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NOCHEBUENA DE 2005
Homilía
en la misa de Nochebuena, de monseñor Oscar
Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján en la Parroquia de
San José Obrero de Mercedes
(24 de diciembre de 2005)
Querido Cura párroco y sacerdotes, queridos jóvenes que tan
numerosos han venido a esta Misa de Nochebuena, hermanos y hermanas
todos en el Señor Jesús, que hoy nace en nuestros corazones:
Podemos aplicarnos
plenamente, en Cristo, las palabras de la Escritura:
"El Señor me ha dicho: Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". En
verdad somos hijos en el Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Y hoy
esa gracia se reactualiza en nosotros de una manera especial.
El «Soberano»,
aquél sobre el cual nadie está, el Omnipotente, se hizo uno de
nosotros, habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo en el
seno de una Virgen, para darnos salvación. Es un misterio de fe. Y por
eso estamos nosotros hoy aquí, para celebrarlo, porque somos creyentes
y sabemos que la Iglesia está
viva, esa Iglesia que es Cuerpo y Pueblo de Aquél cuyo nacimiento hoy
celebramos.
Con frecuencia
recuerdo a los fieles en las homilías que la Liturgia
cristiana no es una «sucesión de fechas» o de meros recordatorios. En
y por la gracia del Espíritu Santo, que hace viviente en nuestro
interior todo lo que Jesús dijo e hizo, y que hace presentes las obras
de Cristo en nosotros, en verdad se reactualiza la gracia obrada en la
Redención. Y en esta santa Noche de Navidad recibimos esa Gracia del
renacimiento, porque Jesús, que ya vino en la carne –y que retornará
glorioso– nace hoy para nosotros, en nosotros,
en la Iglesia universal y aquí hoy en nuestra comunidad.
Claro está que para
recibirlo, hace falta la fe. Como para ver las cosas de Dios, hacen
falta los ojos de la fe.
Muchas veces cuesta
definir la fe, o ver sus trazos esenciales. Tanta gente concibe a la
fe como un mero sentimiento. La fe, claro, involucra también a los
sentimientos, puesto que involucra a todo el ser humano, que es un ser
bio-psico-espiritual-social. Pero en sí no es un sentimiento. Si lo
fuera, quedaría a nivel de la subjetividad, y así, si las cosas toman
el rumbo que se quiere, y se está con los sentimientos en alza,
florece la fe. En cambio, desde que hay una contradicción, algo que no
resulta según el querer o el sentir, la fe se pierde. Esta «fe»,
puramente subjetiva y condicionada, no es la verdadera.
La fe, nos dice el
Concilio Vaticano II, en la Constitución Dei
Verbum, es «la adhesión de toda la inteligencia y de todo el corazón a
Dios que se revela», esto es, a su Palabra, a Cristo, Revelador y
Epifanía del Padre, en suma. La fe es adhesión de Jesucristo,
respuesta generosa de la inteligencia y de la voluntad a la llamada de
Amor que Dios nos hace.
Hoy miramos a
Jesús, naciente, con María su Madre y con San José, padre putativo de
Jesús y castísimo esposo de la Virgen, con ojos
de fe.
En la noche de
Belén, el cuadro de ese Niño, contemplado por estas santas criaturas
del Señor y por los pastores, implica la más grande esperanza para la
humanidad, que hoy adquiere renovado significado para nosotros. El
Niño del pesebre es verdaderamente el Hijo de Dios, el Dios
hecho-hombre. Por eso el Padre le dice con toda verdad: "Tu eres mi
hijo". El Dios eterno descendió a nuestro mundo, maravilloso y
dramático, para llenarlo de su Gracia y de su Paz. Tan poderoso y tan
indefenso, tan fuerte y tan débil. Para que de su humildad todos
recibamos gracia tras gracia.
En y desde la
gracia del Espíritu Santo, en esto consiste el misterio de Navidad: en
que Jesús el el Hijo del Padre, a quien Él ha engendrado. En que Dios
se abajó a nosotros, haciéndose uno de nosotros para que nosotros
llegáramos a Él, siendo semejantes a Él, como el Niño en el pesebre.
No otra es la Luz que el Señor
nos había prometido«Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz
brilló sobre ellos» (Is 9,1). En el mundo, que salió bueno creado de
las manos de Dios, hay mucha tiniebla, por el pecado y la maldad
humanos. Pero nada rebate la luz divina, porque "Dios es luz, en Él no
hay tiniebla alguna"(1 Jn 1,5), y esta es la luz verdadera que da
vida, la fuerza de la Verdad.
Estas son épocas
difíciles, a nivel universal para la Iglesia. Pero
siempre lo han sido. Pensemos en los primeros siglos, con las
persecuciones del Imperio Romano; luego el aparecimiento de las
herejías, las luchas intestinas, la pugna con los poderes imperiales,
las guerras llamadas religiosas, el Iluminismo, y así en adelante
hasta los totalitarismos del siglo XX, que dejaron millares de
mártires. Pareciera que la oscuridad gana, que gana el odio, la
envidia, la indiferencia, la cobardía, la hipocresía. Pareciera que
ganan todas las «obras de la carne» como las llama san Pablo. Pero la
luz de Belén la que gana, la luz del Niño que nos ha nacido, la que
nunca se ha extinguido, porque «ha envuelto» a todos los que llevan la
marca de Jesús, sus testigos, aquéllos que iluminados por la fe viven
la esperanza que no defrauda y la caridad que hace que el mundo crea.
Ninguna crisis de la humanidad puede opacar esa luz.
Si conociéramos el
Don de Dios, y la luz que nos ilumina. Veámosla con ojos de fe,
dejémonos guiar dócilmente por ella, para obrar la transformación del
mundo, su transfiguración, cada uno según su vocación y elección, y
según el mandato recibido del Señor.
Ayudemos a cambiar
las familias, las comunidades, la parroquia, el trabajo, la escuela,
la fábrica, la oficina, todos los ambientes, con la luz del Niño de
Belén. Hay que orar mucho, aceptar la Cruz, vivir la
resurrección, vivir el amor, porque el Niño ya nació y retornará
glorioso, no sólo en nuestros corazones sino en espíritu y en verdad,
cuando el Señor restaure todas las cosas.
La Virgen Santísima
de la Navidad nos ayude e ilumine en nuestro caminar.
Mons.
Oscar Domingo Sarlinga,
obispo
auxiliar
de
Mercedes-Luján
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