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TEDÉUM 9 DE JULIO


Homilía de monseñor Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconquista, en el Tedéum del 9 de julio de 2005


“Jesús dijo a aquellos judíos que habían creído en él: Si ustedes permanecen fieles a mi Palabra, serán verdaderamente mis discípulos, y conocerán la verdad y la verdad los hará libres. Ellos le respondieron: Somos descendencia de Abraham y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir entonces: Ustedes serán libres? Jesús les respondió: Les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado. El esclavo no permanece para siempre en la casa; el hijo, en cambio, permanece para siempre. Por eso, si el Hijo los libera, ustedes serán realmente libres” (Jn 8, 31-36)


Hemos venido de la plaza al templo para dar gracias a Dios porque nos ha dado una Patria. Agradecido es aquel que reconoce que ha recibido un don. Desagradecido es, en cambio, aquel que no lo reconoce. Nosotros queremos ser agradecidos y por eso estamos aquí.

Nuestro agradecimiento es un acto de fe. Reconocemos que la Patria es un don de Dios, que nos viene a través de muchos hombres y mujeres que vivieron sus vidas con un corazón agradecido. Ellos hicieron patria, porque eran agradecidos. Esta verdad los hizo libres, libres para construir juntos una casa para todos. La actitud agradecida crea vínculos y reconoce los aportes que benefician a todos, aumenta la confianza y favorece los acuerdos, ensancha los horizontes, libera la creatividad de las personas y enriquece espiritualmente a las instituciones.

En cambio, cuando se pierde el sentido del agradecimiento, desaparecen con él  la memoria, la conciencia del bien recibido y el sentido de patria. A esta grave pérdida espiritual le suceden un sin fin de desgracias morales y materiales, cuyas principales víctimas son hoy las mismas que ayer: los niños, los jóvenes, los beneficiarios de los planes sociales, los trabajadores mal remunerados, los enfermos y los ancianos.

La verdad fundamental que nos hace libres es reconocer agradecidos que venimos de Dios y que no somos producto del azar, ni de una mera evolución biológica, ni tampoco consecuencia de alguna casualidad cósmica. Si así fuera, si el ser humano no fuera una creación de Dios y no hubiese sido amado por Él, entonces quedaría sólo eso: un ser evolucionado en su especie, sin ninguna referencia más que a él mismo y a los acuerdos que logre establecer con quienes él decide que serán o no sus semejantes. El ser humano, sin otra referencia que él mismo, se transforma en la única medida para juzgar quién tiene derecho a la existencia y capacidad de inclusión y quién se ha convertido en amenaza para la construcción de un mundo sustentable.

Ese pensamiento degradado sobre el ser humano, ajeno a los valores culturales y religiosos de nuestra nacionalidad, se va instalando con inusitada agresividad entre nosotros. Es un pensamiento que despoja al hombre de su dimensión trascendente y así reedita una vez más la ancestral soberbia del ser humano, trayendo consigo sufrimiento, destrucción y muerte.

El Papa Benedicto XVI, dijo hace poco que “un obstáculo particularmente insidioso de la tarea educativa es la presencia masiva, en la sociedad y en la cultura, del relativismo, que al no reconocer nada como definitivo, deja como medida última sólo el propio yo y sus deseos y, bajo la apariencia de la libertad, se convierte en una prisión. En ese horizonte relativista no es posible, por lo tanto, una educación verdadera sin la luz de la verdad; antes o después cada persona está condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su compromiso para construir con los demás algo en común. Está claro, por tanto, que no solamente debemos intentar superar el relativismo en nuestro trabajo de formación de las personas, sino que estamos llamados a contrastar su predominio en la sociedad y en la cultura".

Reconocer que venimos de Dios y que fuimos creados a su imagen y semejanza; que esa imagen y semejanza se reveló plenamente en Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (cf. Jn, 14, 6); que, en consecuencia, nuestra existencia está en las manos amorosas del Padre y que nuestro destino es volver a Él. Esta verdad, además de suscitar en nosotros sentimientos de gratitud, nos permite entender que nuestra vida vale en tanto en cuanto es vivida como un don para los demás, es decir, en la medida que es entregada para que otros tengan vida (cf. Jn, 10, 10). Nos hace descubrir la profunda verdad de aquellas otras palabras de Jesús: “El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?” (Lc 9, 24-25). Esta profunda verdad nos hace libres. Esto vale tanto para un individuo, para el gobernante, como para todo el pueblo.

