carácter
relativo de la historia, no nos exime en ningún modo del deber de
construirla, pues el mensaje cristiano, no aparta los hombres de la
tarea de la construcción el mundo, ni les impulsa a despreocuparse del
bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto
como un deber.
3. El “humanismo
integral y solidario” incentivado por la “nueva imaginación de la
caridad”
Lo que está en
juego es la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoción
nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y
responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de
la historia, deudores de “el paso de condiciones de vida menos humanas
a condiciones más humanas”, lo cual implica, como hemos indicado a lo
largo de este escrito, el reconocimiento de valores supremos –que han
de gobernar y dirigir dicho humanismo-, y principalmente de Dios y de
su acción salvadora (31). El panorama actual -como muchos
ya perciben más o menos claramente-, no parece responder a esta
dignidad. Cada uno está llamado a ocupar su propio lugar en esta
campaña pacífica que hay que realizar con medios pacíficos para
conseguir el desarrollo en la paz, para salvaguardar la misma
naturaleza y el mundo que nos circunda. También la Iglesia se siente
profundamente implicada en este camino, en cuyo éxito final espera
(32). Los principios permanentes de la doctrina social son
“cardines” de esta nueva imaginación (33)
Es preciso acentuar
las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por
los pobres, incluyéndolos y no excluyéndolos de la sociedad (34),
promoviendo para ellos soluciones concretas (35), un
“humanismo del trabajo” (36).
Así lo requiere el momento, así lo exige sobre todo la dignidad de la
persona humana, imagen indestructible de Dios Creador, idéntica en
cada uno de nosotros. La auténtica solidaridad huye ya sea del
individualismo que del colectivismo, pone en auténtico valor a la
familia y a las comunidades particulares, en las cuales las personas
se empeñan las unas con las otras. Y se articula en los varios niveles
según el principio de subsidiariedad (37).
En este empeño
deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia, llamados, según el
programa enunciado por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a
“ anunciar a los pobres la Buena Nueva: a proclamar la liberación de
los cautivos, la vista a los ciegos, para dar la libertad a los
oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor ” (Lc 4, 18-19). Y en
esto conviene subrayar una vez mas en este trabajo el papel
preponderante que cabe a los laicos, hombres y mujeres. A ellos
compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en
ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia,
particularmente en la destinación universal de los bienes (38)
Hemos expresado ya
el carácter virtuoso cristiano de la solidaridad: “La solidaridad es
sin duda una virtud cristiana” (39), nos señala la
Sollicitudo rei socialis. Es, por ende, un hábito operativo bueno,
que perfecciona al ser humano. Y, más concretamente, se pueden
vislumbrar en ella numerosos puntos de contacto con la caridad, que es
signo distintivo de los discípulos de Cristo (Cf. Jn 13, 35). Había
sido enunciada por León XIII como “amistad” (40) . De
hecho, a la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí
misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de
“gratuidad total”, perdón y reconciliación. Establecida esta
“amistad”, el prójimo deviene no sólo otro ser humano, a quien se le
reconoce sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se
convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de
Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo
(41). Se convierte en un “hermano”. Entonces la conciencia de la
paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en
Cristo, “ hijos en el Hijo ”, de la presencia y acción vivificadora
del Espíritu Santo, conferirá a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo
criterio para interpretarlo.
Hemos de ver ahora
a la solidaridad enfocada como “clave” y “motor” de la “nueva
imaginación de la caridad”. Nos ayudará a superar el “derrotismo” que
a veces se apodera de los corazones, y el temor de un erosionamiento
cada vez mayor de la presencia de la Iglesia en el mundo (42)
La solidaridad es
“motor” en el reconocimiento efectivo de la dignidad de los demás como
personas humanas, hijos de Dios, apartando la visión puramente
instrumental e instrumentadora del próximo. En efecto, el ejercicio de
la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus
miembros se reconocen unos a otros como personas (43)y
no como meros instrumentos (44). Los que cuentan más, al
disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de
sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con
ellos lo que poseen. Romper barreras, compartir en solidaridad es
válido para las personas y los pueblos (45). Estos, por su
parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud
meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque
reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les
corresponde, para el bien de todos. Por su parte, los grupos
intermedios no han de insistir egoísticamente en sus intereses
particulares, sino que deben respetar los intereses de los demás.
Es preciso destacar
que un signo positivo del mundo contemporáneo es la creciente
conciencia de solidaridad de los pobres entre sí, así como también sus
iniciativas de mutuo apoyo y su afirmación pública en el escenario
social, no recurriendo a la violencia, sino presentando sus carencias
y sus derechos frente a la ineficiencia o a las dificultades de
corrupción de algunos poderes públicos. “Esta preocupación acuciante
por los pobres -que, según la significativa fórmula, son “ los pobres
del Señor ” (46) debe traducirse, a todos los niveles, en
acciones concretas hasta alcanzar decididamente algunas reformas
necesarias. Mientras más difíciles son las situaciones, más se muestra
la solidaridad (47). “Hacer opción por los pobres, estar
con ellos” no es para la Iglesia una actitud táctica ni revanchista o
sectaria, sino de ejercicio de la caridad cristiana (48)
–que supera infinitamente el asistencialismo–: Depende de cada
situación local determinar las más urgentes y los modos para
realizarlas; pero no conviene olvidar las exigidas por la situación de
desequilibrio internacional que hemos descrito.
La Iglesia, en
virtud de su compromiso evangélico, se siente llamada a estar junto a
esas multitudes pobres, a discernir la justicia de sus reclamaciones y
a ayudar a hacerlas realidad sin perder de vista al bien de los grupos
en función del bien común” (49).
La interdependencia
debe convertirse en solidaridad, fundada en el principio de que los
bienes de la creación están destinados a todos (50). Y lo
que la industria humana produce con la elaboración de las materias
primas y con la aportación del trabajo, debe servir igualmente al bien
de todos (51).
La solidaridad, por
su misma naturaleza, es una realidad ética ya que conlleva una
afirmación de valor sobre la humanidad. Por esta razón, sus
implicaciones para la vida humana en nuestro planeta y para las
relaciones internacionales son igualmente éticas (52); en
efecto, nuestros lazos comunes de humanidad nos exigen vivir en
armonía y promover todo aquello que es bueno para unos y para otros.
Estas aplicaciones éticas constituyen la razón por las que la
solidaridad es una clave básica para la paz.
La solidaridad
lleva a respetar también el “principio de concordia”, que conlleva
buscar con responsabilidad y sentido cristiano que los conflictos
personales, empresariales, nacionales e internacionales se resuelvan a
través de medios pacíficos y sin olvidar que la paz se edifica sobre
la justicia (53). De tal modo, la solidaridad y el
desarrollo como claves para la paz, superando “el principio de la
fuerza prevaleciente sobre la razón y el derecho” (54).
