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ORDENACIÓN DIACONAL
Homilía de monseñor Oscar
Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján en la misa de ordenación
diaconal de Fernando Bello
(Parroquia Nuestra Señora del Rosario, Suipacha, 10 de diciembre de
2005)
Padre Delegado
Provincial y sacerdotes de la Sociedad de San Vicente Pallotti
Hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas,
religiosos y religiosas
Querido Fernando, que hoy serás ordenado diácono, y que compartes esta
alegría con tu familia y tu comunidad,
Hermanos y hermanas todos en el Señor Jesús
I.
LA ALEGRÍA EN EL SEÑOR POR LA ORDENACIÓN DIACONAL DE FERNANDO
Este es un día de gran alegría en el Señor,
porque el mismo Jesús, Rey de los Pastores, confiere el ministerio
diaconal, a través de la ordenación realizada por un Sucesor de los
Apóstoles, a este hermano nuestro, Fernando, quien hoy es consagrado
en alma y cuerpo, como propiedad entera del Señor, para el servicio de
Dios y del Pueblo sacerdotal que es la Iglesia. Para el servicio de
esta Iglesia Católica, vivificada por el Espíritu, que es sacramento
universal de salvación y presencia viviente de Jesucristo, Único
Salvador de la humanidad. Los invito entonces a participar de esta
celebración con auténtico espíritu de oración, pidiendo al Señor que
llene de sus bendiciones a este hermano nuestro, a su familia, a las
futuras comunidades en las que Jesús lo enviará a brindar su
ministerio.
En primer lugar, destaco el signo de esperanza
para la Iglesia entera que significa el que un muchacho joven, lleno
de condiciones, tenga la determinación de consagrarse por siempre y
por entero a Dios. Quienes lo quieren no lo perderán; bien por el
contrario. Quien es consagrado por Dios es entregado con un amor
sobreabundante, sobrenatural, a todos sus hermanos. Amará también con
amor sobreabundante a su familia carnal, y a su familia espiritual,
representada en las comunidades adonde será enviado.
Pero erraríamos si pensáramos que es el propio
Fernando el que eligió consagrarse. Digamos más bien que él aceptó esa
elección. Es Dios Omnipotente quien elige, y esto nos deja una gran
seguridad interior. La Iglesia, con su autoridad apostólica, confirma
esa llamada y la hace una realidad sacramental en la ordenación. Esto
es lo que hoy estamos celebrando.
II.
SU MINISTERIO, EN LA IGLESIA «QUE ESTÁ VIVA»
Queridos hermanos, los «signos de los tiempos»,
signos de Dios para interpretar nuestra historia, nos llevan a ver que
este mundo y este tiempo, «dramático y fascinador», como lo llamaba
Juan Pablo II, está lleno de luces y esperanzas y también de dolor, de
sufrimiento, de egoísmo, de oscuridad. El tiempo en que la Iglesia
realiza su misión, requiere del tiempo de sus hijos, entregados por
completo a la Causa del Reino. ¿Tenemos el coraje, sobre todo los
consagrados, para ponernos por entero a disposición?. ¿Tenemos el
coraje de emprender la misión, con alegría y «parresía» en nuestro
tiempo?.
Se realiza también en este tiempo de salvación
la historia de los cristianos en tanto incorporados al Cuerpo místico
de Cristo. Eso es la Iglesia. Este Cuerpo está vivo, es la Iglesia que
«está viva», porque «Cristo está vivo» -como nos lo ha dicho el Papa
Benedicto XVI en la homilía inaugural de su pontificado.
La Iglesia está viva porque la anima el Espíritu
para realizar su misión integral de salvación. Por ello tiene que
«llamar» al ser humano, hoy como lo hizo desde su inicio. En efecto,
mientras que por «natura» al hombre le es confiada la responsabilidad
de la entera creación, siendo él en la tierra como el «procurador» de
Dios (Gn 1,26-28), la Iglesia tiene la misión de «llamar» -«vocare»- a
la humanidad. La humanidad tiene el derecho a ser evangelizada, pues
está, toda ella, inserta en el designio amoroso de Dios.