Reconocer que nuestra vida es don de Dios y que tener una Patria es una manifestación de su bondad, nos abre a la trascendencia, nos permite encontrarnos en un espacio común, en el cual todos, sin excepción, tengamos cabida y juntos cuidemos, protejamos y cultivemos nuestro patrimonio espiritual, cultural, social, político y económico.

Un pueblo agradecido cultiva el sentido de la participación y de la confianza porque experimentó en su historia la mano bondadosa de Dios. Así sucede también con el individuo. Aquel que vive su vida como un don de Dios hará también de su propia vida un don para los demás. En cambio, el que perdió el sentido del agradecimiento tampoco hará nada por los demás, por el contrario, los otros serán para él un objeto de conquista, o enemigos ante quienes defenderse, o elementos indeseables para ser eliminados.

Por eso no hay justificación para el aborto desde la perspectiva humana ni cristiana. Pretender legalizar la interrupción positiva de un embarazo es matar. Esto significa que la vida deja de ser un valor absoluto y un derecho para todos. Ante los peligros de esta triste regresión humana, la verdad cristiana nos recuerda que hemos recibido la vida no para retenerla sino para darla. No hay alternativas en esto, sobre todo en las situaciones límites de nuestra existencia: o la entrego para que otros tengan vida o la retengo para que otros no la tengan.

En las grandes crisis de época, son muy importantes las decisiones que toman los pueblos. Y el acierto y la profundidad de las decisiones que se toman dependen del grado de libertad que tienen quienes deben tomarlas. Este grado se mide por la capacidad que tiene un pueblo para asumir su propia historia, para reconocer la verdad de sí mismo y por su capacidad para implementar la justicia, por su buena disposición para superar los enfrentamientos, por su voluntad decidida para reconciliarse, por su amistad social sin exclusiones y, finalmente, por su grandeza de corazón para el perdón.

Pronto vamos a cumplir el bicentenario de nuestra Independencia. A lo largo de casi dos siglos venimos cantando el Himno Nacional. Este canto patrio invita a oír el grito sagrado de libertad: “Y los libres del mundo responden: ¡al gran pueblo argentino salud!” En efecto, la libertad, la grandeza y la salud van de la mano. La grandeza de un pueblo se manifiesta en la calidad que adquieren las relaciones entre sus habitantes, en su capacidad solidaria para el desarrollo y en el intercambio fraterno con los demás pueblos. Esto tiene consecuencias saludables para todos.

Sin embargo, es preciso advertir la tentación que produce “oír el ruido de rotas cadenas” y la tentación de provocar ese ruido indefinidamente. Hay que animarse a superar el encanto que produce ese ruido y ponerse a trabajar en la construcción de una patria para todos. Cuando esta orientación de la libertad hacia el bien no se produce, entonces aparecen las miserias de todo tipo, cuyo origen, no lo dudemos, está en el corazón del ser humano y tiene un viejo nombre pero siempre nuevas expresiones: se llama pecado y hoy, como ayer, se manifiesta a través de un pensamiento vacío de trascendencia que deja al ser humano a la intemperie de su propio egoísmo.

Hoy asistimos a una exaltación de la libertad individual a tal punto que parece ya no haber límites para nada. Y cuando se entiende la libertad sólo como liberación de límites, entonces se pierden de vista los caminos y nos invade la sensación de que no vamos para ningún lado. Así, del encanto liberador mal asumido se pasa a la angustia de una vida sin sentido y sin dirección. En cambio, el verdadero grito de libertad se traduce inmediatamente en tarea para construir relaciones justas, solidarias y fraternas entre los habitantes, lo cual conduce a la felicidad y grandeza de un pueblo. Esta es la verdad de Dios para el hombre y el mensaje de salvación que nos ha revelado en Jesucristo.

De allí debemos recordar que la libertad es la capacidad que tiene el ser humano para hacer el bien. Así como el bien esencial del individuo es madurar su capacidad de relación con los demás, así el bien esencial de un pueblo es madurar su capacidad de gestar el bien común. Recordemos que el bien mayor de los seres humanos es el amor en sus diversas expresiones como la amistad social, la justicia y la equidad, la fraternidad y la solidaridad, la reconciliación y el perdón. En esto consiste la grandeza de una persona y de un pueblo.