A la luz de esto el
desarrollo adquiere su significación plena. No se trata de mejorar
determinadas situaciones o condiciones económicas. El desarrollo viene
a ser, en última instancia una cuestión de paz por el hecho de que
ayuda a realizar lo que es bueno para los demás y para la comunidad
humana en su totalidad, en el respeto de la verdad sobre el hombre
(55).
Desde años atrás el
Magisterio de la Iglesia veía con preocupación el creciente alcance
mundial de la cuestión social (56), que se había
transformado en crisis del sentido de la justicia entre las personas y
los pueblos (57). El crecimiento de la enseñanza social en
el decurso de la historia ha llevado al convencimiento de que acaso en
ningún sector de la actividad humana exista mayor necesidad de
solidaridad social que en el área del desarrollo, porque es el que
está en más estrecha relación con la antropología (58),
razón por la cual siempre tenemos que hacer referencia al ser humano y
advertir acerca de la posible –y deletérea- ruptura del “progreso
económico” respecto del “progreso social”, y ambos dos respecto del
“desarrollo humano completo e integral” (59). Dirigirse
hacia un desarrollo humano y social sólo será posible cambiando desde
dentro según la verdad del hombre, sobre todo los egoísticos e
inveterados estilos de vida, los modelos de producción y de consumo no
dirigidos al bien social, las estructuras consolidadas de poder, en la
medida en que no se hallan al servicio del bien común, que rigen hoy
la sociedad (60).
De esta manera, la
solidaridad que proponemos es un camino hacia la paz y hacia el
desarrollo y al florecimiento de todos los derechos, en todos los
niveles sociales (61). En efecto, la paz del mundo es
inconcebible si no se logra reconocer, por parte de los responsable,
que la interdependencia exige de por sí la superación de la política
de los bloques, la renuncia a toda forma de imperialismo económico,
militar o político, y la transformación de la mutua desconfianza en
colaboración. Este es, precisamente, el acto propio de la solidaridad
entre los individuos y entre las Naciones.
Por eso la
solidaridad debe cooperar en la realización de este designio divino,
tanto a nivel individual, como a nivel nacional e internacional. Los
“ mecanismos perversos ” y las “ estructuras de pecado ”, de que hemos
hablado, sólo podrán ser vencidos mediante el ejercicio de la
solidaridad humana y cristiana, a la que la Iglesia invita y que
promueve incansablemente. Sólo así tantas energías positivas podrán
ser dedicadas plenamente en favor del desarrollo y de la paz (62).
El desarrollo
requiere sobre todo espíritu de iniciativa (63) por parte
de los mismos países que lo necesitan (64). Cada uno de
ellos ha de actuar según sus propias responsabilidades, sin esperarlo
todo de los países más favorecidos y actuando en colaboración con los
que se encuentran en la misma situación (65). El desarrollo
de los pueblos comienza y encuentra su realización más adecuada en el
compromiso de cada pueblo para su desarrollo, en colaboración con
todos los demás.
Es importante,
además, que las mismas Naciones en vías de desarrollo favorezcan la
autoafirmación de cada uno de sus ciudadanos mediante el acceso a una
mayor cultura y a una libre circulación de las informaciones. Todo lo
que favorezca la alfabetización y la educación de base, que la
profundice y complete, como proponía la Encíclica Populorum
Progressio, (66) que es una contribución directa al
verdadero desarrollo (67).
Es de desear, por
ejemplo, que Naciones de una misma área geográfica establezcan formas
de cooperación que las hagan menos dependientes de productores más
poderosos; que abran sus fronteras a los productos de esa zona; que
examinen la eventual complementariedad de sus productos; que se
asocien para la dotación de servicios, que cada una por separado no
sería capaz de proveer; que extiendan esa cooperación al sector
monetario y financiero.
La interdependencia
es ya una realidad en muchos de estos Países. Reconocerla, de manera
que sea más activa, representa una alternativa a la excesiva
dependencia de Países más ricos y poderosos, en el orden mismo del
desarrollo deseado, sin oponerse a nadie, sino descubriendo y
valorizando al máximo las propias responsabilidades. Los Países en
vías de desarrollo de una misma área geográfica, sobre todo los
comprendidos en la zona “ Sur ” pueden y deben constituir –como ya se
comienza a hacer con resultados prometedores– nuevas organizaciones
regionales inspiradas en criterios de igualdad, libertad y
participación en el concierto de las Naciones.
La solidaridad
universal requiere, como condición indispensable su autonomía y libre
disponibilidad, incluso dentro de asociaciones como las indicadas.
Pero, al mismo tiempo, requiere disponibilidad para aceptar los
sacrificios necesarios por el bien de la comunidad mundial.
Recientemente, en
el período siguiente a la publicación de la Encíclica Populorum
Progressio, en algunas áreas de la Iglesia católica,
particularmente en América Latina, se ha difundido un nuevo modo de
afrontar los problemas de la miseria y del subdesarrollo, que hace de
la liberación su categoría fundamental y su primer principio de
acción. Los valores positivos, pero también las desviaciones y los
peligros de desviación, unidos a esta forma de reflexión y de
elaboración teológica, han sido convenientemente señalados por el
Magisterio de la Iglesia (68).
Conviene añadir que
la aspiración a la liberación de toda forma de esclavitud, relativa al
hombre y a la sociedad, es algo noble y válido. A esto mira
propiamente el desarrollo y la liberación, dada la íntima conexión
existente entre estas dos realidades.
En el marco de las
tristes experiencias de estos últimos años y del “panorama
prevalentemente negativo del momento presente” (69), la
Iglesia debe afirmar con fuerza la posibilidad de la superación de las
trabas que por exceso o por defecto, se interponen al desarrollo, y la
confianza en una verdadera liberación (70). Por tanto, no
se justifican ni la desesperación, ni el pesimismo, ni la pasividad.
Aunque con tristeza, conviene decir que, así como se puede pecar por
egoísmo, por afán de ganancia exagerada y de poder, se puede faltar
también -ante las urgentes necesidades de unas muchedumbres hundidas
en el subdesarrollo- por temor, indecisión y, en el fondo, por
cobardía (71). Asistimos a un creciente deseo colectivo
-por encima de nacionalismos como sistemas cerrados y excluyentes por
encima de las separaciones políticas, geográficas o ideológicas- de
ayudar a los miembros menos favorecidos de la familia humana (72).
