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MISIÓN E IDENTIDAD DEL EDUCADOR CATÓLICO
Homilía de monseñor Andrés Stanovnik, obispo de Reconquista, para la
inauguración del año lectivo de la Universidad Católica de Santa Fe
(29 de marzo de 2005)
Los relatos evangélicos de estos días nos familiarizan con los
primeros testigos de la Resurrección de Jesucristo. Hoy, san Juan nos
presenta el testimonio de María Magdalena. A través de la experiencia
de fe de esta mujer, podemos ver cómo la primera comunidad cristiana
fue madurando el alcance y el significado de la resurrección de Jesús.
Hay
dos momentos en el relato. En el primero aparece María Magdalena
llorando la muerte de Jesús. La versión oficial de los hechos fue que
se robaron el cuerpo de Jesús. Dominada por esta versión mentirosa, la
Magdalena se sumerge en la tristeza. Si Jesucristo no resucitó, la
condición humana no tiene proyección más allá de esta vida. Los
límites del ser humano serían el nacimiento y la muerte. Los que
deciden cómo, cuándo y quién podrá nacer, y cómo, cuándo y quién
deberá morir son los mismos seres humanos y entre éstos, por lógica,
los más fuertes. No será la ley del amor, sino la ley de la fuerza o
de la selección natural, la que determinará las condiciones de
“sustentabilidad” para la vida de un individuo, o de un grupo humano,
o de los pueblos y permitirles existir o, en su defecto, para
declararlos una amenaza a la especie y exterminarlos. Cuando el ser
humano pierde el horizonte de su trascendencia se hunde en su propio
abismo.
El
segundo momento del relato está marcado por un encuentro. María
Magdalena “se da vuelta”, descubre que la versión oficial de los
hechos no coincide con lo que está viendo: Jesucristo está vivo.
María, de espaldas a la tumba, de espaldas a la visión estrecha,
materialista e intramundana de la existencia, reconoce al Maestro vivo
y victorioso sobre el pecado y la muerte. En un primer intento, María
Magdalena quiere retenerlo, es su vida y su salvación. Pero Jesús,
inmediatamente, la envía con la consigna de anunciar lo que ha visto y
experimentado. De la experiencia de fe de María Magdalena y de otros
discípulos, nace la comunidad cristiana, la Iglesia. En la experiencia
del Resucitado, la Iglesia se reconoce a sí misma y descubre su
misión.
Esa es
la misma experiencia de cada cristiano y de cada cristiana. También la
identidad y la misión de una Universidad Católica se apoyan en esa
experiencia de fe. Si no fuera así, no tendría sentido su existencia.
La identidad y la misión de esta Universidad le vienen por su índole
de institución católica. En ello radica precisamente su diferencia
específica y por ello se convierte en un aporte insustituible al
crecimiento cultural y al bien común integral de nuestro Pueblo.
La
identidad y la misión católicas de la Universidad se construyen
mediante la identidad y misión católicas de sus miembros. Sería una
mera ficción hablar de Universidad Católica si los responsables,
directivos y educadores no se preocuparan seriamente en ser los
primeros en dar testimonio de identidad y misión católicas, mediante
una vida coherente con los valores cristianos.
Tampoco sería suficiente testimonio cristiano para un educador
católico con ser bueno, justo y verdadero. Estos y otros valores
humanos no indican de por sí una identidad cristiana. También los
tienen miembros de otras religiones e incluso personas que se declaran
sin religión, o son indiferentes o ateas. Un educador católico se
distingue (distinguirse por algo no significa que por esa distinción
se es mejor que otros; distinguirse en este caso quiere indicar una
diferencia que marca la identidad de la persona y la hace diferente de
otras), por un amor apasionado por Jesucristo, es decir, por la
experiencia personal de haberse encontrado con Jesucristo vivo y
haberlo aceptado en su vida; por un activo sentido de participación y
pertenencia a la Iglesia, a la que descubre, ama y asume como el
Cuerpo de Cristo; y por un compromiso personal y solidario para
construir una Patria de hermanos.
Tenemos así los tres elementos fundamentales que hacen a la identidad
de la Escuela Católica: la fe en Jesucristo, la inserción eclesial y
el compromiso social. Así como la misión nace de la identidad, así
también la identidad se convierte en misión. No es posible pensar la
identidad de un individuo o de una comunidad si no es en función de la
misión. En rigor debemos decir que no puede existir una auténtica
identidad si ésta no está orientada hacia los demás. La identidad,
pues, se vuelve misión.
La fe en Jesucristo y la inserción eclesial son inseparables para un
católico. El católico celebra su experiencia de fe en Jesucristo vivo,
es decir, se encuentra con él en la Iglesia. La fuente y la cumbre de
ese encuentro es la Eucaristía, es decir, la Misa dominical. Este
encuentro dominical identifica y distingue al católico, del judío y
del musulmán. Si habitualmente no participo de este encuentro,
difícilmente podré mantener el perfil de mi identidad católica y
tampoco podré ser un colaborador activo en la construcción de la
identidad católica de esta Universidad.
Iniciamos el año lectivo de la extensión que la Universidad Católica
de Santa Fe tiene en nuestra ciudad. Todo comienzo es una excelente
oportunidad para pensar sobre los temas que hacen a los fundamentos de
nuestra existencia humana y de nuestro quehacer en la sociedad. El
punto de partida para el pensar cristiano no es un conjunto de ideas o
principios. Tampoco es una doctrina. Esto son consecuencias. El punto
de partida es un encuentro. Y el hombre se salva por el encuentro.
Aquí se trata, como lo hemos visto en María Magdalena, del encuentro
con Jesucristo. Este encuentro permite que nuestra vida se “dé vuelta”
y nuestros pensamientos se construyan a partir de ese encuentro.
Entonces la vida tiene otro horizonte: en este horizonte el derecho y
la economía tienen que ser instrumentos al servicio de la vida,
primero para protegerla allí donde está más amenazada y luego, con la
creatividad y la fuerza que da el amor sin límites que se nos
manifestó en Jesucristo, comprometernos para que en nuestra patria
nadie pase hambre, todos tengan los cuidados necesarios para su salud,
un trabajo digno y acceso a la educación.
Como la vida de María Magdalena y la de otros discípulos, también la
nuestra se “dé media vuelta” y nos adhiramos fuertemente a Jesucristo,
quien nos dice hoy: “Subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y
Dios de ustedes”. En Él está toda nuestra esperanza. Y, al mismo
tiempo, sintámonos enviados a anunciar que “hemos visto al Señor y nos
ha dicho estas cosas”, con una súplica humilde para que nos sostenga
con su amor y su fuerza en nuestro compromiso cristiano, especialmente
en la tarea de educadores en nuestra Universidad Católica.
Mons. Andrés Stanovnik OFM
Cap., obispo de Reconquista |