En ese «evangelizar» radica la misión eclesial:
fue «enviada» -«missa est», para ello, su «nombre» es misión. Es «con
este fin» que ella es lo que es. Es «realidad terrestre» insertada en
las coordenadas históricas, y al mismo tiempo «misterio». Por ser
ambas cosas, puede ser «signo», y por ello mismo estar destinada a ser
«medio» de la intervención de Dios en la historia de los hombres. Esa
Iglesia viviente es siempre joven; es la de siempre, la que el Señor
quiere, la que «dejó Juan Pablo II» y a cuya cabeza fue puesto por el
Espíritu Santo el nuevo Papa Benedicto XVI. Es la Iglesia de las
familias, de las comunidades, de los pobres, de los trabajadores, de
los profesionales, de los jóvenes, de los ancianos, de los niños, de
los necesitados, de todos los que sufren, de los que quieren construir
la civilización del amor, la Iglesia de todos los que se saben
necesitados de Dios.
III. QUIÉN ES EL HOMBRE A QUIEN EL SEÑOR ELIGIÓ
Quien dentro de poco será ordenado diácono nació
en la ciudad de Mercedes, cabecera de esta arquidiócesis de
Mercedes-Luján. Es una ocasión para nosotros también de satisfacción
el contarlo entre los hijos de esta jurisdicción eclesial. Cursó sus
estudios primarios y secundarios en el Colegio de San Patricio,
llevado por los Padres Palotinos de Mercedes, luego de lo cual estudió
dos años de la carrera de derecho, en la Universidad de La Plata.
En 1997, luego de un ponderado discernimiento, y
guiado por el Espíritu, ingresa en la querida comunidad palotina, para
lo cual es admitido en la Casa de Formación de Mercedes, donde
transcurrió 4 años, mientras cursaba Filosofía en el Profesorado
«Ciudad de Mercedes», del Arzobispado de Mercedes-Luján. En el año de
2001 viaja a Cascabel, Estado de Paraná, donde realiza su noviciado y
al año siguiente comienza la etapa teológica de su formación en Santa
María, también en el Brasil. La experiencia de otro país, donde
también peregrina la Iglesia, de otra lengua y de otras costumbres, en
lo que la diversidad tiene de válida, fueron motivos de
enriquecimiento personal y espiritual.
Su primera profesión tuvo lugar en Mercedes, en
febrero de 2002 y en esta año de 2005 efectuó su profesión perpetua,
en la iglesia de San Patricio, de Mercedes. Quiero destacar que
Fernando ha tenido una fructífera experiencia pastoral, pues como
seminarista ejerció su apostolado entre los jóvenes en la ciudad de
Mercedes, y como catequista en el colegio y la parroquia de San
Patricio, además de lo cual realizó un dedicado trabajo pastoral en
San Antonio de Areco, en San Patricio de Belgrano y en esta misma
ciudad de Suipacha.
En todos los lugares donde se ha desempeñado
tanto los sacerdotes como los laicos lo recuerdan como un joven
natural, genuino, alegre, servicial, simple, obediente y de espíritu
fraterno. Esas características de su personalidad, por otra parte,
saltan a la vista para quien tiene discernimiento y sabe justipreciar
a las personas.
Fernando, a esta Iglesia te consagras hoy, en
camino al sacerdocio ministerial que, Dios mediante, pronto recibirás.
El Don que Dios te da, te lo da para evangelizar.
Como todo ser humano, tendrás momentos y tiempos
de exaltación y de cruz, de entusiasmo y de tristeza, de empuje y de
desánimo. Nunca te desalientes. No elegiste vos al Señor; Él te
eligió. Tenemos una Madre que nos guía y protege. Es la Santísima
Virgen María, la Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Ella te
sostendrá de la mano, junto con Jesús. Sé fuerte y sé fiel.
Amén.
Mons.
Oscar Domingo Sarlinga,
obispo
auxiliar
de
Mercedes-Luján
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