Por desgracia,
abundan los ejemplos de obstáculos a la solidaridad debido a
posiciones políticas e ideológicas que, en la práctica, impiden o
limitan que se haga realidad la solidaridad (73). Son
éstas, actitudes y políticas que ignoran o niegan la igualdad
fundamental y la dignidad de la persona humana Tales iniciativas no
ignoran las diferencias reales lingüísticas, raciales, religiosas,
sociales y culturales: tampoco ignoran las grandes dificultades que
existen para superar inveteradas divisiones e injusticias. Pero ponen
en primer plano los elementos que unen, por pequeños que puedan
parecer (74).
No basta con
ponerse en contacto y ayudar a quienes padecen necesidad. Los hombres
de buena voluntad, y especialmente los cristianos, han de tener como
programa el ayudar a los más desfavorecidos a descubrir los valores
que les permitan construir una nueva vida y ocupar con dignidad y
justicia su puesto en la sociedad. Todos tienen derecho a aspirar y a
lograr lo que es bueno y verdadero. Todos tienen derecho a elegir
aquellos bienes que mejoran la vida; y la vida en la sociedad no es en
modo alguno algo moralmente neutro. Las opciones sociales implican
consecuencias que pueden promover o degradar el verdadero bien de la
persona en la sociedad (75). Todo lo que es impedimento
para la verdadera libertad va contra el desarrollo de la sociedad y de
las instituciones sociales (76).
En efecto, a modo
de uno de los problemas más acuciantes de los países en vías de
desarrollo, podemos mencionar el persistente problema de la deuda
externa de muchas naciones, drama que podría ser visto con nuevos ojos
si todas las partes interesadas incluyeran, de modo responsable, estas
consideraciones éticas en la valoración de los hechos y en las
propuestas de solución (77). Tanta es la importancia que la
Iglesia adjudica al problema en el contexto del desarrollo integral,
que el Papa Juan Pablo II trató expresamente el tema de la deuda
internacional con oportunidad del Gran Jubileo del Año 2000, en su
Carta apostólica Novo Millenio Ineunte (78).
Cada vez resulta
más claro que un mundo en paz, en el que se garantice la seguridad de
los pueblos y de los Estados, convoca a una solidaridad activa en los
esfuerzos en favor del desarrollo y del desarme. A todos los Estados
afecta la pobreza de otros Estados (79).
Una solidaridad
efectiva representa un antídoto a todo lo anterior. En efecto, si la
cualidad esencial de la solidaridad es la igualdad radical entre todos
los seres humanos, toda política que esté en contradicción con la
dignidad fundamental y con los derechos humanos de la persona o de un
grupo de personas ha de ser rechazada. Por el contrario, han de ser
potenciadas las políticas y los programas que instauran relaciones
abiertas y honestas entre los pueblos, que forjan alianzas justas, que
unen a las naciones con honorables lazos de cooperación. Entre estas
políticas, una adecuada promoción del voluntariado parece fundamental
en nuestros tiempos (80). Tales iniciativas no ignoran las
diferencias reales lingüísticas, raciales, religiosas, sociales y
culturales: tampoco ignoran las grandes dificultades que existen para
superar inveteradas divisiones e injusticias. Pero ponen en primer
plano los elementos que unen, por pequeños que puedan parecer.
Este espíritu de
solidaridad es un espíritu abierto al diálogo: que hunde sus raíces en
la verdad y que tiene necesidad de la misma para desarrollarse. Es un
espíritu que busca construir y no destruir, unir y no dividir. Dado
que la solidaridad es una aspiración universal, ella puede adoptar
muchas formas. Acuerdos regionales para promover el bien común y
alentar negociaciones bilaterales pueden servir para hacer disminuir
las tensiones.
En el campo del
desarrollo, y especialmente en el desarrollo asistencial, se ofrecen
programas que vienen presentados como “sin connotación de valores”,
pero que en realidad son contravalores respecto a la vida. Ante
programas de gobiernos o formas de ayuda que virtualmente coaccionan a
comunidades o países a aceptar programas de contracepción o prácticas
abortivas como precio para su crecimiento económico, hay que decir
claramente y con fuerza que tales ofertas violan la solidaridad de la
familia humana, porque niegan los valores de la dignidad y libertad de
la persona.
La solidaridad que
favorece el desarrollo integral es la que protege y defiende la
legítima libertad de las personas y la justa seguridad de las
naciones. Sin esta libertad y seguridad faltan las condiciones mismas
para el desarrollo. No solamente los individuos, sino también las
naciones deben tener la posibilidad de tomar parte en las opciones que
les afectan.
Ello incluye el
respeto de la fe, de la libertad religiosa; es valorar el papel de la
fe para un pueblo y para los pueblos. La valoración de la subyacencia
de la fe en las acciones sociales es un elemento principal, y a menudo
desconocido, del desarrollo humano. La acción social, en cuanto
eclesial, ha de ser ubicada en el horizonte de la fe, pues tiene una
cualidad propiamente teológica (81).
Por ello, en el
horizonte cristiano, la primacía de la gracia ha de ocupar el puesto
primordial de toda promoción humana.
Notas:
(1)
“Finalità
immediata della dottrina sociale è quella di proporre i principi e i
valori che possono sorreggere una società degna dell’uomo. Tra questi
principi, quello della solidarietà in qualche misura comprende tutti
gli altri: esso costituisce: “uno dei principi basilari della
concezione cristiana dell’organizzazione sociale e politica””
(PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della
Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Conclusione, d. Costruire la
“civiltà dell’amore”, 580, p. 317).
(2)
“La
trasformazione dei rapporti sociali rispondente alle esigenze del
Regno di Dio non è stabilita nelle sue determinazioni concrete una
volta per tutte. Si tratta, piuttosto, di un compito affidato alla
comunità cristiana, che lo deve elaborare e realizzare attraverso la
riflessione e la prassi ispirate dal Vangelo” (Idem, Parte
prima. Capitolo primo. Il disegno di amore di Dio per l’umanità, IV
Disegno di Dio e missione della Chiesa, b. Chiesa, Regno di Dio e
rinnovamento dei rapporti sociali, 53, p. 28)
(3)
Habla de
la solidaridad. “Tale principio viene illuminato dal primato della
carità “che è il segno distintivo dei discepoli di Cristo (cfr Gv
13,35)”. Gesù “ci insegna che la legge fondamentale della perfezione
umana, e quindi della trasformnazione del mondo, è il nuovo
comandamento della carità” (cfr Mt 22,40; Gv 15,2; Col 3,14; Gc 2,8).
