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ENTREVISTA
Entrevista completa concedida por monseñor Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de
Reconquista, al suplemento "Valores Religiosos" del Diario Clarín
(29 de junio de 2005)
1) Ante la posibilidad de una visita que realizaría al país el Papa
Benedicto XVI, le ruego nos comente qué significado tendrá tal
presencia en el contexto argentino de estos años.
Considero que es prematuro
hacer comentarios sobre el significado que tendría una visita del Papa
Benedicto XVI a nuestro país, porque la decisión sobre el lugar donde
se celebrará la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
está en manos del Santo Padre y, mientras no tengamos una información
cierta sobre este tema, que en todo caso le corresponde darla a él
mismo, no es oportuno crear expectativas sobre bases todavía
inciertas.
2) ¿Cuándo se realizaría, en qué contexto y a raíz de qué gestiones
realizadas por el Episcopado de la Argentina?
Recordemos los lugares y las
fechas donde se han realizado las anteriores Conferencias Generales
del Episcopado Latinoamericano. La primera se llevó a cabo en el año
1955 en Río de Janeiro y fue convocada por el Papa Pío XII. La segunda
se realizó en el año 1968 en Medellín y fue convocada por el Papa
Pablo VI. La tercera y la cuarta fueron convocadas por el Papa Juan
Pablo II y se celebraron en Puebla y Santo Domingo respectivamente.
Como podemos ver, las
Conferencias Generales las convoca el Santo Padre y es él quien decide
dónde y cuándo se llevarán a cabo. Por ejemplo, el Primer Concilio
Plenario de América Latina se celebró en Roma en el año 1899 y fue
convocado por el Papa León XIII. Varias Asambleas Generales Ordinarias
del CELAM también tuvieron lugar en Roma. La V Conferencia General se
habría celebrado en Roma si hubiese estado en vida el Papa Juan Pablo
II, porque eso habría facilitado su presencia en un acontecimiento
episcopal de tanta magnitud. También ahora es de suma importancia que
el Papa inaugure y acompañe la próxima reunión episcopal
latinoamericana. Es cierto, nos gustaría mucho que eso ocurriera en
algún lugar de América Latina o el Caribe y ese deseo lo hemos
compartido con el Santo Padre a los pocos días de concluido el
cónclave. Por el momento, estamos esperando una decisión suya y
estamos dispuestos a acogerla con una actitud de fe y de alegría, y
vivirla como un don de Dios para las Iglesias en Latinoamérica.
3) Sabemos que hay otras alternativas para la realización de la
programa reunión del Celam en 2007, pero que la Argentina figura a la
cabeza dentro de los posibles lugares en que tendría lugar. ¿Es así?
Primero conviene aclarar que
la reunión a la que nos referimos es un encuentro de Conferencias
Episcopales y por eso se lo llama Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano. No se trata de una reunión del CELAM. Se trata de una
convocación que realiza el Santo Padre al episcopado latinoamericano,
que está organizado en 22 conferencias episcopales. Luego, el Santo
Padre confía al CELAM y a la Pontificia Comisión para América Latina
la preparación de una Conferencia General. Por ello, la tarea que
tienen el CELAM y la mencionada Pontificia Comisión con relación a la
V Conferencia General, es facilitar la preparación de las Conferencias
Episcopales a ese gran encuentro latinoamericano de obispos.
Por lo que se refiere al
lugar donde se celebrará la V Conferencia General, el CELAM sugirió al
Santo Padre algunos lugares y no países. Obviamente esos lugares están
en determinados países, pero el criterio que orienta esta propuesta no
es el país sino un lugar que sea adecuado para esa celebración. En
esta oportunidad, entre los criterios que se tuvieron en cuenta para
proponer lugares, fue el hecho de que las cuatro Conferencias
Episcopales anteriores se habían celebrado en cuatro regiones
episcopales de América Latina: Cono Sur (Río de Janeiro), Bolivariana
(Medellín), Centro América y México (Puebla), Caribe y Antillas (Santo
Domingo) y por un criterio de rotación geográfica se pensó de nuevo en
la posibilidad de un lugar en el Cono Sur. Fue así, como entre los
países del Cono Sur, Argentina presentó varios lugares que se
consideraron adecuados y con buenas condiciones para este encuentro
continental.
