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HOMILÍA IN MEMORIAM DE JUAN PABLO II
Homilía de monseñor Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconquista,
en la misa exequial de Juan Pablo II
(8 de
abril de 2005)
Queridos Hermanos y Hermanas:
Estamos
aquí para dar el último “adiós” a Juan Pablo II. En comunión con
nosotros están también todas las comunidades parroquiales de nuestra
Diócesis. Al mismo tiempo, nosotros nos sentimos en comunión con toda
la Iglesia, especialmente con los millones de peregrinos que acudieron
a Roma para dar su último adiós al Papa-Padre y Pastor, que a lo largo
de casi tres décadas gobernó la Iglesia, una, santa, católica y
apostólica.
Su
muerte, acaecida en la tarde del sábado 2 de abril, según nuestro
horario, produjo una honda conmoción en el mundo, superando todo tipo
de fronteras. Estamos asistiendo a un fenómeno nunca visto y jamás
experimentado con esta intensidad: miles de líderes mundiales,
presidentes de casi todas las naciones del mundo, grandes y pequeñas,
viajaron para asistir al sepelio del Pontífice fallecido; varios
millones de peregrinos, con una visible congoja en sus rostros, fueron
desfilando para dar su último adiós, para estar cerca con quien se
sintieron en profunda y familiar cercanía; en pocas horas, un reducido
lugar del mundo, como es la Plaza de San Pedro y sus alrededores, se
convirtió en casa de paz y de esperanza. Allí estaban juntos amigos y
enemigos, con los mismos sentimientos de dolor y de esperanza ante la
partida de Juan Pablo II a la Casa del Padre. Es un acontecimiento de
dimensiones jamás visto en la historia.
¿Qué ha
sucedido estos días en el corazón de tantas personas? ¿Por qué se
produce esta conmoción tan honda en miles y miles de jóvenes y de
ancianos, de hombres y mujeres, de personas creyentes y de no
creyentes? ¿A qué obedece que todos sintamos a Juan Pablo II tan
cercano, tan nuestro y al mismo tiempo tan de todos? ¿Qué hemos visto
de extraordinario en él, si todos hemos sido testigos cómo, luego del
atentado, fue decayendo físicamente, cómo se fue desmoronando su
figura atlética, cómo se fue debilitando su extraordinaria capacidad
de comunicación con la gente, hasta el punto de no poder pronunciar
una sola palabra? Contrariamente a lo que suele suceder, la figura de
Juan Pablo II aumentaba su misterioso esplendor en la medida en que él
se consumía. ¿Cómo se explica que esta figura, con tantas limitaciones
físicas, produzca un impacto tan fuerte? En resumen, ¿cuál fue el
secreto de Juan Pablo II?
Si nos
fuéramos de aquí con esta pregunta y nos dedicásemos sinceramente a
indagar la respuesta, nuestra vida sería otra. Nuestra vida individual
y social, nuestra vida familiar y política, nuestro modo de pensar la
educación, la economía, el trabajo, la salud, nuestro modo de estar en
este mundo y de relacionarnos entre los pueblos, tendrían otros
criterios de análisis y, por consiguiente, también otras estrategias y
políticas con consecuencias muy diferentes de lo que hoy logramos
hacer en este pequeño planeta, que se hace cada vez más pequeño. La
marea humana que se mueve en estos días alrededor de Juan Pablo II,
tiene que hacernos pensar a todos, católicos y no católicos.
Sé que no
es el momento de indagar ahora la respuesta sobre cuál fue el secreto
de Juan Pablo II. Sin embargo, quisiera compartir con ustedes algunas
pistas que nos ayuden a ponernos en camino de respuesta. En realidad,
lo primero que debemos decir es que el secreto de Juan Pablo II fue un
secreto a voces. Ese secreto, que lo ha vivido con profunda coherencia
en su vida, hizo de él un hombre cercano a todos, a tal punto, que
todos lo sentimos cercano y, al mismo tiempo, todos lo sentimos de
todos.
La pista
principal para ir entrando en el secreto de este hombre de Dios, fue
colocar a Cristo en el centro de su vida y se dejó transformar por ese
encuentro. Vivió inspirándose en Él, sufrió por Él, con Él y en Él.