Il comportamento della persona è pienamente umano quando nasce
dall’amore, manifesta l’amore ed è ordinato all’amore. Questa verità
vale anche in ambito sociale: occorre che i cristiani ne siano
testimoni profondamente convinti e sappiano mostrare, con la loro
vita, come l’amore sia l’unica forza (cfr. 1 Cor 12,31-14,1) che può
guidare alla perfezione personale e sociale e muovere la storia verso
il bene” (Ibem, Conclusione, d. Costruire la “civiltà dell’amore”,
580, p. 317).
(4)
Pablo
VI, Enc. Populorum progressio…, op.cit., Premiere partie.
“Pour un développement intégral de l’homme”. 1. “Les données du
problème”, 6.
(5)
Cf Juan Pablo
II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 46.
(6)
“Le
tradizioni di carità diffuse sul territorio soprattuto dell’Europa
continentale, sostenute da ordini religiosi e monastici, come pure da
altre istituzioni ed opere della beneficenza, hanno origini molto
lontane nel tempo e hanno costituito progressivamente una rete di
presenze capillare ancorché disorganica” (G. GREGORINI, “Le
invenzioni della carità e il movimento sociale cattolico” in
UNIVERSITÀ CATTOLICA DEL SACRO CUORE, Dizionario di dottrina
sociale della Chiesa... op.cit., p. 836).
(7)
“L’”amore
sociale” si trova agli antipodi dell’egoismo e dell’individualismo:
senza assolutizzare la vita sociale, come avviene nelle visione
appiattite sulle letture exclusivamente sociologiche, non si può
dimenticare che lo sviluppo integrale ella persona e la crescita
sociale si condizionano vicendevolmente. L’egoismo, pertanto, è il più
deletereio nemico di una società ordinata: la storia mostra quale
devastazione dei cuori si produca quando l’uomo non è capace di
riconoscere altro valore e altra realtà effettiva oltre i beni
materiali, la cui ricerca ossessiva soffoca e preclude la sua capacità
di donarsi” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE,
Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit.,
Conclusione. Per una civiltà dell’amore, 581, p. 318).
(8)
Es sobre todo
interpelación a hacer de tal manera que los pobres, en cada comunidad
cristiana, se sientan como “en su casa”, y no simplemente “ayudados”,
pero dejándolos en su lugar, para que sigan siendo pobres, pero
“asistidos”. Sería éste, afirma el Papa, un estilo de grande y eficaz
presentación de la buena nueva del Reino. Sin esta forma de
evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de
la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera
caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar
de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete
cada día.
(9)
Juan Pablo II,
Carta apost.
Novo
millenio ineunte,
op.cit., 50.
(10)
“Se la
giustizia “è di per sé idonea ad “arbitrare” tra gli uomini nella
reciproca ripartizione dei beni oggettivi secondo l’equa misura,
l’amore invece, e soltanto l’amore (anche quell’amore benigno, che
chiamiamo “misericordia”) è capace di restituire l’uomo a se stesso””
(PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della
Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Conclusione. Per una
civiltà dell’amore. 582, p. 318)
(11)
“La
dottrina sociale detta i criteri fondamentali dell’azione pastorale in
campo sociale: annunciare il Vangelo; confrontare il messaggio
evangelico con le realtà sociali; progettare azioni finalizzate a
rinnovare tali realtà, conformandole alle esigenze della morale
cristiana. Una nuova evangelizzazione del sociale richiede innanzi
tutto l’annuncio del Vangelo: Dio in Gesù Cristo salva ogni uomo e
tutto l’uomo. Tale annuncio rivela l’uomo a se stesso e deve diventare
principio di interpretazione delle raltà sociali. Nell’annuncio del
Vangelo, la dimensione sociale è essenziale e ineludibile, pur non
essendo l’unica” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE,
Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit.,
Parte Terza. Capitolo dodicesimo, I. L’azione pastorale in ambito
sociale, d. Dottrina sociale e pastorale sociale, 526, p. 289).
(12)
Dos de los dos
grandes principios inspiradores de la Doctrina social de la Iglesia
han de iluminar las nuevas áreas de desarrollo humano.
“:Nel
primo caso, quattro obiettivi fondamentali sono oggetto di azione:
la promozione della solidarietà di base; l’integrazione dei servizi
pubblici e privati; l’anticipazione/innovazione rispetto a nuovi
bisogni emergenti; il controllo e lo stimolo rispetto alle situazione
politiche. A ben vedere le grandi aperture del Concilio Vaticano II,
con i pontificati di Giovanni XXIII e Paolo VI, avevano favorito il
radicarsi di nuove sensibilità dedite anche a progetti di cooperazione
internazionale, a sostegno dei problemi dei Paesi in via di sviluppo”
(G. GREGORINI, “Le invenzioni della carità e il movimento sociale
cattolico”, in: Università Cattolica del Sacro Cuore,
Dizionario di dottrina sociale della Chiesa... op.cit., pp.
848-849).
(13)
“A
partir de la comunión intraeclesial, la caridad se abre por su
naturaleza al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica de
un amor activo y concreto con cada ser humano. Éste es un ámbito que
caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y
la programación pastoral. El siglo y el milenio que comienzan tendrán
que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué
grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si
verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos
que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que
él mismo ha querido identificarse: “ He tenido hambre y me habéis dado
de comer, he tenido sed y me habéis dado que beber; fui forastero y me
habéis hospedado; desnudo y me habéis vestido, enfermo y me habéis
visitado, encarcelado y habéis venido a verme “ (Mt 25,35-36). Esta
página no es una simple invitación a la caridad: es una página de
cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la
Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que
sobre el ámbito de la ortodoxia”
(Juan Pablo II, Carta apost. Novo millenio ineunte, op.cit.,
49)
(14)
Juan Pablo II,
Carta apost. Novo millenio ineunte, op.cit., 49.
(15)
Cf Juan Pablo II,
Enc.
Sollicitudo rei socialis,
op.cit., 39.
(16)
“Il
richiamo al principio cristiano della solidarietà tra i popoli non si
esaurisce però in una semplice esortazione al superamento degli
egoismi nazionali, ma si accompagna molto spesso a una considerazione
realistica circa le conseguenze derivanti dalla crescente
interdipendenza internaczionale. Si tratta di quel medesimo fenomeno
che altrov vien definito in termini di “mondializazzione” (S.
COTTELLESA, voz: “Nazione”, in Università Cattolica del
Sacro Cuore, Dizionario di dottrina sociale della Chiesa,
op.cit., p. 453). Cf. Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus,
op.cit., 58.
(17)
“Il
riferimento esplicito al termine “globalizzazione”, invece, è
frequente e incisivo negli interventi più recenti del Magistero,
specie nei discorsi del Santo Padre, anche se al momento attuale non
abbaiamo un singolo documento del Magistero pontificio, di cui il tema
della globalizzazione costituisca l’argomento specifico” (D.
