A los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas y a todas las familias de la
Diócesis de la Villa de la Concepción del Río Cuarto.
Este tiempo de
preparación para celebrar el Nacimiento del Salvador, es propicio para la
reflexión como familia y comunidad. La Navidad nos pone frente a Jesús que
nace para salvar al ser humano, pero también nos coloca frente a la
realidad de un año que se va. Es tiempo de un serio examen de conciencia
personal y como comunidad.
Un año más que se
termina... pero que nos coloca más cerca de nuestro final. Esto nos lleva
a pensar en el sentido que le estamos dando a esta vida que pasa.
Con todo cariño ofrezco
este mensaje navideño a todos mis hermanos de esta querida Diócesis de
Villa de la Concepción del Río Cuarto. Quiero acercarme particularmente a
cada familia –célula vital de la sociedad y esperanza de un mundo mejor.
Los animo a trabajar
por la paz. Que cada uno tenga paz en su corazón y la transmita en todos
sus gestos y acciones. La paz es un signo evidente de la presencia de Dios
en la persona. Obrando con paz podremos recuperar nuestra familia, mejorar
nuestras relaciones personales y recuperar la Patria herida por odios,
rencores, mentiras y corrupción... Jesús ofrece la Paz a los “hombres de
buena voluntad”.
Si recuperamos la Paz,
podremos recuperar el Diálogo, que no es discusión hiriente sino
respetuoso cambio de ideas que nos permite elegir lo mejor para el Bien
Común. Unidos y en Paz podremos encontrar soluciones dignas... Con
agresiones e insultos disimulados sólo creamos odios que no sirven.
Ojalá en estas Fiestas
podamos recuperar el arte del diálogo para reencontrar la Paz y poder
trabajar unidos por el Bien de todos.
Nos apremia la
Educación que no sólo es responsabilidad de la Escuela, sino
principalmente de la familia y por lo tanto de toda la comunidad.
Nos preocupa encontrar
un sistema de salud justo y digno que esté al servicio de todos y que se
brinde sin exclusiones ni demoras tediosas.
Un trabajo digno y un
salario digno es el reclamo generalizado del pueblo. La dádiva generosa
que nace de sistemas gubernamentales o de instituciones de caridad, sirven
como emergencia, pero de ninguna manera solucionan un problema. El trabajo
dignifica a la persona. La dádiva permanente y sostenida termina con la
cultura del trabajo.
Nuestro gran mal sigue
siendo la corrupción que se ha filtrado en toda la sociedad. La corrupción
ha enriquecido a muchos y lo sigue haciendo, y ha sumido en la pobreza
total a la mayor parte del pueblo. Debemos combatir la corrupción con el
ejemplo de una vida honesta. Debemos facilitar espacio a las
Instituciones, personas y dirigentes honestos de modo que nunca más tengan
posibilidades los responsables de tantos males.
Si pensamos que todos
nuestros problemas se solucionan mágicamente con préstamos
internacionales, le damos la espalda a la realidad. Porque nuestros males
son ante todo morales; no sólo económicos. Por eso nuestros problemas no
se agotan con cárceles o más policías (aunque ayudan). Nuestra tarea es
principalmente sembrar VALORES MORALES. Aquí asumen protagonismo la
Escuela, las Universidades e Instituciones donde se forman los futuros
hombres de la Patria y, en especial, la familia, que es insustituible.
Tengamos presente que
el amor a la Patria y a la pequeña comunidad se muestra en la honestidad,
decencia, respeto a los demás, amor a la Verdad, la solidaridad y un
comportamiento transparente... La sociedad se reconstruye desde abajo,
pero con el ejemplo vivo de los que dirigen.
No podemos exigir lo
que no somos capaces de dar o lo que hemos perdido por incapacidad.
El bienestar de la
familia argentina no se consigue milagrosamente. Es obra del esfuerzo de
todos –en especial de los que más tienen–. Es fruto de un diálogo cordial
y sin egoísmo. Aquí no tiene lugar la vieja política ni los que la acuñan.
Tampoco hay lugar para la promesa fácil ni para salvadores que sólo buscan
“poder” para ellos y para su grupo.
Hoy necesitamos
ejemplos de vida, dirigentes humildes y capaces que no necesiten hablar
siempre de “transparencia” porque la historia de su vida la conocen todos.
Necesitamos personas “religiosas” que –de verdad– crean en Dios, lo
respeten y cumplan sus preceptos. Personas que tengan clara conciencia de
que la vida es un “regalo” de Dios y que Dios es un juez justo a quien hay
que rendir cuentas, sobre todo de nuestros compromisos sociales. Una
sociedad no se construye sin Dios y sin valores morales comunitarios.
El odio no construye.
La corrupción crea pobreza. La falta de justicia hiere siempre al inocente
y al más pobre. La mentira es el vehículo del soberbio y del incapaz. La
promesa fácil es la demagogia del que vende ilusiones y es una estafa para
la esperanza del pueblo sufrido que siempre se queda con la peor parte.
Somos un verdadero espectáculo para el mundo. Un país riquísimo, lleno de
posibilidades, una tierra generosa donde hay miseria y hambre... niños
desnutridos... jóvenes frustrados... ¿quién puede explicar todo esto? Se
explica por la corrupción... la incapacidad de los dirigentes... la
ambición... la soberbia que impide ver la realidad.
Volvamos nuestro
corazón a Dios, fuente de toda razón y justicia, para encontrar el Camino,
la Verdad y la Vida en nuestra Patria.
Gracias a Dios, son
muchos los ciudadanos que ante la crisis vencen el desánimo, no bajan los
brazos e intentan convertir sus vidas en signo de esperanza. Es más, en la
conciencia colectiva de los argentinos se advierte un fuerte deseo de
privilegiar la ética y la idoneidad, y de alentar a los honestos.
(Asamblea de los Obispos 12.05.2001, nº 10.)
En estas cristianas
fiestas de Navidad y Año Nuevo reciban, con mi bendición, el testimonio de
mi afecto y cercanía en Jesús y María.
Ciudad de la Concepción del Río Cuarto, diciembre de 2003