SOLEMNIDAD DE SAN BENITO
Homilía de monseñor Oscar Domingo Sarlinga Obispo titular de Uzali y
auxiliar de Mercedes-Luján, en la solemnidad de San Benito Abad
(Abadía de San Benito de Luján, 11 de julio de 2005)
Querido Padre
Abad y hermanos de esta venerable comunidad monástica
Queridos sacerdotes, diácono, hermanos todos en el Señor
Constituye una gran
alegría para quien les habla el celebrar hoy la solemnidad de San
Benito Abad, en ésta, su Casa de Luján, a los pies de la Virgen
Santísima que, en su advocación mediante la cual es Patrona de la
Argentina, nos protege y guía en nuestro caminar. Agradezco de corazón
al Padre Abad la invitación y a todos ustedes el afecto y
acompañamiento espiritual.
I. Vida del Santo "Benedictus"
El Papa San
Gregorio Magno habla del Santo cuya fiesta celebramos, como de un
"hombre verdaderamente insigne, digno de toda veneración". Lo hace en
"La vida de San Benito", extraída del Segundo Libro de sus "Diálogos"
(1). Dice allí también que se llamaba "Benedictus", y que
este hombre fue verdaderamente bendecido de nombre y de gracia, pues
ya desde los primeros años de su niñez era "maduro" –es la palabra
empleada– en sus costumbres, al punto de ser casi un "precursor" de su
edad, llevando la delantera a la poquedad de su edad, si podemos
expresarnos así, por la seriedad y madurez de sus costumbres. Nos
narra asimismo el santo Papa que "Benedictus", o Benito, hubiera
podido disfrutar ampliamente de los gustos de este mundo, pero que,
teniendo ante la vista los bienes celestiales, despreció a aquéllos
como a flores secas y marchitas. Vemos todo un sentido proveniente de
un acendrado don del discernimiento, fruto de la prudencia vivida ya
desde la tierna edad, prudencia o "sabiduría de lo concreto, recta
razón del obrar", vivida como don y bendición, pues Benito era un
elegido, "benedictus" para fundar vida religiosa, crear paz y
civilización, atraer la bendición del Señor al mundo de entonces, y al
actual.
Nacido de la noble
familia de la región de Nursia, o Norcia, en italiano, sus padres
pensaron en hacerlo estudiar y con ese fin lo mandaron a Roma, donde
era más hacedero participar de los estudios literarios. Iniciando esta
etapa nueva de su vida, una gran desilusión lo golpeó, y en esto se ve
nuevamente el don de discernimiento que lo adornaba. En dicho lugar de
estudios encontró jóvenes que estaban en cosas totalmente diversas que
en los caminos de la virtud. Sigue narrándonos San Gregorio Magno que
nuestro Santo discernió bien los tiempos: “Acababa de poner un pie en
el umbral del mundo; lo retrajo inmediatamente atrás. Había entendido
que incluso una parte de aquella ciencia mundana habría sido
suficiente para precipitarlo entero en los abismos” (2)
Abandonó, pues, los estudios, y también la casa y los bienes paternos,
a la búsqueda de un hábito de vida que lo hiciera consagrado al Señor.
Señala nuevamente San Gregorio Magno que “(…) le ardía en el corazón
una única ansia: la de agradar sólo a Él”, al Señor. En efecto, había
aprendido a fondo, y en el alma, la ciencia de Dios. Y así fue
cultivador de civilización: ingeniero y arquitecto de monasterios,
restaurador de la cultura, creador de paz, cultor de la vida monástica
como comunidad de Amor realizado, a imagen de la Trinidad: la ciencia
de Dios en contemplación y acción.
II. La paz en la Regla de San Benito
En el "Prólogo" de
la Regla, San Benito sienta las bases de la paz del alma y de la
comunidad: “Cuando el Señor busca su operario entre la multitud,
insiste diciendo: "¿Quién es el hombre que quiere la vida y arde del
deseo de ver días felices?". Si a estas palabras tu respondes: "Yo",
Dios replicará: "Si quieres tener la vida, la verdadera y eterna,
guarda tu lengua del mal y tus labios de la mentira. Aléjate de la
iniquidad, obra el bien, busca la paz y corre tras ella". Si obran
así, volveré mis ojos a ustedes y mis oídos escucharán las plegarias
de ustedes. Más aun, antes que me invoquen, les diré: "Aquí estoy"”.
Están aquí asentadas también las bases divinas de los instrumentos
humanos de las buenas obras, que presenta en el capítulo IV: “Cumplir
cotidianamente los mandamientos de Dios. Amar la castidad, no odiar a
nadie, no ser celoso, no cultivar la envidia, no amar las peleas, huir
de la altivez y respetar a los ancianos, amar a los jóvenes, orar por
los enemigos en el amor de Cristo, en la eventualidad de un conflicto
con un hermano, establecer la paz antes de la caída del sol. Y no
desesperar jamás de la misericordia de Dios”. Por supuesto que todo el
"ars spiritualis" encuentra aquí su condensación. Es el arte, dado por
gracia, de buscar la paz, la que emerge de un corazón purificado y
hace feliz al mismo corazón, el cual representa toda la interioridad
específicamente humana del hombre. Es arte que también hace felices a
los demás. El corazón purificado se transforma, entonces, en una
"bendición" para los otros, ayudándolos también a ser "benditos".
Bendición de la Paz, un gran anhelo de la humanidad actual.