MARTIN, voz “Globalizzazione” in Università Cattolica del
Sacro Cuore, Dizionario di dottrina sociale della Chiesa...
opcit., p. 344).
(18)
Idem, pp.
345-347.
(19)
Cf Idem,
p. 346.
(20)
Cf Ibidem.
(21)
El mismo criterio
se aplica, por analogía, en las relaciones internacionales. Las
Naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente
responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero
sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos
y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. Los Países
económicamente más débiles, o que están en el límite de la
supervivencia, asistidos por los demás pueblos y por la comunidad
internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien común sus
tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo se perderían para
siempre.
(22)
“En efecto, son
muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan la
sensibilidad cristiana. Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado
de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural,
tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades,
dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del
progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del
mínimo requerido por la dignidad humana. ¿Cómo es posible que, en
nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quién está
condenado al analfabetismo; quién carece de la asistencia médica más
elemental; quién no tiene techo donde cobijarse?” (Juan Pablo II,
Carta apost. Novo millenio ineunte, op. cit., 50).
(23)
El cristiano, que
se asoma a este panorama, debe aprender a hacer su acto de fe en
Cristo interpretando el llamamiento que él dirige desde este mundo de
la pobreza. Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha
tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero
que hoy quizás requiere mayor creatividad.
(24)
“Ahora bien la
Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados
sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de
grupos sociales más o menos amplios, o hasta de enteras Naciones y
bloques de Naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado social
son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados
personales. Se trata de pecados muy personales de quien engendra,
favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo por
evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales,
omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad
solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta
imposibilidad de cambiar el mundo; y también de quien pretende eludir
la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden
superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las
personas. Una situación -como una institucion, una estructura, una
sociedad-no es, de suyo, sujeto de actos morales; por lo tanto, no
puede ser buena o mala en sí misma “ (Juan Pablo II, Exh. Apost.
Reconciliatio et poenitentia, in: AAS 77 (1985), 16, p.
217)
(25)
Pablo VI, Encíc.
Populorum Progressio, op.cit., 87
(26)
Cf Juan Pablo II,
Enc.
Sollicitudo rei socialis,
op.cit., 45.
(27)
Cf. Juan Pablo II,
Exhort. Apost. Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de
1984), 16 in: AAS 77 (1985), pp. 213-217; Cf CONGREGACIÓN PARA
LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción sobre la libertad cristiana y
liberación, Libertatis conscientia… op.cit., pp. 569; 571.
(28)
CONGREGACIÓN PARA
LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción sobre la a cristiana y
liberación, Libertatis conscientia… op.cit., p. 564
(29
No
debe olvidarse, ciertamente, que nadie puede ser excluido de nuestro
amor, desde el momento que “con la encarnación el Hijo de Dios se
ha unido en cierto modo a cada hombre “.Ateniéndonos a las
indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay
una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción
preferencial por ellos.)
(30)
Cf Juan Pablo II,
Carta apost.
Novo
millenio ineunte,
op.cit., 49.
(31)
Ya hemos mencionado
que el Papa Pablo VI llamó al “desarrollo” como “nuevo nombre de la
paz” (Cf Pablo VI, Enc. Populorum progressio, op.cit., 76-80)
en la mencionada encíclica, la cual puede ser considerada una
continuación de la Gaudium et spes, aunque con algunas
especificaciones e incluso novedades, como lo es el concepto del
“desarrollo integral” del hombre y el “desarrollo solidario” de la
humanidad. Este último conlleva el dicho “pasaje” desde condiciones
menos humanas a condiciones de vida más humanas, lo cual puede ser
visto como un adentramiento en la “humanización” del propio ser
humano. Todos estos conceptos e ideas de fuerza fueron recogidos en el
Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, resaltando que el paso
a condiciones más humanas no queda de ninguna manera circunscripto a
lo técnico-económico sino que implica la adquisición de la cultura, el
respeto a la dignidad de los otros, el reconocimiento de los valores
supremos, cuya fuente y término es Dios. A esto condiciona la
realización de un “humanismo pleno”, ya mencionado y descripto como
trascendente en la Populorum progressio (Cf Pablo VI, Enc.
Populorum
progressio,
op.cit., 42). Para el tema de la plenitud de dicho humanismo, cuya
condición es la de ser “gobernado por los valores espirituales”, véase
PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE; Compendio della
Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte Prima. III. La
dottrina sociale nel nostro tempo: cenni storici. Capitolo secondo.
Missione della Chiesa e dottrina sociale, 98, p. 54: “Lo sviluppo
a vantaggio di tutti risponde all’esigenza di una giustizia su scala
mondiale che garantisca una pace planetaria e renda possibile la
realizzazione di un “umanesimo plenario” governato dai valori
spirituali”.
(32)
Cf Juan
Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 47.
(33)
“I
principi permanente della dottrina sociale della Chiesa costituiscono
i veri e propri cardini dell’insegnamento sociale católico: si
tratta del principio della dignità della persona umana (...)
del bene comune, della sussidiarietà e della
solidarietà. Tali principi, espressione dell’intera verità
sull’uomo conosciuta tramite la ragione e la fede, scaturiscono
“dall’incontro del messaggio evangelico e delle sue esigenze, che si
riassumono nel comandamento supremo dell’amore di Dio e del prossimo e
nella giustizia, con i problemi derivanti dalla vita della società”.
La Chiesa, nel corso della propria tradizione di fede, ha potuto dare
a tali principi fondazione e configurazione sempe più acurate,
enucleandoli progressivamente, nello sforzo di rispondere con coerenza
alle esigenze dei tempi e ai continui sviluppi della vita sociale”
(PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della
Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte prima.
Capitolo quarto. I principi della dottrina sociale della Chiesa. I.
Significato e unità, 160, p. 87).
(34)
A este respecto, es
conveniente recordar particularmente: la reforma del sistema
internacional de comercio, hipotecado por el proteccionismo y el
creciente bilateralismo; la reforma del sistema monetario y financiero
mundial, reconocido hoy como insuficiente; la cuestión de los
intercambios de tecnologías y de su uso adecuado; la necesidad de una
revisión de la estructura de las Organizaciones internacionales
existentes, en el marco de un orden jurídico internacional. El sistema
internacional de comercio suele discriminar los productos de las
industrias incipientes de los países en vías de desarrollo, mientras
desalienta a los productores de materias primas. Existe, además, una
cierta división internacional del trabajo por la cual los productos a
bajo coste de algunos países, carentes de leyes laborales eficaces o
demasiado débiles en aplicarlas, se venden en otras partes del mundo
con considerables beneficios para las empresas dedicadas a este tipo
de producción, que no conoce fronteras.El sistema monetario y
financiero mundial se caracteriza por la excesiva fluctuación de los
métodos de intercambio y de interés, en detrimento de la balanza de
pagos y de la situación de endeudamiento de los países pobres (Cf
PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della
Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte prima.
