PREGUNTAS INQUIETANTES ANTE
CRISTIANOS SIN FE
Homilía de monseñor Oscar D. Sarlinga, obispo auxiliar de
Mercedes-Luján, en la peregrinación anual de las Hijas de Nuestra
Señora de Luján y sus comunidades educativas al Santuario de Nuestra
Señora de Luján
(26 de agosto de 2005)
Queridos
sacerdotes y seminaristas,
Queridas hermanas “Hijas de Nuestra Señora de Luján”
Comunidades educativas, queridos jóvenes,
“Hijas de Nuestra
Señora de Luján”, así han sido denominadas ustedes por fundación; esto
es, hijas de la Santísima Virgen, en la advocación con la cual Ella es
patrona de la Argentina, Uruguay y Paraguay. Por ello es que, en
primer lugar, la difusión de la veneración a la Virgen Madre de Dios,
en la advocación lujanense, ha sido un aspecto principal del
carisma recibido del Espíritu y confirmado por la Iglesia. Como obras
de misericordia y de bien social, ese carisma se expandió también a la
atención de los enfermos, en los hospitales, y la educación de la
juventud en los colegios.
Hoy han venido
ustedes a Luján a peregrinar, como signo de devoción. La comunidad de
las hermanas, junto con tantísimos alumnos, niños y jóvenes, de los
colegios, colman este Santuario de la Madre. La devoción filial a la
Virgen María, que siempre nos lleva a Jesucristo, es signo de
predestinación a la salvación eterna, al Amor eterno que Dios nos
tiene preparado y cuyo anticipo nos ha dado ya. Y a la vez la
peregrinación a este Santuario revitaliza en nosotros el sentido de
pertenencia a la Iglesia, porque la Virgen es “imagen”, “signo vital”
de la Iglesia como Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios. En efecto, ya en
la Anunciación, la Virgen simboliza a la Iglesia; en Pentecostés, en
la efusión o derramamiento del Espíritu Santo, Ella se encuentra en
medio de la comunidad de la Iglesia, como expresión de ésta. La
Anunciación y Pentecostés están unidos por María, como nos lo
recordaba el Papa Juan Pablo II en su encíclica sobre la Virgen: “Por
consiguiente, en la economía de la gracia, actuada bajo la acción del
Espíritu Santo, se da una particular correspondencia entre el momento
de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La
persona que une estos dos momentos es María; María en Nazaret y María
en el cenáculo de Jerusalén”. María, siempre María, venerada en
sus diversas “advocaciones”, que son modos afectuosos de llamarla y de
pedir su intercesión. Queridos jóvenes, no es que las distintas
advocaciones tengan un valor diferente: es María en Fátima, María en
Lourdes, María en su manifestación de la Medalla Milagrosa, María como
la que desata los nudos, María, en Luján. Pero es bajo esta advocación
como cual la Santísima Virgen es Patrona de la Argentina. Por eso
ponemos hoy en sus manos de Madre nuestras familias, nuestros
colegios, nuestra comunidad local y nacional.
Al mismo tiempo, la
veneración a la maternidad universal de María nos pone en sintonía con
el mandato “misionero” de Jesús, esto es, que Él nos envía a misionar,
a anunciar su Palabra, su Amor. Vinieron ustedes a orar, a meditando
el misterio de Cristo, como María, y haciéndolo, nos sentimos más
signo de Cristo, que nos pide comunión y misión, a pesar de nuestros
defectos y del alejamiento en el que tal vez se viva. Jesús quiere que
nos acerquemos a Él, a su Corazón; quiere reconciliarnos con el Padre.
Es ésta una moción interior del Espíritu Santo, que supera la
indiferencia en la que viven tantas personas, cuyo corazón está frío o
distante ante la religión y la fe, y por consiguiente ante el amor al
prójimo debido a todos sin excepción.
Este mismo Espíritu
Santo que hoy nos mueve, el que hizo madre a María siempre Virgen (Lc
1,35; Mt 1,18-20), es el mismo que nos pide hoy el tener un sentido y
responsabilidad de la misión, de anunciar, de ser testigos de Jesús,
como lo hemos prometido en nuestra confirmación. Esa fecundidad del
apostolado es también obra del Espíritu Santo (Hech 2,4), que guía a
la Iglesia a toda la Verdad –pese a que tantos digan que ésta no
existe-, la unifica en comunión y, con la fuerza del evangelio
rejuvenece a la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la
unión total con Jesús. ¿Podemos estar tranquilos mientras tantos
bautizados se alejan de la fe, se alejan de la Iglesia?. ¿Podemos
quedarnos sin hacer nada frente a tantos que no conocen a Jesús ni su
amor, y que no se sientes pertenecientes a su Iglesia?. La Virgen
María nos llama hoy, de nuevo, a seguir a Cristo, su Hijo.
Queridos hermanos y
hermanas, y especialmente queridos jóvenes: Jesús quiere hablarles al
corazón, llamarlos a vivir en su Amor, y “quedarse en ese Amor”. El
Espíritu Santo y la Madre de Jesús están trabajando en el interior de
ustedes, en esta peregrinación que han realizado, para revitalizar su
fe. Pueden ver en esta iglesia los hermosos vitrales del ábside, que
narran la historia de la Virgen de Luján, cuando quiso quedarse aquí,
cuando eligió al negrito Manuel para cuidar su Imagen. Eran tiempos en
que en estos parajes no había literalmente nada, más que campos,
cardos y ortigas. Ella vino para quedarse en lo que con los años y
los siglos serían nuestras tierras, nuestras ciudades, nuestras
familias y comunidades. Fue el proyecto de Dios a través de la Virgen.
Que se quede
también en los corazones de ustedes, y en la Congregación de las Hijas
de Nuestra Señora de Luján, que han querido consagrar sus vidas a Ella
y a Jesús.
Mons.
Oscar Domingo Sarlinga,
obispo
auxiliar
de
Mercedes-Luján
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