En este orden de la
Paz, permítaseme decir que resulta muy significativo que el primer
Papa elegido en los inicios de este tercer Milenio al que nos
condujera el gran Papa Juan Pablo II, el actual Pontífice Benedicto
XVI, en el siglo Joseph Ratzinger, haya elegido, precisamente, el
nombre de "Benedictus". Nomen est omen, "el nombre es un
presagio", decían los antiguos, y el hecho del nombre papal remite por
entero a la deseada Paz, remontándose a san Benito y a sus
predecesores del mismo nombre, en especial Benedicto XV. Nos dice al
respecto un autor: “El nombre "Benedicto" (Benito), que ha tomado el
primer Sumo Pontífice elegido en el tercer milenio de la era
cristiana, remite en primer lugar a san Benito de Nursia, el cual
introdujo en Europa una propuesta compartida y activa de vida
contemplativa diversa del anacoretismo y del estilitismo (…). En
particular, la propuesta de san Benito apoya la vida espiritual en dos
sólidas rocas: la lex orandi (ley de la oración) y la
lex laborandi (la ley del trabajo), que se remontan directamente a
los fundamentos originarios del Verbo y del amor, los cuales unidos,
forman la divina Comunidad trinitaria, la cual, a su vez, es impulso y
modelo para las comunidades cristianas” (3). Al mismo
tiempo, como dijimos, la evocación del inmediato predecesor del mismo
nombre, Benedicto XV dicen mucho acerca de un propósito de Paz: fue el
Papa que todo lo intentó para conjurar los malvados y deletéreos
efectos de la primera guerra mundial, el que todas las obras puso en
acción para ayudar a la humanidad en horas aciagas; fue un Papa de la
paz, de las misiones, de la promoción de la Sagrada Escritura, de la
unidad de la Iglesia. Nomen est omen.
III. La paz en la sociedad civil, según el concepto de San Benito
La paz del corazón
y de los corazones tiene su efecto en la sociedad civil. El Papa Pablo
VI, de feliz memoria, hace una alusión a la construcción de la paz en
la sociedad contemporánea, sobre el modelo benedictino de la fe y de
la unidad, que tanto dio a Europa y a la civilización cristiana en el
mundo. Se refiere a ello en 1964, en la homilía de la consagración de
la iglesia de Montecassino, con motivo de la reconstrucción obrada
luego de los estragos causados en la segunda guerra mundial.
Decía en ese
momento el Santo Padre: “El hecho es tan grande e importante que toca
a la existencia y la consistencia de nuestra vieja y siempre vital
sociedad, hoy tan necesitada de alcanzar linfa nueva a las raíces de
donde obtuvo su vigor y su esplendor, esto es, las raíces cristianas,
que san Benito tanto le ofreció y alimentó con su espíritu (…) No ya
porque se deba pensar a un nuevo Medioevo caracterizado por la
actividad dominante de la Abadía Benedictina, pues un rostro muy
diverso posee nuestra sociedad, con sus centros culturales,
industriales, sociales y deportivos, sino por dos razones que hacen
todavía desear la austera y suave presencia de san Benito entre
nosotros: por la fe, que él y su orden predicaron en la familia de los
pueblos (…) la fe cristiana, la religión de nuestra civilización, la
de la santa Iglesia, madre e maestra de los pueblos; y por la unidad,
para la cual el gran Monje solitario y social nos educó como hermanos
(…) Fe y unidad: qué cosa mejor podremos desear e invocar para el
mundo entero (…) Qué cosa de más moderno y de más urgente?. Y qué cosa
de más necesario y útil para la paz?” (4)
La sociedad actual
requiere ser construida en paz. La paz es don de Dios pues Cristo es
nuestra paz. La paz construye la familia, la comunidad, la sociedad,
la Iglesia. Volvemos aquí a la esencia misma del evangelio en su
vertiente de conducta moral personal y comunitaria, resumida, si
podemos decir así, en el capítulo IV de la Regla de San Benito, que
hemos citado. La humanidad tiene urgencia de recibir una nueva
evangelización, nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en sus
modos de expresión, como nos lo pidiera en su momento el Papa Juan
Pablo II. La humanidad tiene gran necesidad de un nuevo humanismo
cristiano, integral y solidario, plenamente trascendente y a la vez
plenamente humano. La humanidad tiene necesidad, por fin, de la Ciudad
de Dios, que haga base en esta Ciudad de la tierra, para transformarla
desde dentro, con la esperanza activa de la patria del Cielo que nos
espera todo, donde ya no habrá dolor y veremos a Dios cara a cara,
transfigurados.
En la espera de esa
vida eterna, construyamos esta patria terrena en la Paz. Con este
maravilloso fin, "sancta Crux sit nobis lux". Y la Virgen Madre nos
guíe en este caminar.
Notas:
(1)
San
Gregorio Magno, Libro II° dei "Dialoghi" (Testo integrale)
Traduzione a cura dei PP. Benedettini di Subiaco, pubblicato nella
collana "Spiritualità nei secoli" di Città Nuova Editrice, Prólogo.
(2)
Ibidem
(3)
D. VENERUSO, El
nombre de Benedicto XVI. Una fuente de indicaciones valiosas para la
vida espiritual de todo el pueblo de Dios, in: L’Osservatore
Romano, Ed. en lengua española, N. 18, 6 de mayo de 2005, p. 6
(242).
(4)
Pablo VI, Homilía
del Santo Padre con motivo de la consagración de la iglesia del
Archicenobio de Montecassino, del sábado 24 de octubre de
1964, Fiesta del Arcángel San Rafael.
Mons.
Oscar Domingo Sarlinga,
obispo
auxiliar
de
Mercedes-Luján
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