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¡FELIZ NAVIDAD PARA TODAS LAS FAMILIAS!


Mensaje de Navidad del obispo de Río Cuarto, 
monseñor Ramón Artemio Staffolani.


"La miseria destruye la familia, impide el acceso a la cultura y a la educación básica, corrompe las costumbres, daña en su propia raíz la salud de los jóvenes y adultos".
(Juan Pablo II)


La Navidad es la fiesta del nacimiento de Jesucristo, el hijo de Dios hecho Hombre. La primera Navidad la celebraron la Virgen María y San José, los ángeles, los pastores y los magos. Desde entonces es una fiesta religiosa, familiar y social que une al hombre con Dios.

Con afecto familiar nos deseamos feliz Navidad, pero estas no son simples palabras. La Navidad y la familia tienen que ver con nuestras penas y alegrías, con el presente y el futuro de nuestra patria.

En la próxima Navidad pidamos a Dios que nuestras familias puedan ser más felices; no con la felicidad de los carteles y las propagandas del consumismo, sino con la felicidad del pan y el trabajo, de la unión familiar y la fe en Dios.

Que en esta Navidad crezca el amor verdadero que origina el matrimonio para siempre, que fructifica en los hijos y que se solidariza con los demás.


Las familias de nuestra diócesis, formadas por lejanos descendientes de poblaciones indígenas y de españoles, guardan valiosas costumbres propias de nuestra cultura nacional, enriquecida por los inmigrantes, sobre todo italianos y españoles, que llegaron a fines del siglo pasado y a principios del siglo XX. Las antiguas familias se caracterizaron –como muchos hogares de hoy- por sus virtudes morales y cristianas expresadas en el trabajo, el respeto a los mayores y la capacidad de sacrificio, como también en el recuerdo cotidiano de Dios y de su providencia; en el aprecio por el bautismo y la comunión, la bendición de los hijos, la devoción a la Virgen y a los santos, la oración por los difuntos.

Nuestras familias también conocen el sufrimiento de los tiempos de violencia, el mal del divorcio y la falta de trabajo.

Actualmente existen familias que no viven felices; no sólo por problemas internos sino porque es precisamente en la familia donde repercuten los resultados mas negativos de los problemas sociales.

Pedir a las familias que no se dejen invadir ni abatir, es también pedírselo a toda la sociedad, sobre todo a quienes más tienen, más saben y más pueden.


La felicidad no consiste en comprar cada vez mas cosas como enseña el mundo capitalista, sino en vivir de acuerdo a los grandes valores de ayer, de hoy y de siempre; y las grandes virtudes tienen una sola y verdadera escuela: la familia.

Por eso quisiera repetir con ustedes:


* Bendita la familia "comunidad de personas" que se respeta y se quiere; la gran familia que abarca abuelos, tíos, primos, cuñados y padrinos. La familia que a pesar de las muchas pruebas por las que pasa, guarda en su seno la sencilla alegría de los pobres.


* Bendita la familia "santuario de la vida"; aquella que defiende al niño, al enfermo y al anciano, la familia que se ofrece generosamente y adopta un hijo.


* Bendita la familia "célula vital de la sociedad". Qué valiosa es la familia que forma en las virtudes sociales a los futuros políticos y sindicalistas, educadores y comunicadores, sacerdotes y religiosas! Sin valores no existen pueblos felices ni verdaderas democracias.

Que nunca falten las familias solidarias con otras familias que luchan por el respeto de sus derechos: casa, escuela, capilla, dispensario. La familia que guarda y recrea los valores como el folclore, la hospitalidad, la capacidad de aguante, la esperanza, el amor a la tierra.


* Bendita la familia "Iglesia doméstica" que no olvida la dimensión religiosa de toda persona, como hijo de Dios con un destino eterno. La familia que coloca a Dios en el primer lugar; donde se invoca la protección de la Virgen y la oración es como el aire que se respira. Donde se valoran la Palabra de Dios y los Sacramentos. Donde se aprende a practicar la limosna bien entendida y el reiterado perdón. La familia que espera de Dios la paz y la felicidad que solo El puede dar.


* Bendita la familia de cada uno de ustedes que se esfuerza por ser comunidad defensora de la vida, educadora en las virtudes y pequeña Iglesia de Cristo.


Corresponde a la autoridad pública la obligación de favorecer la familia y la escuela para que puedan cumplir con su misión. Esto implica asegurar escuelas con maestros bien remunerados y con todo lo necesario para que el niño y el adolescente encuentren siempre solución a sus dificultades. Implica también asegurar el trabajo, la salud, la vivienda digna, la seguridad social, la participación y la libertad.

A la familia se le pide que colabore con la escuela y a los educadores que estén al servicio de la familia y de la cultura del pueblo. Toda educación que ignora lo religioso es deficiente. Respetar la conciencia de cada uno nunca podrá ser igual a no hablar de Dios en la escuela.

Que las parroquias y los catequistas redescubran su misión: potenciar la tradición familiar que es la verdadera escuela religiosa de los argentinos; ayudar a profundizar los contenidos de la fe, frutos de una primera evangelización transmitida por la familia y el pueblo cristiano. Que los movimientos de la Iglesia al servicio de la familia en la diócesis, no descuiden la tradición de la familia argentina y vayan al encuentro de todas, especialmente aquellas más necesitadas.


En esta Navidad quiero llegar a cada matrimonio cristiano para animarlo a tomar las enseñanzas de Jesús como cimiento de la familia que se construye cada día; y a los matrimonios no casados por la Iglesia para sostenerlos en la práctica de la oración y las obras de caridad. Pido a Dios para todos la fortaleza que nos ayude a resistir las amenazas y atacar las causas de los males que afectan a las familias.

Que Jesús, María y José bendigan a todas vuestras familias. En nombre de Jesús, ¡Feliz Navidad!


Mons. Ramón Artemio Staffolani,
obispo de Río Cuarto


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº
2196, del 20 de  enero de 1999


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