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NAVIDAD de 2003


Mensaje de Mons. Ramón Artemio Staffolani, obispo de Villa de la Concepción del Río Cuarto, para la Navidad de 2003


A los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas  y a todas las familias  de la Diócesis de la Villa de la Concepción del Río Cuarto.

Este tiempo de preparación para celebrar el Nacimiento del Salvador, es propicio para la reflexión como familia y comunidad. La Navidad nos pone frente a Jesús que nace para salvar al ser humano, pero también nos coloca frente a la realidad de un año que se va. Es tiempo de un serio examen de conciencia personal y como comunidad.

Un año más que se termina... pero que nos coloca más cerca de nuestro final. Esto nos lleva a pensar en el sentido que le estamos dando a esta vida que pasa.

Con todo cariño ofrezco este mensaje navideño a todos mis hermanos de esta querida Diócesis de Villa de la Concepción del Río Cuarto. Quiero acercarme particularmente a cada familia –célula vital de la sociedad y esperanza de un mundo mejor.

Los animo a trabajar por la paz. Que cada uno tenga paz en su corazón y la transmita en todos sus gestos y acciones. La paz es un signo evidente de la presencia de Dios en la persona. Obrando con paz podremos recuperar nuestra familia, mejorar nuestras relaciones personales y recuperar la Patria herida por odios, rencores, mentiras y corrupción... Jesús ofrece la Paz a los “hombres de buena voluntad”.

Si recuperamos la Paz, podremos recuperar el Diálogo, que no es discusión hiriente sino respetuoso cambio de ideas que nos permite elegir lo mejor para el Bien Común. Unidos y en Paz podremos encontrar soluciones dignas... Con agresiones e insultos disimulados sólo creamos odios que no sirven.

Ojalá en estas Fiestas podamos recuperar el arte del diálogo para reencontrar la Paz y poder trabajar unidos por el Bien de todos.

Nos apremia la Educación que no sólo es responsabilidad de la Escuela, sino principalmente de la familia y por lo tanto de toda la comunidad.

Nos preocupa encontrar un sistema de salud justo y digno que esté al servicio de todos y que se brinde sin exclusiones ni demoras tediosas.

Un trabajo digno y un salario digno es el reclamo generalizado del pueblo. La dádiva generosa que nace de sistemas gubernamentales o de instituciones de caridad, sirven como emergencia, pero de ninguna manera solucionan un problema. El trabajo dignifica a la persona. La dádiva permanente y sostenida termina  con la cultura del trabajo.

Nuestro gran mal sigue siendo la corrupción que se ha filtrado en toda la sociedad. La corrupción ha enriquecido a muchos y lo sigue haciendo, y ha sumido en la pobreza total a la mayor parte del pueblo. Debemos combatir la corrupción con el ejemplo de una vida honesta. Debemos facilitar espacio a las Instituciones, personas y dirigentes honestos de modo que nunca más tengan posibilidades los responsables de tantos males.

Si pensamos que  todos nuestros problemas se solucionan mágicamente con préstamos internacionales, le damos la espalda a la realidad. Porque nuestros males son ante todo morales; no sólo económicos. Por eso nuestros problemas no se agotan con cárceles o más policías (aunque ayudan). Nuestra tarea es principalmente sembrar VALORES MORALES. Aquí asumen protagonismo la Escuela, las Universidades e Instituciones donde se forman los futuros hombres de la Patria y, en especial, la familia, que es insustituible.

Tengamos presente que el amor a la Patria y a la pequeña comunidad se muestra en la honestidad, decencia, respeto a los demás, amor a la Verdad, la solidaridad y un comportamiento transparente... La sociedad se reconstruye desde abajo, pero con el ejemplo vivo de los que dirigen.

No podemos exigir lo que no somos capaces de dar o lo que hemos perdido por incapacidad.

El bienestar de la familia argentina no se consigue milagrosamente. Es obra del esfuerzo de todos –en especial de los que más tienen–. Es fruto de un diálogo cordial y sin egoísmo. Aquí no tiene lugar la vieja política ni los que la acuñan. Tampoco hay lugar para la promesa fácil ni para salvadores que sólo buscan “poder” para ellos y para su grupo.

Hoy necesitamos ejemplos de vida, dirigentes humildes y capaces que no necesiten hablar siempre de “transparencia” porque la historia de su vida la conocen todos. Necesitamos personas “religiosas” que –de verdad– crean en Dios, lo respeten y cumplan sus preceptos. Personas que tengan clara conciencia de que la vida es un “regalo” de Dios y que Dios es un juez justo a quien hay que rendir cuentas, sobre todo de nuestros compromisos sociales. Una sociedad no se construye sin Dios y sin valores morales comunitarios.

El odio no construye. La corrupción crea pobreza. La falta de justicia hiere siempre al inocente y al más pobre. La mentira es el vehículo del soberbio y del incapaz. La promesa fácil es la demagogia del que vende ilusiones y es una estafa para la esperanza del pueblo sufrido que siempre se queda con la peor parte. Somos un verdadero espectáculo para el mundo. Un país riquísimo, lleno de posibilidades, una tierra generosa donde hay miseria y hambre... niños desnutridos... jóvenes frustrados... ¿quién puede explicar todo esto? Se explica por la corrupción... la incapacidad de los dirigentes... la ambición... la soberbia que impide ver la realidad.

Volvamos nuestro corazón a Dios, fuente de toda razón y justicia, para encontrar el Camino, la Verdad y la Vida en nuestra Patria.

Gracias a Dios, son muchos los ciudadanos que ante la crisis vencen el desánimo, no bajan los brazos e intentan convertir sus vidas en signo de esperanza. Es más, en la conciencia colectiva de los argentinos se advierte un fuerte deseo de privilegiar la ética y la idoneidad, y de alentar a los honestos.  (Asamblea de los Obispos 12.05.2001, nº 10.)

En estas cristianas fiestas de Navidad y Año Nuevo reciban, con mi bendición, el testimonio de mi afecto y cercanía en Jesús y María.


Ciudad de la Concepción del Río Cuarto, diciembre de 2003

Mons. Ramón Artemio Staffolani, obispo de Villa de la Concepción del Río Cuarto



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