4) ¿Qué temario deberá abordar el Celam y, por lo tanto, el Pontífice,
en una América Latina signada por conflictos graves y enormes brechas
entre ricos y pobres, en un marco de gran atraso económico y social?
Una Conferencia General nace
de la inquietud pastoral de los Obispos ante la realidad que estamos
viviendo, con el propósito de iluminarla desde el Evangelio y el
Magisterio de la Iglesia, particularmente la palabra del Santo Padre.
Así sucedió con las cuatro Conferencias Generales de Río de Janeiro,
Medellín, Puebla y Santo Domingo. Cada una de ellas significó un
esfuerzo para comprender los desafíos de su tiempo y responder a ellos
desde la luz de la fe. También la próxima Conferencia General viene
provocada por situaciones nuevas y algunas que se agravaron en los
últimos años. Si hace veinte años atrás se hablaba de crisis de
valores, hoy percibimos que esta crisis tiene una incidencia que
atraviesa todas las dimensiones de la existencia. Es una crisis global
en el sentido extensivo e intensivo. Es decir, una crisis que nos
abarca a todos y, al mismo tiempo, atraviesa todos los aspectos de
nuestra vida individual, social, cultural, económica, política y
religiosa.
Pensemos en algunas
manifestaciones negativas de esta crisis, como por ejemplo, en la
destrucción sistemática de los valores del matrimonio y la familia, la
planificada eliminación de la vida humana desde su concepción y hasta
su muerte natural; la violencia generalizada y la inseguridad en la
que vive la gente; la escandalosa inequidad social, cuya brecha va en
aumento con sus consecuencias de pobreza, exclusión y marginalidad;
nuestras frágiles democracias se encuentran ante la constante amenaza
de ingobernabilidad, tentadas por autoritarismos populistas que no
favorecen una auténtica cultura democrática: participativa y
solidaria, representativa y subsidiaria, y promotora activa de los
derechos de todas las personas por igual; por otra parte, constatamos
que emerge con renovada fuerza un laicismo agresivo, que niega a los
creyentes la posibilidad de manifestar públicamente sus convicciones:
no existen verdades absolutas, todo es relativo y consensuado, pero
sólo en cuanto responda a un pensamiento uniforme; no hay valores que
merezcan una adhesión permanente e incondicional, así, en lugar del
Dios de la fe, aparecen ídolos con pies de barro, como el poder, el
dinero, la fama, la sexualidad desordenada. Así “se va constituyendo
una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y
deja como última medida sólo el propio yo y sus deseos” recordó el Card. Joseph Ratzinger en su homilía el día anterior a ser elegido
como papa Benedicto XVI.
Sin embargo, nos impresiona
observar que junto al desmoronamiento de valores, costumbres y leyes
que han formado parte del patrimonio cristiano de nuestros países, y
mientras crece el número de quienes confiesan no pertenecer a ninguna
religión y la Iglesia pierde miembros e influencia en la sociedad,
podemos comprobar fenómenos de signo contrario y fuerza nueva, como
por ejemplo, muchas búsquedas de la juventud que tienen como punto de
partida el anhelo de felicidad, de libertad, de individualidad, de
solidaridad, de verdadera amistad y paternidad, de trascendencia y de
paz; muchos jóvenes encauzan estas búsquedas por los caminos del
Evangelio y en las comunidades de la Iglesia católica. Con gozo y
gratitud podemos constatar una fe viva y responsable de numerosos
fieles, matrimonios y familias, catequistas y agentes de pastoral,
sacerdotes, consagrados y consagradas, y obispos, que viven con
fidelidad su vocación y sus responsabilidades de servicio pastoral en
la Iglesia y su misión en la sociedad.
Creemos que la clave para
responder a estos desafíos está en descender con profundidad al
sujeto, que es quien deberá darles respuesta. Ese sujeto está llamado
al encuentro con Jesucristo vivo. Es a partir de ese encuentro que
deseamos formarlo como discípulo y misionero, con vocación de llevar
la cruz del Maestro y con el mandato de evangelizar. Necesitamos
fortalecer su identidad católica, su entusiasmo por ser santo, su
inserción cordial y efectiva a la comunidad eclesial, su ardor
misionero y su compromiso cívico y político.
