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FIESTA DE SAN NICOLÁS


Mensaje de monseñor Fabriciano Sigampa, obispo de La Rioja,  al final de la procesión de San Nicolás (3 de julio de 2005)



Queridos hermanos, promesantes y
devotos de San Nicolás:


Es ocasión propicia para renovar el inmenso don que Dios, nuestro Padre nos ha regalado, el don de las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.

Nuestro primer gesto es de gratitud al Santo Patrono por permitirnos celebrar su novena y su fiesta.

Han sido ellas las que nos ayudaron a afirmar nuestra fe en los sacramentos de la vida cristiana: la reconciliación, el sacerdocio y la Eucaristía.

Ellos han sido objeto de meditación profunda, para aprovechar mejor su riqueza doctrinal, pastoral y espiritual.

El papa Juan Pablo II –de feliz memoria– ha establecido con su autoridad un año Eucarístico, de octubre de 2004 a octubre de 2005. Aquí, en la Diócesis hemos asumido gozosamente esta propuesta y la hemos convertido en eje de nuestra vida espiritual como hijos de Dios y miembros de la iglesia-Cuerpo de Cristo.


Sacramento de la reconciliación:

Para entender y vivir este sacramento debemos partir de “Dios rico en misericordia”.

Dios nuestro padre se revela como santo, eterno, todopoderoso y a su vez como misericordioso. Así lo manifiesta la liturgia en su oración: “Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder  con el perdón y la misericordia”.

Perdón y misericordia son un acto soberano de la omnipotencia de Dios. Es el Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad ... que perdona culpa, delito y pecado” (Ex. 34,6-7).

El salmo 103 corrobora esta afirmación. “Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente de occidente así aleja de nosotros nuestros delitos.

Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por sus fieles.

Pero será nuestro Señor, en su persona y en su obra la manifestación de la misericordia de Dios.

El mismo Jesús encarna y personifica la misericordia del Padre.

Sus palabras, sus acciones y sus actitudes reflejan el rostro misericordioso del Padre.

El misterio pascual, esto es –la muerte y la resurrección de Jesús–, es la cúspide de la revelación de la misericordia divina.

Por amor el Padre envía su Hijo al mundo.

Por amor, Cristo se ofrece al Padre para redimir a los hombres del pecado: Es aquel que “da la vida por sus amigos” (Jn. 15)

Por amor, Cristo resucitado dona a su Iglesia el Espíritu Santo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdoneis los pecados, les quedan perdonados ...”.

En el evangelio de Lucas hay una parábola, la del Padre misericordioso (Lc.15,11) tres personajes:

- El hijo menor, rebelde, impaciente aventurero.

- El padre, misericordioso, paciente  y magnánimo.

- El hijo mayor, trabajador, pero mezquino, celoso y egoísta.

Pero se destaca la figura paterna, que espera contra toda  esperanza al hijo perdido. El padre que no se cansa de esperar.

Esta parábola nos permite ver las profundidades de nuestro corazón de pecadores, alejados de Dios pero nos consuela ver la profundidad del corazón misericordioso de Dios.

Es esta misericordia del Padre la que nos da confianza y nos invita a buscar en el Sacramento de la reconciliación un auténtico camino de conversión, para abandonar el pecado y buscar el bien.


Don del Sacerdocio

Junto con el sacramento de la Reconciliación hemos reflexionado acerca del don del Sacerdocio.

Pues Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen por ello nos dice por medio del profeta Jeremías “les daré pastores según mi corazón”

Nuestra Iglesia ha experimentado siempre el cumplimiento de esta profecía y con alegría da gracias a Dios.

El señor Jesús es el cumplimiento supremo y definitivo de la promesa de Dios: El es el Gran Pastor y dirá  “Yo soy el Buen Pastor”.

Jesús es el buen Pastor Anunciado. Aquel que  conoce a sus ovejas una por una, que ofrece su vida por ellas y que quiere congregar a todos en “un solo rebaño y un solo pastor”.

En la escena pascual del lavatorio de los pies, nos deja el modelo de servicio que debemos ejercer unos para con los otros.

El texto conciliar Presbiyerorum Ordinis escrito hace cuarenta años nos da una síntesis rica y alentadora sobre la vida espiritual de los sacerdotes. “Por el sacramento del Orden se configuran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del Orden Episcopal”.