Este encuentro lo llevó a entregarse por la Iglesia y por la
humanidad. Cuando un hombre o una mujer se entregan sinceramente al
servicio de los demás, sucede esa misteriosa y maravillosa
transformación: son de todos y de cada uno, todos los sentimos como
nuestros y, al mismo tiempo, de todos. Juan Pablo II confirmó estas
palabras con su vida entregada como la de Cristo, su Maestro. “Amén”,
fue su última palabra, es decir, así sea. Fue su postrera confesión de
fe en Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, Redentor del Hombre.
La
segunda pista para indagar en el secreto que movió toda la vida de
Juan Pablo II, fue su amor y su pasión por el ser humano. El encuentro
con Jesucristo lo llevó a vivir el valor de la persona humana por lo
que ella es y no por lo que tiene. Cuando empezamos a valorar la
persona humana por lo que es, recién entonces nos capacitamos para no
excluir a nadie, para comprender y respetar la dignidad y el valor
sagrado de todo ser humano, de su vocación y de su derecho a la vida y
a la felicidad. Desde esta perspectiva percibimos la profundidad de
las palabras que expresó Juan Pablo II pocas horas antes de su muerte.
En esas pocas palabras, escritas sobre un papel, expresó sus deseos
más hondos, aquellos que lo acompañaron toda su vida. Eran los mismos
deseos que nos contagiaba en los encuentros personales y que lograba
transmitir con tanta transparencia en el contacto con las multitudes,
particularmente, al comunicarse con los jóvenes, y que al final pudo
expresarlos en esta frase: “Soy feliz, sean felices también ustedes,
no quiero lágrimas”, excepto las de la emoción, podríamos agregar
ahora, interpretando sus sentimientos.
En ese
secreto del anciano Pontífice, los jóvenes descubrían un profundo
mensaje de vida y de esperanza, se sentían valorados y reconocidos en
lo más profundo de su ser y por eso saltaban de alegría y lloraban de
emoción al encontrarse con él. Intuían que en el corazón del Papa
había una respuesta a los anhelos más profundos del ser humano.
La
tercera pista para ir indagando en su secreto fue su amor apasionado
por la Iglesia. Su última carta a toda la Iglesia fue el testamento de
su amor por ella: “La Iglesia vive de la Eucaristía”. Juan Pablo II
amó esta Iglesia, con sus luces y sus sombras, con este pueblo
creyente y pecador que somos todos, por eso hay lugar en ella para
todos: obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos y laicas,
pecadores y santos. Su amor por la Iglesia no fue un amor caprichoso e
intransigente, como la de aquellos que pretenden hacerla a su medida y
cuando no lo logran, la abandonan y luego ensucian con el barro que no
se animaron a purificar en ellos mismos. Juan Pablo II nos recordó con
su vida entregada que amar es hacerse cargo y abrazar con
misericordia, aunque duela y perseverar en ese camino hasta el final.
El dolor ofrecido con amor es el que cura el barro de nuestros
caprichos y egoísmos. Jesucristo, la Iglesia y el Hombre, fueron las
tres pasiones por las que Juan Pablo II consumió sus años de servicio
hasta los últimos instantes de su vida.
El adiós
a Juan Pablo II, emocionado y excedido de todas las previsiones, se
está transformando en una catequesis honda y universal. Con el tiempo
se calmará la emoción pero aumentará la admiración por su persona y su
mensaje. No pasará mucho tiempo hasta el día en que podamos recurrir a
él como santo, es decir, como ejemplo de hombre y de cristiano, y como
intercesor ante la misericordia de Dios.
Para
finalizar, los argentinos le debemos una profunda gratitud. Su memoria
quedará grabada en la historia de nuestro pueblo como el Pontífice de
la Paz. Para todos, su persona es un profundo mensaje de humanidad y
un desafío para indagar el secreto de su fortaleza y de su entrega.
Ahora, animados con su ejemplo, estamos todos invitados a ofrecer
nuestras vidas a Cristo, para que Él las transforme profundamente y
vivamos, no para nosotros mismos, sino para los demás, con la firme
esperanza de encontrarnos un día, plenamente felices, en la Casa del
Padre. Amén.
Mons. Andrés Stanovnik OFM
Cap., obispo de Reconquista |