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25º ANIVERSARIO DE LA ORDENACIÓN SACERDOTAL DE MONS. NICOLA GIRASOLI



Homilía de monseñor Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján, en la misa de acción de gracias por los 25 años de la ordenación sacerdotal de Mons. Nicola Girasoli (15 de junio de 2005)



Queridos hermanos Obispos

Muy querido Mons. Nicola Girasoli, Consejero de la Nunciatura Apostólica, que hoy celebras tus “Bodas de plata” sacerdotales.

Señor Secretario de Culto de la Nación y autoridades

Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, hermanos y hermanas todos en el Señor Jesús.

Es un grato honor para quien habla el que Mons. Nicola Girasoli, entrañable amigo, le haya solicitado hoy el compartir con ustedes esta reflexión, con motivo de sus “Bodas de plata” sacerdotales, expresión de acción de gracias al Señor a la que nos unimos como Iglesia congregada en el Espíritu de Amor. Fraternalmente pido a la benevolencia de ustedes el que, contrariamente a mi costumbre, me concedan hoy licencia de extenderme algo más en la homilía, pues la ocasión sencillamente lo merece.


Vida, Ordenación sacerdotal y misión confiada por la Iglesia

Nuestro amigo Nicola nació en Ruvo di Puglia, en la provincia de Bari, tradicional región de la querida Italia, transida de la presencia e intercesión del gran Arzobispo de Myra, San Nicolás, cuyos restos allí reposan cual irradiación espiritual de bendición para el pueblo. Bajo este patrocinio, fue criado en una familia profundamente cristiana. Sus padres han partido a la Casa del Padre Eterno. Junto con ellos, que viven en el Señor, y con su hermana religiosa, su otra hermana y su hermano, con sus respectivas familias, posee Mons. Nicola la comunión de afectos que a nosotros, los sacerdotes, nos brinda una enseñanza para crecer en el amor fraterno de la Iglesia, “familia de Dios”.

Acogida generosamente la vocación sacerdotal a la que Jesús lo llamó, y habiendo ingresado al Pontificio Seminario Regional de Puglia, en Molfetta (Bari), allí le fue impartida su formación filosófica y teológica. Enviado por su Pastor a proseguir estudios a Roma, obtuvo luego su Licencia en Teología Moral en la Pontificia Universidad Gregoriana, época en la cual fue alumno del Pontificio Seminario Lombardo.

El 15 de junio de 1980, hace hoy exactamente 25 años, Su Santidad Juan Pablo II lo ordenó sacerdote en la Basílica de San Pedro, en el día de la solemnidad de la Santísima Trinidad. Todo un presagio de una misión de comunión.

Habiendo sido presentado por su Obispo para el servicio diplomático de la Santa Sede, fue alumno de la Pontificia Academia Eclesiástica desde 1981 hasta 1985. En ese tiempo consiguió tanto la Licencia en Derecho Canónico como el Doctorado, este último con la tesis “Comunión de bienes en la Iglesia”, dirigida por el prestigioso canonista Velasio de Paolis.

La Providencia, que dirige misteriosa y sapientísimamente la historia, ha querido que sus destinos en el Servicio diplomático de la Santa Sede hayan sido ricos y variados, en la diversidad de civilizaciones y culturas: Indonesia (1985-1987), Australia (1987-1989), la Secretaría de Estado del Vaticano (este destino de 1989 a 1993), Hungría (1993-1996), Bélgica (1996-1999) y los Estados Unidos de América (1999-2000). El 28 de junio del año 2000, por fin, fue nombrado Consejero de la Nunciatura Apostólica en Argentina, habiendo llegado a Buenos Aires el 14 de septiembre del mismo año.


Hombre de comunión, de amistad, de misión

Lo primero que quiero decirles de Mons. Nicola  -y estoy hablándoles con el corazón- es que es un hombre de comunión y de amistad, hechas ambas más traslúcidas todavía por su sencillez, cualidad que, como sabemos, no consiste meramente en la simplicidad, sino en el trato con naturalidad que profesa para con todos, sin engreimiento, yendo al fondo de las cosas y con conciencia de estar cumpliendo un deber. Esa es la sencillez que viene del corazón. Él realiza su deber y lo que se le encomienda con empeño, comprometiéndose con las realidades, vivencias y problemas de los demás, por la causa de la justicia y del bien común, en sintonía con su misión, en obediencia a la Iglesia y en unión afectiva y efectiva con el Señor Nuncio. Conoce bien la historia, la situación y las vicisitudes del país al que ha sido enviado. Todos quienes lo hemos tratado y escuchado tenemos experiencia de ello. Estas cualidades humanas que lo revisten son como un rico “humus” para el crecimiento de la comunión, con Dios y con los hermanos.

