CORPUS CHRISTI
Homilía de monseñor Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de
Mercedes-Luján, con motivo de la solemnidad del Corpus Christi
(Mercedes, 28 de mayo de 2005)
Señor Intendente municipal y autoridades del Municipio,
Autoridades del Poder Judicial, de Gendarmería Nacional y de las
Fuerzas policiales,
Señor Vicario General, queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y
seminaristas
Hermanos y hermanas todos en el Señor, que tan numerosos han acudido a
participar de esta celebración del Corpus Christi,
Nuestra
existencia humana tiene sentido fundacional a partir del centro vital
constituido por la persona humana, y esta persona humana, hecha
cristiana, encuentra, a su vez, su centro en la Eucaristía, que es
como “el corazón mismo” de donde bombea la sangre vital para la vida
cristiana, y al mismo tiempo es “principio de acción”, o “fuente” de
donde proviene la misión.
La Eucaristía, esto
es, la Presencia de Jesús en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, es
la “Acción de Gracias” de la gran Asamblea cristiana, que celebra a
Jesús Resucitado, “que está con nosotros”, presente con su Amor divino
y misericordioso, y que nos invita a participar plenamente de su Vida
divina, en su sacrificio presencializado y en el banquete que da a sus
hijos. Esa Eucaristía celebrada de la comunidad eclesial, y presidida
por su Pastor, se hace “Eucaristía vivida” en la misma celebración y
en la vida cotidiana, obrando la “comunión”, o “común misión, misión
compartida” de los fieles, y obrando también el testimonio de vida,
que es testimonio del amor.
La Eucaristía es,
entonces, “Presencia del Resucitado” como fuente de Amor para la
humanidad. El Papa Benedicto XVI nos lo ha señalado ya en su primera
homilía como Papa, en la Capilla Sixtina, del Vaticano:
“La Eucaristía hace
presente constantemente a Cristo resucitado, que sigue entregándose a
nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su
Sangre. De la comunión plena con Él, brota cada uno de los elementos
de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los
fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor
de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los
pequeños”. No dejamos de ver cómo el Papa nos recuerda los efectos de
la Eucaristía: comunión de los fieles, y empeño en el ardor de la
caridad. Es todo un programa de vida para los cristianos, una fuente
de un cambio renovado de la sociedad.
De allí la
importancia y significación de esta celebración del “Corpus Christi”.
En nuestra ciudad, desde el año 2000, precisamente el año del Gran
Jubileo que nos introdujo en el Tercer milenio, hemos recomenzado a
celebrar públicamente la solemnidad del Corpus, con su tradicional
procesión por nuestras las calles, después de mucho tiempo de
celebración sólo dentro del templo catedralicio. De aquí la
importancia de la participación de todos el clero de la ciudad, de las
autoridades civiles, de las representaciones de los colegios, de la
presencia de nuestra juventud, del Seminario con sus seminaristas y
superiores, y del pueblo fiel en general. El “Corpus” es la gran
solemnidad de la Iglesia misma, que es el Cuerpo de Cristo y el Pueblo
de Dios, y por ello esta solemnidad está tan estrechamente asociada
con Pentecostés, que marca el “envío” de la Iglesia, a su misión de
anunciar a Cristo y hacerlo presente en el mundo.
El Papa Benedicto
nos lo presenta como una gran apreciación de carácter pastoral, ya
desde su primera homilía: “En este año, por lo tanto, se tendrá que
celebrar con relieve particular la solemnidad del Corpus Christi”. Al
mismo tiempo nos recordaba que la Eucaristía constituirá el centro de
la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia y que en el mes de
octubre, la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, tendrá como
tema, precisamente, "La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y la
misión de la Iglesia".
Por supuesto,
queridos hermanos, que podemos mirar a la Eucaristía y a la piedad
eucarística de los fieles, con ojos que no trascienden, esto es, “sin
sentido de Fe”, y entonces no veremos en ello más que una
manifestación fenomenológica, sociológica o incluso folklórica. Pero
sabemos bien que “lo esencial es invisible a los ojos” o, mejor aún,
“lo esencial de la vida humana es captable a los ojos de la Fe”. Y la
Fe es un don de Dios, el don de responder a su llamada con la adhesión
de toda la inteligencia y todo el corazón, el don de creer en lo que
Jesucristo nos dice, en y por su Iglesia, que es su Cuerpo, y esto aun
con todas las fragilidades de los miembros de aquélla, del clero y del
pueblo fiel. Es el mismo Jesús el que ha prometido su Presencia, y Él
la cumple. Nosotros somos meros instrumentos, cada uno según su
vocación y elección.
Pido a todos algo
fundamental, que depende de una respuesta de Fe: “recentrar nuestra
existencia en la Eucaristía, en la presencia de Jesús Resucitado en
nuestra vida”. Recentrar nuestra existencia, frente al secularismo que
tantas veces nos rodea, y que lleva a “vivir como si Dios no
existiera”, secularismo que, amputando la trascendencia de los
valores, la cual trascendencia halla su fundamento en el Amor divino,
hace de estos valores, “meras opciones subjetivas” y que por
consiguiente pueden ser recambiados a gusto y placer. Mientras que el
respeto de las personas, la construcción del bien de todos, el
favorecer las inclinaciones naturales del ser humano, el obrar la
caridad social y la solidaridad, encuentran su savia vital en el Amor
de Dios.
Todo esto implica
un cambio existencial. Implica en los creyentes intensificar el amor y
la devoción a Jesús Eucaristía y expresar, al mismo tiempo, con
valentía y claridad la fe en la presencia real del Señor, para un
cambio espiritual de la sociedad, que se haga desde dentro, desde la
transformación de la interioridad y del centro de la elección moral,
ética, caritativa. Eso es lo que en la Biblia se llama “corazón”.
Implica también, en los que no son creyentes, una apertura fundamental
a trabajar solidariamente por una sociedad mejor.
No tengamos miedo
de trabajar juntos por la construcción de una sociedad mejor, los que
creemos, con la mirada puesta en el Cielo. Jesús está con nosotros
hasta el fin del mundo, es preciso “no tener miedo”, como nos han
exhortado Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI desde el inicio de sus
respectivos pontificados.
Aquélla que nos
protege e ilumina, la Virgen María, Madre de la Iglesia, “Estrella de
la Evangelización”, la que en esta ciudad de Mercedes nos guía como
Patrona, bajo su título de “Nuestra Señora de las Mercedes”, nos
señale siempre el camino de Jesús, su Hijo, el Salvador del mundo.
Amén.
Mons.
Oscar Domingo Sarlinga,
obispo
auxiliar
de
Mercedes-Luján
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