Capitolo sesto.
Il lavoro
umano. III. La dignità del lavoro,
c., 281-283).
(35)
Por eso, siguiendo
la Encíclica Populorum progressio del Papa Pablo VI, y el
Magisterio posterior, en especial Sollicitudo rei socialis,
crecemos en la conciencia de gravedad del momento presente y de la
respectiva responsabilidad individual. Es preciso que pongamos por
obra, -con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los
bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en
las decisiones económicas –incluyendo las financieras- y políticas y
con la propia actuación a nivel nacional e internacional.
(36)
“Risulta
sempre più necessaria un’attenta considerazione della nuova situazione
del lavoro nell’attuale contesto della globalizzazione, in una
prospettiva che valorizzi la naturale propensione degli uomini a
stabilire relazioni (...) Il fondamento ultimo di questo dinamismo
è l’uomo che lavore, è sempre l’elemento soggettivo e non quello
oggettivo. Anche il lavoro globalizzato trae origine, pertanto, dal
fondamento antropologico dell’intrinseca dimensione relazionale del
lavoro. Gli aspetti negativi della globalizzazione del lavoro non
devono mortificare le possibilità che si sono aperte per tutti di
dare espressione ad un umanesimo del lavoro a livello planetario,
ad una solidarietà del mondo del lavoro a questo livello, affinché
lavorando in un simile contesto, dilatato ed interconnesso, l’uomo
capisca sempre di più la sua vocazione unitaria e solidale”
(PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della
Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte prima.
Capitolo sesto. Il lavoro umano.III. La dignità del lavoro, d.,
322).
(37)
Cf
CONFERENZA EPISCOPALE ITALIANA, Catechismo degli adulti. “La verità
vi farà liberi”, Cap. 28, L’impegno sociale e politico,
2 Persona e società, [1100], p. 525.
(38)
“Il
principio della destinazione universale dei beni invita a coltivare
una visione dell’economia ispirata a valori morali che permettano di
non peredere mai di vista né l’origine né la finalità di tali beni, in
modo da realizzare un mondo equo e solidale” (PONTIFICIO CONSIGLIO
DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale
della Chiesa, op.cit. Parte prima. Capitolo quarto. I
principi della dottrina sociale della Chiesa. III. La destinazione
universale dei beni, a. Origine e significato, 174, p. 94)
(39)
Juan Pablo II, Enc.
Sollicitudo rei socialis, op.cit., 40.
(40)
Cf E.
COLOM, Chiesa e società... op.cit., p. 301.
(41)
Por tanto, debe ser
amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor,
y por él se debe estar dispuestos al sacrificio, incluso extremo:
“ dar la vida por los hermanos ” (Cf. 1 Jn 3, 16). Cf Juan
Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 40.
(42)
“Le
défaitisme n’est vraiment pas justifié. Si le monde n’est pas
catholique du point de vue confessionel, il est certainement imprégné
en profondeur par l’Evangile. On peut même être assuré
qu’invisiblement, le mystère de l’Eglise, Corps du Christ, y est plus
que jamais présent et actif ” (Juan Pablo II, Entrez dans
l’espérance. Avec la collaboration de Vittorio Messori,
Paris, 1994, Le défi de la nouvelle évangelisation, peut-il être
relevé ?, p. 178)
(43)
Cf Juan Pablo II,
Enc.
Sollicitudo rei socialis,
op.cit., n. 39.
(44)
La solidaridad
nos ayuda a ver al “ otro ” -persona, pueblo o Nación-,
no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su
capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no
sirve, sino como un “ semejante ” nuestro, una “ ayuda ” (Cf. Gén
2, 18. 20), para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la
vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios. De
aquí la importancia de despertar la conciencia religiosa de los
hombres y de los pueblos.
(45)
“Occorre
rompere le barriere e i monopoli che lasciano tanti popoli ai margini
dello sviluppo, assicurare a tutti –individui e Nazioni- le condizioni
di base che consentano di partecipare allo sviluppo. Tale obiettivo
richiede sforzi programmati e responsabili da parte di tutta la
comunità internazionale. Occore che le azioni più forti sappiano
offrire a quelle più deboli occasioni di inserimento della vita
internazionale e che quelle più deboli sappiano cogliere tali
occasioni, facendo gli sforzi e i sacrifici necessari, assicurando la
stabilità del quadro politico ed economico, la certezza di prospettive
per il futuro, la crescita delle capacità dei propri lavoratori, la
formazione di imprenditori efficienti e consapevoli delle loro
responsabilità” (Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus,
op.cit., 35/4).
(46)
Juan
Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit, 43.
(47)
“Questo
impegno di solidarietà deve viversi tanto più intensamente quanto più
difficili sono le condizioni altrui”
(E. COLOM, Chiesa e società... op.cit., p. 301).
(48)
La
enseñanza de la Iglesia viene recordando el tema de modo sistemático
desde la Rerum novarum, de León XIII, cuyo contenido –según palabras
de Juan Pablo II- “(…) è un eccellente testimonianza della
continuità, nella Chiesa, della cosidetta “opzione preferenziale per i
poveri”, opzione che ho definito come una “forma speciale di primato
nell’esercizio della carità cristiana” (Juan Pablo II, Enc.
Sollicitudo rei socialis, op.cit., 42).
(49)
Juan
Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 39.
(50)
“Strettamente
legato con il principio di solidarietà è il principio di destinazione
universale dei beni, cui si trovano collegati sia il diritto alla
proprietà privata come la sua ipoteca sociale, ai quali la “Centesimus
annus” dedica un intero capitolo” (E. COLOM, Chiesa e società,
op.cit., p. 301.
Cf
CONC. ECUM. VAT. II, Const. Past. Gaudium et spes, op.cit., 69;
71; Cf también Juan Pablo II, Enc.
Centesimus annus,
op.cit., 30/3.
(51)
Se excluyen así la
explotación, la opresión y la anulación de los demás. Tales hechos, en
la presente división del mundo en bloques contrapuestos, van a
confluir en el peligro de guerra y en la excesiva preocupación por la
propia seguridad, frecuentemente a expensas de la autonomía, de la
libre decisión y de la misma integridad territorial de las naciones
más débiles. Cada una de estas realidades tiene su significado
específico. Ambas son necesarias para conseguir las metas que nos
proponemos.