5) ¿Cuáles son los desafíos que, en el plano religioso, deberá
afrontar la Iglesia Católica en Latinoamérica? ¿Qué escenario plantea
el crecimiento de las sectas? ¿Cuál es el mensaje y el respaldo que se
espera de Benedicto XVI para esta hora especial que afronta el llamado
Continente de la Esperanza, por Juan Pablo II?
El escenario de los nuevos
movimientos religiosos y en particular, la propuesta de una
religiosidad individualista, difusa y sin ninguna incidencia en la
sociedad; el diálogo ecuménico e interreligioso, tan cercano a las
preocupaciones del papa Benedicto XVI, plantea un importante desafío a
la identidad católica del cristiano. Esta identidad se va construyendo
a partir de dos experiencias fundamentales y esencialmente
complementarias: el encuentro con Jesucristo vivo y la inserción
efectiva y cordial en la comunidad eclesial. No se puede ser católico
y no pertenecer activamente a una comunidad de la Iglesia católica.
Como no se concibe un ciudadano sin estar inserto en la comunidad con
sus obligaciones y derechos. Cuanto más clara es la identidad de las
personas o comunidades, hay más posibilidades para que, mediante el
diálogo, puedan encontrarse, elaborar juntos un proyecto y establecer
una convivencia constructiva y provechosa para todos, sin exclusiones
ni dominaciones.
Conviene precisar que una
identidad clara no es igual a identidad rígida. Ésta no lleva al
encuentro ni a la complementariedad, porque no tiene capacidad de
libertad y de verdad, por consiguiente, está cerrada sobre sí misma.
Su eventual “salida” hacia el otro es siempre una amenaza de
dominación, de absorción y, ante el fracaso de esas intenciones,
optará por la eliminación del otro.
En cambio, una identidad
clara es sinónimo de identidad sólida y abierta, fundada en el amor y
la libertad, la verdad y el bien. Una identidad fundada en esos
valores hace posible la fecundidad del encuentro y se capacita para
celebrar la belleza de la existencia. El cristiano católico madura
esta identidad en el encuentro con Jesucristo y en la comunidad
eclesial. Esta profunda experiencia de fe y de fraternidad se
transforma en misión. Este camino de maduración en la identidad y
misión del católico está marcado por la cruz. “El que quiera seguirme,
tome su cruz cada día y venga conmigo”, dijo Jesús. Asumir esta
invitación pascual de Jesucristo, nos libera de las tentaciones
individualistas de pensar y vivir para nosotros mismos, o para el
propio grupo o sector, movimiento religioso o partido político, y nos
abre el camino del diálogo y del encuentro, nos hace sensibles con el
bien común y nos da fuerza para comprometer nuestra vida en la
construcción de una sociedad más justa y más fraterna.
Esperamos que el Santo Padre
nos aliente a vivir con coherencia nuestra fe y nuestra misión como
cristianos católicos. Esperamos de él la palabra del Pastor que
confirma y orienta, sostiene y cuida, acompaña y bendice a su pueblo,
que peregrina en este continente, tan querido por Juan Pablo II y
sentido por él como el Continente de la Esperanza.
6) ¿Cuál es la evaluación del crecimiento y desenvolvimiento del
catolicismo desde la última asamblea plenaria del Celam?
Estamos hablando de la
última Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se
celebró en Santo Domingo en el año 1992, cuyo momento histórico fue
muy diverso del actual y con otras preocupaciones que las que vivimos
hoy y con algunas que se han ido intensificando con los años.
Una evaluación del camino
recorrido desde entonces debería hacer notar, en primer lugar, la
madurez que se fue logrando a través de una pastoral más serena, más
participativa y de mayor comunión. Esto fue, en buena parte fruto de
Puebla, que aportó mucho en ese sentido. La Conferencia de Santo
Domingo se proponía, en continuidad con el Concilio y las Conferencias
anteriores (Río de Janeiro, Medellín y Puebla), evaluar su acción
evangelizadora e impulsar, por indicación del Papa Juan Pablo II, una
“Nueva Evangelización, nueva en su ardor, en sus métodos y en su
expresión”. En sus conclusiones podemos leer: “Nos disponemos a
impulsar con nuevo ardor una Nueva Evangelización, que se proyecte en
un mayor compromiso por la promoción integral del hombre e impregne
con la luz del Evangelio las culturas de los pueblos
latinoamericanos”. Nótese de paso el reconocimiento de la
pluriculturalidad de nuestro continente, que tendrá luego
consecuencias en la valoración, el respeto y la inculturación del
mensaje evangélico.
