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TEDÉUM DEL 25 DE MAYO
Mensaje de monseñor Fabriciano Sigampa, obispo de La Rioja, en el
Tedéum del 25 de Mayo en la Iglesia catedral
Queridos Hermanos:
Queridas
autoridades que hoy se han hecho presente en esta Iglesia Catedral
para la celebración del Día de la Patria.
Reflexionemos sobre
algunas frases de nuestro Himno Nacional:
“Oíd mortales el
grito sagrado”. A veces lo cantamos pero no nos detenemos en su
contenido, en su letra. Estamos llamados a oír, a escuchar, a estar
atentos, más que con el oído con el corazón de hombre, de cristiano,
de ciudadano. El corazón es la sede de la audición, y somos capaces de
comprender porque escuchamos.
“Oíd mortales” nos
define a nosotros, hombres en el tiempo, entre el principio y el fin,
caducos y esta realidad nos hace humildes, por eso debemos aprovechar
el tiempo que Dios nos concede.
“Oíd mortales el
grito sagrado” no es un grito más. Es sagrado porque proviene del
pueblo que clama. Es la voz del desocupado, del que no tiene salud,
del que no tiene trabajo, de los jóvenes que no tienen acceso a la
educación, sin posibilidades, etc. Es un grito que no debemos desoír
porque toca la conciencia, llega al corazón. “Dios mismo escucha los
gemidos de su pueblo, se acordó de su alianza, dirigió su mirada hacia
ellos y los tuvo en cuenta”, dice el libro del Éxodo. 2, 24-25
Es una invitación
de nuestro himno, escuchar con profundidad para hablar con verdad, con
caridad, con ejemplos de vida. Es escuchar la voz de la conciencia, la
voz de Dios que se expresa por estos medios, es decir por el hombre
creado a imagen y semejanza de Dios.
“Sean eternos los
laureles que supimos conseguir” considero también esta otra frase de
nuestro himno que pareciera una contradicción porque antes nos dijo
que éramos caducos, mortales, pero el hombre es capaz de hechos que
sobrepasan el tiempo y a la persona, hechos perennes, superadores del
tiempo. Hoy celebramos lo que otros construyeron y nos dejaron,
superando sus vidas y quedando presente sus obras.
En este día de la
patria hay dos palabras que me gustaría que tengan en cuenta, la
Comunión y el Progreso, Dios no vio con buenos ojos que el hombre esté
solo, y por eso dándose cuenta de esa situación crea a alguien
semejante a él. Con ella hace su primer encuentro. El hombre no puede
entrar en comunión con los animales, con la naturaleza, sino de
persona a persona. Sólo así progresa, crece. Cuando vemos a un
matrimonio separado, lamentablemente se quedan solos y no progresan,
decrecen.
“Juremos con
gloria morir”. Otra frase para tener en cuenta de nuestro Himno que
nos ayuda a tomar conciencia. Hace algunos días estuve en la
Universidad. Ver mas de 100 profesionales jurar por Dios, por la
Patria, por el Evangelio y también por el Honor. No importa por quien
juramos, lo importante es ser fiel al juramento, eso es lo que
interesa. Por eso no puede pasar por una simple ceremonia de rutina,
cuando hacemos ese juramento como ejecutivos, como legislativos, como
jueces, como profesionales. Es una toma de posesión de mi persona
frente a la sociedad a la cual pertenezco. El hombre asume un
compromiso, un empeño personal, vivir una vida digna y lograrla para
otros y así realizamos el destino de la Patria.
Dios, cuando nos
crea, lo hace para subsistencia, Dios no ha creado la muerte, estamos
llamados a la grandeza, a la gloria, cómo Él vive, el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo. Estamos llamados a esa grandeza de ciudadanos de
hijos de Dios.
Queremos recordar
el 1810, el 1910 y celebrar el 2010. El bicentenario de nuestra
patria. Ella se gestó con ideales, con voluntad firme, la gestaron
hombres y mujeres de distintas profesiones, lograron esta gesta de
mayo, pero eso es pasado, es importante. Nos faltan 5 años para el
2010, por tanto en ese tiempo debemos prepararnos de manera que no nos
sorprenda el bicentenario, sino que lleguemos preparados. Es verdad
también que los plazos políticos son cortos y en ese tiempo hemos de
hacer lo que Dios nos ha pedido a todos y a cada uno.
Como ciudadanos,
debemos prepararnos para este 2010. Cinco años es poco, la Iglesia
tiene una formula que desgraciadamente ni nosotros los cristianos a
veces tenemos en cuenta; “Anunciamos tu muerte, proclamamos Tu
Resurrección, Ven Señor Jesús”, anunciar la muerte es anunciar los
fracasos, las desilusiones, los errores, las desviaciones, todo eso
que es fruto nuestro, de hombres débiles. Para superar eso, debemos
proclamar la resurrección, es el triunfo de la vida sobre la muerte,
de la gracia sobre el pecado, de la luz sobre las tinieblas. “Ven
Señor Jesús” es decir venga algo nuevo, superador, algo que nos haga
tener siempre la mirada hacia el futuro, con esperanza, con decisión
firme, con sentido del tiempo y de la eternidad.
Estamos llamados a
construir la Patria, y ella se construye con el esfuerzo de todos, con
los carismas que Dios ha puesto en cada persona y que debemos
organizarlos de tal manera para que funciones coordinadamente. Que
nadie quede excluido.
Tenemos una oración
por la Patria. No es una oración piadosa, Es una oración del hombre y
mujer maduros, responsables de su Patria. En esa oración están los
valores que debemos sustentar siempre si queremos una patria digna.
Propongo que a esta oración se la tenga en cuenta todos los días.
Desde el más pequeño, porque ese niño desde la infancia está llamado a
construir también su patria. Es él presente y queremos para él un
futuro cada vez mejor. Él puede hacer mucho desde esa oración, porque
va creándose en él una conciencia de ciudadano responsable, de aquel
que no se limita solamente a ir en la escuela, sino a prepararse en
ella, a querer su patria, a descubrirla como suya, como herencia. Me
gustaría, no es una imposición, sino un pedido.
Distribuimos en
nuestros niños, en nuestras escuelas esta oración por la patria, por
la grandeza de nuestra patria, a la que le debemos tanto.
Con ustedes
queridos hermanos, en esta Iglesia Catedral quiero rezar esta oración
por mi patria, por nuestra patria:
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Nos
sentimos heridos y agobiados.
Precisamos tu alivio y fortaleza.
Queremos ser nación,
una nación cuya identidad
sea la pasión por la verdad
y el compromiso por el bien común.
Danos la valentía de la libertad
de los hijos de Dios
para amar a todos sin excluir a nadie,
privilegiando a los pobres
y perdonando a los que nos ofenden,
aborreciendo el odio y construyendo la paz.
Concédenos la sabiduría del diálogo
y la alegría de la esperanza que no defrauda.
Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor,
cercanos a María, que desde Luján nos dice:
¡Argentina! ¡Canta y camina!
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Amén
Mons. Fabriciano Sigampa, obispo de La Rioja
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