Estamos ante una nueva oportunidad que nos brindan las elecciones para hacer el bien y para “hacer bien las cosas”. La dimensión trascendente de la vida es esencial para que sea posible una convivencia libre, verdadera y buena entre los seres humanos. Para ello necesitamos potenciar mucho más nuestra educación para la ciudadanía, el bien común, el interés de la comunidad por sobre los intereses particulares, la atención a las minorías, el respeto y valoración de una opinión diferente, un sano y honesto ejercicio de oposición política que colabore con los proyectos en favor de la comunidad y los enriquezca con sus aportes y sus observaciones críticas, el diálogo franco y respetuoso y la tolerancia hacia una saludable diversidad. Esperamos que, con ocasión de las próximas elecciones, no tengamos que sentir vergüenza ante el triste espectáculo de agravios y faltas de respeto que protagonizan algunos adversarios políticos.

No olvidemos, para que el ser humano se abra al otro y a la comunidad, sin exclusiones ni dominaciones, tiene que ser “emancipado” de su egoísmo, curado de su destructiva tendencia a erigirse en la medida última del bien y del mal. Por eso, sólo el humilde, el que reconoce la necesidad de ser trasformado por dentro, es capaz de conducir un pueblo hacia una profunda transformación por el camino de la verdad, de la libertad y del bien. Y es capaz de hacerlo, porque su fuerza viene de lo alto y no de él mismo. Así los candidatos podrán “fundar sus aspiraciones en la probidad moral demostrada a lo largo de sus propias vidas, en el valor de sus proyectos, en el compromiso por el bien común, y en no suscitar emociones engañosas”.

Para terminar, permítanme compartir con ustedes una última reflexión sobre nuestro postergado Norte Santafesino. Esta expresión es una vieja recurrencia, con un fondo innegable de verdad y que por su persistencia en el tiempo, sigue descubriendo nuestras incapacidades para abrirnos a las necesidades del bien común. ¡Cuántas veces hemos caracterizado nuestro Norte Santafesino como el Norte postergado! Con esa expresión estamos señalando un norte no suficientemente incluido en el bien común de nuestra Provincia.

Sin embargo, necesitamos reconocer que en nuestro Norte Santafesino siguen habiendo, con persistencia en el tiempo, “nortes” postergados, en los cuales repetimos la historia no sólo de la Provincia, sino del país y también del mundo. ¿En qué “escuela” nos capacitamos para ser tan eficientes en el desgraciado ejercicio de postergar a los demás? Empecemos a identificar nuestros “nortes postergados”: miremos qué sucede en nuestras familias, cómo son las relaciones en la pareja, cuáles son los cuidados que tomamos para que en las familias se eduque para el bien común familiar y social. Allí aprendemos a convivir y a ser solidarios, o no aprendemos. ¡Cuántos “nortes postergados” mantenemos en educación, en salud, en trabajo!

Esto no significa desplazar la atención sobre una problemática que es de responsabilidad provincial, sino recordar que la solución de los diversos “nortes postergados”, incluyendo el del Norte Santafesino en su contexto provincial, no se reduce sólo a una cuestión de estrategia y de programas. El mal que nos mantiene paralizados y enfrentados está en nuestras mentes y en nuestros corazones. Por eso, el verdadero desafío está en la educación de los valores. Y esta educación empieza en la familia, continúa en la escuela y se consolida en las instituciones, donde nos vamos educando continuamente en el ejercicio de nuestros derechos y en el cumplimiento de nuestras obligaciones; donde aprendemos que la verdadera libertad es aquella cuyas acciones se orientan hacia el bien común. Por eso dice el Martín Fierro que el gaucho debe tener “casa, escuela, iglesia y derechos”.

Sin embargo, en nuestro Norte y más allá de él hay muchos hombres y mujeres, con diverso nivel de responsabilidades, que entregan generosamente su tiempo, sus talentos y con frecuencia también sus recursos, para llevar adelante muchas acciones solidarias y de promoción humana. Son aquellos que con su acción silenciosa y humilde acompañan, contienen y animan la esperanza y el esfuerzo de tantos hermanos y hermanas que luchan por su subsistencia y por la de sus hijos. Dios, que ve en lo secreto de los corazones (Mt, 6, 18), sostenga y recompense la entrega generosa de sus vidas en bien de los demás.

Pidamos a Dios, dador de todo Bien, que nos dé un corazón agradecido a Él por todo lo que nos ha dado y sigue dando en esta maravillosa y sufrida Argentina. Pero, al mismo tiempo, digámosle humildes que necesitamos la fuerza de su Amor y su Perdón, para mirarnos sin odios y sin rencores, y sentirnos libres para seguir construyendo la Provincia de Santa Fe, desde nuestro Norte Santafesino, en la verdad y el bien para todos los que habitamos este suelo por Dios bendito.


Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconquista



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