(52)
Cf
PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della
Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte prima. Capitolo
terzo. La persona umana e i suoi diritti. IV. I diritti umani, d.
Diritti dei popoli e delle Nazioni, 157: “L’assetto internazionale
richiede un equilibrio tra particolarità ed universalità, alla
cui realizazzione sono chiamate tutte le Nazioni, per le quali il
primo dovere è quello di vivere in atteggiamento di pace, di rispetto
e di solidarietà con le altre Nazioni”
(53)
“La
Chiesa sa bene che nella storia i conflitti di interessi tra diversi
gruppi sociali insorgono inevitabilmente e che di fronte ad essi il
cristiano deve spesso prender posizione con decisione e coerenza”
(Juan Pablo II, enc. Centesimus annus, 14/1).
(54)
Cf Juan
Pablo II, Enc. Centesimus annus, op.cit., 14/2.
(55)
“Conviene
ancora sottolineare che il bene comune, la dignità della persona e i
diriti umani, si potranno raggiungere unicamente quando si rispetti
l’intera verità sull’uomo, verità che necessariamente possiede una
valenza teocentrica: soltanto nella Parola di Dio e alla luce del
Verbo siamo in grado di capire l’uomo nella sua integrità, e dunque
anche nella sue dimensione sociale; quest’ultima deve fondarsi sur
principio della soggettività, da cui derivano altri principi e diritti
(...): la libertà religiosa intimamente collegata con la ricerca de la
verità, la sussidiarietà, l’iniziativa economica e la partecipazione,
la solidarietà specialmente con i più deboli, la destinazione
universale dei beni, la promozione della pace e della concordia”
(E. COLOM, Chiesa e società... op. cit., p. 303).
(56)
Cf
Pablo VI, Enc. Populorum progressio, op.cit., 3.
(57)
Como lo hemos
apuntado en distintas ocasiones, no basta la asistencia –y menos el
asistencialismo– para crear una auténtica cultura de la solidaridad,
la cual ha de poseer elementos de estabilidad y sustentabilidad, y,
sobre todo, ha de tener como principal objetivo la promoción de la
justicia. No se trata sólo de dar lo superfluo a quien está
necesitado, sino de ayudar a pueblos enteros –que están excluidos o
marginados– a que entren en el círculo del desarrollo económico y
humano.
(58)
“L’insegnamento
sociale cristiano sottolinea come il modo di impostare l’attività
sociale sia intimamente collegato con l’antropologia, ossia con la
visione che si ha della persona umana; donde la necessità di tracciare
un’immagine autentica dell’uomo, in modo che si possano così impostare
correttamente i programmi sociali –politici, culturali, lavorativi...”
(E. COLOM, Chiesa e società... op cit., p. 302).
(59)
Cf Pablo
VI, Enc. Populorum progressio, op.cit., 35.
(60)
Cf Juan Pablo II,
Enc. Centesimus annus, op.cit, 58.
(61)
“Questi
principi devono avere un loro concreto riflesso nell’organizzazione di
ogni società: a livello personale, imprenditoriale, sindacale,
associativo, nazionale e internazionale, perché sia veramente una
società a servizio dell’uomo” (E. COLOM, Chiesa e società...
op.cit., p. 303).
(62)
Las instituciones y
las Organizaciones existentes han actuado bien en favor de los
pueblos. Sin embargo, la humanidad, enfrentada a una etapa nueva y más
difícil de su auténtico desarrollo, necesita hoy un grado superior de
ordenamiento internacional, al servicio de las sociedades, de las
económicas y de las culturas del mundo entero.
(63)
Cf Juan Pablo II,
Enc.
Sollicitudo rei socialis,
op.cit., 44.
(64)
Pablo VI, Enc.
Populorum Progressio, 55: l.c., p. 284: “(...). es precisamente
a estos hombres y mujeres a quienes hay que ayudar, a quienes hay que
convencer que realicen ellos mismos su propio desarrollo y que
adquieran progresivamente los medios para ello “; Cf. CONC.
ECUM.
VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, op.cit., 86.
(65)
Cada uno debe
descubrir y aprovechar lo mejor posible el espacio de su propia
libertad. Cada uno debería llegar a ser capaz de iniciativas que
respondan a las propias exigencias de la sociedad. Cada uno debería
darse cuenta también de las necesidades reales, así, como de los
derechos y deberes a que tienen que hacer frente.
(66)
Pablo VI, Enc.
Populorum progressio, op.cit., 35.
(67)
Para caminar en
esta dirección, las mismas naciones han de individuar sus prioridades
y detectar bien las propias necesidades según las particulares
condiciones de su población, de su ambiente geográfico y de sus
tradiciones culturales. Algunas Naciones deberán incrementar la
producción alimentaria para tener siempre a su disposición lo
necesario para la nutrición y la vida. En el mundo contemporáneo,-en
el que el hambre causa tantas víctimas, especialmente entre los niños-
existen algunas Naciones particularmente no desarrolladas que han
conseguido el objetivo de la autosuficiencia alimentaria y que se han
convertido en exportadoras de alimentos.
(68)
Cf. CONGREGACIÓN
PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción sobre los aspectos de la
Teología de la Liberación, Libertatis nuntius, (6 de agosto
de 1984), Introducción in: AAS 76 (1984), pp. 876 s
(69)
Juan Pablo II, Enc.
Sollicitudo rei socialis, op.cit., 47.
(70)
Confianza y
posibilidad fundadas, en última instancia, en la conciencia que la
Iglesia tiene de la promesa divina, en virtud de la cual la historia
presente no está cerrada en sí misma sino abierta al Reino de Dios.
(71)
Todos estamos
llamados, más aún obligados, a afrontar este tremendo desafío de la
última década del segundo milenio. Y ello, porque unos peligros
ineludibles nos amenazan a todos: una crisis económica mundial, una
guerra sin fronteras, sin vencedores ni vencidos. Ante semejante
amenaza, la distinción entre personas y Países ricos, entre personas y
Países pobres, contará poco, salvo por la mayor responsabilidad de los
que tienen más y pueden más.
(72)
El espíritu humano
contiene en sí la posibilidad de responder con gran generosidad a los
sufrimientos del prójimo. A esto ayuda notablemente la “mancomunidad
axiológica” en el sentido en que la hemos presentado. En esta
respuesta podemos descubrir una creciente puesta en práctica de la
“solidaridad social” que, de palabra y de hecho, proclama que todos
somos una sola cosa, que debemos reconocernos como tales y que esto es
un elemento esencial para el bien común de los individuos y de las
naciones.