Monseñor Nicola ha sido para nosotros, quienes lo queremos y apreciamos, un reflejo de esa comunión que hace a la Iglesia. En efecto, la misma Iglesia, queridos hermanos, es por su propia naturaleza, “comunión” que es como la epifanía del misterio trinitario de Dios-Amor, y esta es la razón por la que sus miembros, como bautizados y llamados a la santidad, son también “comunión”. Asimismo, la Iglesia, congregada por el Espíritu, es “comunión de los santos”, los cuales están unidos a modo de los vasos comunicantes, en Cristo y por Cristo, Cabeza de todo su Cuerpo Místico; es así como lo profesa el llamado “Credo apostólico”, con una fórmula cuyo enunciado se remonta al siglo IV: “Creo en la comunión de los santos”.

Esta fe en la “comunión de los santos” significa, por un lado, que todos los cristianos formamos una comunidad de vida y amor que posee los bienes espirituales de todos, y, por otro lado, que cada uno personalmente coopera, esto es, “obra junto con”, al bien de los demás según su caridad, que es la vida de Cristo en nosotros. Es, pues, como lo afirma el Catecismo de la Iglesia, “comunión en las cosas santas y comunión entre las personas santas” (1), consecuencia de estar llamados para ser “un solo corazón y una sola alma”, hasta el punto de “tener todo en común” (Hech 4,32), no sólo los bienes materiales, sino los bienes de la amistad espiritual, que incluyen esencialmente el poder confiar unos de otros, el querer ayudarnos, el poder ser sincero, el compartir la alegría y los logros en el Señor, el no ser causa de temor o miedo unos de otros, el ser capaces de compartir, en síntesis, un amor de amistad común que haga que “nos esforcemos juntos hacia adelante” en la maravillosa “causa” a la que hemos querido dedicar la vida y a cuyo llamado un día hemos dicho que sí con tanta ilusión: Jesucristo y su caridad personal y social, la misión de la Iglesia, la evangelización, la comunión con Pedro y bajo Pedro, hoy Benedicto XVI, el humanismo cristiano integral y solidario, la civilización del amor, el colaborar a la redención del mundo. Esa “Causa”, con mayúsculas, el mismo Jesucristo, nos hará siempre mantener la juventud del alma. Por supuesto que la distancia que media entre bellas palabras y realidad se mensura por la distancia –que puede ser inmensa- entre los oídos y el corazón, entendido éste como la interioridad de nuestro ser “humano”.

Hemos dicho que Mons. Nicola es un hombre de amistad. Precisamente, ésta consiste en una relación interpersonal de amor, que tiende al encuentro, a la confianza de compartir y a la donación mutua. Por ello, como lo dice santo Tomás de Aquino, el resultado de la amistad engendra una cierta “igualdad”, en el sentido de que los amigos o son iguales (por ideales, por simpatía, por ejemplo) o se hacen “como iguales”, por el hecho de compartir (2). Esta base de cierta igualdad y donación indica que la amistad sólo puede existir en seres que poseen una dimensión espiritual, y a eso me refería cuando hacía alusión a la cualidad de la sencillez.


Las bienaventuranzas: bienaventurado quien las vive con corazón limpio

A la luz de la Revelación, la amistad encuentra su fuente y plenitud en el Dios de la Alianza, que sella con nuestra humanidad un pacto de amor esponsal (3). Por eso, Dios mismo “ha derramado su amor en nuestros corazones”, como nos lo afirma San Pablo (Rom 5,5) y los santos han sido llamados en los Salmos, “amigos de Dios” (Cf Salmos 31, 24; 37,28; 89,20).

Las bienaventuranzas, proclamadas en el Evangelio de hoy, nos interpelan en nuestro interior, como desde que fueran pronunciadas por los labios mismos del Señor Jesús. El Espíritu, que nos recuerda interiormente todo lo que Jesús dijo, nos las pronuncia hoy en nuestros corazones, reavivando en nosotros el Sermón de la montaña, esto es, la síntesis vital de su mensaje viviente del Reino. Es la proclamación de la “ley” de la nueva Alianza, que es también el mandamiento nuevo del amor, del cual los seguidores de Jesús, también nosotros, hoy, debemos ser los primeros mensajeros, cual “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5,13-14). Ojalá las escuchemos con “corazón limpio” y con ese mismo corazón queramos practicarlas.

Querido Mons. Nicola Girasoli: los Obispos presentes, sucesores de los Apóstoles, han de querer expresarte, ciertamente, su cariño y amistad. Y también aquellos que no se han visto posibilitados de venir. Por supuesto que no pretendo hablar en nombre de ellos ni de ningún otro, tan sólo intentar interpretar lo que significa su presencia. Tantos sacerdotes te acompañan fraternalmente, y asimismo tantos hermanos y hermanas en la Fe. Damos gracias al Señor, dador de todo bien, por el don del Sacerdocio, para la edificación de su Cuerpo, que es la Iglesia. Damos gracias por el Sacerdocio ministerial que Él te ha concedido, hace hoy 25 años. Y ponemos en manos de la Santísima Virgen, la Madre del Amor Hermoso, la Reina de los Apóstoles, venerada en la Argentina como Nuestra Señora de Luján, tu vida, tu ministerio, tu misión. Que el Señor te bendiga.

Amén.


Notas:

(1) CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 948.

(2) Santo Tomás de Aquino, Sth, II.IIae, q. 23-26.

(3) Cf CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, 2.


Mons. Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján


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