Por otra parte, con Santo
Domingo se fue afirmando la comunión y participación eclesial en todos
los niveles: entre los laicos, los movimientos eclesiales,
presbíteros, religiosos, obispos y de unos con otros. La opción por
los pobres, que fue motivo de tantas discusiones en las décadas
anteriores, se ha ido purificando de su carga ideológica, y se fue
enriqueciendo y asumiendo como parte esencial de la vida de la
Iglesia. Fue creciendo una cultura de la solidaridad y al mismo tiempo
se fue afirmando la conciencia del compromiso eclesial, social y
político del laico católico. No podemos dejar de señalar también un
renovado impulso misionero, fruto de una Iglesia cada vez más
consciente de que su razón de ser es evangelizar y testimoniar la
Buena Noticia del Reino y que sabe que toda la comunidad eclesial es
sujeto de la Nueva Evangelización. Es una Iglesia más atenta y más
sensible al diálogo ecuménico e interreligioso. Esta capacidad de la
Iglesia para el diálogo y el encuentro es fruto, en buena parte, del
crecimiento de su identidad y de su misión. A este crecimiento
corresponde también un nuevo impulso misionero de la Iglesia, que nace
de la conciencia de ser portadora de un maravilloso mensaje de
Salvación. Portadora en su doble significado: de poseerlo en su
experiencia testimonial y de sentirse enviada a compartirlo con
quienes no lo conocen o, conociéndolo, lo abandonaron.
El crecimiento de la Iglesia
en los últimos años se puede notar en muchos otros aspectos de su
vida, como por ejemplo, se ha cualificado la formación de sus agentes
de pastoral; se ha ido dotando de una mejor formación a los
seminaristas; hay excelentes propuestas de formación permanente para
los sacerdotes y para los obispos; se puede observar una fuerte
vitalidad evangélica en los movimientos eclesiales y nuevas
comunidades; crece la coherencia y el testimonio de vida en las
consagradas y los consagrados; las celebraciones son más vivas y más
atentas a la acción sagrada de adoración, alabanza y acción de gracias
que las caracteriza y, al mismo tiempo, más cuidadosas de su esencial
incidencia en la vida y el compromiso del sujeto que participa en
ellas. Se percibe también una revalorización e importancia que tiene
la educación en todos sus niveles y los medios de comunicación social
como instrumentos para la evangelización.
Sin embargo, a esta rápida e
incompleta enumeración de los signos que manifiestan un real y
objetivo “crecimiento y desenvolvimiento del catolicismo”
aproximadamente en las dos últimas décadas, hay que añadir signos
contrarios que obstaculizan el camino de madurez de la comunidad
católica y que constituyen fuertes desafíos a las convicciones de
nuestra fe y nuestro compromiso cristianos. Ya el Papa Pablo VI había
advertido que “la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna
el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas”, es
decir, la incoherencia entre la fe y la vida de muchos que se
consideran católicos. Esto es particularmente patente en no pocas
personas que tienen responsabilidades en los campos educativo, social,
cultural, político, cultural y económico.
La práctica de la fe tiende
a convertirse en un ejercicio individual y subjetivo, en una acción
privada que se mide por los sentimientos. La fe y la práctica
religiosa se reducen a experiencias subjetivas que proporcionan
sensaciones de plenitud y vinculan afectivamente a una comunidad pero
sin mayores compromisos. Se desdibuja la presencia de un Dios personal
y se lo sustituye por vagas presencias y sensaciones. Nada permanente,
ni objetivo, ni verdadero; todo relativo, subjetivo y consensuado. Sin
autoridad ni obediencia; sin sacrificios ni entregas. Sin límites ni
caminos: un eterno y falso presente, cuya fantasía es ser libre, sin
saber para qué ni para dónde. Este modo de concebir la vida es caldo
de cultivo para fundamentalismos de todo tipo, incluidos los
religiosos.