(73)
Son numerosas en nuestro mundo contemporáneo las situaciones que
impiden o dificultan la “solidaridad social”. Entre ellas, una
tendencia que ha sido creciente en los últimos años puede mencionarse
en concreto: la xenofobia, que hace que determinadas naciones
se cierren en sí mismas o que determinados gobiernos instauren leyes
discriminatorias contra grupos humanos dentro del mismo país. La
mencionada xenofobia empeora aun mas cuando a su concepto se auna el
“odio religioso”, o, mejor llamado, el “odio por razones aparentemente
religiosas”, las divisiones y conflictos –muchas veces creados por
intereses políticos- por razón de la “índole religiosa”. Juntamente a
la anterior, la situación del cierre arbitrario e injustificado de
fronteras, origina que muchas personas se vean privadas, en la
práctica, de la posibilidad de moverse y de mejorar su suerte, o de
poder reunirse con sus seres queridos y, como es natural, halla su
raíz principalmente en ideologías cerradas y en nacionalismos
cimentados en aquéllas. Otro mal, que en los últimos años ha
ocasionado inmensos sufrimientos a muchas personas y tanta destrucción
a la sociedad, es el terrorismo. Temido a escala mundial, y
propiciado por organizaciones que escapan al control de los gobiernos
y de los Estados, ha logrado trasmutar malamente la faz del mundo, en
cuanto a las trasportaciones, los viajes, la economía y la actitud
política de los Estados para con los extranjeros. (Acerca del
terrorismo, reputado “una de las formas más brutales de la
violencia que hoy estremece a la comunidad internacional, sembrando
odio, muerte y deseos de venganza”, consúltese PONTIFICIO CONSIGLIO
DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale
della Chiesa, op.cit., Parte Terza. Capitolo undicesimo. III Il
falllimento della pace: la guerra, f-. La condanna del terrorismo,
513, p. 280).
(74)
Acuerdos regionales
para promover el bien común y alentar negociaciones bilaterales pueden
servir para hacer disminuir las tensiones. El intercambio de
tecnologías y de información para prevenir desastres, o para mejorar
la calidad de vida en un área determinada, contribuirá a la
solidaridad y facilitará medidas a un más amplio nivel.
(75)
En los distintos
proyectos de los organismos internacionales para el campo del
desarrollo, y especialmente en el desarrollo asistencial, se ofrecen
programas que vienen presentados como “sin connotación de valores”,
pero que en realidad configuran “contravalores” respecto a la vida.
Ante programas de gobiernos o formas de ayuda que virtualmente
coaccionan a comunidades o países a aceptar programas de contracepción
o prácticas abortivas como precio para su crecimiento económico, hay
que decir claramente y con fuerza que tales ofertas violan la
solidaridad de la familia humana, porque niegan los valores de la
dignidad y libertad de la persona.
(76)
Explotación,
amenazas, sumisión forzada, negación de oportunidades por parte de un
sector de la sociedad respecto a otro, son cosas inaceptables que
contradicen la noción misma de solidaridad humana. Tales actividades,
ya sea en el seno de una sociedad o entre naciones, pueden por
desgracia parecer, por algún tiempo, un éxito. Sin embargo, cuanto más
se prolonguen dichas condiciones, tanto más vienen a ser causa de
ulteriores represiones y de creciente violencia. Las semillas de la
destrucción han sido sembradas en la injusticia institucionalizada.
Negar los medios para el pleno desarrollo de un sector de una sociedad
o nación determinada, sólo puede conducir a la inseguridad y a la
agitación social, además de que fomenta el odio, la división y
destruye toda esperanza de paz.
(77)
Muchos aspectos de
este problema -como el proteccionismo, los precios de las materias
primas, las prioridades en las inversiones, el respeto de las
obligaciones contraídas, así como el tener en cuenta la situación
interna de las naciones en deuda- se beneficiarían de la búsqueda
solidaria de aquellas soluciones que promueven un desarrollo
estable.En relación a la ciencia y a la tecnología,
surgen nuevas y marcadas divisiones entre quienes disponen de
tecnología y quienes no. Tales desigualdades no promueven la paz y el
desarrollo armónico, sino que hacen perdurar situaciones de
desigualdad ya existentes. Si las personas son el sujeto del
desarrollo y su meta, es un imperativo ético de solidaridad la
participación más amplia de las naciones menos avanzadas en las
aplicaciones de la tecnología, así como el rechazo a hacer de tales
países áreas de ensayo para experimentos dudosos o lugares de depósito
de determinados productos. En este campo, están siendo llevados a cabo
grandes esfuerzos por parte de Organismos Internacionales y de algunos
Estados, lo cual representa una importante contribución para la paz.
Aportaciones recientes sobre las relaciones entre desarme y
desarrollo -dos de los problemas más cruciales con que se enfrenta
el mundo de hoy-representan serias amenazas para la paz del mundo.
(78)
Cf Juan Pablo II,
Carta apost.
Novo
Millenio ineunte,
op.cit.,14.
(79)
Todos los Estados
sufren las consecuencias de la falta de resultados positivos en las
negociaciones para el desarme. No podemos tampoco olvidar las así
llamadas “guerras locales”, que pagan costosos tributos en vidas
humanas. Todos los Estados tienen responsabilidad en la paz del mundo
y esta paz no podrá ser asegurada mientras la seguridad basada en las
armas no sea reemplazada gradualmente por la seguridad basada
en la solidaridad de la familia humana.
(80)
“Molte
esperienze del volontariato costituiscono un ulteriore esempio di
grande valore, che spinge a considerare la società civile come luogo
ove è sempre possibile la ricomposizione di un’etica pubblica centrata
sulla solidarietà, sulla collaborazione concreta, sul dialogo fraterno.
Alle potenzialità che così si manifestano tutti sono chiamati a
guardare con fiducia e a prestare la propria opera personale per il
bene della comunità in generale e, in particolare, per quello dei puù
deboli e dei più bisognosi. È anche così che si afferma il principio
della “soggettività della società”” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA
GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale
della Chiesa, op.cit., Parte Seconda. IV Il sistema della
democrazia. c. L’applicazione del principio di sussidiarietà, 420,
pp. 228-229).
(81)
Cf S.
LANZA, “La dottrina sociale nella vita della comunità cristiana”,
(a cura del Pontificio istituto pastorale Redemptor hominis
della Pontificia Università Lateranense) in UNIVERSITÀ CATTOLICA DEL
SACRO CUORE, Dizionario di dottrina sociale della Chiesa...
op.cit., p. 869.
Mons.
Oscar Domingo Sarlinga,
obispo
auxiliar
de
Mercedes-Luján
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