Dios nos ha convertido en Instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote Eterno, para proseguir en el tiempo su obra admirable.

Nuestra vida espiritual de ministros del Nuevo Testamento está caracterizado por una actitud esencial de servicio al Pueblo de Dios. Por tanto la virtud que anima y guía nuestra vida espiritual de presbíteros  es la Caridad Pastoral entendida como la caridad pastoral del mismo Jesucristo: por una lado es don gratuito del Espíritu Santo y por otro es Deber y Llamada a una respuesta responsable y generosa de nuestra parte.

En esta semana hemos sepultado al Padre Armando Amiratti. Una vida sacerdotal caracterizada por la Pobreza y la Obediencia.

De estos somos testigos todos, fue una característica suya: dar siempre dar, mejor dicho fue un darse hasta el final.

Vaya para el nuestro mejor homenaje. A imagen del Señor que dio su Cuerpo y su Sangre para la salvación de todos los hombres.

La Eucaristía es signo de esta donación hecha una vez para siempre. Por ello, la Eucaristía ocupará un lugar central en nuestro ministerio y vida espiritual: es Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo para la vida del mundo.


La Eucaristía

Agradecemos al papa Juan Pablo II que nos haya dejado una encíclica “La iglesia vive de la Eucaristía” y una exhortación apostólica “Quédate con nosotros”, que han sido las que nos ayudaron a profundizar el misterio pascual en el año eucarístico.

La Eucaristía ha estado siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo se hace presente a lo largo de la historia en el misterio de su muerte y resurrección.

En ella se le recibe a El en persona, como “pan vivo bajado del Cielo”. La presencia de Jesús debe convertirse en un polo de atracción para cada cristiano que escucha su voz y pueda decir con el salmista: “Gustad y Ved que bueno es el Señor” (salmo 33).

Este año hemos vivido con particular fervor la solemnidad del Corpus Christi, como expresión de nuestro amor agradecido y fuente de inagotable bendición. Esto está indicando que el pueblo de Dios tiene una conciencia viva de la presencia real del Señor.

Nos queda mucho por trabajar en este sacramento admirable, porque Cristo no solo es centro de la historia de la Iglesia, sino también de la historia de la humanidad (G et S 45).


Bicentenario: 1810-2010

Si nos detenemos en los murales de nuestra Iglesia Catedral encontramos el de la Fundación de La Rioja, el inicio de la construcción del templo, la Aureolización pontificia de la Imagen de San Nicolás y el Tinkunaco - Encuentro como un modo específico de vivir la vida de fe en la Iglesia y en el Mundo.

Allí están como memoria viva de nuestro pasado religioso y cívico.

Al aproximarse el Bicentenario (2010) nos quedan apenas cinco años para preparar este acontecimiento de manera que no nos sorprenda.

Así como el 1810 fue gestado por hombres, con sus ideas y pensamientos, con sus esfuerzos y sacrificios, la Patria espera  de sus ciudadanos una actitud fuerte, un pensamiento sólido para construir la Nación que queremos.

Patria entendida como el conjunto de bienes que hemos recibido en herencia, como legado de nuestros antepasados, que incluye los valores y elementos espirituales que hacen a la cultura de nuestra Nación. La Patria es un Bien Común de todos los ciudadanos y como tal comporta obligaciones, deberes y sacrificios.

Esta Patria nos exige una cuota grande de patriotismo, es decir amar su historia, sus tradiciones y todo aquello que es común.

La Nación, la Patria y la Familia son realidades que no se pueden sustituir. En ellas y con los valores de la verdad, del bien común, de la libertad, y del diálogo para llegar a un amor social ordenado

Este es el sentido que tiene el congreso de Laicos a realizarse aquí en la Rioja el 1º y 2 de Octubre.

El Congreso es para iniciar una formación más comprometida con la Doctrina Social de la Iglesia.

Es una gracia Dios que nos permita a todos preparar este gran acontecimiento del bicentenario.

Ponemos en las manos y en el corazón de nuestra señora del Valle este deseo, esta propuesta. Que si es de Dios, ella nos ayude a concretarla.

Que San Nicolás que acompaña siempre a su pueblo nos permita transitar por estos camino con la confianza puesta en el Hijo de Dios, Señor de la Historia. Que así sea.



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