Muchos movimientos
religiosos y sectas presentan ofertas religiosas con esas
características y atraen a un buen número de católicos, sobre todo
aquellos que no han tenido una suficiente formación cristiana e
inserción en una comunidad eclesial. A esto se suma un cierto
cansancio y desaliento de parte de la comunidad católica ante los
ataques sistemáticos que provienen de una cultura que promueve el
individualismo como forma de vida; el subjetivismo radical que deriva
en nuevas formas de egoísmo; la degradación de la sexualidad al
desvincularla del amor y la responsabilidad; la destrucción
planificada de los valores del matrimonio y la familia. La comunidad
católica, a través de sus miembros, percibe que va perdiendo
influencia para contrarrestar esta nueva oleada cultural, con
pretensiones globales y unos objetivos que aparecen muy sombríos.
De allí surge la necesidad
de una V Conferencia General, que nos lleve al encuentro con
Jesucristo, nos transforme en sus discípulos y nos anime a ser sus
testigos en la misión. Testigos coherentes en la fe y en la
pertenencia cordial a la Iglesia, abiertos al diálogo y a la
cooperación con todos los que sinceramente buscan la verdad, el bien y
la belleza, solidarios en el compromiso por construir una sociedad más
justa y más equitativa, más reconciliada y fraterna, abierta y sin
exclusiones, y especialmente atenta a los más pobres.
7) ¿Se ha cumplido aquel llamado a atender a los pobres de una forma
preferencial? Si no es así, ¿en qué se falló primordialmente? Y, ¿cuál
deberá ser el camino para enmendar tales errores en la marcha de la
Iglesia?
La Iglesia ha hecho un
camino y un esfuerzo enorme en atender de forma preferencial a los
pobres. El saldo es altamente positivo. Baste con recordar la
providencial intervención de Caritas luego de la crisis 2001, de
la Mesa de Diálogo convocada por el gobierno nacional, luego
abandonada por él y continuada por la comunidad católica, junto con
otras confesiones religiosas. Los gestos de solidaridad, no sólo
asistencial sino sobre todo de promoción humana se fueron
multiplicando por todo el país. Es necesario ver ese enorme esfuerzo
de la Iglesia, es decir de los católicos y también de miembros de
otras confesiones y organizaciones no gubernamentales de ayuda social,
en el marco global de la situación que vivimos.
Sin embargo, las tasas de
pobreza e indigencia, de acuerdo a los organismos internacionales, van
aumentando en los últimos años en toda América Latina y el Caribe,
nosotros incluidos. A esto se agrega que nuestra región, con respecto
al mundo, es la más inequitativa, incluida la Argentina. Esta
alarmante situación social supera ampliamente cualquier programa de
atención preferencial que implemente la Iglesia para atender a los
pobres. No obstante, considero que, como en ninguna otra época de la
historia, la comunidad católica se ha movilizado para atender,
acompañar e incluir a los pobres e indigentes. Esto no quiere decir
que no haya errores que tengamos que enmendar y fallas que debamos
superar en nuestro compromiso cristiano de la caridad. Una iniciativa
que merece atención, en la línea del esfuerzo por encontrar mejores
caminos para el compromiso del laico, es el Congreso Nacional de
Laicos, que está organizando la Iglesia con el objetivo de reflexionar
sobre el compromiso del Laico en la Iglesia, en la Sociedad y en la
Política.
Pero no hay que olvidar que
la misión específica de la Iglesia no es resolver los problemas
sociales. Su misión propia es dar testimonio de Jesucristo,
conformando a Él la vida de sus fieles, constituirlos miembros vivos
de su Cuerpo y celebrar la Eucaristía, la Pascua del Señor, hasta que
Él vuelva. En ello está la fuerza transformadora de su misión y
fermento de una vida nueva, porque “no podemos ser peregrinos al cielo
si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena”, decíamos en Navega
Mar Adentro. De allí la insoslayable tarea de evangelizar que tiene la
Iglesia: es decir, llevar ese testimonio por la palabra y el ejemplo a
los demás. La opción preferencial por los pobres, el compromiso del
laico y de todos los demás miembros de la Iglesia, es parte esencial
de la coherencia y fidelidad con ese testimonio. El compromiso
ciudadano del católico es una cuestión de coherencia y fidelidad a
Jesucristo y a la Iglesia. Coherencia y fidelidad que son un don de
Dios y que necesitamos pedírselo todos los días con humildad y
perseverancia.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconquista |