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MISA DE LA FEDERACIÓN INTERNACIONAL DE HOMBRES CATÓLICOS


Homilía de monseñor Oscar D. Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján, en la misa de la “Federación Internacional de Hombres Católicos”
(Basílica de Nuestra Señora de Luján, 6 de octubre de 2005)


Señores representantes de la «Federación Internacional de Hombres Católicos»,
Hermanos y hermanas en el Señor:

En la Casa de la Madre de Luján, Patrona de la Argentina, frente a esta Sagrada Imagen de la «Pura y Limpia Concepción», se hallan ustedes reunidos para dar gracias al Dios Altísimo por tantos bienes recibidos y para poner humildemente sus peticiones en las manos y en el Corazón de Jesús, el Misericordioso, el Que nos escucha y guía. Ya el Papa Pío XII, quien había orado en Luján, siendo él Cardenal Legado de Pío XI en el Congreso Eucarístico Internacional de 1934, dijo que aquí, en esta Basílica, «había creído llegar al alma del pueblo argentino». Y así efectivamente es, porque en los grandes Santuarios marianos, en la presencia de la Madre, se halla lo más entrañable, lo más fundante de una cultura y de un pueblo: su «alma religiosa».

Esta «alma religiosa» es fundante de valores, no en sentido estático sino profundamente dinámico, creando una impulsión de vida que hace que transmitamos esos mismos valores como transformadores de la persona y de la sociedad. La «Federación Internacional de Hombres Católicos», teniendo la persona humana como centro de su actuación, esa persona que es «imagen del Dios vivo», ha de empeñarse en la transformación de la sociedad humana desde dentro, a través de una verdadera «metánoia», una conversión raigal de los corazones, que los impulse a actuar, desde la oración, desde la fe, para consagrar el mundo, evangelizar las culturas, crear «civilización del amor».

Sólo esta actitud raigal y fundamental es creadora de paz. Esa paz tan ansiada y siempre esquiva, porque falta previamente la construcción de la sociedad en la justicia y en el amor. Impulsados por esta confianza, es preciso que dirijamos nuestra llamada a todos y cada uno, esperando que juntos podamos aprender a celebrar la paz como aspiración universal de todos los pueblos del mundo. Todos cuantos compartimos esta aspiración podremos venir a ser una sola cosa en nuestros pensamientos y en nuestros deseos por hacer de la paz una meta a conseguir por parte de todos y en beneficio de todos.

Es verdad que todos los seres humanos constituimos una sola familia humana, pues por el hecho de venir a este mundo somos partícipes de la misma heredad y somos miembros de la estirpe común a todos los seres humanos. Así, todos estamos llamados a reconocer esta solidaridad básica de la familia humana como condición fundamental de nuestra vida sobre la tierra. Lo que tiene para aportar el cristianismo es el inmenso tesoro de fe, las inconmensurables energías de esperanza, el ingente ardor de la caridad. El tesoro de la Iglesia es Jesucristo, Redentor del Hombre, y quiere darlo, con paz y humildad, a la humanidad.

Un elemento fundamental en la construcción de la «civilización del amor» es el reconocer y promover con actos concretos la solidaridad social de la familia humana, lo cual comporta la responsabilidad de construir sobre aquello que nos une, a la vez que promocionar eficazmente y sin excepción alguna la igual dignidad de todos los seres humanos dotados de determinados derechos fundamentales e inalienables. Esto afecta a todos los aspectos de nuestra vida individual así como a nuestra vida en la familia, en la comunidad en que vivimos y en el mundo. Una vez aceptado el hecho de que todos somos hermanos y hermanas en el seno de la humanidad, podremos consiguientemente modelar nuestras actitudes en la vida en la perspectiva de la solidaridad que a todos nos hace una sola cosa. Esto es verdad de modo especial en lo que se refiere al proyecto básico y fundamental de construir la paz., para lo cual necesitamos adoptar una actitud de fondo de cara a la humanidad y con respecto a los lazos que nos conectan con cada persona y con cada grupo en el mundo. De esta manera podremos comenzar a ver cómo el compromiso de solidaridad con toda la familia humana es una clave para la paz. Y no creamos que todo lo anterior puede ser llevado a buen éxito sin una actitud espiritual, un sentido último de la existencia, una motivación esencial de amor. La alegría del obrar es otra actitud de base; no la perdamos de vista.

En este contexto de la motivación espiritual, una realidad esencial, fundante por excelencia se abre ante nosotros: el tesoro de la Eucaristía. En este momento se desarrolla en Roma el Sínodo de los Obispos sobre el tema. El Papa Benedicto XVI nos ha dicho en la misa de inauguración: “Cada vez que comemos de este pan y cada vez que bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que venga, dice san Pablo (Cf. 1 Corintios 11, 26). Pero también sabemos que de esta muerte surge la vida, pues Jesús la transformó en un gesto de oblación, en un acto de amor, trasformándola profundamente: el amor ha vencido a la muerte. En la santa Eucaristía, desde la cruz nos atrae a todos hacia sí (Juan 12, 32) y nos convierte en sarmientos de la vid, que es Él mismo” (1). Es claro que si cada cristiano permanece unido a Jesús, entonces dará fruto abundante, en la humildad, en la paz, y no en la autosuficiencia, la acedia o  descontento de Dios y de su creación, uno de los males que mayormente amenazan la vida espiritual.

Queridos hermanos de la Federación Internacional de Hombres Católicos, es tiempo oportuno, «kairós», de testimonio fecundo, de necesidad de evangelización de la cultura, de «dar razones de la fe», con alegría, convicción y sin falsas vergüenzas.  Es tiempo de realizar la «caridad social» a que nos llama la Iglesia, porque sólo en la civilización del amor el ser humano se desarrolla en sus plenitudes, en sus aspiraciones máximas, que le vienen de la maravillosa Imagen que lleva en sí, la de Dios-Amor.

Que la Santísima Virgen, la Pura y Limpia Concepción del Luján, ante cuya Imagen y altar nos encontramos, nos ayude con su intercesión ante su Hijo Jesús, Dios vivo y verdadero.

Amén.


Notas:

(1) Benedicto XVI, Homilía en la Inauguración del Sínodo de los Obispos, 2 de octubre de 2005


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